LEGADO DE SANGRE
"Diablo"
Richard A. Knaak
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La calavera les ofrecía una sonrisa ladeada, como si estuviera invitando alegremente al trío a unirse a ella para toda la eternidad.
—Parece que no somos los primeros —murmuró Sadun Tryst. El veterano y fibroso guerrero le dio unos golpecitos con la punta de su cuchillo, haciendo que el descarnado centinela se balancease. Detrás de la macabra visión, podían distinguir la escarpia que había atravesado la cabeza de su predecesor y lo había dejado colgado hasta que el tiempo había hecho que todo, a excepción de la cabeza, cayera al suelo hecho un confuso montón.
—¿Acaso creías que íbamos a serlo? —susurró una figura alta y encapuchada. Si Sadun tenia un porte esbelto, incluso aristocrático, Fautzin parecía casi cadavérico. El hechicero Vizjerei se movió como un fantasma mientras tocaba la calavera, esta vez con el dedo de una mano enguantada—. Pero esto no es cosa de hechicería. Sólo un trabajo de torpe pero eficaz mecánica. Nada que debamos temer.
—A menos que sea tu cabeza la que se clave en el siguiente poste.
El Vizjerei se tironeó la fina perilla gris. Sus ojos, ligeramente sesgados, se cerraron una vez como si reconocieran la verdad de la última afirmación de su camarada. Si el semblante de Sadun recordaba más bien al de una comadreja poco digna de confianza —y algunas veces la personalidad no le iba a la zaga—, Fautzin se asemejaba más a un gato consumido. La protuberancia que tenia por nariz, en constante agitación, y los bigotes que asomaban por debajo de aquella nariz no hacían sino contribuir a la ilusión.
Ninguno de los dos era reputado por su pureza, pero Norrec Vizharan le hubiera confiado su vida a cualquiera de ellos... y de hecho lo había hecho en varias ocasiones. Mientras se reunía con ellos, el veterano guerrero miró hacia delante, donde una vasta oscuridad anunciaba una cámara de gran tamaño. Hasta el momento habían explorado siete diferentes niveles y, curiosamente, los habían encontrado vacíos de todo salvo de las más primitivas trampas.
También los habían encontrado vacíos de cualquier tesoro, una tremenda decepción para el diminuto grupo.
—¿Estás seguro de que no hay hechicería aquí, Fauztin? ¿Ninguna en absoluto?
Los rasgos felinos, medio escondidos bajo la capucha, se arrugaron un poco más, ligeramente ofendidos. Los amplios hombros de su voluminosa capa conferían a Fauztin una apariencia llamativa, casi sobrenatural, en especial porque superaba en estatura al más musculoso Norrec, que en absoluto era un hombre pequeño.
—¿De verdad tienes que preguntarlo, amigo mío?
—¡Es que no tiene sentido! ¡Aparte de unas pocas trampas patéticas, no hemos encontrado nada que nos impida alcanzar la cámara principal! ¿Por qué molestarse en excavar todo esto para luego dejarlo tan mal defendido?
—Yo no llamaría nada a una araña del tamaño de mi cabeza —intervino Sadun con aire amargo mientras se rascaba de forma ausente su larga pero cada vez más escasa cabellera negra—. En especial porque en ese momento estaba sobre mi cabeza...
Norrec lo ignoró.
—¿Será lo que me temo? ¿Habremos llegado tarde? ¿Lo de Tristram se repite de nuevo?
Hacía tiempo, entre dos trabajos como mercenarios, habían visitado una pequeña y atribulada aldea llamada Tristram en busca de tesoros. La leyenda aseguraba que allí, en una guardia protegida por demonios, podría encontrarse un tesoro de tan extraordinario valor que convertiría en reyes a aquellos afortunados que sobrevivieran para dar con él. Norrec y sus amigos se habían dirigido allí, habían entrado en el laberinto en mitad de la noche sin advertirlo a los lugareños...
Y después de todos sus esfuerzos, después de combatir extrañas criaturas y evitar por escaso margen trampas mortales... habían descubierto que algún otro había vaciado el laberinto subterráneo de casi cualquier cosa de valor. Sólo al regresar a la aldea se habían enterado de la triste verdad: apenas unas semanas antes un gran campeón se había internado en el laberinto y, supuestamente, había abatido al terrible demonio, Diablo. No se había llevado oro ni joyas consigo, pero otros aventureros llegados poco después se habían aprovechado de sus esfuerzos, ocupándose de los peligros menores y llevándose todo cuanto pudieron cargar. Una diferencia de pocos días había dejado al trío sin nada para compensar sus esfuerzos...
El propio Norrec no había encontrado consuelo en las palabras de uno de los aldeanos, de dudosa cordura, quien les había advertido mientras se preparaban para marcharse de que el campeón, conocido como el Vagabundo, no había matado a Diablo sino que, en realidad, había liberado por accidente al funesto mal. Una mirada interrogativa de Norrec hacia Fauztin había sido respondida al principio por un indiferente encogimiento de hombros del hechicero Vizjerei.
—Siempre corren historias sobre demonios que escapan y terribles maldiciones —había añadido Fauztin en aquel momento, desechando por completo el tono de advertencia de la voz del aldeano—. Diablo se encuentra en la mayoría de las que cuchichean las gentes sencillas.
—¿No crees que pueda haber algo de verdad en ella? —cuando era niño, los mayores de Norrec lo habían aterrorizado con historias de Diablo, Baal y otros monstruos de la noche, todas ellas destinadas a hacer que se portara bien.
Sadun Tryst había soltado un bufido.
—¿Alguna vez has visto un demonio? ¿Conoces a alguien que lo haya visto?
Norrec no conocía a nadie.
—¿Y tú, Fauztin? Dicen que los Vizjerei pueden invocar demonios para que hagan su voluntad.
—Si yo pudiera hacer eso, ¿crees que estaría arrastrándome por laberintos y tumbas vacías?
Y ese comentario, más que ninguna otra cosa, había convencido a Norrec de que las palabras del aldeano no eran más que otro cuento. A decir verdad, no le había costado demasiado. Después de todo, la única cosa que entonces había importado al trío era la única que le importaba ahora: la riqueza.
Desgraciadamente, cada vez parecía más probable que, una vez más, les hubiese dado esquinazo.
Mientras escudriñaba el pasadizo, la otra mano enguantada de Fauztin apretó con fuerza la vara mágica que empuñaba. La punta enjoyada (la fuente de luz) se encendió durante un breve instante.
—Confiaba en no estar en lo cierto, pero ahora me temo que es así. No somos ni de lejos los primeros que penetran en este lugar.
El guerrero de cabellos ligeramente plateados profirió un juramento entre dientes. Había servido bajos las órdenes de muchos comandantes en su vida, especialmente durante las cruzadas de la Marca de Poniente, y al sobrevivir a esas diferentes campañas —a menudo por margen tan escaso como la piel de sus dientes— había llegado a una conclusión: nadie podía tener la esperanza de elevarse en el mundo sin dinero. Había ascendido al puesto de capitán, había sido degradado tres veces y finalmente se había retirado, asqueado, tras la última debacle.
La guerra había sido toda la vida de Norrec desde que fuera lo bastante mayor para sostener una espada. Una vez había tenido una especie de familia, pero ahora estaba tan muerta como sus ideales de entonces. Todavía se consideraba un hombre decente, pero la decencia no le llenaba a uno el estómago. Tenía que haber otro camino, había decidido Norrec...
Y así, en compañía de sus dos camaradas, se había lanzado a la búsqueda de tesoros.
Al igual que Sadun, tenía una buena colección de cicatrices, pero por lo demás el semblante de Norrec era más parecido al de un sencillo granjero. Grandes ojos castaños, con una cara abierta y una mandíbula fuerte; no hubiera parecido fuera de lugar detrás de un arado. No obstante, aunque esta visión atraía ocasionalmente al rudo veterano, sabía que necesitaría oro para pagar esa tierra. Esta gesta hubiera debido proporcionarle riquezas más allá de sus necesidades, más allá de sus sueños...
Ahora, parecía que todo ello había sido una pérdida de tiempo y de esfuerzo... de nuevo.
A su lado, Sadun Tryst arrojó su cuchillo al aire y lo recogió con destreza por la empuñadura mientras caía. Lo hizo otras dos veces; evidentemente estaba pensando. Norrec podía imaginar lo que se estaba diciendo. Habían pasado meses inmersos en esta búsqueda en particular, recorriendo al mar hasta el Kehjistan septentrional, durmiendo al raso y bajo la lluvia, siguiendo pistas falsas y recorriendo cuevas vacías, comiendo alimañas de todas clases cuando la caza había escaseado... y todo ello a causa de Norrec, el instigador de este nuevo fiasco.
Y lo que era peor, esta búsqueda había sido el resultado de un sueño, un sueño concerniente a un pico montañoso que guardaba algún parecido con la cabeza de un dragón. Si la hubiera visto sólo una o dos veces, Norrec podría haber olvidado la imagen, pero a lo largo de los años el sueño se había repetido demasiado. Allí donde había combatido, Norrec había buscado aquella montaña, pero siempre en vano. Y entonces un camarada, que más tarde moriría, venido de aquellas heladas tierras del norte, había mencionado de pasada un lugar como aquel. Se decía que estaba habitada por fantasmas y que los hombres que se aventuraban a acercarse desaparecían a menudo o eran encontrados años más tarde, los huesos quebrados y desnudados de toda la carne.
Allí y entonces, Norrec Vizharan había estado seguro de que el destino estaba tratando de llamarlo.
Pero si era así... ¿por qué una tumba que ya había sido saqueada?
Antaño la entrada había estado bien escondida en la pared de roca, pero ellos la habían encontrado abierta de par en par. Aquella debiera haber sido la primera pista sobre la verdad pero Norrec se había negado incluso a reconocer esta anomalía. Todas sus esperanzas, todas las promesas ofrecidas a sus compañeros...
—¡Maldita sea! —le dio una patada a la pared más cercana y sólo su recia bota le salvó de romperse algunos huesos. Arrojó su espada al suelo mientras continuaba maldiciendo su ingenuidad.
—Hay un nuevo general en la Marca de Poniente que está contratando mercenarios —sugirió Sadun con ánimo de colaboración—. Dicen que tiene ambiciones...
—No más guerra —musitó Norrec al tiempo que trataba de no dar muestras del dolor que recorría su pie—. Nada de tratar de morir por la gloria de otros.
—Sólo pensaba que...
El larguirucho hechicero golpeó una vez el suelo con la vara para llamar la atención de sus más mundanos camaradas.
—Llegados a este punto, sería una necedad no registrar la cámara central. Quizá quienes estuvieron aquí antes que nosotros hayan dejado algunas baratijas o unas pocas monedas. Encontramos algo de oro en Tristram. No nos haría daño buscar un poco más, ¿no crees, Norrec?
Sabía que el Vizjerei sólo pretendía mitigar la amargura de sus emociones, pero a pesar de ello la idea encontró arraigo en la mente del veterano. ¡Todo lo que necesitaba era un puñado de monedas de oro! Todavía era lo suficientemente joven para tomar una esposa, comenzar una nueva vida, puede que incluso formar una familia...
Norrec recogió la espada y sopesó el arma que tan bien le había servido a lo largo de los años. La había mantenido limpia y afilada, enorgulleciéndose de una de las pocas posesiones a las que podía considerar verdaderamente suyas. Una mirada de determinación recorrió su semblante.
—Vamos.
—Tienes un verdadero don con las palabras, para ser alguien que utiliza tan pocas —bromeó Sadun con el hechicero mientras se ponían en marcha.
—Y tú usas demasiadas palabras para ser alguien que tiene tan pocas cosas que decir.
La amistosa discusión de sus camaradas ayudó a asentar la mente atribulada de Norrec. Le recordó a otros tiempos, cuando entre los tres habían logrado salir adelante en medio de mayores dificultades.
No obstante, la charla fue languideciendo conforme se aproximaban a la que sin duda tenía que ser la última y más significativa caverna. Fauztin se detuvo y examinó la punta enjoyada de su vara.
—Antes de que entremos, será mejor que vosotros dos encendáis antorchas.
Habían guardado las antorchas para un caso de emergencia, pues la vara del hechicero les había servido bien hasta el momento. Fautzin no dijo nada más, pero mientras Norrec utilizaba la yesca para encender la suya se preguntó si el Vizjerei habría al fin encontrado alguna magia de importancia. Si era así, quizá quedara todavía algún tesoro...
Cuando su propia antorcha estuvo ardiendo, Norrec la utilizó para encender la de Sadun. Envueltos en una iluminación más segura, los tres hombres reanudaron la marcha.
—Os lo juro —gruñó el membrudo Sadun unos momentos más tarde—. Os juro que tengo de punta el cabello de la nuca.
Norrec sentía lo mismo. Ninguno de los guerreros objetó nada cuando el Vizjerei tomó la delantera. Los clanes del Lejano Oriente habían estudiado durante mucho tiempo las artes mágicas y el pueblo de Fauztin las había estudiado durante más tiempo que la mayoría. Si surgía una situación en la que la hechicería tuviera un papel, parecía sensato dejar que el delgado conjurador se encargara de ella. Norrec y Sadun estarían allí para protegerlo frente a otra clase de ataques.
Aquello había funcionado hasta el momento.
A diferencia de las pesadas bota de los guerreros, las sandalias que calzaba Fautzin no hacían ruido mientras caminaba. El mago alargó la vara y Norrec advirtió que, a pesar de su poder, la joya apenas lograba iluminar los alrededores. Sólo las antorchas parecían funcionar como debieran.
—Este lugar es antiguo y poderoso. Puede que nuestros predecesores no hayan sido tan afortunados como primero pensamos. Todavía podríamos encontrar algún tesoro.
Y posiblemente algo más. La mano de Norrec empuñó con fuerza la espada hasta que sus nudillos se pusieron blancos. Quería el oro, sí, pero también quería vivir para poder gastarlo.
Al ver que no podía confiarse en la vara, los dos guerreros se adelantaron. Eso no significaba que Fautzin no fuera a ser capaz de ayudar al grupo. El veterano sabía que en aquel mismo momento su camarada mago estaría considerando los más rápidos y seguros conjuros para enfrentarse a lo que quiera que pudieran encontrar.
—Esto está tan oscuro como una tumba —murmuró Sadun.
Norrec no dijo nada. Ahora se encontraba unos pasos por delante de sus camaradas y fue el primero en llegar a la propia cámara. A pesar de los peligros que podían acechar en su interior, casi se sentía arrastrado hacia ella, como si algo desde allí lo estuviese llamando...
Un brillo cegador abrumó al trío.
—¡Dioses! —profirió Sadun—. ¡No puedo ver!
—Aguardad un momento —les advirtió el hechicero—. Pasará.
Y así fue pero conforme sus ojos se iban acostumbrando, Norrec Vizharan pudo contemplar al fin una visión tan notable que tuvo que parpadear dos veces para asegurarse de que no se trataba de una quimera urdida por sus deseos.
Las paredes estaban cubiertas de patrones intrincados y enjoyados en los que hasta él podía sentir la magia. Piedras preciosas de todos los tipos y colores imaginables decoraban cada patrón, bañando la cámara en un despliegue pasmoso de colores retractados y reflejados. Por añadidura, bajo aquellos símbolos mágicos, no menos codiciosos para la vista, se encontraban los tesoros que el trío había venido a buscar. Montones de oro, montones de plata, montones de joyas. Contribuían al resplandor reinante, haciendo que la cámara brillara más que el día. Cada vez que uno de ellos movía su antorcha, la luz alteraba de alguna manera la apariencia de la estancia para añadir nuevas dimensiones no menos asombrosas que las hasta entonces contempladas.
Sin embargo, por muy imponente que resultara todo ello, una visión espantosa mermaba en gran medida el entusiasmo de Norrec.
Tendidos sobre el suelo hasta donde alcanzaba la vista se encontraban los numerosos, enmarañados y putrefactos cuerpos de aquellos que lo habían precedido, a él y a sus amigos, a aquel lugar predestinado.
Sadun sostuvo su antorcha sobre el más próximo, un cadáver casi descamado que todavía llevaba una armadura de cuero podrida.
—Debe de haber habido una batalla en este lugar.
—Estos hombres no murieron todos al mismo tiempo.
Norrec y el guerrero de menor talla se volvieron hacia Fauztin, cuyo semblante, de ordinario privado de emoción, ostentaba ahora una expresión preocupada.
—¿Qué quieres decir?
—Quiero decir, Sadun, que salta a la vista que algunos de ellos llevan muertos mucho más tiempo que otros, puede que hasta siglos. El que hay a tus pies es uno de los más recientes. Algunos de los que hay allí ya no son más que huesos.
El delgado guerrero se encogió de hombros.
—Sea como sea, a juzgar por su aspecto, todos ellos tuvieron una muerte bastante horrible.
—Eso parece.
—Entonces... ¿qué fue lo que los mató?
Norrec respondió.
—Mirad allí. Creo que esos se mataron entre sí.
Los dos cadáveres a los que señalaba se habían atravesado el torso mutuamente. Uno de ellos, con la boca todavía abierta en lo que parecía un último y horrorizado grito, vestía ropas semejantes a las del momificado cuerpo tendido a los pies de Sadun. El otro sólo estaba cubierto por jirones de tela y algunas hebras de cabello pegadas a un esqueleto por lo demás pelado.
—Debes de estar confundido —replicó el Vizjerei con una leve inclinación de cabeza—. Uno de los guerreros es claramente mucho más viejo que el otro.
Eso hubiera supuesto Norrec de no ser por la hoja que atravesaba el torso del otro cadáver. No obstante, las muertes de dos hombres acaecidas mucho, mucho tiempo atrás tenían poca relevancia en las actuales circunstancias.
—Fautzin, ¿sientes algo? ¿Hay alguna trampa aquí?
La sombría figura sostuvo durante un instante la vara en alto frente a la cámara y entonces volvió a bajarla, con evidente repugnancia.
—En este lugar hay demasiadas fuerzas en conflicto, Norrec. No puedo sentir con claridad lo que debo buscar. Pero tampoco siento nada peligroso... aún.
A su lado, presa de la impaciencia, Sadun se agitaba de un lado a otro.
—¿Entonces abandonamos todo esto, abandonamos nuestros sueños o nos arriesgamos un poco y recogemos riquezas por valor de unos pocos imperios?
Norrec y el hechicero intercambiaron una mirada. Ninguno de ellos podía ver una razón para no continuar, en especial cuando había delante de ellos tantas tentaciones. Por fin, el veterano guerrero resolvió la cuestión penetrando unos pocos pasos en la cámara principal. Al comprobar que ningún gran relámpago o criatura demoníaca lo golpeaban, Sadun y el Vizjerei lo imitaron presurosos.
—Debe de haber por lo menos un par de docenas —Sadun saltó sobre dos esqueletos que todavía seguían enzarzados en su pelea—. Y eso sin contar los que están hechos pedazos...
—Sadun, cierra la boca o te la cerraré yo... —ahora que estaba ya caminando entre ellos, Norrec no quería más discusiones sobre los saqueadores de tumbas. Todavía le preocupaba que tantos hubieran muerto de forma tan violenta. Seguramente, alguien habría sobrevivido. Pero si era así, ¿por qué las monedas y los demás tesoros parecían virtualmente intactos?
Y entonces otra cosa apartó sus pensamientos de estás cuestiones, al advertir de pronto que más allá de los tesoros, al otro extremo de la cámara, había un estrado en lo alto de un tramo de escaleras naturales. Y, más importante aún, en lo alto de ese estrado descansaban unos restos mortales embutidos todavía en una armadura.
—Fautzin... —una vez que el mago estuvo a su lado, Norrec señaló al estrado y murmuró—. ¿Qué te parece eso?
Por toda respuesta, Fauztin frunció los delgados labios y se aproximó cuidadosamente a la plataforma. Norrec lo siguió de cerca.
—Explicaría muchas cosas... —oyó murmurar al Vizjerei—. Explicaría la presencia de tantas presencias mágicas en conflicto y de tantas señales de poder...
Por fin, el hechicero volvió la mirada hacia él.
—Acércate y míralo por ti mismo.
Norrec hizo eso mismo. La sensación de incomodidad que había embargado anteriormente al veterano se incrementó ahora mientras contemplaba el macabro espectáculo que coronaba la plataforma.
Había sido un hombre de aspiraciones militares, al menos eso podía asegurarlo, a pesar de que de sus atavíos no quedaban más que unos pocos jirones desgastados. Las botas de fino cuero, de las que sobresalían trozos de los pantalones, yacían caídas a ambos lados. Lo que probablemente hubiera sido una camisa de seda apenas resultaba visible bajo la majestuosa coraza que descansaba ladeada sobre la caja torácica. Por debajo de todo ello, los pedazos ennegrecidos de una túnica antaño regia cubrían gran parte de la parte superior de la plataforma. Unos guanteletes bien forjados y las grebas con forma de canalón creaban la ilusión de unos brazos hechos todavía de carne y tendones; mientras otras piezas, montadas unas encima de otras, hacían lo propio para los hombros. Menos convincente resultaba la armadura de las piernas que, junto con los huesos correspondientes, se había inclinado como si algo la hubiera perturbado en algún momento.
—¿Lo ves? —preguntó Fautzin.
Sin saber a qué se refería exactamente, Norrec entornó la mirada. Aparte del hecho de que la propia armadura parecía teñida con una tonalidad perturbadora aunque familiar del rojo, no podía ver nada que hubiera tenido que...
No tenía cabeza. El cuerpo de la plataforma no tenía cabeza. Norrec miró más allá de la plataforma, no encontró ni rastro de ella en el suelo. Se lo mencionó al hechicero.
—Sí, es exactamente como se describía —la enjuta figura se precipitó hacia la plataforma, casi demasiado ansiosa para gusto del veterano. Fauztin alargó una mano pero la retrajo un instante antes de tocar lo que yacía sobre ella—. El cuerpo sentado en dirección norte. La cabeza y el yelmo, separados en la batalla y vueltos a separar luego en el tiempo y en la distancia para asegurar un fin absoluto. Las señales del poder sobre las paredes, para contrarrestar la oscuridad y contenerla dentro del cadáver... pero... —la voz de Fauztin se apagó mientras continuaba mirando.
—¿Pero qué?
El mago sacudió la cabeza.
—Nada, supongo. Quizá es sólo que estar tan cerca de él turba mis nervios más de lo que estoy dispuesto a admitir.
Un poco exasperado a estas alturas por las sombrías palabras de Fauztin, Norrec apretó los dientes.
—Entonces... ¿quién es? ¿Algún príncipe?
—¡Por el Cielo, no! ¿Es que no lo ves? —una mano enguantada señaló la roja coraza—. Ésta es la tumba de Bartuc, señor de los demonios, maestro de la más negra hechicería...
—El Caudillo de la Sangre —las palabras escaparon de los labios de Norrec como un jadeo entrecortado. Conocía muy bien las historias sobre Bartuc, quien se había alzado de entre las filas de los hechiceros sólo para volverse hacia la oscuridad, hacia los demonios. Ahora el rojo de la armadura cobraba un perfecto y horrible sentido; era el color de la sangre humana.
En su locura, Bartuc, a quien incluso los demonios que lo habían seducido habían terminado por temer, se había bañado antes de cada batalla en la sangre de enemigos caídos. Su armadura, antaño de un dorado brillante, había sido teñida para siempre por sus pecaminosos actos. Había arrasado ciudades hasta los cimientos, cometido atrocidades sin freno alguno, y hubiera seguido haciéndolo para siempre —eso aseguraban las leyendas— de no ser por los desesperados actos de su propio hermano, Horazon y otros hechiceros Vizjerei que habían utilizado el conocimiento que aún conservaban de la magia ancestral, más natural que la hechicería, para derrotar al demonio. Bartuc y sus huestes de demonios habían sido vencidos cuando acariciaban el triunfo con la punta de los dedos y el propio caudillo se había decapitado a sí mismo mientras trataba de lanzar un peligroso contraconjuro.
Desconfiando todavía del vasto poder de su hermano, aun después de muerto, Horazon había ordenado que el cuerpo de Bartuc fuera ocultado para siempre de la vista de los hombres. Por qué no lo habían quemado sin más, Norrec no lo sabía, pero él lo hubiera intentado sin duda. Sea como fuere, poco tiempo después habían empezado a aparecer tumores sobre el lugar en el que reposaba el cuerpo del Caudillo de la Sangre. Muchos eran los que habían buscado esta tumba, en especial aquellos que practicaban las artes oscuras y estaban interesados en la magia que podía todavía conservar, pero nadie había reclamado su hallazgo.
Era muy posible que el Vizjerei conociera más detalles que Norrec, pero el veterano entendía a la perfección lo que habían encontrado. La leyenda aseguraba que Bartuc había vivido algún tiempo con el pueblo de Norrec y que quizá algunos de aquellos entre los que el soldado había crecido habían sido, de hecho, descendientes del monstruoso déspota. Sí, Norrec conocía muy bien el legado del caudillo.
Se estremeció y, sin pensar, comenzó a apartarse del estrado.
—Fauztin... nos vamos de este lugar.
—Pero, amigo mío, seguramente...
—Nos vamos.
La figura encapuchada estudió los ojos de Norrec y entonces asintió.
—Quizá tengas razón.
Agradecido, Norrec se volvió hacia su otro camarada.
—¡Sadun! ¡Olvídalo todo! ¡Nos vamos de aquí! Ahora...
Algo que había cerca de la sombría entrada de la cámara atrajo su atención, algo que se movía... y que no era Sadun Tryst. En aquel momento, el tercer miembro del grupo estaba ocupado tratando de llenar un saco con todas las joyas que podía encontrar.
—¡Sadun! —le espetó el otro guerrero—. ¡Suelta el saco! ¡Deprisa!
La cosa que había cerca de la entrada se arrastró hacia delante.
—¿Estás loco? —exclamó Sadun, sin molestarse siquiera en mirar atrás—. ¡Esto es lo que siempre hemos soñado!
Un movimiento estrepitoso atrajo la atención de Norrec, un movimiento estrepitoso que provenía de más de una dirección a la vez. Tragó saliva mientras la primera figura que se había movido aparecía a la vista.
Las cuencas vacías del momificado guerrero con el que primero se habían encontrado respondieron a su propia y aterrorizada mirada.
—¡Sadun! ¡Mira detrás de ti!
Ahora, por fin había logrado la atención de su camarada. El delgado soldado dejó caer el saco al instante, mientras giraba sobre sus talones y desenvainaba la espada. Sin embargo, cuando vio lo que tanto Norrec como Fauztin estaban ya contemplando, su semblante adquirió la palidez de los huesos.
Uno por uno empezaban a levantarse, cada cadáver y cada esqueleto de aquellos que habían precedido al trío a esta tumba. Norrec entendía ahora por qué nadie había salido jamás con vida y por qué sus amigos y él podrían muy pronto ser añadidos a las filas de la macabra guarnición.
—¡Korosaq!
Uno de los esqueletos que se encontraban más cerca del hechicero se desvaneció en un estallido de llamas anaranjadas. Fauztin apuntó con un dedo a otro, un necrófago medio descarnado al que todavía le quedaban algunos jirones de su antigua cara. Repitió la palabra de poder.
No ocurrió nada.
—Mi hechizo... —confundido, Fauztin no advirtió que otro de los esqueletos, situado a su izquierda, levantaba una espada oxidada pero todavía funcional con el evidente propósito de separarle la cabeza de los hombros.
—¡Cuidado! —Norrec paró el golpe y luego lanzó una estocada. Por desgracia, su ataque no hizo nada y pasó sin causar daño entre las costillas del esqueleto. Presa de la desesperación, propinó una patada a su terrorífico enemigo y éste salió despedido y chocó contra otro de los bamboleantes no-muertos.
Estaban en franca inferioridad numérica frente a una hueste de enemigos que no podían ser abatidos por medios normales. Norrec vio cómo Sadun, separado de sus dos amigos, se encaramaba a un montón de monedas y trataba de defenderse de dos guerreros de pesadilla, una cadavérica cáscara y medio esqueleto que todavía conservaba un brazo. Varios más se acercaban por detrás de estos dos.
—¡Fauztin! ¿Puedes hacer algo? —De nuevo, el Vizjerei pronunció una palabra: esta vez, las dos criaturas que se estaban enfrentando a Sadun quedaron congeladas. Aprovechando la oportunidad, Tryst las golpeó con todas sus fuerzas.
Ambos monstruos se rompieron en incontables pedazos y sus mitades superiores se dispersaron sobre el suelo de piedra.
—¡Has recuperado tus poderes! —las esperanzas de Norrec se incrementaron.
—No los había perdido. Me temo que sólo tengo una oportunidad para usar cada hechizo... ¡Y la mayoría de los que me quedan requieren mucho tiempo!
Norrec no tuvo oportunidad de comentar las terribles noticias porque su propia situación se había vuelto desesperada. Intercambió rápidos golpes con primero uno y luego otro de los cada vez más numerosos muertos vivientes. Los necrófagos parecían lentos en sus reacciones, cosa a la que daba gracias, pero su número y perseverancia acabarían por proporcionar ventaja a los fantasmales guardianes de la tumba del caudillo. Quien hubiese concebido esta última trampa lo había hecho bien, porque cada grupo que entraba allí se unía a las filas de los que atacarían al siguiente. Norrec podía imaginarse de dónde habían venido los primeros muertos vivientes. Antes había señalado a sus amigos que, a pesar de que en su camino se habían encontrado con trampas activadas y criaturas muertas, no habían visto un solo cuerpo hasta que se había topado con el cráneo de la cabeza atravesada. Seguramente, el primer grupo que había penetrado en la tumba de Bartuc había perdido a algunos de sus miembros mientras se dirigía a la cámara interior, sin saber que los camaradas muertos se convertirían más tarde en la peor pesadilla de los supervivientes. Y así, con cada nuevo grupo, las filas de los guardianes habían crecido... y estaban a punto de volver a hacerlo con la adición de Norrec, Sadun y Fauztin.
Uno de los cadáveres momificados le hizo a Norrec un corte en el brazo izquierdo. El veterano utilizó la antorcha que portaba en el otro brazo para incendiar la carne seca y convirtió al zombi en un infierno ambulante. Arriesgando el pie, Norrec lo envió de una patada contra su camarada.
No obstante, y a pesar de este éxito, la horda de muertos continuaba presionándolos.
—¡Norrec! —gritó Sadun desde alguna parte—. ¡Fauztin! ¡Me atacan por todos lados!
Pero ninguno de ellos podía ayudarlo pues los dos estaban igualmente asediados. El mago hizo retroceder a un esqueleto con la vara, pero otros dos llenaron enseguida el espacio dejado por éste. Las criaturas habían empezado a moverse con mayor fluidez y velocidad. Muy pronto, Norrec y sus amigos no contarían ya con ninguna ventaja. Tras separarlo de Fauztin, tres cadavéricos guerreros obligaron a Norrec a retroceder hacia las escaleras y, finalmente, a subir a lo alto del estrado. Los huesos del Caudillo de la Sangre traquetearon en el interior de su armadura pero, para gran alivio de Norrec, no se alzaron para dirigir aquel ejército infernal.
Al otro lado de la cámara se alzó una bocanada de humo y supo que el hechicero había logrado acabar con otro de los muertos vivientes, pero Norrec era consciente de que Fauztin no podría destruirlos a todos. Hasta el momento, ninguno de los guerreros había logrado otra cosa que mantenerlos de raya. Sin carne para que mordieran sus hojas, sin órganos vitales para rebanar, los cuchillos y las espadas no significaban nada.
La idea de levantarse un día como uno de aquellos para asesinar a los siguientes incautos que penetrasen en la tumba hizo que un estremecimiento recorriera la columna vertebral de Norrec. Se movió a lo largo del extremo del estrado lo mejor que pudo, tratando de encontrar una vía de escape. Para su vergüenza, Norrec supo entonces que abandonaría gustoso a sus camaradas si se hubiese materializado de pronto una salida a la libertad.
Sus fuerzas vacilaban. Una hoja lo alcanzó en el muslo. El dolor no sólo hizo que gritara, sino que también logró que soltara la espada. El arma cayó con estrépito por los escalones y desapareció tras los necrófagos que avanzaban hacia él.
Con las piernas casi dobladas, Norrec agitó la antorcha frente a los atacantes con una mano mientras con la otra buscaba algún apoyo en la plataforma. Sin embargo, en vez de piedra sus dedos se posaron sobre frío metal, que tampoco le ofreció apoyo.
Su pierna herida cedió al fin. Norrec cayó sobre una de sus rodillas, arrastrando consigo el objeto metálico al que accidentalmente se había aferrado.
La antorcha salió despedida. Un mar de rostros grotescos llenó la horrorizada vista de Norrec mientras trataba de ponerse en pie. El desesperado guerrero alzó la mano con la que había tratado de encontrar algún asidero, como si estuviese tratando en silencio de suplicar a los muertos vivientes una clemencia que pudiese aplazar lo inevitable.
Sólo en este último momento advirtió que la mano que se había levantado se había de alguna manera cubierto de metal... un guantelete.
El mismo guantelete que antes había visto en la mano del esqueleto de Bartuc.
Mientras el pasmoso descubrimiento encontraba asiento en su mente, una palabra que Norrec no entendió brotó como un desgarro de sus labios y resonó con eco por toda la cámara. Los enjoyados dibujos de las paredes parpadearon, empezaron a brillar cada vez con más intensidad, y los enemigos de ultratumba del trío quedaron paralizados.
Otra palabra, más ininteligible aún, emergió con un estallido del asombrado veterano. Los dibujos de poder se volvieron cegadores, ardientes...
...y explotaron.
Una terrorífica oleada de energía pura recorrió la cámara y pasó sobre los muertos vivientes. Volaron fragmentos por todas partes, obligando a Norrec a hacerse un ovillo tan pequeño como le fue posible. Suplicó en una plegaria que el fin fuera relativamente rápido e indoloro.
La magia consumió a los muertos vivientes allá donde se encontraban. Los huesos y la carne seca ardieron como si estuvieran hechos de aceite. Sus armas se fundieron, creando pilas de escorias y cenizas.
Mas ningún miembro del grupo sufrió el menor daño.
—¿Qué está ocurriendo? ¿Qué está ocurriendo? —escuchó que gritaba Sadun.
El infierno se movió con acerada precisión, arrasando a los guardianes de la tumba pero a nada más. Conforme sus números menguaban, lo hacía también la intensidad de sus fuerzas, hasta que no quedó nada de ellas. La cámara quedó sumida en una oscuridad casi completa. La única iluminación existente provenía ahora de las dos antorchas y de la poca luz que reflejaban las muchas piedras hechas pedazos.
Norrec contempló boquiabierto los devastadores resultados, mientras se preguntaba qué era lo que acababa de presenciar y si anunciaría una situación aún más terrible. Entonces bajó la mirada hacia el guantelete, temeroso de dejarlo en su mano pero no menos temeroso de lo que podía ocurrir si trataba de quitárselo.
—Han... han sido devorados —alcanzó a decir Fauztin mientras se ponía trabajosamente en pie. Su túnica estaba cubierta de cortes y de uno de sus brazos, que mostraba una fea herida, manaba todavía sangre.
Sadun descendió de un salto del lugar en el que había estado combatiendo. En apariencia estaba completamente ileso.
—¿Pero cómo?
¿Cómo, sí? Norrec flexionó los dedos del guantelete. El metal se le antojaba casi una segunda piel, mucho más confortable de lo que jamás hubiera creído posible. Parte de su miedo se desvaneció mientras las posibilidades de lo que podría hacer se volvían más obvias.
—Norrec —se escuchó la voz de Fauztin—, ¿cuándo te has puesto eso?
No le prestó atención. Estaba pensando que podría ser interesante probar el otro guantelete —mejor aún, toda la armadura— y ver cómo le sentaba. Cuando era un recluta joven, había soñado en una ocasión con ascender hasta el grado de general y reunir grandes riquezas gracias a sus victorias en el campo de batalla. Ahora aquel sueño viejo, desvaído mucho tiempo atrás, parecía de pronto fresco y, por primera vez, plausible...
Una sombra se cernió sobre su hombro. Levantó la mirada y vio al mago, que lo observaba con preocupación.
—Norrec, amigo mío. Quizá deberías quitarte ese guantelete.
¿Quitárselo? De pronto, la idea de hacerlo le pareció un absoluto disparate al soldado. ¡Aquel guantelete había sido lo único que les había salvado la vida! ¿Por qué quitárselo? ¿Era posible... era posible que, sencillamente, el Vizjerei lo codiciase para sí? En las cosas de la magia, los que eran como Fauztin no conocían la lealtad. Si Norrec no le daba el guantelete, tal vez Fauztin lo tomase sin más cuando él no pudiera hacer nada para impedírselo.
Una parte de la mente del veterano trató de desechar tan odiosas ideas. Fauztin le había salvado la vida más de una vez. Sadun y él eran sus mejores (y únicos) amigos. Sin duda, el mago no intentaría algo tan burdo... ¿o sí?
—¡Norrec, escúchame! —una arista de emoción, acaso envidia, acaso miedo, preñaba la voz del otro—. Es vital que te quites el guantelete ahora mismo. Volveremos a dejarlo en la plataforma...
—¿Qué ocurre? —exclamó Sadun—. ¿Qué le pasa, Fauztin?
Norrec se convenció de que había estado en lo cierto al principio. El hechicero quería su guantelete.
—Sadun. Prepara tu espada. Puede que tengamos que...
—¿Mi espada? ¿Quieres que la use contra Norrec?
Algo que había dentro del veterano guerrero se hizo con el control. Norrec observó, como si se encontrara a mucha distancia, cómo la mano cubierta por el guantelete se lanzaba hacia delante como una exhalación y tomaba al Vizjerei por la garganta.
—¡Sa... Sadun! ¡Su muñeca! Córtale por...
Por el rabillo del ojo, Norrec vio que su otro camarada titubeaba y entonces alzaba el arma para atacar. Una furia como nunca había experimentado consumió al veterano. El mundo se volvió de un rojo sangriento... y entonces se hizo una negrura completa.
Y en aquella negrura, Norrec Vizharan escuchó gritos.
_____ 2 _____
En la tierra de Aranoch, en el más septentrional linde del vasto y opresivo desierto que cubría la mayor parte de aquella tierra, permanecía acampado el pequeño pero resuelto ejército del general Augustus Malevolyn. Había levantado el campamento algunas semanas atrás por razones que todavía desconcertaban a la mayoría de sus soldados, pero nadie se hubiera atrevido a cuestionar las decisiones del general. La mayoría de los hombres seguía a Malevolyn desde sus primeros días en la Marca de Poniente y el fanatismo que sentían por su causa era incuestionable. Pero en silencio se preguntaban por qué no habría querido seguir adelante.
Muchos estaban seguros de que tenía algo que ver con la chillona tienda situada no lejos de la del comandante, la tienda en la que moraba la bruja. Cada mañana, Malevolyn acudía a ella, evidentemente en busca de presagios del futuro en los que basarse para tomar sus decisiones. Además, cada mañana, Galeona visitaba la tienda del general... por asuntos más personales. Cuánta influencia tenía ella sobre sus decisiones, era cosa que nadie podía decir con certeza, pero había de ser substancial.
Y mientras el sol de la mañana empezaba a asomar sobre el horizonte, la bien acicalada figura del Augustus Malevolyn emergió de sus aposentos, los pálidos y bien afeitados rasgos —descritos en una ocasión por un rival ahora fallecido como "el mismo semblante de la Señora Muerte sin su inherente amabilidad"— privados por completo de expresión. Malevolyn estaba ataviado con una armadura del negro más oscuro a excepción del ribete escarlata que recorría cada uno de sus bordes, en especial en torno al cuello. Además, la coraza estaba decorada con el símbolo de un zorro rojo sobre tres espadas plateadas, el único recuerdo del lejano pasado del general. Dos ayudantes de campo lo atendieron mientras se ponía unos guanteletes negros y escarlata que parecían acabar de salir de la forja. De hecho, toda la armadura de Malevolyn parecía estar en perfectas condiciones, el resultado de la labor nocturna de limpieza de unos soldados acostumbrados a entender lo que para sus vidas podía significar hasta el más leve rastro de óxido.
Cubierto por completo a excepción de la cabeza, Malevolyn marchó hacia los aposentos de su hechicera, su amante. Con el aspecto de la pesadilla de un fabricante de tiendas, la morada de Galeona parecía haber sido tejida como un edredón, con remiendos de más de dos docenas de colores diferentes cosidos una y otra vez. Sólo aquellos que, como el general, sabían ver más allá de las apariencias, podían haberse dado cuenta de que los diversos colores conformaban patrones específicos, y sólo aquellos que conociesen los secretos de la hechicería hubieran reconocido el poder inherente de los mismos.
Tras Malevolyn venían los dos ayudantes, uno de los cuales transportaba en los brazos un fardo cubierto que por su forma semejaba algo parecido a una cabeza. El oficial que transportaba el objeto se movía con incomodidad, como si aquel objeto lo llenase de desconfianza y no poco miedo.
* * *
El comandante no se molestó en anunciarse, a pesar de lo cual, justo en el mismo momento en que llegaba a la cerrada cortina de la tienda de la bruja, una voz femenina, profunda y tentadora a un tiempo, le dijo que pasara.
A pesar de que la luz del sol había empezado a juguetear con el campamento, el interior de la tienda de Galeona estaba tan a oscuras que, de no ser por la lámpara de aceite que colgaba del techo, el general y sus ayudantes de campo no habrían podido ver ni medio metro más allá de sus narices. Y de ser así, se hubieran perdido toda una visión.
Por todas partes colgaban bolsas y frascos y objetos sin nombre. Aunque en una ocasión le habían ofrecido un arcón para guardar sus mercancías, la hechicera había declinado la oferta y encontraba al parecer algún propósito en el hecho de colgar cada una de ellas en lugares cuidadosamente preseleccionados. El general Malevolyn no cuestionaba sus costumbres; con tal de que le proporcionase las respuestas que deseaba, Galeona podría haber colgado cadáveres resecos del techo y él no hubiera hecho el menor comentario.
Y de hecho, eso casi era lo que ella hacía. Aunque, por fortuna, muchas de sus posesiones permanecían ocultas dentro de sus contenedores, aquellas que pendían a la vista incluían los cuerpos desecados de diversas criaturas raras así como partes diversas de otras. Asimismo, había objetos que parecían haber sido fabricados a partir de partes del cuerpo humano, aunque hubiese sido necesario un examen demasiado minucioso para poder asegurar que lo eran.
Por si la inquietud que su guarida provocaba en todos a excepción de su comandante y amante fuera poca, la lámpara creaba de alguna manera sombras que no se movían como debieran. De vez en cuando, los hombres de Malevolyn veían cómo la llama parpadeaba en una dirección al mismo tiempo que la sombra se movía en otra. En general, las sombras hacían además que la habitación pareciera mucho más grande por dentro de lo que sus dimensiones exteriores sugerían, como si al penetrar en ella, el recién llegado lo hubiese hecho en un lugar que no estaba del todo situado en el plano mortal.
Y como elemento central de esta inquietante e insólita cámara, la hechicera Galeona suponía la visión más arrebatadora y al mismo tiempo perturbadora de todas. Mientras se alzaba de entre los almohadones multicolores que cubrían la intrincada alfombra, un fuego se agitó en el interior de cada hombre. Una cabellera negra y lustrosa cayó en cascada para revelar un semblante redondo y sugerente engalanado por unos labios rojos y tentadores, una nariz generosa pero agradable y unos ojos de color verde profundo, muy profundo, que sólo admitían comparación con los intensos y esmeraldas del propio general. Unas tupidas pestañas cubrieron a medias aquellos ojos mientras la bruja parecía devorar a cada uno de los recién llegados con sólo una mirada.
—Mi general... —ronroneó, cada palabra una promesa.
De voluptuosas formas, Galeona lucía sus encantos como hacía con cada arma de que disponía. Llevaba un traje tan corto como era posible sin renunciar a sus funciones más básicas, y unas resplandecientes joyas acentuaban los bordes cerca del pecho. Cuando se movía, lo hacía como si el viento la estuviese arrastrando con delicadeza, mientras sus finos atavíos se enroscaban de forma seductora a su alrededor.
Los efectos visibles de sus encantos sobre Malevolyn no fueron más que un delicado toque de su enguantada mano sobre la mejilla morena de ella, que la hechicera aceptó como si estuviese siendo acariciada por la más suave de las pieles. Sonrió, revelando unos dientes en todo perfectos salvo por su agudeza, que los hacía parecer felinos.
—Galeona... mi Galeona. ¿Has dormido bien?
—Cuando de hecho dormí, sí... mi general.
Malevolyn soltó una carcajada.
—Sí, lo mismo que yo —su levísima sonrisa se esfumó de pronto—. Hasta que tuve el sueño.
—¿Sueño? —una momentánea agitación de la respiración reveló que Galeona no se tomaba en absoluto a la ligera el comentario.
—Sí... —pasó junto a ella, observando sin ver en realidad una de las piezas más macabras de su colección. Jugueteó con ella, movió una de sus articulaciones mientras hablaba—. El Caudillo de la Sangre renacido...
Ella se le acercó, de pronto un ángel oscuro junto a su hombro, los ojos muy abiertos por la impaciencia.
—Contádmelo, mi general, contádmelo todo...
—Vi que la armadura sin el hombre se liberaba de la tumba y luego los huesos llenaron la armadura, seguidos después por músculos y tendones. Entonces la carne cubrió el cuerpo, pero no era Bartuc tal y como se ha representado su imagen —el oficial ataviado de ébano parecía decepcionado—. Un rostro más bien mundano, en todo caso, aunque se sabe que los artesanos nunca tallan rostros como ése. Quizá aquél fuera el verdadero rostro del Caudillo, aunque en mi sueño parecía más bien el de un alma atormentada...
—¿Es eso todo?
—No, luego vi sangre, sobre su rostro y después de que apareciera, se marchó. Las montañas cedieron paso a las colinas y las colinas a la arena y vi que se hundía en esa arena... y entonces el sueño terminó.
Uno de los otros oficiales entrevió una sombra en la esquina más lejana de la tienda. Se movió subrepticiamente en dirección al general. Acostumbrado por la experiencia a no hablar de tales cosas, tragó saliva y contuvo la lengua, confiando en que la sombra no se volviera, más tarde, en su dirección.
Galeona se apoyó sobre la coraza del general Malevolyn y lo miró a los ojos.
—¿Alguna vez habíais tenido ese sueño antes, mi general?
—De ser así te lo habría dicho.
—Sí, así es. Ya sabéis lo importante que es que me lo contéis todo —se separó de él y regresó al montón de almohadones de felpa. Una resplandeciente película de sudor cubría cada porción visible de su cuerpo—. Y esto por encima de todo... Porque éste no es un sueño ordinario. No, no lo es.
—Yo también lo sospecho —hizo un ademán negligente hacia el ayudante de campo que llevaba el objeto cubierto por la tela. El hombre se adelantó un paso, al mismo tiempo que apartaba el material para mostrar lo que había debajo.
Un yelmo de cresta serrada resplandeció bajo la tenue luz de la solitaria lámpara. Antiguo pero intacto, habría cubierto la mayor parte de la cabeza y del semblante de su propietario, sin dejar más que dos delgadas aberturas para los ojos, un fino pasillo para la nariz y un segundo, más ancho pero también fino, para la boca. Por detrás, el yelmo se prolongaba hasta muy abajo y protegía el cuello, pero dejaba la garganta completamente al descubierto.
Incluso en la débil iluminación reinante en la estancia uno podía discernir con toda claridad que el yelmo había estado antaño teñido del rojo de la sangre.
—Pensé que podrías necesitar el yelmo de Bartuc.
—Puede que tengas razón —Galeona se separó de Malevolyn y extendió el brazo hacia la reliquia. Sus dedos rozaron los del ayudante de campo y el hombre se estremeció. Ahora que el general no estaba mirando y el segundo oficial no podía ver desde aquel ángulo, la hechicera aprovechó la oportunidad para dejar que su mano acariciara durante un breve instante la muñeca del oficial. Lo había saboreado una o dos veces, cuando sus apetitos habían demandado un cambio de ritmo, pero sabía que nunca se atrevería a hablarle a su comandante de sus encuentros. Era mucho más probable que Malevolyn lo hiciera ejecutar a él que a su preciada bruja.
Tomó el yelmo con las manos y lo colocó en el suelo, cerca del lugar en el que había estado sentada al principio. El general despidió a sus hombres y luego se reunió con Galeona, sentado directamente frente a ella.
—No me falles, querida mía. En este asunto mi resolución es inquebrantable.
Por primera vez, un jirón de la confianza de Galeona se disipó. Augustus siempre había sido un hombre de palabra, en especial por lo que se refería a la suerte de quienes no satisfacían sus expectativas.
Escondiendo sus preocupaciones, la siniestra hechicera posó las palmas de las manos sobre el yelmo. El general se quitó los guanteletes e hizo lo mismo.
La llama de la lámpara parpadeó, pareció menguar hasta convertirse casi en nada. Las sombras se alargaron, se espesaron y, sin embargo, al mismo tiempo parecieron más vivas, más independientes de la frugal luz. Despedían una sensación irreal, ultraterrena, cosa, no obstante, que no molestaba en absoluto al general Malevolyn. Estaba al tanto de algunos de los poderes con los que Galeona trataba y sospechaba la naturaleza de otros. Como un hombre de guerra con ambiciones imperiales, los veía a todos ellos como herramientas útiles para su causa.
—Lo igual llama a lo igual, la sangre a la sangre... —las palabras se deslizaban presurosas por los opulentos labios de Galeona. Había pronunciado muchas veces esa misma letanía para su patrón—. ¡Deja que lo que fue suyo llame a lo que fue suyo! ¡Lo que llevó la sombra de Bartuc debe estar de nuevo reunido!
Malevolyn sintió que su pulso se aceleraba. El mundo pareció alejarse de él. Las palabras de Galeona resonaban como un eco, se convirtieron en el único foco.
Al principio no vio nada salvo un gris eterno. Entonces, frente a sus ojos, una imagen se destiló de la monotonía, una imagen que de alguna manera le era familiar. Volvió a ver la armadura de Bartuc y a alguien que la llevaba ahora, pero esta vez el general estaba seguro de que el hombre que tenía frente a sí no podía ser el legendario caudillo.
—¿Quién? —siseó—. ¿Quién?
Galeona, con los ojos cerrados y la cabeza inclinada hacia atrás por la concentración, no le respondió. Una sombra se movió detrás de ella, una sombra que, pensó Malevolyn vagamente, semejaba un gran insecto. Entonces, mientras la imagen que tenía frente a sí crecía, devolvió su atención por entero al propósito de identificar y localizar al extraño.
—Un guerrero —murmuró la hechicera—. Un hombre curtido en muchas campañas.
—¡Olvida eso! ¿Dónde está? ¿Está cerca?
¡La armadura del Caudillo! Después de tanto tiempo, de tantas pistas falsas...
Ella se retorcía a causa del esfuerzo. A Malevolyn no le importaba, dispuesto a llevarla hasta sus límites y más allá si era necesario.
—Montañas... picos fríos, gélidos...
Aquello no era de ninguna ayuda, el mundo estaba lleno de montañas, en especial el norte y la costa de los Mares Gemelos. Incluso la Marca de Poniente tenía las suyas.
Galeona se estremeció dos veces.
—La sangre llama a la sangre...
El general apretó los dientes. ¿Por qué se repetía?
—¡La sangre llama a la sangre!
Ella se balanceó y estuvo a punto de soltar el yelmo. Su lazo con el hechizo pendía de un hilo. Malevolyn intentó con todas sus fuerzas mantener la visión por sí mismo a pesar de que sus propias habilidades mágicas palidecían en comparación con las de Galeona. Y, sin embargo, por un momento, logró enfocar mejor aquel rostro. Un rostro sencillo. En absoluto el de un líder. De alguna manera, atemorizado. No acobardado, pero claramente fuera de su elemento...
La imagen empezó a desvanecerse. El general profirió una silenciosa maldición. La armadura había sido encontrada por algún maldito soldado raso o desertor que probablemente no tenía la menor idea de su valor o de su poder.
—¿Dónde estoy?
La visión desapareció de forma tan abrupta que le sobresaltó incluso a él. Al mismo tiempo, la oscura bruja dejó escapar un jadeo y cayó sobre los almohadones, arruinando por completo el hechizo.
Una fuerza tremenda apartó las manos de Malevolyn del yelmo. Una áspera sucesión de epítetos emergió como un torrente de la boca del general.
Con un gemido, Galeona se incorporó lentamente hasta recobrar una posición sedente. Se sujetaba la cabeza con una mano mientras miraba al general.
Éste, por su parte, estaba considerando si debía o no ordenar que la azotaran, por tentarlo con la nueva de que la armadura había sido encontrada y dejarlo después sin saber dónde se encontraba.
Ella vio su sombría mirada y supo lo que posiblemente significaba.
—¡No os he fallado, mi general! ¡Después de todo este tiempo, el legado de Bartuc está a vuestro alcance!
—¿Su legado? —Malevolyn se puso en pie, apenas capaz de mantener a raya su frustración y su furia—. ¿Su legado? ¡Bartuc comandaba demonios! ¡Extendió su poder sobre gran parte del mundo! —el pálido comandante señaló el yelmo con un ademán—. ¡Le compré eso a un buhonero como un recuerdo, un símbolo de lo que deseaba conseguir! ¡Una reliquia falsa, pensé entonces, pero bien hecha! ¡El Yelmo de Bartuc! —el general estalló en una seca carcajada—. ¡Sólo al ponérmelo me di cuenta de la verdad... me di cuenta de que sí era el yelmo!
—¡Sí, mi general! —Galeona se puso en pie con rapidez, posó sus manos sobre el pecho del general y sus dedos acariciaron el metal como si fuese su propia carne—. Y empezasteis a tener los sueños, las visiones de...
—Bartuc... ¡He visto sus victorias, he visto su gloria, he visto su fuerza! Las he vivido, todas ellas... —el tono de Malevolyn creció en amargura—, ¡pero sólo en mis sueños!
—¡Fue el destino el que trajo el yelmo hasta vos! El destino y el espíritu de Bartuc, ¿no lo veis? Él desea que seáis su sucesor, confiad en mí —lo arrulló la bruja—. ¡No puede haber otra razón porque sois el único que ha tenido esas visiones sin mi ayuda!
—Cierto —después de los dos primeros incidentes, sucedidos en un período en el que Malevolyn había llevado el yelmo, el general había ordenado a unos pocos de sus oficiales de confianza que utilizaran el artefacto. Ni siquiera aquellos que lo habían llevado durante varias horas habían tenido después sueños semejantes. Aquello, a los ojos de Augustus Malevolyn, había sido la prueba de que él mismo había sido elegido por el espíritu del caudillo para sucederlo en su gloria.
Malevolyn sabía todo cuanto un hombre mortal podía saber sobre Bartuc. Había estudiado todo documento, investigado toda leyenda. Aunque, en el pasado, muchos se habían encogido de temor ante la oscura y demoníaca historia del caudillo, temiendo de alguna manera verse mancillados por ella, el general había devorado cada brizna de información existente sobre él.
En estrategia y fuerza física era rival para Bartuc, pero Malevolyn sólo era capaz de manejar la magia más débil. Apenas suficiente para encender una vela. Galeona le había proporcionado mayor poder, por no hablar de otros placeres, pero para poder emular de verdad la gloria del caudillo, Malevolyn necesitaba algún medio con el que convocar no un demonio, sino muchos.
La armadura le allanaría ese camino, de eso había adquirido una certeza obsesiva. La exhaustiva investigación llevada a cabo por Malevolyn había descubierto que Bartuc la había imbuido con formidables encantamientos. Los frugales poderes del propio general habían sido aumentados ya por el yelmo; sin duda, la armadura completa le daría lo que deseaba. Seguro que eso era lo que deseaba la sombra de Bartuc. Las visiones tenían que ser una señal.
—Hay una cosa que puedo deciros, mi general —susurró la hechicera—. Una cosa que os dará aliento para vuestra búsqueda.
Él la tomó por los brazos.
—¿Qué? ¿Qué es?
Ella esbozó una mueca momentánea a causa del dolor de su abrazo.
—Él... el necio que lleva ahora la armadura... ¡se aproxima!
—¿Viene a nosotros?
—Quizá, si el yelmo y el resto están destinados a reunirse pero, aunque no sea así, cuanto más se aproximen, más fácil me será localizarlo con exactitud. —Galeona soltó uno de sus brazos y tocó la mejilla de Malevolyn—. Sólo tenéis que esperar un poco más, amor mío. Sólo un poco más.
Tras soltarla, el general reflexionó.
—¡Lo buscarás cada mañana y cada tarde! ¡No debes ahorrar esfuerzos! ¡En el momento mismo en que descubras dónde se encuentra ese cretino, yo debo ser informado! ¡Marcharemos inmediatamente tras él! ¡Nada se interpondrá entre mi destino y yo!
Recogió el yelmo y, sin decir otra palabra, abandonó la tienda, seguido de inmediato por sus ayudantes de campo. La mente de Malevolyn volaba mientras se imaginaba a sí mismo embutido en la armadura completa. Se alzarían legiones demoníacas para obedecer sus órdenes. Caerían ciudades. Un imperio que abarcaría... que abarcaría el mundo entero.
Augustus Malevolyn sujetaba el yelmo de forma casi protectora mientras regresaba a sus propios aposentos. Galeona había tenido razón. Sólo tenía que ser un poco más paciente. La armadura vendría a él.
—Yo lograré lo que tú soñaste una vez con hacer —susurró a la sombra ausente de Bartuc—. ¡Tu legado será mi destino! —los ojos del general centellearon—. Y muy pronto...
* * *
La bruja se estremeció mientras Malevolyn desaparecía tras la entrada de la tienda. Últimamente su inestabilidad había ido en aumento, en especial cuanto más tiempo llevaba el antiguo yelmo. En una ocasión, incluso le había descubierto hablando como si fuese el Caudillo de la Sangre en persona. Galeona sabía que el yelmo —y posiblemente toda la armadura— contenía alguna fuerza mágica misteriosa, pero hasta el momento no había sido capaz de identificarla o controlarla.
Si pudiese controlarla... ya no necesitaría a su amante. Una lástima, en algunos sentidos, pero siempre habría otros machos. Otros machos más maleables.
Una voz rompió el silencio, una voz rasposa y profunda que a la bruja le recordaba en alguna medida al zumbido de un millar de moscas agonizantes.
—La paciencia es una virtud... ¡Éste debería saberlo! ¡Ciento veintitrés años en este plano mortal en busca del caudillo! Tanto tiempo... y ahora aparece de pronto.
Galeona miró a su alrededor, escudriñó las sombras, en busca de alguien en particular. Finalmente lo encontró en una esquina lejana de la tienda, una forma oscilante, forma de insecto, que sólo resultaba visible para aquellos que miraban con verdadera atención.
—¡Guarda silencio! ¡Alguien podría escucharte!
—Nadie oye cuando éste así lo quiere —dijo la voz áspera—. Eso lo sabes bien, humana...
—Entonces acalla tu voz por bien de mi cordura, Xazak —la hechicera de oscura piel miró fijamente la sombra pero no se le aproximó. Después de todo este tiempo, todavía no confiaba por completo en su constante compañero.
—Cuan tiernos los oídos de los humanos —la sombra cobró más forma; ahora parecía un insecto específico, una mantis religiosa. No obstante, una mantis como aquella hubiera tenido dos metros y medio, si no más—. Cuan suaves y frágiles sus cuerpos...
—Será mejor que no hables de esa manera...
Un sonido bajo, quitinoso se extendió por la tienda. Galeona apretó los dientes, sabiendo que a su compañero no le gustaba recibir reproches. Xazak se aproximó con movimientos sinuosos.
—Háblale a éste de la visión que habéis compartido.
—Ya lo viste.
—Pero éste querría oírlo de ti... por favor... complácele.
—Muy bien —tras respirar profundamente, describió con tanto lujo de detalles como le fue posible al hombre y la armadura. Seguramente Xazak lo había visto todo pero, por alguna razón, el imbécil siempre le pedía que le contara las visiones. Galeona trató de acelerar las cosas ignorando al hombre casi por completo y prestando más atención a la propia armadura y al paisaje que se distinguía a duras penas al fondo.
Xazak la interrumpió bruscamente.
—¡Éste ya sabe que la armadura es la verdadera! ¡Ya sabe que vaga por el plano mortal! ¡El humano! ¿Qué hay del humano?
—Totalmente ordinario. No había nada especial en él.
—¡Nada es ordinario! ¡Descríbelo!
—Un soldado. De rostro sencillo. Un guerrero corriente. El hijo de unos granjeros, posiblemente, a juzgar por su apariencia. Nada extraordinario. Algún pobre necio que se topó con la armadura y, como evidentemente piensa el general, no tiene idea de lo que es.
De nuevo el sonido quitinoso. La sombra retrocedió un poco. Cuando Xazak habló, su voz sonaba profundamente decepcionada.
—¿Es seguro que el camino de este mortal lo aproxima a nosotros?
—Eso parece.
La sombría figura quedó inmóvil. Era evidente que Xazak estaba pensando en algo.. Galeona esperó... y esperó un poco más. Xazak carecía del concepto del tiempo por lo que a los demás se refería. Sólo le preocupaba cuando se trataba de sus propias necesidades y deseos.
Dos destellos de un profundo amarillo aparecieron donde la cabeza de la sombra parecía estar. Lo que podría haber sido el contorno de un apéndice terminado en dedos con tres garras apareció momentáneamente a la vista y entonces volvió a desaparecer con rapidez.
—Deja que venga, entonces. Éste habrá decidido para entonces si una marioneta es mejor que otra... —la forma de Xazak se hizo indistinta. Toda semejanza a una mantis, o a cualquier otra criatura, desapareció—. Deja que venga...
La sombra se fundió con los sombríos rincones.
Galeona profirió una maldición para sus adentros. Había aprendido mucho de la impía criatura. Había incrementado su poder en muchos aspectos gracias a su pasada tutela. Sin embargo, mucho más que de Augustus, hubiera deseado deshacerse de Xazak, estar libre de aquel ser horripilante. El general podía ser manipulado hasta un punto, pero no ocurría lo mismo con su secreto compañero. Con Xazak, la hechicera participaba en un continuo juego del gato y el ratón en el que demasiado a menudo se sentía en el papel de la segunda de las criaturas. No obstante, uno no rompía sin más un pacto sellado con uno de la raza de Xazak; si no se comportaba con precaución, Galeona podría encontrarse privada de los miembros y la cabeza... antes de que él la dejara morir al fin.
Y esto hizo que considerara por fin una idea nueva.
El que llevaba la armadura de Bartuc parecía ciertamente un guerrero, un soldado y, tal como ella misma lo había descrito, un hombre sencillo. En otras palabras, un necio. Galeona sabía bien cómo manipular a tales hombres. Dado que era un hombre, estaría indefenso ante sus encantos; dado que era un necio, nunca se daría cuenta de ello.
Tendría que ver cómo iban las cosas con el general y con Xazak. Si parecía que uno u otro podía serle de utilidad, Galeona haría lo que pudiera para inclinar la balanza en su favor. Ciertamente, Malevolyn con la armadura del caudillo podría ocuparse de su siniestro compañero. Sin embargo, si era Xazak el que obtenía primero la reliquia completa, él sería al que habría de seguir.
Sin embargo, el extraño seguía siendo una posibilidad. Sin duda a él podría llevarlo de un lado a otro por la nariz, podría decirle lo que debía hacer. Representaba un potencial donde los otros dos representaban un riesgo.
Sí, Galeona pretendía mantener vigilado a aquel idiota por su propio interés. Sería mucho más susceptible a sus deseos que un ambicioso y ligeramente loco comandante militar... y ciertamente menos peligroso que un demonio.
_____ 3 _____
Sangre.
—¿Por todo lo que es sagrado, Norrec? ¿Qué has hecho?
—Norrec. Amigo mío. Quizá deberías quitarte ese guantelete.
Sangre.
—¡Maldito seas! ¡Maldito seas!
—¡Sa... Sadun! ¡Su muñeca! Córtale...
Sangre por todas partes.
—¡Norrec! ¡Por el amor de dios! ¡Mi brazo!
—¡Norrec!
—¡Norrec!
La sangre de los más cercanos a él...
* * *
—¡Nooooo!
Norrec alzó la cabeza y gritó antes incluso de saber que había despertado. El azote de un viento helado le hizo recobrar por completo la consciencia y por primera vez advirtió el intenso dolor de su mejilla derecha. Sin pensarlo mucho, se llevó una mano al carrillo.
Frío metal acarició su piel. Con un sobresalto, Norrec se miró la mano... una mano cubierta por un guantelete escarlata, las yemas de cuyos dedos estaban ahora teñidas por un líquido rojizo.
Sangre.
Con gran agitación, devolvió la mano a la mejilla, aunque esta vez tocó la carne con un solo dedo. De esa manera, Norrec descubrió que estaba sangrando por tres sitios. Tres valles habían sido abiertos en su mejilla, como si algún animal lo hubiese atacado con las garras.
—¡Norrec!
El destello de un recuerdo provocó un estremecimiento que recorrió al veterano. El rostro de Sadun, contorsionado por un miedo que Norrec no había visto más que en los más terribles campos de batalla. Los ojos de Sadun, suplicando, la boca abierta, de la que no escapaba sonido alguno.
La mano de Sadun... arañando desesperadamente el rostro de su amigo.
—No... —lo que Norrec recordaba no podía ser.
Otra imagen.
Fauztin sobre el suelo de la tumba y la sangre encharcando las piedras cercanas, la sangre que manaba del agujero en el que una vez había estado la garganta del Vizjerei.
El hechicero, al menos, había muerto con relativa rapidez.
—No... no... no —más horrorizado a cada momento que pasaba, medio enloquecido, el soldado se puso trabajosamente en pie. A su alrededor vio altas colinas, montañas incluso, y los primeros destellos de la luz del sol. No obstante, nada de todo ello le resultaba familiar. Nada se parecía al pico en el que sus amigos y él habían descubierto la tumba de Bartuc. Norrec dio un paso adelante mientras trataba de ordenar sus pensamientos.
Un sonido inquietante acompañaba cada movimiento. Bajó la mirada y descubrió que no sólo sus manos estaban cubiertas de metal. Una armadura. Allá donde posaba la vista, Norrec no veía más que las mismas placas metálicas tintadas del color de la sangre. Había creído que su asombro y su horror no podían aumentar, pero con sólo contemplar el resto de su cuerpo, el hasta entonces controlado soldado fue presa de un pánico total. Sus brazos, su torso, sus piernas, todo su cuerpo estaba ahora cubierto por la misma armadura escarlata. Y por si no fuera mofa suficiente, Norrec vio que incluso llevaba las antiquísimas pero todavía usables botas de cuero de Bartuc.
Bartuc... Caudillo de la Sangre. Bartuc, cuya negra magia había salvado aparentemente al impotente soldado a cambio de las vidas de Sadun y el hechicero.
—¡Maldito seas! —tras volver de nuevo la mirada a sus manos, Norrec trató de arrancarse los guanteletes. Tiró con todas sus fuerzas, primero del izquierdo y luego del derecho. Sin embargo, fuese cual fuese el que intentaba quitarse, ninguno de los guanteletes de metal cedió más de un centímetro antes de aferrarse a su piel.
Miró a su interior y, al no descubrir impedimento alguno, volvió a intentarlo... pero tampoco en esta ocasión cedieron los guanteletes. Y lo que era peor, conforme salía el sol, Norrec pudo ver por vez primera que la sangre de su herida mejilla no era la única que manchaba el metal. Cada uno de sus dedos, e incluso la mayor parte de las palmas, tenían el aspecto de haber sido sumergidos en untuoso y rojizo tinte.
Pero no era tinte lo que las cubría.
—Fauztin —murmuró—. Sadun.
Con un aullido de furia, Norrec lanzó un puñetazo a la roca más cercana, con la intención de romperse cada dedo de la mano si eso era lo que hacía falta para liberarla. Sin embargo, en vez de ello lo único que consiguió fue que la roca cediera en parte, y el único daño sufrido por Norrec fue una violenta pulsación que le recorrió el brazo entero.
Cayó de rodillas.
—Noooo...
El viento ululaba, como si se estuviese mofando de él. Norrec permaneció inmóvil, con la cabeza agachada y los brazos inertes. Por su mente pasaban a destellos fragmentos de lo que había ocurrido en la tumba, y cada uno de ellos pintaba una escena más diabólica. Sadun y Fauztin, muertos los dos... muertos los dos por sus manos.
De una sacudida, la cabeza de Norrec volvió a levantarse. No exactamente por sus manos. Eran los malditos guanteletes, uno de los cuales lo había salvado de los impíos centinelas. Seguía culpándose en gran medida por las muertes porque quizá hubiese podido cambiar las cosas de haberse quitado inmediatamente el primer guantelete, pero por sí solo jamás hubiese matado a sus amigos.
Tenía que haber una manera de quitárselos, aunque tuviese que arrancarlos pieza por pieza y se llevase parte de su piel con el metal.
Decidido a hacer algo por sí mismo, el veterano guerrero volvió a ponerse en pie mientras trataba de identificar el paisaje que lo rodeaba. Desgraciadamente, no vio nada en lo que no hubiera reparado a primera vista. Montañas y colinas. Un bosque que se extendía en dirección norte. Ninguna señal de civilización, ni tan siquiera un distante jirón de humo.
Y, de nuevo, nada recordaba al pico en el que se encontraba la tumba de Bartuc.
—¿En qué lugar del Infierno...? —se detuvo, incómodo ante la mera mención de aquel maligno y supuestamente mítico reino. Ni siquiera de niño ni, ciertamente, durante su vida como soldado, había creído demasiado en ángeles o demonios, pero el horror del que acababa de formar parte había cambiado algunas de sus opiniones. Existieran o no ángeles y demonios, lo cierto era que el Caudillo de la Sangre había dejado tras de sí un legado monstruoso... un legado del que Norrec esperaba poder librarse rápidamente.
Confiando en que quizá ocurría que había estado demasiado obcecado la primera vez que intentara quitarse los guanteletes, decidió inspeccionarlos con mayor detalle. No obstante, mientras bajaba la mirada realizó un nuevo y horripilante descubrimiento.
La sangre no manchaba tan solo los guanteletes sino también la coraza. Y lo que era peor, tras un estudio más detallado Norrec descubrió que no había salpicado la armadura de forma accidental, sino que había sido extendida metódica e intencionadamente sobre ella.
Se estremeció de nuevo. Volvió con rapidez su atención a los guanteletes y buscó alguna protuberancia, algún saliente, incluso una indentación que pudiese haber provocado que se atascasen. Nada. No había nada que los inmovilizase. Con una mera sacudida debieran de haber resbalado y caído al suelo.
La armadura. Si no podía quitarse los guanteletes, seguramente podría soltar las demás piezas. Algunas de ellas tenían cierres visibles, y aunque llevase los guanteletes puestos no había de tener demasiadas dificultades para abrirlos. Otras piezas no tendrían cierres pues habrían sido diseñadas para deslizarse sin más y caer...
Se inclinó y probó suerte con una pierna. Al principio manipuló el cierre con cierta torpeza y entonces vio cómo podría sujetarlo mejor. Con gran cuidado, lo abrió.
E, inmediatamente, éste se cerró por sí solo.
Volvió a abrirlo, con el mismo resultado. Profirió una imprecación y lo intentó una tercera vez.
Esta vez, ni siquiera se abrió.
Sus intentos con otras piezas sólo obtuvieron resultados idénticamente frustrantes. Y lo que era peor, cuando trató de quitarse al menos las botas —a pesar del frío—, éstas, al igual que los guanteletes, se deslizaron apenas unos centímetros antes de negarse a salir.
—Esto no es posible... —Norrec tiró con más fuerzas pero de nuevo sin obtener resultados visibles.
¡Era una locura! Aquellos no eran más que atavíos, pedazos de metal y un par de botas gastadas. ¡Tenían que salir!
La desesperación de Norrec creció. Él era un hombre sencillo, un hombre que creía que el sol salía cada mañana, seguido cada noche por la luna. Los pájaros volaban y los peces nadaban. La gente llevaba ropa... ¡Pero la ropa nunca llevaba a la gente!
Lanzó una mirada feroz a las sanguinolentas palmas de sus manos.
—¿Qué queréis de mí? ¿Qué queréis?
Ninguna voz sepulcral se alzó a su alrededor para revelarle su siniestro destino. Los guanteletes no trazaron de repente símbolos o palabras sobre el suelo. Sencillamente, la armadura no iba a dejar escapar a su nuevo portador.
Sus pensamientos se vieron una vez más invadidos por grotescas imágenes de las muertes de sus compañeros, haciendo difícil que se concentrase. Rogó —suplicó— que desaparecieran, pero sospechaba que lo atormentarían para siempre.
Sin embargo, si no podía librarse nunca de las pesadillas, tal vez hubiese al menos algo que pudiera hacer respecto a la armadura maldita que llevaba. Fauztin había sido un hechicero de alguna reputación, pero incluso el Vizjerei había admitido que había otros practicantes del arte más habilidosos, más sabios que él.
Norrec no tendría más que encontrar a uno de ellos.
Miró hacia el este y luego hacia el oeste. Al este no vio nada salvo unas montañas altas y amenazantes, mientras que al oeste el paisaje parecía un poco más suave. Sí, sabía que podía estar decidiendo bajo suposiciones falsas, pero las mejores oportunidades, resolvió al fin, tenían que estar en esta última dirección.
El frío viento y la humedad lo estaban helando ya hasta los huesos, así que el fatigado veterano dio comienzo a su tremenda marcha. Era posible que muriese de frío y hambre antes siquiera de llegar a las montañas, pero una parte de sí sospechaba que no sería así. La armadura de Bartuc no se había apoderado de él para dejarlo morir sin más en mitad de las tierras salvajes. No, lo lógico era que tuviera otra idea en mente, una idea que se daría a conocer llegado el momento.
Norrec no esperaba aquella revelación con ninguna impaciencia.
* * *
El sol se desvaneció en un cielo cubierto y el tiempo se hizo aún más frío. El aire estaba también preñado de humedad. Respirando pesadamente, Norrec continuó adelante a pesar de todo. Hasta el momento no había visto la menor señal que indicase que estaba avanzando en la dirección apropiada. A juzgar por todo lo que el exhausto veterano sabía, podría haberse encaminado en dirección opuesta a la que hubiera debido tomar. Tal vez al este hubiese encontrado un reino justo tras el siguiente pico.
Esta clase de pensamientos, frustrantes como eran, lograban impedir que enloqueciese por completo. Cada vez que dejaba que su mente vagara con libertad, ésta regresaba a la tumba y al horror en el que había tomado parte. Los rostros de Fauztin y Sadun lo atormentaban, y de tanto en cuanto Norrec imaginaba que los veía, condenándolo desde alguna sombra.
Pero estaban muertos y, a diferencia del sanguinario caudillo, seguirían estándolo. Sólo los remordimientos de Norrec continuaban condenándolo.
Alrededor de mediodía empezó a tambalearse mientras caminaba. Al cabo de un rato se acordó de que no había comido ni bebido desde que despertara, y que el día anterior habían almorzado temprano. A menos que planease dejarse caer a un lado y morir, Norrec tenía que encontrar pronto alguna clase de sustento.
¿Pero cómo? No tenía armas ni trampas. Para conseguir agua bastaría con recoger parte de la nieve que cubría las cercanas rocas pero, según parecía, le costaría bastante más dar con comida.
Tras decidir que al menos calmaría su sed, caminó hasta un pequeño afloramiento de roca en el que el frío de las sombras había impedido que se fundiera un poco de hielo y nieve. Recogió lo que pudo y lo sorbió ávidamente, sin preocuparse por la tierra y la hierba que acompañaban al liquido.
En cuestión de segundos, su cabeza pareció aclararse un poco. Tras escupir un poco de tierra, Norrec consideró su siguiente paso. No había visto ni un solo animal salvaje que no fuera un pájaro. Y sin un arco o una honda no tenía la menor posibilidad de abatir a uno. Sin embargo, necesitaba comida...
Su mano izquierda se movió de súbito sin la menor deferencia a sus deseos. Los dedos se separaron y se doblaron hacia dentro, casi como si Norrec hubiese cogido una esfera invisible. La mano se volvió entonces hasta que la palma estuvo frente al paisaje, justo delante del asombrado guerrero.
De sus labios brotó una única palabra:
—¡Jezrat!
La tierra que había unos cuantos pasos más allá se combó. Norrec pensó al principio que un temblor de tierra había sacudido la zona, pero sólo se formó una pequeña grieta, de unos dos metros por uno. El resto del suelo apenas tembló ligerísimamente.
Arrugó la nariz mientras unos vapores nocivos emanaban de la pequeña pero aparentemente profunda fisura. El aire ardió con zarcillos de humo amarillento que se extendían en todas direcciones.
—¡Iskari! ¡Woyut! —las desconocidas palabras brotaron de su boca con gran ferocidad.
Desde el interior de la fisura se alzó un horripilante sonido confuso. Norrec trató de retroceder pero sus pies se negaron a moverse. El ruido se incrementó, convertido ahora en un barbullar de agudos sonidos animales.
Apenas pudo ahogar un jadeo estremecido mientras un rostro del que brotaban grotescos colmillos emergía, se hubiera dicho que un poco a regañadientes, salía a la luz de aquel día nuboso. De lo alto de la cabeza cubierta de escamas sobresalían un par de cuernos dentados y curvos. Sendos orbes redondos y amarillos con llameantes pupilas rojas se apartaron con lentitud del cielo y por fin se posaron, con evidente amargura, sobre el humano. La chata y porcina nariz de la criatura se arrugó como si estuviese olisqueando algo horrible... algo, se dio cuenta el guerrero, que debía de ser él.
Dos apéndices con garras de tres dedos se aferraron a ambos lados de la fisura mientras la criatura se encaramaba a la superficie. Unos pies chatos, hipertrofiados, de uñas curvas, se plantaron sobre el suelo. Norrec contempló a una criatura salida sin duda del inframundo, un ciudadano de las profundidades, de forma vagamente humanoide, jorobado, que, aunque apenas le llegaba a la cintura, poseía un cuerpo sorprendentemente musculoso bajo una piel cubierta tanto de escamas como de pelaje.
Y entonces una segunda criatura se unió a la primera... seguida inmediatamente por una tercera, una cuarta, una quinta...
La terrorífica jauría dejó de aumentar en número después de que apareciera la sexta. Media docena más de lo que Norrec hubiera deseado. Los demoníacos diablillos conversaron en su incomprensible lengua. Era evidente que no les agradaba estar allí y, asimismo, que tampoco les agradaba aquel a quien consideraban responsable de su situación. Algunas de ellas abrieron sus fauces erizadas de dientes y sisearon a Norrec mientras otras se limitaban a fruncir el ceño.
—¡Gester! ¡Iskari! —las extrañas palabras volvieron a sobresaltarlo, pero el efecto que tuvieron sobre la monstruosa jauría resultó aún más sorprendente. Toda señal de desafío se desvaneció de inmediato mientras los diablillos se arrastraban delante de él y algunos llegaban a enterrarse en el suelo para demostrar lo abyectos que eran.
—¡Dovru Sesti! ¡Dovru Sesti!
Significara lo que significase la frase, puso en fuga a las cornudas bestias. Chillando y emitiendo extraños sonidos, se alejaron en direcciones diferentes como si sus mismas vidas dependieran de ello.
Norrec suspiró. Cada vez que de sus labios brotaban palabras desconocidas, era como si su corazón se parase. El idioma resultaba parecido al que utilizaban tanto Fauztin como otros Vizjerei con los que el veterano había tenido relación a lo largo de los años, pero también sonaba más áspero, más siniestro que cualquier cosa que el asesinado amigo de Norrec hubiera pronunciado jamás, incluso en la más reñida de las batallas.
No tuvo tiempo de pensar más sobre ello porque, repentinamente, los sonidos de las criaturas se alzaron en la distancia. Norrec se volvió hacia el sur y vio que dos de las monstruosidades regresaban con sus andares bamboleantes y arrastrando tras de sí los restos sanguinolentos y destrozados de una cabra.
Había tenido hambre y ahora la armadura le proporcionaba lo que para ella era sustento.
Norrec palideció al ver el cuerpo. Él mismo había, por supuesto, sacrificado a menudo animales para comer, pero parecía que los demonios habían disfrutado capturando y matando a la desgraciada cabra. La cabeza casi le había sido arrancada del cuerpo y las patas pendían como si estuvieran rotas. Una parte de su flanco había sido desgarrada y de la enorme herida manaba sangre que iba dejando un reguero escarlata detrás del cuerpo.
Las grotescas criaturas dejaron caer el animal delante de Norrec y entonces retrocedieron. Al mismo tiempo que lo hacían, un tercer miembro de la jauría regresó, trayendo consigo un pequeño y sanguinolento cuerpo con una vaga semejanza a un conejo.
El cansado veterano examinó las horripilantes ofrendas en busca de algo que él pudiera encontrar comestible. Por muy excepcionales que fueran como cazadores aquellas criaturas cornudas, el trato que ofrecían a las piezas cobradas dejaba mucho que desear.
Los otros tres diablillos regresaron al cabo de unos momentos, transportando sus propias piezas. Una, un lagarto hecho jirones, fue desechado de inmediato por Norrec. Las otras, un par de conejos, los eligió por fin sobre el primero que le había sido ofrecido.
Mientras extendía el brazo hacia ellos, su mano izquierda volvió a rebelarse. El guantelete pasó sobre los conejos y, mientras lo hacía, un calor increíble empezó a quemar los dedos a Norrec.
—¡Maldita sea! —logró retroceder un paso. Rápidamente, el calor volvió a remitir pero su mano todavía palpitaba a causa del dolor. Desde el lugar en el que se habían reunido, los diablillos cuchicheaban y esta vez parecían bastante divertidos por lo ocurrido. No obstante, una rápida y furiosa mirada del guerrero los silenció.
Cuando su mano recuperó casi por completo la normalidad, Norrec devolvió su atención a los conejos... y los encontró cocinados por completo. Incluso el aroma que despedían olía a diversas especias, todas ellas muy sabrosas.
—Pues... no pienses que voy a darte las gracias por esto —musitó, a nadie en particular.
El hambre abrumó su buen sentido y el ajado guerrero se arrojó sobre la sorprendentemente bien preparada comida. No sólo devoró uno, sino los dos conejos con gran facilidad. Eran de buen tamaño y no tardaron en acallar los sonidos de su estómago. Después, se preguntó qué haría con el resto. Norrec aguardó, esperando que la armadura tomara la decisión por él, pero no ocurrió nada.
La jauría seguía observándolo pero sus miradas a menudo se deslizaban hasta la comida, lo que por fin le dio la respuesta a su pregunta. Alzó la mano, señaló la cabra y a los otros animales muertos e hizo un gesto a los diablillos.
No necesitaban demasiadas invitaciones. Con un deleite maniaco que hizo que el endurecido veterano se apartara con repugnancia, la diminuta horda cayó sobre la comida. Desgarraron la carne, lanzando trocitos y sangre en todas direcciones. El almuerzo de Norrec le provocó nauseas mientras observaba cómo los demonios arrancaban a los huesos todo cuanto podían devorar. Imaginó aquellas mismas garras y dientes sobre él...
—¡Verash! —Tanto lo perturbaba lo que estaba viendo que apenas reaccionó a la severa palabra que acababa de salir de su boca.
Los diablillos retrocedieron como si hubieran sido golpeados. Acobardados, recogieron lo que quedaba de la carcasa de la cabra y lo arrastraron hacia la fisura. Con algún esfuerzo, las grotescas criaturas depositaron los restos en la grieta y entonces, una tras otra, desaparecieron.
La última lanzó al humano una última y curiosa mirada y luego desapareció en las entrañas de la tierra.
Frente a los ojos asombrados de Norrec, la grieta se cerró por sí sola, sin dejar tras de sí la menor señal de su existencia.
Muertos vivientes. Una armadura maldita. Demonios del inframundo. Norrec había presencia la acción de la magia en el pasado, incluso había escuchado historias sobre criaturas siniestras, pero nada podía haberlo preparado para todo lo que había ocurrido desde que entrara en aquella cueva. Deseó poder retroceder en el tiempo y cambiar las cosas, haber tomado la decisión de abandonar la tumba antes de que los guardianes se levantasen para asesinar a su grupo, pero sabía que aquello no era más posible que arrancarse la armadura del cuerpo.
Necesitaba descansar. La caminata había sido dura y, con comida en el estómago, el deseo de continuar se había desvanecido, al menos por algún tiempo. Era mejor dormir y continuar una vez hubiese descansado. Quizá sus pensamientos se aclarasen también y le permitiesen pensar mejor cómo escapar de aquella situación terrorífica.
Se inclinó hacia atrás y se estiró. Después de tantos años en el campo de batalla, cualquier lugar era bueno a la hora de encontrar una cama. La armadura haría que las cosas fueran un poco incómodas pero, a ese respecto, el cansado soldado había sufrido más en otras ocasiones.
—¿Qué demonios...?
Sus brazos y sus piernas lo obligaron a erguirse. Norrec trató de sentarse, pero ninguna parte de su cuerpo lo obedecía por debajo del cuello.
Los brazos cayeron inertes y se balancearon como si cada unos de los músculos hubiesen sido cortados. El pie izquierdo de Norrec avanzó; el derecho lo siguió enseguida.
—¡No puedo continuar, maldita sea! ¡Necesito descansar un poco!
La armadura no parecía sentir el menor interés por sus protestas y siguió marcando el paso. Izquierda. Derecha. Izquierda. Derecha.
—¡Una hora! ¡Dos a lo sumo! ¡Eso es todo lo que necesito!
Sus palabras resonaron como un eco inútil entre las montañas y colinas. Izquierda. Derecha. Le gustara o no, continuaría su ardua marcha.
Pero, ¿hacia dónde?
* * *
Esto nunca debería haber ocurrido, pensó Kara nerviosamente. Por la voluntad de Rathma, ¡esto nunca debería haber ocurrido!
La esfera esmeralda que había invocado para poder ver otorgaba a todo el cuadro una apariencia aún más perturbadora. Su rostro, de por sí pálido, había palidecido aún más. Kara se envolvió en su voluminosa capa negra, buscando algo de confort en su calidez. Bajo unas pestañas gruesas, los ojos plateados con forma de almendra contemplaban una escena que, sin duda, sus maestros nunca podrían haber imaginado. La tumba es segura para siempre, habían insistido una vez tras otra. Donde vacila la hechicería elemental de los Vizjerei, nuestras propias y seguras habilidades prevalecerán.
Pero ahora, aparentemente, tanto los más materialistas Vizjerei como los pragmáticos seguidores de Rathma habían fracasado en su cometido. Lo que habían tratado de apartar para siempre de los ojos de los hombres no había sido sólo encontrado, sino que de hecho había sido robado.
¿O había algo más en todo ello? ¿Cuan poderosos tenían que haber sido los intrusos para haber podido no sólo eliminar a los guardianes muertos vivientes, sino atravesar las irrompibles protecciones?
No tanto, pues dos de ellos habían muerto de forma violenta. Moviéndose con tal gracia que casi parecía deslizarse, la mujer ataviada de negro se aproximó al más cercano de los cadáveres. Se inclinó sobre él y, tras apartarse del rostro varias trenzas de color cuervo, inspeccionó los restos.
Un hombre enjuto y fuerte, un veterano de guerra curtido en el campo de batalla. Llegado de uno de los lejanos países occidentales. No un hombre guapo, ni siquiera antes de que alguien le hubiese dado una vuelta completa a su cabeza y casi le hubiese arrancado un brazo. La daga clavada en el pecho, sin duda un ejercicio de exceso, parecía ser la suya. Qué lo había matado, ni siquiera la nigromante podía decirlo... aún no. La herida había sangrado copiosamente, pero no tanto como hubiera sido normal. Además, ¿para qué abrir en canal a una víctima después de haberle roto el cuello?
Silenciosa como la muerte, la delgada pero curvilínea mujer se aproximó al otro cuerpo. Lo reconoció de inmediato como el de un Vizjerei, cosa que no la sorprendió en absoluto. Siempre entrometiéndose en todo, siempre buscando métodos para obtener ventajas los unos sobre los otros, los Vizjerei eran aliados poco dignos de confianza en el mejor de los casos. De no ser por ellos, toda aquella situación jamás hubiera tenido lugar. Bartuc y su hermano habían seguido sus primeras enseñanzas de los Vizjerei, en especial el uso temerario que hacían de demonios para los más poderosos conjuros de hechicería. Bartuc había sobresalido especialmente en este aspecto, pero sus constantes interacciones con los oscuros habían pervertido su propio pensamiento hasta hacerle creer que los demonios eran sus aliados. Éstos, a su vez, habían alimentado su creciente maldad hasta hacer de la suya un alma gemela a las del plano infernal, pero en el plano mortal.
Y aunque Horazon y sus camaradas magos habían abatido a Bartuc y derrotado sus huestes demoníacas, les había sido imposible destruir el cadáver del caudillo. La armadura, imbuida como era bien sabido con varios encantamientos siniestros, había continuado tratando de cumplir con su deber, protegiendo a su señor incluso después de la muerte. Sólo el hecho de que Bartuc no hubiera protegido por completo su garganta había permitido a sus enemigos decapitarlo.
En posesión de una cabeza y un torso que no podían quemar del todo, los Vizjerei habían acudido a los hermanos de Kara, habían registrado las densas junglas en busca de los solitarios practicantes de una hechicería que equilibraba vida y muerte, una hechicería que provocaba que quienes la empuñaban fueran conocidos como nigromantes. En conjunción, las dos órdenes habían trabajado muy duro para asegurarse de que los restos de Bartuc permanecían siempre apartados de la faz de la tierra y que, con el tiempo, incluso los encantamientos del caudillo terminaban por desvanecerse.
Kara tocó la garganta manchada de escarlata del hechicero muerto y advirtió que la mayor parte de ella había sido arrancada con un salvajismo que haría enmudecer el de la mayoría de los animales. A diferencia del guerrero, el mago había muerto muy rápidamente, aunque de forma brutal. Sus ojos, en los que resultaba todavía evidente el horror de lo que le había ocurrido, la miraban. Su expresión era una mezcla de asombro e incredulidad, casi... casi como si no pudiera creer quién había sido su asesino.
Y sin embargo, ¿cómo era posible que alguien hubiera asesinado a un Vizjerei sin lograr detener a los otros ladrones? ¿Habían tenido suerte, sin más y habían escapado de milagro? Kara frunció el ceño; después de que los guardianes muertos vivientes hubieran sido destruidos y las protecciones destrozadas, ¿qué había quedado allí que hubiese podido destruir a los intrusos? ¿Qué?
Deseó que los otros hubieran podido acudir, pero no había sido posible. Habían sido necesitados en otros lugares... por todas partes, se hubiera dicho. Un crecimiento generalizado de las actividades de las fuerzas oscuras se había sentido no sólo por todo Kehjistan, sino también en Scosglen. Los fieles de Rathma habían tenido que desperdigarse más que en toda su historia.
Y eso la dejaba solo a ella, una de las más jóvenes y menos curtidas de la fe. Sí, al igual que la mayoría de quienes seguían la senda de Rathma, la habían enseñado a ser independiente casi desde la cuna, pero ahora Kara sentía que estaba penetrando en un territorio para el que ninguna instrucción o experiencia hubieran podido prepararla.
No obstante, quizá... quizá este Vizjerei pudiera todavía revelarle algo sobre aquello a lo que se enfrentaba.
Kara sacó de su cinturón una daga de aspecto delicado pero muy resistente, cuya hoja había sido forjada en una forma curva, serpentina. Tanto la hoja como la empuñadura estaban talladas del marfil más puro pero, de nuevo, en esto las apariencias engañaban. Kara hubiera medido gustosa su hoja contra cualquier otra, sabiendo que los encantamientos con los que había sido protegida la hacían más fuerte y más precisa que la mayoría de las armas normales.
Sin repugnancia ni entusiasmo, la hechicera llevó la punta hasta una de las áreas más sangrientas de la destrozada garganta del Vizjerei. Volvió la hoja una y otra vez hasta que la punta estuvo completamente empapada de sangre. Entonces, sosteniendo la daga con la punta hacia abajo, susurró su hechizo.
Los grumos de intenso color rojizo de la punta resplandecieron. Musitó unas cuantas palabras más al tiempo que se concentraba.
Los grumos empezaron a cambiar, a crecer. Se movieron como si estuvieran vivos... o como si recordaran la vida.
Kara, llamada Sombra Nocturna por sus maestros, dio la vuelta a la daga y entonces la arrojó de punta contra el suelo.
La hoja se clavó hasta la mitad sin que la dura superficie de roca pudiera impedir su avance. Tras retroceder un paso con rapidez, observó mientras la daga de marfil era engullida por los hinchados grumos, que acto seguido se fundieron para crear una forma vagamente humana, poco más alta que el arma.
Trazando unos dibujos en el aire, la nigromante murmuró la segunda parte, la parte final de su encantamiento.
En un estallido de luz roja, una figura de tamaño natural se materializó allí donde se había erguido la daga. Completamente escarlata, de la cabeza a los pies, de la piel al atuendo, la miró con ojos vacíos. Vestía los atavíos de un hechicero Vizjerei, las mismas ropas, de hecho, que llevaba el cadáver que había en el suelo, tras ella.
Kara contempló con ansiedad al fantasma que ostentaba la apariencia del mago muerto. Sólo había hecho algo como aquello en una ocasión y en circunstancias mucho más favorables. Lo que se alzaba frente a ella hubiera sido llamado por la mayoría de los mortales un fantasma, un espíritu... y quienes lo llamaran de aquella manera hubieran estado sólo parcialmente en lo cierto. Extraído de la sangre vital de la víctima, contenía de hecho algunos jirones del espíritu del muerto, pero para convocar por completo un verdadero espectro hubieran sido necesarios más tiempo y mayores preparativos, y ahora Kara tenía que actuar con premura. Seguramente, este fantasma bastaría para responder a sus preguntas.
—¡Di tu nombre! —le ordenó.
La boca se movió pero ningún sonido brotó de ella. Sin embargo, una respuesta se formó en su mente.
Fauztin...
—¿Qué ha ocurrido aquí?
El fantasma la miró fijamente pero no contestó. Kara se maldijo al tiempo que recordaba que el fantasma sólo podría responder preguntas de una manera sencilla. Tras tomar aliento, preguntó:
—¿Destruíste tú a los muertos vivientes?
A algunos...
—¿Quién destruyó al resto?
Un titubeo. Luego... Norrec.
¿Norrec? Aquel nombre no significaba nada para ella.
—¿Un Vizjerei? ¿Un hechicero?
Para su sorpresa la forma espectral sacudió tenuemente su cabeza escarlata. Norrec... Vizharan.
El mismo nombre de nuevo. La segunda parte, Vizharan, significaba Sirviente de los Vizjerei en la antigua lengua, pero esa información servía de poco a Kara. Ese camino no conducía a ninguna parte. Se volvió hacia una cuestión diferente y mucho más importante:
—¿Fue ese Norrec el que se llevó la armadura del estrado?
Y de nuevo el fantasma sacudió la cabeza de manera débil. Kara frunció el ceño. No recordaba nada en sus enseñanzas que mencionase algo parecido. Quizá los Vizjerei se comportasen de forma inusual al ser convocados. Consideró la siguiente pregunta con sumo cuidado. Dadas las limitaciones del fantasma, la nigromante se dio cuenta de que podría pasarse todo el día y la noche formulando preguntas sin obtener conocimiento alguno que fuese de valor para su misión. Tendría que...
Un sonido vino desde el pasillo que había a su espalda.
La joven hechicera giró sobre sus talones. Durante el más breve de los momentos creyó ver una insignificante luz azulada allá a lo lejos, pero desapareció tan rápidamente que Kara tuvo que preguntarse si no se la habría imaginado. Podía haberse tratado tan sólo de un escarabajo fosforescente u otra clase de insecto, pero...
Se aproximó con cautela al túnel y se asomó con cuidado a la oscuridad. ¿Se había apresurado al dirigirse directamente a la cámara principal? ¿Podía ese tal Norrec seguir escondido allí, esperando a que alguien viniera?
Era absurdo, pero Kara había oído un sonido. De eso estaba segura.
Y en aquel momento volvió a escucharlo, sólo que esta vez mucho más lejos, en el pasillo.
Musitando un hechizo, Kara formó una segunda esfera esmeralda, que envió revoloteando por el corredor. Mientras ésta avanzaba veloz, la mujer de cabellos negros la seguía unos pasos atrás, tratando de distinguir algo.
Seguía sin haber ni rastro de ningún intruso, pero Kara no quería correr riesgos. Alguien que pudiera matar con tal facilidad a un hechicero Vizjerei suponía sin duda una amenaza cierta. No podía ignorar esa posibilidad sin más. Tras respirar profundamente, la nigromante se internó en el pasadizo rocoso...
...y se detuvo un instante más tarde, al tiempo que se reprendía por su descuido. Había abandonado su preciada daga tras de sí y no se atrevía a enfrentarse a un posible enemigo sin ella. No sólo le proporcionaba protección, tanto mundana como mágica, sino que al dejarla atrás la maga se arriesgaba incluso a la posibilidad de perderla a manos de quienquiera que pudiese estar acechando en la tumba.
Regresó con rapidez a la cámara mientras preparaba en su mente el hechizo para despedir al fantasma, y entonces descubrió que la figura escarlata ya había desaparecido.
Kara logró dar tan solo un paso más antes de que una nueva sorpresa la golpeara con idéntica fuerza. Junto con el fantasma había desaparecido su preciosa daga, pero no fue sólo eso lo que la dejó boquiabierta e incapaz incluso de articular palabra.
Tanto el cuerpo del hechicero Fauztin como el de su enjuto compañero habían desaparecido también.
_____ 4 _____
La serpiente de arena avanzaba sinuosa y rápidamente por el cambiante desierto. Se movía con un constante balanceo para impedir que el calor del suelo le quemase la parte baja del cuerpo. La caza había sido escasa aquel día, pero ahora que el sol había ascendido llegaba la hora, le gustase o no, de buscar cobijo. Cuando el sol hubiese descendido un poco podría volver a salir y con suerte esta vez podría atrapar un ratón o un escarabajo. En el desierto no se sobrevivía demasiado tiempo sin comida y allí la caza había sido siempre un asunto difícil.
Con esfuerzo, la serpiente coronó la última duna, consciente de que sólo unos minutos la separaban de la sombra. Una vez que hubiese superado este último obstáculo, estaría libre y en casa.
La arena que había bajo ella estalló repentinamente.
Unas mandíbulas de más de treinta centímetros de longitud se cerraron con fuerza alrededor del cuerpo del animal, que se sacudió desesperadamente y trató de escapar deslizándose. Una cabeza monstruosa emergió de las arenas, seguida por un primer par de patas semejantes a agujas.
Sin dejar de debatirse, la serpiente mordió a su atacante, siseando y tratando de utilizar su veneno. Sus colmillos, sin embargo, no podían penetrar el exoesqueleto quitinoso del artrópodo.
Una pata inmovilizó la mitad inferior del cuerpo del ofidio. La cabeza de escarabajo del enorme depredador dio un súbito tirón, al tiempo que las mandíbulas apretaban con todas sus fuerzas.
Coleando, la sangrante mitad superior de la serpiente cayó al suelo, seguida al instante por la siseante cabeza.
El negro y rojo artrópodo emergió por completo de su escondite y empezó a arrastrar su comida a un lugar en el que pudiese devorarla con tranquilidad. Con los apéndices delanteros, el depredador de casi dos metros de largo empezó a empujar la mitad inferior de la serpiente.
De pronto, una sombra se cernió sobre la horripilante criatura, que al instante volvió su voluminosa cabeza y escupió al recién llegado.
El veneno corrosivo salpicó la gastada túnica de seda de un anciano barbudo y de ojos enloquecidos. Desde lo alto de una nariz alargada, casi como un pico, miró fugazmente la crepitante masa y entonces pasó una mano nudosa sobre ella. Mientras lo hacía, tanto el ácido veneno como el daño que había causado hasta el momento desaparecieron por completo.
Unos ojos azules y acuosos enfocaron al salvaje insecto.
El exoesqueleto empezó a despedir volutas de humo. La criatura con aspecto de escarabajo dejó escapar un chillido agudo mientras balanceaba las zanquivanas patas. Trató de huir, pero su cuerpo parecía haber dejado de funcionar. Las patas se doblaron y el cuerpo se arrugó. Algunas partes del monstruoso insecto empezaron a gotear, como si la criatura no estuviese hecha ya de cáscara y carne sino más bien de cera, que empezaba a derretirse bajo los rayos del ardiente sol.
Entre chillidos, el artrópodo se desplomó convertido en una masa fundida. Las mandíbulas, tan letales para la serpiente, se disolvieron en un charco de líquido negro que no tardó en perderse bajo las arenas. Finalmente, los gritos de la agonizante criatura se interrumpieron y, mientras la figura encapuchada observaba, lo que quedaba del hasta entonces salvaje depredador desapareció, escurriéndose como las pocas gotas de lluvia que anualmente trataban de aliviar el sufrimiento de aquella tierra quebrada.
—Un gusano de arena. Demasiados ya. Hay tanta maldad por todas partes... —musitó para sí el patriarca de cabello blanco—. Hay tanta maldad por aquí... Debo ser cuidadoso, ser muy cuidadoso.
Pasó sobre la destrozada serpiente y su igualmente desgraciado depredador y se encaminó hacia otra duna situada a corta distancia. Conforme el barbudo eremita se aproximaba, la duna se hinchó repentinamente, creciendo más y más hasta que se formó en su base un portal que parecía conducir directamente al propio inframundo.
Los acuosos ojos azules se volvieron para contemplar el opresivo paisaje. Un estremecimiento momentáneo recorrió al anciano.
—Tanta maldad... Sí, debo ser muy cuidadoso.
Descendió al interior de la duna. En el momento mismo en que atravesaba la entrada, la arena empezó a desplomarse hacia dentro y llenó el pasillo tras él con tal rapidez que enseguida no quedó ni rastro de la entrada.
Y mientras la duna volvía a la normalidad, los vientos del desierto continuaban arrastrando al resto del paisaje y tanto la serpiente como el gusano de arena se unían a otros incontables moradores del desierto en un polvoriento y olvidado cementerio.
* * *
Las montañas se levantaban tras de sí, aunque cómo podía haber viajado tan lejos era algo que Norrec sólo recordaba a medias. En algún momento se había desvanecido a causa de la fatiga, pero era evidente que la armadura había continuado adelante. A pesar del hecho de que el esfuerzo no había sido suyo, cada uno de los músculos del cuerpo del veterano protestaba, y le parecía que tenía todos los huesos rotos. El viento le había agrietado los labios y tenía la mayor parte del cuerpo cubierta de sudor. Anhelaba quitarse la armadura y ser libre, pero sabía que tal sueño era vano. La armadura haría con él lo que quisiera.
Y ahora se encontraba en lo alto de una cresta, contemplando la primera señal de civilización que había visto en muchos días. Una posada malsana, un lugar digno de salteadores de caminos y bandidos más que de guerreros honestos como él. Sin embargo, con la proximidad del crepúsculo y Norrec al límite de sus fuerzas, la armadura pareció por fin comprender que tenía que ocuparse de nuevo de las debilidades de su anfitrión humano.
Se dirigió sin desearlo hacia el edificio. Había tres sombríos jumentos atados en el exterior y por lo menos otro más mostraba ruidosamente su desagrado desde un desvencijado establo que había más allá. Norrec se encontró anhelando su perdida espada; la armadura no se había molestado en recogerla cuando lo había sacado de la tumba.
Justo antes de llegar a la puerta, las piernas del veterano se combaron repentinamente. Se recuperó con rapidez y comprendió que la maldita armadura de Bartuc le había concedido el dudoso presente de permitirle entrar por sí mismo, presumiblemente para evitar sospechas.
Pero en aquel momento, el hambre y el descanso eran para Norrec más importantes que su propio orgullo, así que el soldado abrió la puerta de par en par. Rostros sombríos y suspicaces levantaron la mirada hacia él. Los allí presentes no eran solo una muestra de las razas orientales, sino también de los moradores del otro lado de los Mares Gemelos. Los cuatro eran mestizos, se dio cuenta Norrec, y aunque no tenía nada contra ellos, ciertamente no le parecieron la clase de hombre con los que le gustaría compartir posada.
La clase de lugar en la que uno debe vigilar su espalda hasta cuando va al cuarto de las putas. Sadun Tryst hubiera dicho algo así. Tryst, por supuesto, se hubiera sentado con cualquiera que le ofreciese una copa.
Pero Sadun estaba muerto.
—¡Cierra la puerta o lárgate! —gruñó el que estaba sentado más cerca.
Norrec obedeció; no deseaba enfrentamientos. Obligándose a actuar como si acabara de llegar a caballo, el exhausto guerrero mantuvo la cabeza alta mientras recorría con andares tranquilos la sala. El cuerpo le aullaba mientras se movía, pero no pensaba dejar que nadie en la sala lo supiera. Sospechaba que si les daba a aquellos hombres la menor prueba de debilidad, se aprovecharían de ella sin esperar un momento.
Se aproximó al que suponía que era el posadero, una figura colosal que imponía aún más respeto que sus parroquianos y que permanecía tras una barra gastada y arañada. Una mata de cabello castaño y sucio se abría paso bajo el borde de un viejo sombrero de viaje. Los ojos, pequeños y brillantes, miraban desde un rostro redondo y canino. Norrec había reparado en un extraño olor nada más entrar en la sala y ahora sabía que emanaba del hombre que tenía delante.
Si hubiera pensado que la armadura se lo permitiría, Norrec se habría marchado a pesar de su presente estado de necesidad.
—¿Qué? —murmuró por fin el posadero mientras se rascaba su enorme barriga. Su camisa había sido decorada con una variedad de manchas y tenía incluso un desgarrón bajo el brazo.
—Necesito comida —eso, más que cualquier otra cosa, tenía que conseguirlo cuanto antes.
—Yo necesito dinero.
Dinero. El desesperado soldado refrenó su creciente frustración. Otra cosa que había quedado atrás con los cadáveres ensangrentados de sus compañeros.
Repentinamente, su mano izquierda saltó adelante y el guantelete golpeó la barra con tal fuerza que el posadero dio un respingo. Los hombres que se sentaban a las mesas se pusieron en pie y algunos de ellos alargaron las manos hacia las armas.
El guantelete se apartó... dejando tras de sí una vieja pero resplandeciente moneda de oro.
Norrec se recobró antes que el resto y dijo:
—Y también una habitación.
Podía sentir que cada par de ojos presentes observaban ávidamente la moneda. Una vez más, Norrec maldijo a la funesta armadura. Ya que podía crear riqueza de la nada, podría haber producido algo menos conspicuo que el oro. Una vez más deseó tener consigo su espada o, al menos, un bueno y sólido cuchillo.
—Queda algo de estofado en la olla, allí —con un movimiento de la cabeza, el cetrino gigante indicó la cocina—. Hay una habitación libre en el segundo piso. La primera a la derecha.
—Comeré allí.
—Como gustes.
El posadero desapareció en la parte trasera unos pocos momentos y entonces regresó con un cuenco manchado que contenía algo que olía aún peor que él mismo. No obstante, Norrec lo aceptó gustoso. Estaba tan hambriento que incluso se hubiera comido la cabra que los diablillos habían mutilado si se la hubieran ofrecido de nuevo.
Con el cuenco bajo el brazo, Norrec siguió las indicaciones del posadero hasta la habitación. Mientras subía por la crujiente escalera de madera, escuchó murmullos apagados provenientes de la sala común. Apretó el puño desocupado. La moneda de oro se había grabado a fuego en las mentes de los hombres del piso de abajo.
La habitación resultó ser tan sombría y triste como el veterano había esperado, un armario oscuro y sucio con una ventana tan mugrienta que no permitía ver el exterior. La cama parecía estar a punto de desplomarse y lo que antaño habían sido sábanas blancas estaban ahora teñidas de un gris permanente. La solitaria lámpara de aceite daba apenas luz suficiente para iluminar sus alrededores inmediatos, por no hablar del resto de la habitación.
No había silla ni mesa algunas, así que se sentó cautelosamente sobre la cama y comenzó a devorar a cucharadas el contenido del cuenco. Si tal cosa era posible, sabía aún peor de lo que había imaginado, pero al menos parecía lo bastante fresco como para no matarlo.
La necesidad de dormir se hizo más urgente conforme la comida iba llenando su estómago. Norrec tuvo que esforzarse por permanecer despierto el tiempo suficiente para terminar y, en el momento mismo en que el cuenco estuvo vacío, lo depositó gentilmente en el suelo y se tumbó. En el fondo de su mente seguía preocupado por los parroquianos del piso de abajo, pero la fatiga no tardó en imponerse incluso a esta significativa preocupación.
Y mientras perdía lentamente la consciencia, Norrec empezó a soñar.
Se vio a sí mismo gritando órdenes a un infernal ejército de grotescos horrores que su imaginación jamás hubiera podido crear por sí misma. Salvajes abominaciones de pesadilla, cubiertas de escamas, ávidas de sangre... una sangre que Norrec parecía más que ansioso por proporcionarles. Eran demonios, sí, pero estaban bajo su control total. Arrasarían ciudades por él, masacrarían a sus habitantes en su nombre. Hasta el Infierno respetaba el nombre del Caudillo de la Sangre, él... Bartuc.
Aquel pensamiento hizo que el soldado luchara por fin por escapar al sueño. ¡Él nunca podría ser Bartuc! ¡Nunca ordenaría tales horrores para satisfacción de sus propios deseos! ¡Nunca!
Y sin embargo, tan absoluto poder tenía también su lado seductor.
Afortunadamente, la batalla interna librada por Norrec contra sí mismo terminó de forma abrupta cuando un ruido lo despertó de súbito. Abrió los ojos de inmediato y aguzó el oído para escuchar más. Qué era lo que había oído, el guerrero no podía decirlo. Un pequeño sonido, de algún modo insignificante, aunque un sonido que había encontrado asiento en su subconsciente.
Volvió a escucharlo, apenas audible al otro lado de la puerta cerrada. El crujido de unos pasos que ascendían lenta y, se hubiera dicho, muy cautelosamente.
Había otras habitaciones, sí, pero los hombres del piso de abajo no le habían parecido a Norrec tan educados como para subir con cuidado para no molestarlo. Si hubiesen subido los escalones con estrépito, sin preocuparse por él, no le hubiese dado mayor importancia. Sin embargo, tanta cautela indicaba que posiblemente tenían otra cosa en mente, algo que no sería del todo del agrado del soldado.
Si un fatigado viajero tenía una moneda de oro, era muy probable que tuviera más...
La mano de Norrec se deslizó hasta el lugar en el que debería haber estado su espada. No había nada allí. Eso lo dejaba por completo a merced de la propia armadura, una senda en la que no necesariamente podía confiar. Quizá la armadura descubriera que uno de los ladrones era más de su agrado y permitiera que el soldado fuera asesinado con facilidad...
El crujido cesó.
Norrec se incorporó tan silenciosamente como le fue posible.
Dos hombres armados con cuchillos irrumpieron por la desvencijada puerta y se precipitaron de inmediato hacia la figura que había frente a ellos. Detrás venía un tercer villano, que empuñaba una espada corta y curva. Cada uno de ellos rivalizaba con el soldado tanto en estatura como en musculatura, y tenían la ventaja de haberlo atrapado en una habitación con una ventana demasiado pequeña como para que Norrec pudiera escapar.
Alzó un puño, dispuesto a hacerles pagar...
Y el puño sostuvo de pronto un largo sable de hoja serrada y afilada. La mano de Norrec descendió con la hoja, moviéndose a tal velocidad que el primer adversario y él no pudieron hacer más que asistir boquiabiertos.
La hoja se hundió en el atacante, desgarrando la carne y los tendones sin esfuerzo. Una herida se abrió por todo el pecho del ladrón como por arte de magia y la sangre brotó con tal fuerza y rapidez que la víctima tardó un momento en percatarse de que había muerto.
El primer atacante se desplomó por fin sobre el suelo mientras sus compañeros trataban todavía de asumir aquel súbito y terrible giro de los acontecimientos. El que empuñaba la daga trató de retroceder, pero su camarada se lanzó hacia delante, ansioso por cruzar su espada con la de Norrec. Éste le hubiera advertido de la necedad de tal acto, pero al instante estaban trabados en combate.
Una vez, dos veces... eso fue todo lo que la armadura permitió a su oponente. Mientras el intruso levantaba la espada para lanzar un tercer golpe, la mano de Norrec dio un abrupto giro. La hoja del sable se volvió describiendo un salvaje zigzag.
El segundo villano retrocedió tambaleándose mientras sus fluidos vitales manaban de una horrenda herida que corría desde su garganta hasta su cintura. Dejó caer su espada al tiempo que trataba de prevenir lo inevitable.
Como si estuviera impaciente por poner fin al asunto, la mano de Norrec volvió a alzarse.
La cabeza de su enemigo chocó contra el suelo, rodó hasta una esquina y se detuvo... antes incluso de que el torso empezara a desplomarse.
—¡Dioses! —logró decir el soldado con voz entrecortada. Había sido entrenado para luchar, no para asesinar.
Bien consciente de sus posibilidades, el tercer intruso se había precipitado hacia la puerta. Norrec quería dejarlo ir, poner fin a la carnicería, pero la armadura decidió lo contrario, saltó sobre los dos cadáveres y fue tras él.
Al pie de la escalera, el único superviviente del trío luchaba por rodear al posadero, quien parecía estar tratando de averiguar por qué sus amigos habían fracasado en su tarea. Ambos hombres levantaron la vista y vieron la figura escarlata sobre ellos, la negra espada destellando. El posadero sacó una espada asombrosamente larga de su cinturón, un arma tan grande que Norrec temió por un momento que la armadura hubiera sobreestimado su invulnerabilidad. El otro hombre trató de reanudar su huida, pero un quinto malhechor que apareció de repente detrás del posadero lo empujó a la lucha.
Si esperaban interceptarlo en las escaleras, estaban muy equivocados. Norrec se vio a sí mismo saltando sobre el trío, cuyas caras de asombro rivalizaban sin duda con la suya. Dos de ellos lograron apartarse justo a tiempo, pero el solitario superviviente de la anterior debacle estaba demasiado aterrorizado como para moverse con rapidez.
La siniestra arma dispuso de él en cuestión de instantes: la hoja lo atravesó de lado a lado, reapareció por su espalda y retrocedió de inmediato.
—¡Por su derecha! —gruñó el fornido posadero—. ¡Por su derecha!
El otro espadachín obedeció. Norrec sabía con exactitud lo que el líder planeaba. Atacar desde lados opuestos, mantener al soldado distraído. Seguramente uno de ellos lograría acertarlo, en especial el posadero, cuya arma tenía casi el doble de alcance que la espada negra.
—¡Ahora! —ambos hombres golpearon al unísono, uno buscando la garganta de Norrec y el otro sus piernas, donde la armadura no lo protegía por completo. Resultaba evidente que aquellos dos habían combatido codo con codo antes de entonces, al igual que había hecho Norrec con Sadun y Fauztin. Norrec supo que, de haber estado solo, hubiera perecido allí mismo. Sin embargo, la armadura de Bartuc combatía con una velocidad y precisión que ningún ser humano podía igualar. No sólo obligó a descender a la colosal hoja del mayor de sus adversarios, sino que logró volverse a tiempo para desviar el golpe del segundo de los villanos. Y lo que es aún más asombroso, completó el movimiento con una salvaje estocada que se hundió en la garganta de este último.
Y mientras su compañero caía, la resolución del posadero se derritió por fin. Blandiendo todavía la espada delante de sí, empezó a retroceder hacia la puerta. La armadura empujó a Norrec hacia delante, pero no hostigó al último de sus enemigos.
Tras abrir la puerta de un manotazo, el posadero se volvió y se perdió corriendo en la noche. Ahora Norrec esperaba que la armadura de Bartuc lo persiguiera, pero en vez de hacerlo se volvió y lo llevó hasta el lugar en el que yacía uno de los otros cuerpos. Mientras Norrec se arrodillaba junto al cadáver, el sable se disolvió, dejándole ambas manos libres.
Para su horror, uno de los dedos se hundió en la herida mortal y retrocedió sólo cuando estuvo cubierto en gran parte de sangre. Se movió hasta el suelo de madera y dibujó sobre él un patrón.
—¡Heyat tokaris! —dejó escapar de pronto su boca—. ¡Heyat grendel!
La armadura retrocedió y, mientras lo hacía, una voluta de humo fétido y verdoso se elevó desde el sanguinolento patrón. Rápidamente formó unos brazos, unas piernas... y una cola y unas alas. Un semblante de reptil con demasiados ojos lo miró pestañeando, con desdén, un desdén que se desvaneció cuando el demonio vio lo que se erguía frente a sí.
—Señorrr... —dijo con voz áspera. Los ojos bulbosos miraron más de cerca—. ¿Señorrr?
—¡Heskar, grendel! ¡Heskar!
El demonio asintió. Sin más palabras, la monstruosa criatura se dirigió a la puerta abierta. En la distancia, Norrec escuchó el frenético ruido de los cascos de varios caballos que huían.
—¡Heskar! —volvió a ordenar su voz.
El horror reptiliano apretó el paso y abandonó la posada. Mientras salta al exterior, desplegó las alas, levantó el vuelo y desapareció en la noche.
Norrec no tenía que imaginar su objetivo. Por orden de Bartuc, había ido de caza.
—No lo hagas —susurró, seguro ahora de que cualquier espíritu que morara dentro de la armadura podía oírlo—. ¡Deja que se vaya!
La armadura se volvió hacia el primer cadáver.
—¡Maldita sea! ¡Déjalo estar! ¡No merece la pena!
Ajeno aparentemente a sus ruegos, volvió a obligarlo a arrodillarse cerca del cuerpo. La mano que anteriormente había tocado la herida con un solo dedo se plantó ahora sobre ella por entero, dejando que la sangre empapase la palma.
En el exterior se alzó un agudo y desquiciado grito humano... que fue cortado en seco con severa brusquedad.
En la otra mano de Norrec apareció una nueva arma, esta vez una daga escarlata con una punta doble en el extremo.
El aleteo le advirtió del regreso del demonio, pero Norrec no pudo girar el cuello lo bastante como para ver. Escuchó la pesada respiración de la criatura e incluso el sonido que hacían las membranosas alas al plegarse mientras descendía sobre la sala común.
—Nestu veraki... —la daga se movió hacia la garganta del cadáver—. Sestu verakuu...
El veterano soldado cerró los ojos mientras rezaba, esta vez por su propia alma. Conservaba los suficientes recuerdos sobre la muerte de sus amigos como para saber lo que iba a ocurrir a continuación. No tenía deseos de enfrentarse a ello y hubiera huido de haber podido hacerlo.
—Nestu hanti...
Pero ahora no podía hacer nada más que tratar de preservar tanto su cordura como su alma.
—Nestu hantiri...
La daga se hundió en la garganta del malhechor.
* * *
El general Augustus Malevolyn emergió del mar de almohadones, dejando a Galeona abandonada a los sueños que pudiera tener una hechicera de su calaña. Sin hacer ruido, se cubrió con algunas ropas y salió de la tienda.
Dos centinelas se pusieron firmes de inmediato, con la vista al frente. Malevolyn los saludó con un leve asentimiento de cabeza y siguió adelante.
Una ciudad de tiendas se levantaba hacia el oeste, las únicas moradas para los leales secuaces del general. A pesar de no ser más que un noble desheredado, había logrado reunir un ejército que, virtualmente, no tenía igual en todos los Reinos Occidentales. Por un precio, había servido a la causa de cualquier gobernante, reuniendo el dinero que había necesitado para sus futuras ambiciones. Hasta que un día había jurado no volver a servir a otro hombre y no descansar hasta que él mismo, Augustus Malevolyn, fuera señor de algo más que aquella extensión de tierra sin valor.
El general volvió la mirada hacia el sur, donde se extendía el vasto desierto de Aranoch. Desde hacía algún tiempo se había sentido atraído en aquella dirección, atraído no sólo por el hecho de que un premio tremendo, la rica y exuberante ciudad de Lut Gholein, se encontraba allí, a cierta distancia. A pesar de su proximidad al desierto, Lut Gholein se encontraba también a orillas de los Mares Gemelos. Debido a ello y a la fértil franja de tierra en la que se enclavaba, el reino había prosperado. En varias ocasiones, aspirantes a conquistadores habían tratado de añadir las riquezas de la ciudad a sus cofres, pero cada uno de aquellos intentos había terminado en un desastre total. No sólo estaba Lut Gholein bien defendida, sino que también parecía protegida por un encantamiento de buena fortuna. De hecho, en la mente de Malevolyn aquel encantamiento era cosa de hechicería. Algo protegía y vigilaba la ciudad.
Y ese algo era lo que más tentaba ahora mismo al comandante. De alguna manera estaba relacionado con su deseo de apoderarse del legado de Bartuc y hacerlo suyo. Malevolyn soñaba con ello, se descubría constantemente volviéndose con los pensamientos hacia ese deseo.
—Pronto —susurró para sus adentros—. Pronto...
¿Y qué harás con ese legado?, acudió el repentino pensamiento a su cabeza. ¿Emular a Bartuc? ¿Repetir sus errores al igual que sus victorias?
—No... —él no haría eso. A pesar de todo su poder, a pesar de las huestes demoníacas que obedecían sus órdenes, Bartuc había tenido un defecto que el general no podía pasar por alto. No había sido un militar de carrera. El afamado Caudillo de la Sangre había sido, en primer lugar y por encima de todo, un hechicero. Lo magos tenían su utilidad, en especial Galeona, pero eran demasiado inestables y estaban demasiado concentrados en su arte. Un verdadero comandante había de ser capaz de mantener su atención en el campo de batalla, en la logística y en los inesperados giros que daba la fortuna en la guerra. Aquella había sido en parte la razón de que Augustus Malevolyn no hubiera sido capaz de alcanzar verdadero poder con sus propias habilidades de hechicería; su carrera militar había sido su verdadera pasión.
Pero con la armadura, con la magia de Bartuc, podrías ser más que él, ¡la perfecta fusión de soldado y hechicero! Podrías ser más que Bartuc, podrías incluso llegar a eclipsarlo...
—Sí... sí... —el general concibió su imagen, grabada para siempre en los corazones y las mentes de quienes viviesen en el futuro. ¡El general Augustus Malevolyn, emperador del mundo!
E incluso los demonios se arrodillarán ante ti, te llamarán amo y señor.
Demonios. Sí, cuando la armadura fuera suya, sin duda la habilidad de convocar demonios no tardaría en seguirla. Todos los sueños que había tenido desde que por primera vez se pusiera el yelmo apuntaban a eso. Si reunía la armadura con el yelmo, los encantamientos que aquella poseía le otorgarían el poder.
La armadura... Frunció el entrecejo. ¡Necesitaba la armadura!
Y un idiota la tenía.
Malevolyn lo encontraría, encontraría al miserable estúpido y se la arrancaría, pieza a pieza. Entonces, recompensaría al cretino con el honor de ser el primero en morir a manos del nuevo Caudillo de la Sangre.
Sí, el general haría de la muerte de aquel idiota una cosa memorable.
Augustus Malevolyn siguió caminando, soñando con su gloria, soñando con lo que haría con los oscuros poderes que pronto estarían a su disposición. Y sin embargo, mientras caminaba y soñaba, seguía prestando meticulosa atención al campamento, porque un buen líder siempre vigilaba para asegurarse de que el desorden y el desaliño no se extendían entre sus fuerzas. Los imperios se conquistaban y se perdían por cosas aparentemente insignificantes como aquella.
No obstante, mientras tomaba nota del cuidado con el que sus leales guerreros realizaban sus tareas, no advirtió una sombra que no proyectaban las parpadeantes antorchas. Y tampoco advirtió que la misma sombra se había aparecido tras él unos momentos antes, susurrando lo que el general había creído que eran sus propios pensamientos, sus propias preguntas.
Sus propios sueños.
* * *
La sombra del demonio Xazak se desplazaba hacia la tienda de Galeona tras haber concluido a completa satisfacción el trabajo de aquella noche. Aquel humano presentaba posibilidades interesantes, posibilidades que tendría que explorar. Se le había ocurrido hacía tiempo que la armadura de Bartuc nunca aceptaría a un demonio de verdad como señor, pues, aunque el caudillo había terminado por compartir las creencias del Infierno, también había abrigado una desconfianza básica hacia todos salvo él mismo. No, si el espíritu de Bartuc permanecía, siquiera en parte, en la antigua armadura, demandaría un anfitrión humano, más susceptible, por muy frágiles y transitorios que pudieran ser sus cuerpos.
El general quería jugar a los caudillos. Aquello complacía a Xazak. La bruja tenía su utilidad, pero un sucesor del sanguinario Bartuc... el amo de Xazak, Belial, recompensaría a su humilde servidor por un hallazgo como ese. En lo últimos tiempos, no sólo no marchaba bien la guerra civil que lo enfrentaba a Azmodan por la supremacía en el Infierno, sino que habían llegado hasta sus oídos inquietantes rumores que aseguraban que uno de los Males Primarios, Diablo, había logrado escapar de su prisión mortal. Si era cierto, trataría también de liberar a sus hermanos, Baal y Mephisto, y entonces los tres intentarían recuperar sus tronos de manos de Azmodan y Belial. La terna no trataría bien a los demonios que tan lealmente habían servido a sus lugartenientes rebeldes. Si Belial caía, lo mismo le ocurriría a Xazak...
—¿Qué has estado haciendo?
La sombra se detuvo junto a la entrada en la morada de la hechicera.
—Éste tiene muchas obligaciones y no siempre puede estar a tu disposición, humana Galeona... —hizo un sonido zumbante, muy parecido al que hubiera soltado un gusano de arena justo antes de aplastar una presa entre sus mandíbulas—. Además, dormías...
—No tan profundamente como para no sentir tu magia en el aire. ¡Me prometiste que no utilizarías hechizos cerca de aquí! Augustus tiene cierta habilidad; ¡Podría advertirlo y preguntarse qué significa!
—No hay peligro de que tal cosa ocurra, éste te lo promete.
—¡Te lo pregunto de nuevo, demonio! ¿Qué estabas haciendo?
—Realizando un pequeño estudio del yelmo —mintió Xazak mientas se deslizaba hasta otra parte de la tienda—. Buscando a ese necio nuestro que no sabe lo que lleva.
El enfado de Galeona se trocó por interés.
—¿Y descubriste dónde se encuentra? Si pudiera decirle algo más a Malevolyn...
El demonio soltó una risilla, un sonido rasposo semejante al emitido por un abejorro atrapado en un frasco.
—¿Para qué, si ambos hemos acordado que la armadura nunca será suya?
—¡Porque todavía tiene el yelmo, necio, y hasta que encontremos la armadura, seguimos necesitando a Augustus por su conexión con el yelmo!
—Cierto —reflexionó el demonio—. Sus lazos con él son profundos... éste diría que tan profundos como la sangre.
La barbilla de Galeona se elevó mientras echaba el cabello atrás, señales que, según había descubierto Xazak tiempo atrás, significaban que la humana se había enfadado.
—¿Y eso qué significa?
La sombra no vaciló.
—Éste sólo pretendía hacer un chiste, hechicera. Sólo un chiste. Hablamos de cosas referentes a Bartuc, ¿no es así?
—Un demonio con sentido del humor —Galeona no parecía demasiado divertida—. Muy bien, te dejaré los chistes a ti; tú déjame a Augustus a mí.
—Éste no aspira a ocupar tu lugar en la cama del general...
La hechicera fulminó a la sombra con la mirada y acto seguido abandonó la tienda. Xazak sabía que iría a buscar a Malevolyn y que empezaría a reforzar su influencia sobre él. El demonio respetaba sus habilidades en esa materia a pesar de estar convencido de que, en un enfrentamiento entre Galeona y él mismo, seguramente la mujer llevaría las de perder. Después de todo, era una mortal, no uno de los ángeles caídos. De haberlo sido, Xazak hubiera estado más preocupado. Los ángeles eran astutos, actuaban entre bambalinas, hacían trucos en vez de enfrentarse directamente a sus enemigos.
La sombra del demonio retrocedió y se ocultó en la esquina más oscura. Ningún ángel había interferido hasta el momento, pero Xazak tenía la intención de seguir siendo cauto. Si uno de ellos aparecía, él lo tomaría entre sus garras y le arrancaría lentamente los miembros, uno por uno, al tiempo que escuchaba la dulce canción de sus aullidos.
—Venid a mí si os atrevéis, ángeles —susurró a la oscuridad—. Éste os recibirá con los brazos abiertos... ¡y con las garras y los colmillos!
La débil llama de la solitaria lámpara de aceite se encendió de pronto y por un breve instante iluminó más de lo normal la tienda de Galeona. Bajo aquella luz inesperada y brusca, la sombra siseó y se encogió. El contorno de un enorme insecto esmeralda y escarlata apareció durante un momento a la vista y enseguida volvió a desvanecerse mientras la llama se apagaba.
Xazak emitió sonidos de furia. Estaba agradecido de que Galeona no hubiera presenciado su reacción. Las lámparas de aceite solían lanzar destellos; sólo se había visto sorprendido por un acto mundano de la naturaleza, pero a pesar de todo, el demonio se acurrucó aún más entre los acogedores confines de la tienda. Desde allí podría maquinar a salvo. Desde allí podría utilizar sin peligro sus poderes para buscar al humano que vestía la armadura de Bartuc.
Desde allí podría vigilar mejor, por si aparecían esos cobardes de los ángeles.
_____ 5 _____
Las atronadoras nubes de tormenta volvieron el día casi tan negro como la noche había sido, pero Norrec apenas reparó en ello. Su mente seguía tratando de asumir el terror de la pasada tarde y su propia y limitada participación en ello. Más hombres habían muerto a causa de su maldita codicia; aunque, a diferencia de Sadun y Fauztin, era muy posible que éstos hubiesen merecido ser ejecutados por pasados crímenes, sus muertes habían sido demasiado atroces para el soldado. En especial, el posadero había sufrido un fin horrible, como había demostrado el demonio al regresar con pruebas más que suficientes de su siniestra destreza. Norrec sólo daba gracias porque la infernal bestia hubiera regresado poco después al reino de la nada con su premio.
Eso, por supuesto, no le había permitido escapar a las monstruosas acciones llevadas a cabo por la armadura poco después. Mientras el desesperado guerrero continuaba adelante, trataba de no bajar la mirada hacia la armadura, cuyas manchas eran pruebas de la actividad de la noche. Y lo que era peor, Norrec era consciente cada segundo que pasaba de que su propio rostro ostentaba todavía algunas manchas a pesar de sus intentos por limpiarlo. La armadura había sido muy exhaustiva en su repugnante obra.
Y mientras combatía los horrores que poblaban sus pensamientos, la armadura lo conducía sin descanso en dirección oeste. El trueno atronaba una vez tras otra y el viento seguía aullando, pero la armadura no dejaba de avanzar. Norrec no albergaba dudas de que seguiría moviéndose aunque la tormenta estallase al fin.
Había tenido un golpe de suerte al dar con una vieja y polvorienta capa de viaje que colgaba de un gancho en el salón de la posada. Lo más probable es que hubiese pertenecido al posadero, pero Norrec trató de nuevo de no pensar en tales cosas. La capa ocultaba gran parte de la armadura y le ofrecería alguna protección si la lluvia empezaba a descargar. Una bendición realmente humilde, pero a la que le estaba muy agradecido.
Cuanto más avanzaba hacia el oeste más cambiaba el paisaje y las montañas iban cediendo paso a colinas más bajas e incluso a llanuras. Ahora se encontraba a mucha menor altitud y la temperatura iba también en aumento. La vida vegetal se hizo exuberante, cada vez más semejante a las densas junglas que, según sabía el guerrero, existían en dirección sur.
Por primera vez, pudo también oler el mar. Lo que recordaba de los mapas que sus compañeros y él habían llevado le indicaba que el más septentrional de los Mares Gemelos no podía encontrarse lejos. El plan original de Norrec había sido el de encaminarse al suroeste para tratar de encontrar a un Vizjerei, pero sospechaba que la armadura maldita tenía otros planes. Durante breves momentos lo asaltó el miedo de que pretendiese recorrer a pie el mar y arrastrase a su impotente portador hasta sus negras profundidades. Sin embargo, hasta el momento la armadura de Bartuc, si bien no se había cuidado de su comodidad, lo había mantenido con vida. En apariencia necesitaba que siguiera respirando para llevar a cabo sus misteriosos propósitos.
¿Y después de eso?
El viento seguía soplando y casi azotaba a Norrec a pesar de la determinación de la maldita armadura por continuar su marcha. Hasta el momento no había empezado a llover, pero el aire era cada vez más espeso y húmedo y la niebla empezaba a levantarse. Resultaba imposible ver muy lejos y aunque eso no parecía importarle en absoluto a la armadura, de tanto en cuanto Norrec temía que se precipitara por un acantilado sin siquiera darse cuenta de ello.
A mediodía —que igualmente podía haber sido medianoche porque el sol no lograba atravesar el manto de nubes— los diablillos volvieron a aparecer en respuesta a las ininteligibles palabras pronunciadas involuntariamente por Norrec. A pesar de la creciente niebla, sólo tardaron unos minutos en regresar con su presa, un ciervo en esta ocasión. Norrec comió hasta saciarse y luego permitió gustosamente que los pequeños demonios cornudos arrastrasen el resto de la carcasa hasta su infernal morada.
Continuó sin descanso su penosa marcha, mientras el olor del mar se hacía más intenso. A duras penas podía ver lo que tenía delante, pero sabía que no podía encontrarse lejos de él... y del destino, fuera el que fuese, que la armadura le tenía preparado.
Como si pudiera leerle el pensamiento, un edificio se materializó de repente en la niebla... seguido casi de inmediato por otro. Al mismo tiempo escuchó voces en la distancia, voces que pertenecían, evidentemente, a hombres que estaban trabajando duro.
Recuperado por el momento el control de sus manos, el exhausto viajero se arrebujó en su capa. Cuanto menos vieran los lugareños de lo que llevaba debajo, mejor.
Mientras caminaba por el pueblo, Norrec divisó una indistinta pero vasta forma en la distancia. Un navío. Se preguntó si acabaría de llegar o estaría preparándose para desembarcar. Si éste era el caso, era muy probable que se tratase del destino de la armadura. ¿Por qué otra razón lo habría llevado hasta aquel lugar específico?
Una figura con atavíos de marinero venía de la dirección contraria, llevando un fardo bajo el brazo. Tenía ojos y rasgos parecidos a los de Fauztin, pero en un rostro mucho más animado.
—¡Salud, viajero! Mal día para venir desde el interior, ¿eh?
—Sí —Norrec hubiera pasado junto al hombre sin decir otra palabra, preocupado por la posibilidad de que el marinero se convirtiera en la siguiente de las víctimas de la armadura, pero sus pies se detuvieron de improviso.
Esto, a su vez, hizo que el otro se detuviera. Sin dejar de sonreír, el marino preguntó:
—¿De dónde vienes? Pareces occidental, ¡aunque resulta difícil de asegurar debajo de toda esa barba!
—Soy del oeste, sí —contestó el soldado—. He estado en un... un viaje de peregrinación.
—¿En las montañas? ¡Pero si allí no hay nada más que unas pocas cabras!
Norrec trató de mover las piernas, pero no cedieron. La armadura esperaba algo de él, pero no le indicaba el qué. Pensó rápida y furiosamente. Había llegado al puerto al que, aparentemente, se había encaminado la armadura. Norrec había asumido ya que necesitaba transporte a otro lugar, tal vez incluso el barco que podía verse en la distancia...
El barco.
Señaló la sombría forma y preguntó:
—Ese navío. ¿Parte pronto?
El marinero giró la cabeza hacia allí.
—¿El Napolys? Acaba de llegar. Estará unos pocos días, puede que hasta cinco. El único barco que sale pronto es el Halcón de Fuego, por allí —señaló al sur y entonces se aproximó, demasiado, en la ansiosa opinión de Norrec, y añadió—: Una advertencia. El Halcón de Fuego no es un buen barco. Estará en el fondo del mal cualquier día, escucha lo que te digo. Es mejor esperar al Napolys o a mi propio y excelente barco, el Odisea, aunque eso suponga una semana o más de espera. Tenemos que hacer algunas reparaciones.
Sus piernas seguían sin moverse. ¿Qué más quería la armadura?
¿Un destino?
—¿Puedes decirme hacia dónde se dirige cada uno de ellos?
—El mío va a Lut Gholein, pero pasará algún tiempo antes de que levemos anclas, como ya te he dicho. En cuanto al Napolys, navegará lejos, hasta Kingsport nada menos, un viaje largo, pero forma parte de vuestros Reinos Occidentales, ¿eh? Te llevará a casa antes, creo. Ése es el tuyo, ¿no?
Norrec no advirtió ningún cambio.
—¿Qué me dices del Halcón de Fuego?
—Parte mañana por la mañana, creo, pero ya te he advertido sobre él. Uno de estos días no logrará regresar desde Lut Gholein... ¡Eso si llega allí, para empezar!
Repentinamente, las piernas del soldado empezaron a moverse de nuevo. La armadura había averiguado lo que quería saber. Norrec saludo al marinero con un rápido gesto de la cabeza.
—Gracias.
—¡Haz caso de mi advertencia! —exclamó el marinero—. ¡Es mejor que esperes!
La armadura de Bartuc hizo atravesar a Norrec la pequeña aldea, en dirección a la parte sur del puerto. Los marineros y lugareños le lanzaban miradas cuando pasaba: su apariencia occidental no era común allí, pero nadie hizo comentario alguno. A pesar de su aspecto insignificante, el puerto aparentaba soportar un intenso tráfico. Norrec supuso que parecería más impresionante bajo la luz del día, pero dudaba que fuera a tener oportunidad de comprobarlo alguna vez.
Una sensación de inquietud se apoderó del veterano mientras entraba en la parte sur de los muelles. En contraste con lo que había visto hasta el momento, aquel lugar parecía necesitado de algunas reparaciones, y las pocas figuras que veía le parecían tan poco recomendables como los desgraciados idiotas que habían tratado de robarle en la posada. Y lo que era peor, la única embarcación visible parecía la más apropiada para una travesía deseada por una armadura maldita.
Si algún espíritu oscuro hubiera arrancado a las negras profundidades del mar un barco naufragado mucho tiempo atrás y hubiera fracasado posteriormente en un intento no demasiado esperanzado de hacerlo pasar por algo perteneciente al mundo de los vivos, el resultado hubiera parecido poco menos siniestro de lo que lo hacía el Halcón de Fuego en aquel momento. Los tres mástiles se erguían como altos centinelas esqueléticos medio embozados en sendas velas con aspecto de sudarios. El mascarón de proa, antaño una sirena de generosas curvas, había sido desgastado por los elementos hasta parecer una banshee detenida en mitad de un aullido. Y por lo que se refería al casco, algo había teñido mucho tiempo atrás la madera hasta tomarla de un color casi negro y los costados estaban cubiertos de muescas, lo que hacía que Norrec se preguntara si el navío habría servido en la guerra o, lo que era más probable, habría surcado alguna vez los mares como filibustero.
No vio tripulación, sólo una figura solitaria y sombría ataviada con una gastada casaca, de pie junto a la proa. A pesar de las incertidumbres que suponía embarcarse en un barco de aspecto tan horrible, Norrec no tenía más elección que hacer lo que la armadura le obligaba a hacer. Sin demora, llevó a su involuntario anfitrión por la plancha de embarque hacia la ojerosa figura.
—¿Qué queréis? —el esqueleto cobró la forma de un viejo de piel apergaminada y sin carne ni tendones bajo un delgado velo de vida. Un ojo apuntaba sin ver a un lugar situado a la izquierda de Norrec mientras que el otro, inyectado en sangre, observaba con suspicacia al recién llegado.
—Un pasaje a Lut Gholein —contestó Norrec, tratando de poner fin al asunto lo antes posible. Si cooperaba, quizá la armadura del caudillo le concediera libertad de movimiento por algún tiempo.
—¡Más barcos en el puerto! —replicó el capitán con tono cortante y un marcado acento. Bajo un sombrero de ala ancha llevaba el cabello blanco recogido en una cola de caballo. La descolorida casaca verde, que evidentemente había pertenecido antaño a un oficial de uno de los Reinos Occidentales, había pasado por muchas manos antes de que este hombre la reclamara—. ¡No tiempo para llevar pasajeros!
Ignorando su fétido aliento, Norrec se le aproximó y se inclinó hacia él.
—Os pagaré bien si me lleváis hasta allí.
Un cambio inmediato se operó en el comportamiento del capitán.
—¿Sí?
Confiando en que la armadura repetiría lo que había hecho en la posada, el soldado prosiguió.
—Todo lo que necesito es un camarote y comida. Si me dejan tranquilo durante la travesía, tanto mejor. Sólo llevadme hasta Lut Gholein.
La cadavérica figura lo inspeccionó.
—¿Armadura? —se frotó la barbilla—. ¿Un soldado?
—Sí —que pensase que Norrec era un renegado en fuga. Era probable que aquello aumentase el precio, pero así podría confiar más en el capitán. Era obvio que Norrec necesitaba alejarse de allí.
El viejo volvió a frotarse la huesuda barbilla. Norrec reparó en varios tatuajes que corrían desde su muñeca y se perdían en el interior de la voluminosa manga de su casaca. La posibilidad de que el barco hubiera navegado bajo bandera filibustera se hacía cada vez más plausible.
—¡Doce draclin! ¡Sólo cama, coméis aparte de tripulación y no habláis con ella! ¡Cuando atraquemos, abandonáis barco!
Norrec accedió a todo salvo al precio. ¿Cuánto era un draclin en comparación con las monedas de su propia tierra?
No tenía que haberse molestado en preocuparse. La mano izquierda se abrió y mostró varias monedas sobre la metálica palma. El capitán las examinó con codicia y las recogió una por una. Mordió una de ellas para asegurarse de que eran buenas y acto seguido las guardó en la deshilachada bolsa que colgaba de su cinturón.
—¡Venid! —pasó cojeando junto a Norrec, quien se percató por vez primera de que tenía toda la pierna izquierda entablillada hasta la altura de la bota. A juzgar por la gran cantidad de vendajes visibles y según su propia experiencia con la cirugía de campo, el veterano sospechaba que probablemente el capitán ni siquiera podría sostenerse sobre aquella pierna de no ser por las grandes tablillas. Debería haber hecho que un médico le revisara el miembro, pero tanto los vendajes como las tablillas parecían haber sido colocadas mucho tiempo atrás y acto seguido olvidadas.
Por muy poco que pudieran ser doce draclin en la tierra de Norrec, su primera visión del camarote le convenció de que había pagado un precio demasiado elevado. Incluso la habitación de la posada había parecido más hospitalaria que aquello a lo que ahora se enfrentaba. El camarote apenas superaba en tamaño a un armario; el único mueble presente era una desvencijada litera cuyo costado había sido clavado a la pared posterior. Las sábanas estaban manchadas y parecían hechas de jirones de vela, tan oscuras y groseras eran. Un olor como a pescado putrefacto reinaba en el camarote y varias marcas en el suelo eran testimonio de algún episodio pasado de violencia. En las esquinas superiores, la brisa que entraba por la puerta mecía unas telarañas mayores que la cabeza de Norrec, y cerca del suelo había hecho su morada un moho de alguna clase.
Sabiendo que no tenía elección, Norrec escondió su repugnancia.
—Gracias, capitán...
—Casco —gruñó la figura esquelética—. ¡Adentro! ¡Comida cuando suene la campana! ¿Entendéis?
—Sí.
Con un gesto seco de la cabeza, el capitán Casco lo dejó a solas. Siguiendo su consejo, Norrec cerró la puerta tras él y se sentó sobre la sospechosa cama. Para su desgracia, el camarote no tenía ni tan siquiera una portilla, lo que hubiera contribuido a mitigar el hedor.
Flexionó las manos y luego probó sus piernas. Se le había concedido movimiento por su cooperación, pero por cuánto tiempo, Norrec no podía saberlo. Supuso que la armadura esperaba pocos problemas a bordo del Halcón de Fuego. ¿Qué podía Norrec hacer salvo saltar por la borda y hundirse hasta el fondo del mar?, pero por muy terrible que se hubiera vuelto la situación, no podía todavía convencerse de que debía poner fin a su vida, en especial de manera tan horripilante. Además, Norrec dudaba que se le permitiera hacer siquiera eso, no mientras la armadura necesitara su cuerpo con vida.
Sin la menor idea de lo que debía hacer esta vez, se esforzó todo lo que pudo por dormir. A pesar del hedor —o quizá a causa de él— logró conciliar el sueño. Desgraciadamente, sus sueños resultaron de nuevo agitados, en gran parte porque ni siquiera parecían pertenecerle.
De nuevo vivía como Bartuc, solazándose en los viles actos que cometía. Un pueblo que se había demorado demasiado en aceptar su dominio sintió toda la fuerza de su justa cólera. Los ancianos del pueblo y algunos otros necios elegidos fueron arrastrados, descuartizados y luego desollados para escarmiento de los demás. Un Vizjerei que había sido descubierto espiando se convirtió en la pieza central de un macabro candelabro que no sólo iluminó los aposentos del caudillo, sino que hizo incluso que sus demoníacos sirvientes se estremecieran. Sonó una campana...
...y un agradecido Norrec despertó de su sueño. Pestañeó mientras se iba dando cuenta de que había dormido hasta la campanada que anunciaba el almuerzo. Aunque dudaba que la comida fuera a ser de su agrado, su hambre se había vuelto tan grande que no podía seguir ignorando el asunto un solo instante. Además, no quería arriesgarse a que la armadura convocara a los diablillos para alimentarlo. No había forma de saber qué decidirían ahora que podía ser comestible...
Tras envolverse en la capa, el guerrero salió del camarote y se encontró con varios hombres ajados y de aspecto amargo que se encaminaban hacia las bodegas del barco. Asumiendo que también ellos iban a comer, Norrec los siguió hasta una sala con aspecto bastante desaseado. El antiguo soldado esperó en silencio al final de la fila hasta que recibió algo de pan duro y un sospechoso plato de carne que casi hizo que anhelara la hospitalidad del posadero ladrón.
Una mirada al hosco grupo convenció a Norrec de que sería mejor retirarse a su camarote. Llevó la comida hasta la cubierta y se detuvo un momento junto a la borda para inhalar algo del relativamente fresco aire que corría por allí antes de regresar a su cuarto.
Una figura que se erguía en medio de la niebla atrajo su atención.
La comida se le cayó de las manos y se vertió por toda la cubierta, pero Norrec ni siquiera se dio cuenta.
Fauztin. Incluso envuelto como estaba en su túnica, no podía ser otro.
Los ojos muertos de su antiguo camarada le devolvieron la mirada. Desde donde Norrec se encontraba podía distinguir el agujero desgarrado donde una vez había estado la garganta del Vizjerei.
—¡Idiota! —gritó Casco desde detrás de Norrec—. ¡Qué asco! ¡Limpia! ¡Tú solo!
El sobresaltado veterano miró por encima de su hombro al enfurecido capitán y luego bajó la mirada hacia la comida tirada. Parte de la carne había manchado las botas de Bartuc.
—¡Limpia! ¡Tú solo! ¡Esta noche no más comida!
A pesar de la furia del capitán, Norrec olvidó de inmediato la comida tirada y devolvió rápidamente la mirada a la cubierta, en busca de...
Nada. No había allí ninguna figura sepulcral mirándolo. La horrible sombra se había esfumado... como si nunca hubiera estado allí.
Retrocedió con las manos temblando, sin poder pensar en nada más que en la terrible visión que acababa de contemplar. Fauztin, muerto con tal claridad, condenándolo con aquellos ojos vacíos...
Ignorando todavía la orden del capitán Casco de limpiar el estropicio, Norrec regresó a toda prisa al camarote, cerró tras de sí la puerta a cal y canto y no se atrevió a volverá respirar hasta que se encontró de nuevo sentado sobre el jergón.
Había perdido la batalla. El fantasma del hechicero había sido la primera señal. Había perdido la batalla por su cordura. Los horrores que le había obligado a afrontar la armadura maldita habían derribado las últimas barreras que protegían su mente. Seguramente, ahora la espiral descendente hacia la locura completa sería rápida. Seguramente, ahora no tendría esperanza de salvarse.
Seguramente, ahora el legado de Bartuc no reclamaría tan sólo su cuerpo, sino también su alma.
* * *
Una exhausta Kara Sombra Nocturna inspeccionaba la miserable aldea portuaria con cierta repugnancia. Acostumbrada a la belleza de la jungla y a los cuidadosamente cultivados modales de los suyos, encontraba que el puerto, Gea Kul, apestaba a demasiados cuerpos sin lavar y a demasiada devoción por las cosas materiales. Como nigromante, Kara veía el mundo en un perpetuo equilibrio entre las acciones de la vida y aquellas que tenían lugar después de la muerte, y creía que ambos aspectos debían ser cultivados con tanta dignidad como un alma pudiese reunir. Lo que había presenciado en los pocos minutos que había pasado en aquel lugar había revelado bien poca dignidad.
Le había costado un gran esfuerzo llegar hasta aquel lugar tan deprisa, un esfuerzo que la había consumido física, espiritual y, por encima de todo, mágicamente. Kara estaba desesperada por dormir un poco, pero había llegado a aquel lugar por razones que ni siquiera entendía del todo, así que tenía por lo menos que reconocer al área con la esperanza de encontrar algunas respuestas.
Después de la perturbadora pérdida de la armadura del caudillo, de su preciada daga y de los dos cadáveres, la joven nigromante había utilizado sus poderes y conocimientos para tratar de encontrarlos a todos... y eso la había conducido hasta el lugar más insospechado. Qué lazos podían unir a aquel puerto con todos los objetos de su búsqueda, Kara no podía decirlo, pero era evidente que las cosas no iban bien. Le habría gustado poder consultar con sus maestros, pero el tiempo era esencial y la habían entrenado para bastarse por sí sola tanto como fuera posible. Demorar ahora la persecución significaría tan sólo que más tarde resultaría más difícil de reanudar. Y eso no podía permitírselo. Si los ladrones planeaban llevar la armadura al otro lado del mar, tenía que detenerlos ahora.
Por lo que se refería a los espectros... no tenía la menor idea de qué hacer con aquella inquietante pareja. Nada de cuanto había aprendido en sus estudios la había preparado para ello.
Ignorando las miradas insalubres que le dedicaban los marineros cuando pasaba junto a ellos, Kara se dirigió hacia la primera posada que vio. Por un lado, la hechicera de negras trenzas necesitaba comida mientras que, por otro, confiaba en obtener algo de información. Seguramente, quienes habían transportado la armadura de Bartuc hasta allí habían necesitado algo de comida o un trago después de tan ardua tarea.
La Mesa del Capitán, pues así se llamaba la posada, había resultado un lugar con una apariencia un poco mejor de lo que ella había esperado. Aunque el edificio parecía viejo y desvencijado, el hombre de cabello cano y aspecto imponente que regentaba la posada la mantenía limpia y en orden. Kara se dio cuenta de inmediato de que en algún momento de su vida había sido oficial de marina en alguna flota, posiblemente, a juzgar por sus rasgos, una de las de los opulentos Reinos Occidentales. Aquel hombretón con patillas de hacha, dotado de un carácter alegre la mayor parte del tiempo, no malgastó ni un momento de discusión con un cliente que creía que podía marcharse sin pagar. A pesar de su avanzada edad, el posadero manejó con facilidad al marinero, de hecho mucho más joven que él, y no sólo consiguió el dinero adeudado sino que, acto seguido, depositó al delincuente en el barro y la niebla.
Tras frotarse las manos en el delantal, el propietario reparó en la presencia de una nueva clienta.
—¡Buenas tardes, señorita! —hizo una reverencia elegante a pesar de su voluminoso abdomen mientras toda su expresión se iluminaba al ver a Kara—. ¡Capitán Hanos Jeronnan, para serviros humildemente! Si me permitís decirlo, honráis mi pequeño establecimiento.
Kara no estaba acostumbrada a tan abiertas demostraciones de cortesía, de modo que a principio no contestó. Sin embargo, el capitán Jeronnan, tras advertir que la había abrumado, esperó unos segundos a que se recuperara.
—Gracias, capitán —contestó ella por fin—. Quiero algo de comida y, si tuvierais tiempo, la respuesta a algunas preguntas.
—¡Para vos, mi querida pequeña, habrá tiempo!
Se alejó tarareando para sí. Kara sintió que su rostro enrojecía. Era evidente que el capitán Jeronnan no había pretendido conseguir nada con sus comentarios, pero ninguna parte de la instrucción de la joven maga la había enseñado a reaccionar frente a los cumplidos. Sabía que algunos de sus hermanos la encontraban atractiva, pero entre los seguidores de Rathma tales cuestiones eran resueltas con la misma formalidad con la que se trataba todo lo demás.
Después de sentarse en un banco lateral, Kara observó a los otros clientes que había a su alrededor. La mayoría de ellos estaban allí para comer o beber, pero algunos tenían otros asuntos en mente. Inclinada sobre un marinero, vio a una mujer ataviada con un traje escandaloso cuyo ofrecimiento requería bien pocos prolegómenos. A su derecha, un par de hombres discutía sobre algún negocio, farfullando en un lenguaje que la nigromante ignoraba. Había también algunos hombres entre la clientela que la observaban con interés más evidente del demostrado por el capitán Jeronnan, y sin su tacto. Uno que mostró demasiado para gusto de Kara, recibió una mirada gélida de sus ojos plateados, una visión tan inquietante que rápidamente apartó la mirada, enterró la cabeza en la bebida y tembló de forma visible durante varios segundos.
El posadero regresó con un plato que contenía pescado a la parrilla y algas. Lo colocó junto con una jarra delante de la nigromante.
—Hay sidra en el pichel. Es la bebida más suave que tenemos aquí, señorita.
Kara consideró la posibilidad de hablarle sobre los fuertes brebajes de hierbas que preparaban los fieles de Rathma, pero se decantó por aceptar graciosamente la ligera bebida. Miró el pescado, cocinado con especias que despedían un sugerente aroma. Por supuesto, a estas alturas Kara hubiera estado casi dispuesta a comérselo recién sacado del mar. Sin embargo, le complació encontrar una preparación tan refinada en aquel lugar.
—¿Qué os debo?
—Sólo vuestra compañía vale el precio.
Se puso rígida, pensando en la mujer que ofrecía sus servicios a uno de los clientes.
—No soy una...
El hombre pareció desazonado.
—¡No, no! ¡Es sólo que no solemos recibir tan agradables visitas a menudo! Sólo pretendía sentarme aquí y responder a vuestras preguntas. No quería ofenderos... —Jeronnan se inclinó para acercarse a ella y susurró— y no soy tan necio como para tratar de imponer mi presencia a alguien que sigue la senda de Rathma.
—¿Sabéis lo que soy y seguís queriendo sentaros conmigo?
—Mi señora, yo he navegado por todos los mares hasta llegar al Gran Océano. He visto mucha magia, pero los magos más dignos de confianza que he conocido fueron siempre los seguidores de Rathma...
Ella lo recompensó con una leve sonrisa que tiñó de rubor sus ya rubicundas mejillas.
—Entonces quizá seáis el hombre a quien pueda confiarle mis preguntas.
El capitán se reclinó sobre su asiento.
—Sólo después de que hayáis probado mi especialidad y me hayáis dado vuestra experta opinión.
Kara cortó el pescado y probó un pequeño bocado. De inmediato cortó un segundo y lo engulló tan deprisa como el primero.
Jeronnan sonrió.
—¿Es de vuestro agrado, entonces?
De hecho lo era. Las junglas del este contenían gran variedad de maravillosas especias, pero la nigromante nunca había probado algo como aquel pescado. En menos tiempo de lo que hubiera podido imaginar, Kara había devorado gran parte de su cena, tanto que por fin volvió a sentirse como ella misma.
El capitán Jeronnan se había excusado de tanto en cuanto para atender a sus otros clientes, pero para cuando ella hubo terminado, sólo quedaban otros dos, un par de marineros de aspecto amargo que estaban claramente demasiado cansados como para hacer otra cosa que atender a sus cervezas y su comida. El posadero se sentó frente a ella y aguardó.
—Mi nombre es Kara Sombra Nocturna —empezó a decir—. Ya sabéis lo que soy.
—Sí, pero nunca había visto una que se pareciera a vos, señorita.
Kara prosiguió. En este punto no deseaba ser interrumpida con galanterías.
—Capitán, ¿habéis reparado últimamente en algo fuera de lo ordinario por aquí?
Él soltó una risilla.
—¿En Gea Kul? ¡Lo más extraordinario sería ver algo ordinario!
—¿Qué me decís... qué me decís de un hombre viajando con una armadura, posiblemente atada al lomo de un animal de carga? —la nigromante hizo una pausa para considerar un poco más las posibles implicaciones—. ¿O un hombre ataviado con una armadura?
—Hay soldados aquí. No es nada extraño.
—¿Con corazas escarlata?
Jeronnan frunció el ceño.
—Eso lo recordaría... pero no. Nadie así.
Había sido un intento desesperado. Kara quería formular otra pregunta, una muy especial, pero temía que, si lo hacía, tas buenas maneras del capitán cambiarían. Podía estar familiarizado con los de su clase, pero algunos asuntos podían ser demasiado siniestros para que los aceptara incluso él. Sin duda, la presencia de cadáveres andantes sería uno de esos asuntos.
Kara abrió la boca con la intención de explorar una senda diferente, pero lo que escapó de sus labios no fueron palabras, sino más bien un bostezo bastante prolongado.
Su acompañante la miró de arriba abajo.
—Perdonadme por ser tan franco, señorita, pero estáis todavía más pálida de lo que es habitual entre los vuestros. Creo que necesitáis un buen descanso.
Ella trató de disuadirlo, pero sólo logró bostezar de nuevo.
—Quizá tengáis razón.
—Tengo un par de habitaciones libres, señorita. Gratis para vos... y no esperaré nada a cambio, si eso os preocupa.
—Pagaré —Kara logró sacar algunas monedas de la bolsa que llevaba al cinto—. ¿Será suficiente?
Él le devolvió la mayoría.
—Con esto bastará... y no vayáis enseñando todo este dinero por ahí. ¡No todo el mundo es tan buen alma como yo!
La nigromante apenas podía moverse. Las piernas le pesaban como el plomo. Los hechizos que había utilizado para llegar hasta allí cuanto antes habían reclamado demasiado de sus fuerzas.
—Creo que me recogeré inmediatamente, si no os importa.
—Será mejor que me deis unos pocos minutos, señorita. Temo que, con la gente a la que suelo contratar, la habitación no esté preparada para vos. Quedaos aquí y regresaré enseguida.
Se marchó apresuradamente antes de que ella tuviera tiempo de protestar. Kara se enderezó, tratando de permanecer despierta. Tanto los hechizos como sus esfuerzos físicos habían requerido mucho de ella, pero aquella fatiga parecía bastante más opresiva de lo que debiera haber sido, incluso teniendo las condiciones en cuenta. Casi la hizo creer...
Se puso en pie, al mismo tiempo que se volvía hacia la puerta. Quizá Kara había juzgado mal al capitán Hanos Jeronnan. Quizá sus modales amigables escondían una cara más siniestra.
Consciente de que esta idea bien podía ser demasiado enrevesada, la nigromante se dirigió tambaleándose hacia la puerta, sin preocuparse en absoluto por lo que los dos marineros de la esquina podían pensar. Si lograba llegar a la calle, quizá pudiese aclarar lo suficiente sus pensamientos como para reconsiderar las cosas. Sí, por muy odiosos que fueran los olores del puerto, el aire del mar la ayudaría sin duda a recuperar el equilibrio.
Sus piernas estaban tan débiles que estuvo a punto de caer por la entrada. Inmediatamente respiró hondo. Parte de la pesadez de su cabeza se evaporó, lo suficiente al menos para que adquiriera una noción general de lo que la rodeaba, pero la bruja de cabello azabache necesitaba mas no podía decidir lo que hacer con respecto al posadero hasta que pudiese pensar con claridad de nuevo.
Volvió a respirar profundamente, pero mientras su cabeza se aclaraba un poco, una inmediata sensación de intranquilidad la asaltó.
Levantó la mirada hacia la oscura niebla y vio una figura cubierta por una gastada capa de viaje, de pie, a escasos metros de ella. El rostro estaba oculto tras la capucha de la capa, pero Kara, de menor estatura, pudo ver cómo emergía de ella una mano pálida. En aquella mano, la figura sostenía una daga que resplandecía incluso en la noche inundada de bruma.
Una daga de marfil.
La daga de Kara.
Otra mano pálida se alzó y apartó ligeramente la capucha para revelar un rostro que la nigromante había visto tan solo una vez antes de entonces. El Vizjerei de la tumba de Bartuc.
El Vizjerei cuya garganta había sido desgarrada.
—Tu hechizo... debería haber funcionado... mejor sobre ella —graznó una voz a su espalda.
Kara trató de volverse, pero su cuerpo seguía moviéndose con demasiada lentitud. Al mismo tiempo se le ocurrió que, a pesar de todo su entrenamiento, a pesar de toda su magia, no se había dado cuenta de que sus atacantes eran dos.
Un segundo rostro la miraba con una sonrisa siniestra. La cabeza estaba ligeramente ladeada, como si no estuviera unida por completo al cuerpo.
El segundo cadáver de la tumba. El hombre al que le habían partido el cuello.
—No nos dejas... elección.
Había alzado la mano, que blandía otra daga con la empuñadura hacia arriba. Al mismo tiempo que este hecho se grababa en su adormecido cerebro, la mano del cadáver descendió y la golpeó con fuerza.
El golpe acertó a Kara Sombra Nocturna en la sien. Dio una vuelta sobre sí misma y su cabeza hubiera sin duda chocado contra el suelo de piedra de no ser porque el muerto viviente que la había golpeado la había cogido entre los brazos. Con asombrosa delicadeza, bajó a la asombrada mujer hasta el suelo.
—La... verdad... es que no... nos dejas... elección.
Y con esto, ella se hundió en la negrura.
_____ 6 _____
Norrec no salió de su camarote hasta la hora de ir a recoger la primera comida del día. Nadie le dirigió la palabra, y menos que nadie el capitán Casco, quien no había perdonado a su pasajero el haber dejado el estropicio sin recoger cerca de la borda. De hecho, Norrec apreció la falta de conversación pues no deseaba que nada demorara su regreso a la seguridad de su aposento.
Había dormido de forma irregular durante la noche, no sólo atormentado por las pesadillas sobre la gloria de Bartuc, sino también por las temibles imágenes en las que el espíritu vengativo de Fauztin acudía a reclamarlo. Hasta que el Halcón de Fuego no levó anclas no se calmó del todo. Sin duda, allá en alta mar los espíritus atribulados no podrían perseguirlo. De hecho, conforme el barco se adentraba en las tormentosas aguas, Norrec empezó a convencerse de que había imaginado la funesta visión, de que el que había tomado por Fauztin había sido en realidad otro Vizjerei —porque ciertamente el puerto se encontraba lo suficientemente próximo a las tierras orientales— o la invención completa de su propia mente atribulada.
Esta última posibilidad se le antojaba cada vez más plausible. Después de todo, Norrec había sido desgarrado tanto física como mentalmente por las demandas de la armadura maldita. Los recuerdos tanto de lo ocurrido en la tumba como de la matanza de la posada seguían con él. Por añadidura, el atavío del caudillo había llevado su resistencia hasta sus límites y más allá, obligando al soldado a atravesar una tierra quebrada a un ritmo que hubiera matado a cualquier hombre. De no ser por el hecho de que sólo parte del esfuerzo le había correspondido a él, Norrec sospechaba que hubiera muerto a lo largo del camino.
Las olas se hicieron más vigorosas conforme el Halcón de Fuego se adentraba en aguas profundas. Con cada gemido del casco, iba en aumento el convencimiento de Norrec de que en cualquier momento el mar destrozaría el viejo barco como si fuera una yesca. Y sin embargo, de alguna manera, el Halcón de Fuego continuaba adelante, saltando de una ola a la siguiente. Además, a despecho de su variopinta apariencia, tanto el capitán Casco como su tripulación demostraron ser bastante diestros a la hora de manejar su embarcación. Trepaban por los cabos y corrían por las cubiertas, manteniendo en todo momento el barco preparado para enfrentarse a los elementos.
Lo que no podían mantener a raya por completo, sin embargo, era la tormenta. Estalló al cabo de pocas horas de que partieran. El cielo se ennegreció y los relámpagos empezaron a iluminarlo por todas partes. Los vientos redoblaron su fuerza, combando los mástiles y tratando de desgarrar las velas. Norrec, que por fin se había decidido a salir a cubierta, se agarró con rapidez a la barandilla mientras el mar hacía escorarse al Halcón de Fuego.
—¡A estribor! —gritó Casco desde la cubierta—. ¡A estribor!
El timonel trató de obedecer, pero el viento y el agua luchaban en su contra. Un segundo miembro de la tripulación acudió en su ayuda y, con gran esfuerzo, los dos lograron llevar a cabo las órdenes del capitán.
Empezó a llover al fin, un torrente que obligó a Norrec a refugiarse en su camarote. No sólo no sabía nada sobre navegación sino que además, embutido por completo en una armadura como estaba, arriesgaba la vida cada vez que se acercaba a la borda. Sólo haría falta una ola fuerte para arrojarlo a las aguas.
Una lámpara sucia que se balanceaba con violencia en el techo trataba desesperadamente de mantener iluminado el camarote. Norrec se acomodó en la esquina interior del camastro y trató de pensar. Todavía no había abandonado toda esperanza de escapar de la maldita armadura, pero hasta el momento no tenía la menor idea de cómo hacerlo. Tal cosa requeriría una hechicería poderosa y él carecía de habilidades mágicas. Si por lo menos hubiese podido consultar a Fauztin...
El recuerdo de lo que creía haber visto en la cubierta regresó a él con renovadas fuerzas, haciendo que un estremecimiento gélido lo atravesara. Era mejor olvidar a Fauztin... y también a Sadun. Estaban muertos.
Llegó la noche y la tormenta no amainaba. Norrec se obligó a bajar al comedor, donde advirtió por vez primera que parte de la tripulación lo observaba con algo que ya no era sólo desinterés y desdén. Algunas de las miradas parecían casi hostiles, hostiles y al mismo tiempo amedrentadas. Norrec no albergaba la menor duda de que tenía que ver con la armadura. ¿Quién era él, debían de estarse preguntando? La armadura hablaba de poder, de autoridad. ¿Por qué alguien como él iba a viajar en una miserable embarcación como el Halcón de Fuego?
Volvió a llevarse la comida al camarote, pues prefería su solitaria atmósfera. Esta vez la encontró más aceptable, o quizá era que las anteriores comidas habían destruido su sentido del gusto. Norrec la devoró y luego se tumbó y trató de dormir. No estaba impaciente por hacerlo, pues ni los sueños de Bartuc ni las pesadillas sobre lo ocurrido en la tumba le resultaban tentadores. Sin embargo, la fatiga no tardó en apoderarse de él. Como buen veterano de numerosas campañas, Norrec Vizharan sabía que no tenía sentido tratar de oponerse a ella. Ni siquiera el violento balanceo del Halcón de Fuego pudo impedir que sus ojos se cerraran.
—Sería agradable... poder descansar —dijo una voz cascada y al mismo tiempo familiar—, pero, después de todo... tal como dicen... no hay descanso para los malditos, ¿eh?
Norrec se puso en pie de un salto, con los ojos muy abiertos. La linterna apenas despedía luz alguna, pero incluso esa poca permitió al guerrero comprobar que no había nadie más en la habitación.
—¡Maldición! —otra pesadilla. Al mirar la linterna, Norrec se dio cuenta de que debía de haberse quedado dormido sin advertirlo. La voz había estado en su cabeza, en ningún otro lugar, la voz de un camarada ahora perdido...
La voz de Sadun.
Estalló un trueno. El Halcón de Fuego se estremeció. Norrec se sujetó a un lado del camastro y luego empezó a subir de nuevo a él.
—Deberías haber... escuchado a Fauztin... Norrec. Ahora... puede que sea... demasiado tarde.
Se detuvo donde se encontraba mientras su mirada se dirigía hacia la puerta.
—Ven con nosotros, amigo... Ven con Fauztin... y conmigo.
Norrec se incorporó.
—¿Sadun?
No hubo respuesta, pero algunos de los tablones que había en el exterior del camarote crujieron como si alguien caminase sobre ellos, y de pronto el sonido se detuvo frente a su puerta.
—¿Hay alguien ahí fuera?
El Halcón de Fuego se escoró y estuvo a punto de arrojarlo al suelo. Norrec se apoyó contra una pared, sin que sus ojos abandonaran un solo instante la puerta. ¿Era posible que hubiera imaginado el trabajoso graznido de la voz de Sadun?
Los días transcurridos desde el horror de la tumba habían puesto a prueba los nervios del veterano más que cualquier batalla en la que hubiese participado, y, sin embargo, algo en su interior urgía a Norrec a aproximarse a la puerta. Lo más probable era que cuando la abriese no encontrase nada. Sadun y el Vizjerei no podían encontrarse allí, esperando al amigo que de forma tan terrible los había asesinado. Tales cosas no ocurrían salvo en los cuentos que se narraban entre susurros alrededor de las hogueras de los campamentos y a altas horas de la noche.
Pero cosas tales como la funesta armadura que Norrec llevaba tampoco ocurrían más que en los cuentos.
Los tablones volvieron a crujir. Norrec apretó los dientes, extendió la mano hacia el picaporte...
La mano cubierta por el guantelete se sacudió brusca y repentinamente... y empezó a despedir un siniestro resplandor rojizo.
Norrec retrajo la mano y observó maravillado cómo se desvanecía el resplandor. Volvió a extenderla, pero esta vez no ocurrió nada. Tras reunir fuerzas, giró el picaporte y abrió la puerta de par en par...
El viento y la lluvia le azotaron el rostro, pero no había ninguna sombra terrible al otro lado de la puerta del camarote apuntándolo con un huesudo dedo a modo de acusación.
Tras recoger su capa, Norrec salió apresuradamente y miró a derecha e izquierda. A proa distinguió las formas indistintas de varios hombres que se esforzaban por mantener las velas aparejadas, pero no encontró ni rastro de los supuestos fantasmas.
El ruido apresurado de unos pies le hizo volverse de nuevo hacia popa, donde vio a uno de los hombres de Casco dirigiéndose hacia proa. El hombre hubiera pasado a su lado sin dedicarle una mirada, pero el soldado lo sujetó del brazo. Ignorando su mirada feroz, exclamó:
—¿Has visto a alguien por aquí antes? ¿Alguien que pasara cerca de mi camarote?
El marinero escupió su respuesta en otra lengua y luego se apartó de Norrec como si acabara de ser tocado por un leproso. Norrec observó cómo se alejaba y se volvió hacia la borda. Una idea que se le antojaba por completo absurda llenaba su mente, pero a pesar de todo se arriesgó a acercarse a la barandilla y a asomarse al otro lado.
Las olas rompían sin descanso contra el desgastado casco del Halcón de Fuego, tratando con todas sus fuerzas, se diría, de atravesar la madera y enviar al navío y a sus ocupantes al fondo de sus acuosas profundidades. Por todas partes, el mar se debatía salvajemente y algunas veces llegaba a alzarse a tales alturas que Norrec tenía dificultades para ver los cielos.
Pero de su supuesto visitante, no vio ni rastro. No había ningún fantasma vengativo aferrado al costado del barco. Las implacables sombras de Sadun Tryst y Fauztin no habían, después de todo, esperado al otro lado de la puerta de su camarote. Se las había imaginado, tal como había creído en un primer momento.
—¿Tú? ¿Qué haces fuera? ¡Adentro! ¡Adentro! —la forma bamboleante del capitán Casco se aproximó a Norrec desde la proa. Parecía completamente enfurecido de ver que su único pasajero se había atrevido a afrontar los elementos. Norrec dudaba que fuera preocupación por su bienestar. Como ocurría con el resto de la tripulación, un rastro de temor teñía las coléricas palabras de Casco.
—¿Qué ocurre? ¿Qué va mal?
—¿Mal? —le espetó como respuesta el cadavérico marinero—. ¿Mal? ¡Nada mal! ¡Vuelve camarote! ¡Fuera hay tormenta! ¿Eres tonto?
Tentado a medias de responder con un "sí" a su pregunta, Norrec no se molestó en discutir con el capitán. Mientras el tullido marinero lo observaba, regresó a su camarote y cerró la puerta frente al ceñudo semblante de Casco. Al cabo de un momento, escuchó cómo se alejaba cojeando.
La idea de tratar de volver a dormirse no lo atraía en absoluto, pero a pesar de ello lo intentó. Al principio, sus pensamientos se vieron recorridos por preguntas aceleradas, a todas las cuales podía el veterano dar respuesta salvo a una. Esa única pregunta se refería al guantelete escarlata y a la razón de que hubiera empezado a brillar justo antes de que él saliera. Si ningún peligro lo había acechado al otro lado de la puerta, ¿qué razón tenía la armadura para haber tomado aquella medida de protección? Cierto, no se había apoderado de él, pero sus acciones parecían a pesar de todo haber obedecido a un propósito...
Norrec se quedó dormido mientras seguía preguntándose las razones de la reacción de la armadura. No despertó hasta que el estallido de un trueno que sacudió el camarote por entero estuvo a punto de hacerlo caer del improvisado camastro. Desorientado, trató en vano de calcular cuánto tiempo habría pasado dormido. La tormenta seguía arreciando con fuerza, lo que para Norrec significaba que no podían haber sido más que unas pocas horas. Raramente había durado cualquier tormenta que él hubiera sufrido más de un día, aunque también suponía que en alta mar las cosas podían ser diferentes.
Con los brazos y las piernas rígidos, se estiró y luego trató de volver a conciliar el sueño.
Un prolongado crujido, muy diferente a un trueno, le hizo ponerse de nuevo en pie. Lo reconoció, a pesar de que no lo había oído muy a menudo. Era el sonido de la madera al romperse.
Y en un barco que navegaba en medio de la tormenta, eso podía augurar la perdición para todos.
Salió a toda prisa del camarote y corrió a proa. Los gritos de la tripulación le informaron de que ésta estaba reaccionando ya para enfrentarse a cualquiera que fuera el peligro que los amenazaba, pero él sabía lo difícil que debía de ser su tarea si de verdad había sucedido lo que sospechaba. Ya era suficientemente malo que el barco hubiera sufrido desperfectos, pero tratar de repararlos en medio de tal caos...
Un momento más tarde, sus peores temores se habían hecho realidad. Justo delante de sí, varios marineros luchaban por impedir que uno de los mástiles se partiese por la mitad. Tiraron de los cabos, tratando de mantener en su lugar la parte superior mientras otros hombres intentaban reforzar la zona de la rotura con tablones, clavos y más cabos. Norrec, sin embargo, podía ver con toda claridad que sus esfuerzos estaban condenados al fracaso. El mástil se inclinaba más y más y, cuando cayera, los otros no tardarían en seguirlo.
Quería hacer algo, pero ninguna de las habilidades que había aprendido a lo largo de su vida le seria de ayuda a aquellos marineros expertos. Bajó la mirada hacia los guanteletes que cubrían sus manos. La coloración escarlata las hacía parecer poderosas, llenas de fuerza. Y sin embargo, a pesar de su tan cacareado poder, el legado de Bartuc no le servía ahora de nada.
El pensamiento se disolvió mientras una inquietante aura azulada se formaba sin previo aviso alrededor de cada guantelete.
Norrec se vio de pronto corriendo hacia delante. La armadura había vuelto a tomar el control. Por una vez, sin embargo, el veterano no trató de resistirse, seguro como estaba de sus intenciones aunque no de sus métodos. La armadura deseaba llegar a su lejano destino y no lo lograría si Norrec y ella se hundían en el fondo del mar. Aunque sólo fuera por la vida de Norrec, tenía que actuar.
—¡Fuera! ¡Fuera! —gritó el capitán Casco, convencido sin duda de que este torpe pasajero no lograría más que hacer que la terrible situación empeorase aún más. Norrec, sin embargo, pasó a su lado sin miramientos y estuvo a punto de derribar al tullido marinero.
El mástil emitió un ominoso crujido, señal evidente de que sólo restaban segundos antes de que se desplomase sobre el siguiente. Norrec tomó aliento y esperó ansiosamente a que la armadura actuara.
—¡Kesra! ¡Qezal irakus!
Los rayos puntuaron cada palabra que brotaba de los labios del soldado, pero Norrec no les prestó atención. Lo que sí vio, lo que sin duda vieron todos aquellos que se encontraban a su alrededor, fue que varias formas de color verde brillante rodeaban de pronto e incluso se aferraban al destrozado mástil. Tenían brazos fuertes y lustrosos terminados en dedos con ventosas, pero donde debieran haber estado las piernas, las monstruosidades poseían cuerpos que recordaban a gigantescas babosas. Las criaturas siseaban y reptaban y sus rostros, sólo visibles a medias, remedaban la idea surgida de la mente de algún artista demente de un murciélago maquillado como un payaso, con el rostro pintado y todo lo demás.
Los marineros huyeron, presa del pánico, abandonando maderas y cabos. El mástil empezó a caer...
La resplandeciente horda tiró de él para devolverlo a su lugar. Mientras algunos lo sostenían allí, otros empezaban a reptar a su alrededor y en torno a la grieta. Conforme se movían, iban dejando un reguero de limo sobre las fisuras. Al principio Norrec no entendió lo que pretendían, pero entonces advirtió que el limo se endurecía casi de inmediato, reforzando y estabilizando el mástil. Una vez tras otra las criaturas se arrastraron a su alrededor en una loca carrera que no tenía meta. Sus semejantes, que ya no eran necesarios para sostener el mástil, observaban y esperaban, siseando con lo que parecían ruidos de aliento para los que daban vueltas alrededor del poste.
—¡Kesra! ¡Qezal ranaka!
Los demonios bajaron velozmente del mástil y se agruparon. Norrec apartó la mirada de la horrible banda y se volvió hacia su obra ya terminada. A pesar de la tormenta, ahora el mástil se balanceaba tan sólo como si estuviera mecido por una suave brisa. No sólo lo habían reparado sino que lo habían reforzado en tal medida que lo más probable era que resistiese más que los otros dos.
Como si estuviera satisfecha, la armadura hizo un ademán negligente hacia los demonios. Un estallido de luz tan brillante que Norrec tuvo que escudarse los ojos cubrió a la impía jauría. El siseo de las criaturas se hizo más intenso, más áspero, hasta que, con lo que pareció un suspiro, la luz se desvaneció y no quedó rastro de aquellas criaturas semejantes a babosas, ni tan siquiera un mero reguero de limo.
Aparentemente indiferente a todo ello, la tormenta continuaba arreciando y zarandeando de un lado a otro al Halcón de Fuego. Sin embargo, a pesar de la continua amenaza que significaba, la tripulación se negaba a regresar a sus puestos y solo lo hizo cuando por fin empezó el capitán a dar gritos. Los marineros que pasaban cerca de Norrec lo evitaban y en sus expresiones resultaba bien evidente el temor que les inspiraba. Sí, posiblemente sus vidas habían sido salvadas por los demonios que había convocado, pero saber que viajaban con alguien que podía gobernar a tan terroríficas apariciones perturbaba a aquellos hombres hasta el mismo corazón de sus almas.
Pero a Norrec no le importaba. Sus piernas estaban tan cansadas que amenazaban con dejarlo caer. Aunque había sido la armadura la que había realizado el hechizo, se sentía de pronto como si acabase de reparar el mástil él solo y con las manos desnudas. Esperó a que la armadura lo guiara de vuelta al camarote, pero aparentemente, ahora que el peligro había pasado, lo había dejado al mando de todo.
La coraza de metal parecía pesar un millar de kilos mientras se volvía y se alejaba por cubierta. Seguía sintiendo a su alrededor las miradas intranquilas de la tripulación del Halcón de Fuego. Sin duda no tardarían en olvidar que le debían las vidas a su presencia y empezarían a pesar en lo que significaba llevar a bordo a un señor de los demonios. El miedo siempre tenía manera de convertirse en violencia...
Sin embargo, a pesar de saberlo, Norrec sólo quería llegar hasta su cama. Necesitaba dormir desesperadamente. Ni siquiera la tormenta sería capaz de mantenerlo despierto ahora. Cuando llegase la mañana haría lo que pudiera para explicar lo que había ocurrido.
Sólo esperaba que, entretanto, nadie intentara nada estúpido... y fatal.
* * *
Oscuridad. Una oscuridad cálida, envolvente.
Kara se acurrucó en su interior, la encontraba tan reconfortante que durante largo rato no sintió el menor deseo de abandonarla. Sin embargo, llegó un momento en que algo, una sensación de intranquilidad, un presentimiento, la hizo volverse, agitarse... y trató de despertar.
Escuchó también una voz.
—¡Kara! ¡Chica! ¿Dónde estáis?
La voz le resultaba familiar y lentamente la fue arrancando del olvido. Mientras hacia esfuerzos por despertar, la voluntad de Kara Sombra Nocturna se sumó a la tarea. La oscuridad, aquella nada, la tenía prisionera. La comodidad que le ofrecía la sofocaba, era un sueño eterno.
—¡Kara!
Ya ni siquiera la reconfortaba. Ahora arañaba, aplastaba, era más parecida a un ataúd que a una suave cama...
—¡Kara!
Los ojos de la nigromante se abrieron al punto.
Estaba aprisionada en una tumba de madera, con los miembros aparentemente paralizados.
En algún lugar cercano aulló un sabueso. La nigromante parpadeó, tratando de enfocar mejor la mirada. Por algunas grietas escasas se colaba una luz tenue, la suficiente para que entendiera lo que le había ocurrido. Estaba rodeada de madera por todos lados, en el interior de un árbol hueco sin aberturas. De alguna manera, la habían colocado allí, encerrada... ¿para morir?
Una sensación de claustrofobia estuvo a punto de abrumarla. Kara trató de mover los brazos, pero no pudo. Habían sido apretados contra sus costados y envueltos por excrecencias vegetales del interior del árbol. Y lo que era peor, su boca estaba cubierta por un moho que mantenía sus labios sellados por completo. Trató de proferir algún sonido, pero, amortiguado por el moho y por el grueso tronco, sabía que nadie podría escucharlo desde el exterior.
Otros sabuesos ladraron, más cerca esta vez. Se concentró en una voz, la voz del capitán Jeronnan, que la estaba llamando por su nombre.
—¡Kara! ¡Chica! ¿Podéis oírme?
Sus piernas tampoco podían moverse, posiblemente por la misma razón que los brazos. Físicamente, Kara estaba por completo indefensa.
La sensación de claustrofobia aumentó. Aunque la nigromante había pasado gran parte de su vida en reclusión, siempre había tenido libertad de movimiento, libertad de elección. Sus fantasmales atacantes se las habían arrebatado. Por qué no la habían matado sin más, era cosa que la desesperada maga no podía decir. Pero si no lograba escapar pronto, su muerte no seria menos segura... y se produciría de un modo más lento y horripilante.
Y ese pensamiento, acompañado por la creciente sensación de que el tronco del árbol se cerraba sobre ella, la empujó como ninguno de sus maestros había hecho jamás. Quería escapar, liberarse, no sufrir los prolongados tormentos de la inanición...
Maniatada como estaba, tapada hasta la boca, ningún hechizo sofisticado hubiera podido salvarla. Sin embargo, la emoción desnuda, que generalmente los seguidores de Rathma mantenían por completo bajo control, hirvió ahora en su interior, demandando ser liberada. Kara contempló la madera que la aprisionaba, la vio como su némesis, su propia tumba.
No moriría de aquella manera, no caería frente a la oscura magia de un hechicero muerto...
No morir de aquella manera...
El interior del tronco se volvió caliente, sofocante. El sudor empapó a la nigromante. La vegetación pareció tensarse alrededor de sus miembros.
No morir...
Sus ojos plateados despidieron destellos brillantes... más brillantes...
El árbol explotó.
Fragmentos de madera volaron en todas direcciones, bombardeando los alrededores. En algún lugar cercano, Kara escuchó aullidos de perros y voces coléricas de hombres. Pero no podía hacer nada por ellos y, a decir verdad, no hubiera podido hacer nada más por sí misma. Sus brazos se habían liberado y cayó hacia delante. La reacción instintiva de protegerse con las manos la salvó de golpear el suelo con la cabeza, pero no impidió que su cuerpo chocase y que perdiera la consciencia por unos momentos.
Vagamente escuchó voces que parecían aproximarse. Un animal olisqueó el suelo cerca de su cabeza y le restregó el frío hocico por un instante contra la oreja. Escuchó una orden y entonces sintió una manos firmes pero suaves que la tomaban por los hombros.
—¡Kara! Por la Bruja del Mar, chica, ¿qué os ha pasado?
—Jeron... —logró decir, pero el esfuerzo estuvo a punto de hacer que se desmayara de nuevo.
—¡Calma, chica! ¡Tú, bobo, aquí! ¡Toma las correas de los perros! ¡Yo me encargo de ella!
—¡Sí, capitán!
Kara pasó inconsciente el viaje de regreso a Gea Kul, con la excepción de un momento en el que el posadero, que la llevaba en brazos, increpó a uno de los que lo acompañaban por haber dejado que los perros estuvieran a punto de hacerlo caer. Perdía y recuperaba la consciencia, recordando de tanto en cuando los breves instantes en que había entrevisto a los dos muertos vivientes. Había algo en ellos que la había perturbado terriblemente, mucho más de lo que hubiera creído posible.
Incluso en su presente estado, la mente de Kara era consciente de que habían sido invisibles a sus sentidos, de que ellos la habían utilizado, y no al contrario. Los nigromantes manipulaban las fuerzas de la vida y de la muerte, y no al contrario. Sin embargo, el Vizjerei y su compañero habían jugueteado con Kara como si no hubiera sido más que una novicia inexperta. ¿Cómo? Y lo que era más importante aún, ¿por qué, para empezar, seguían sobre la faz de la tierra?
La respuesta debía de estar relacionada con el error que había cometido anteriormente en la tumba. De alguna manera, aunque durante su aprendizaje jamás había escuchado nada semejante, cuando había dejado al fantasma a solas, éste había sido capaz de hacerse con el control de su cuerpo. Luego, había convocado al compañero al que había conocido en vida y los dos se habían desvanecido recurriendo a la magia antes de que ella regresase.
Una explicación sencilla, pero no del todo satisfactoria. Kara estaba pasando algo por alto; estaba segura de ello.
—¿Muchacha?
La palabra resonó en el interior de su cráneo, ahogando sus pensamientos. Obligó a sus párpados a abrirse (no se había percatado hasta ahora mismo de que estaban cerrados) y observó el semblante preocupado del capitán Hanos Jeronnan.
—¿Qué...?
—Calma chica. ¡Habéis pasado dos días sin comida ni agua! No tanto como para haceros daño de verdad, pero demasiado para vuestro propio bien.
¿Dos días? ¿Había pasado dos días atrapada en el árbol?
—Cuando desaparecisteis aquella noche, empecé a buscaros al instante, pero hasta la mañana siguiente no encontré esta bolsa cerca de la posada —levantó una pequeña bolsa de cuero en la que Kara guardaba las hierbas que necesitaba para sus invocaciones. Los nigromantes utilizaban otros ingredientes aparte de la sangre, aunque la mayoría de quienes no pertenecían a la orden lo ignoraban.
Era extraño, no obstante, que hubiese perdido aquella bolsa. Casi hubiera hecho falta que quienes la habían capturado desperdiciasen un tiempo precioso para arrancársela, pues normalmente la joven se aseguraba de que estuviera bien atada y segura a su cinto. Por supuesto, aquello tendría menos sentido todavía, puesto que la única razón por la que podrían molestarse en hacer tal cosa sería dejar una pista sobre su secuestro, cosa que difícilmente hubiera hecho un muerto viviente.
Pero lo cierto era que la habían dejado con vida, si bien enterrada en el corazón de un árbol muerto.
Se sentía muy confundida. Su irritación debía de haberse hecho evidente, porque de inmediato el posadero se apresuró a ofrecerle su ayuda.
—¿Qué ocurre? ¿Necesitáis más agua? ¿Mantas?
—Estoy... —su voz sonaba casi como el croar de una rana... y demasiado parecida a la del único asaltante de los dos al que había oído hablar. Kara aceptó agradecida un poco de agua y entonces volvió a intentarlo—. Estoy bien, capitán... y os doy las gracias por vuestra preocupación. Por supuesto, os pagaré...
—¡No tolero el lenguaje inapropiado en mi establecimiento, señorita! ¡No volváis a mencionar ese asunto!
Aquel hombre suponía un verdadero enigma para ella.
—Capitán Jeronnan, la mayoría de las personas, y en especial los occidentales, hubieran preferido que uno de los míos se pudriera dentro de ese árbol, y por supuesto jamás hubieran reunido un grupo de rescate. ¿Por qué lo habéis hecho?
El hombretón parecía incómodo.
—Siempre me ocupo de mis huéspedes, chica.
A pesar de los dolores que recorrían su cuerpo, se incorporó para poder sentarse. Jeronnan le había proporcionado una habitación como jamás hubiera podido esperar en un lugar como Gea Kul. Limpia y confortable y sin olor a pescado. Una verdadera maravilla. No obstante, Kara no dejó que lo agradable del lugar la disuadiera de formular su pregunta.
—¿Por qué lo habéis hecho, capitán?
—Tuve una hija un vez —comenzó a decir con gran renuencia—. Y antes de que lo penséis siquiera, no se parecía en nada a vos, salvo en que era bastante bonita —Jeronnan se aclaró la garganta—. Su madre era de más alta cuna que yo, pero mis éxitos en la marina me permitieron elevarme hasta una posición en la que pude contraer matrimonio con ella. Tuvimos a Terania, pero su madre no vivió mucho tras el parto —una osada lágrima emergió del ojo del posadero, pero éste se la secó rápidamente—. Durante la siguiente década, y más tiempo, no pude soportar la vida que llevaba porque me alejaba del único ser que me había quedado. Finalmente, abandoné mi puesto justo cuando ella empezaba a convertirse en una hermosa damisela y juntos cruzamos el mar hasta un lugar que yo recordaba como muy hermoso. Terania nunca se quejó, bendita sea, e incluso pareció complacida aquí.
—¿En Gea Kul?
—No os sorprendáis tanto, muchacha. Hace una década era un lugar mucho más hermoso y limpio. Algo siniestro se ha abatido sobre el lugar desde entonces, como ha ocurrido con todos los lugares de los que he oído hablar en esto tiempos.
Kara mantuvo una expresión cuidadosamente neutra. Como fiel de Rathma que era, sabía bien que los poderes de la oscuridad habían empezado de nuevo a extenderse por el mundo. El saqueo de la tumba de Bartuc no era más que un ejemplo de este hecho. Los nigromantes temían que muy pronto el mundo abandonaría el delicado equilibrio que era preciso mantener, que los vientos empezarían a soplar a favor de los Señores del Infierno.
Los demonios ya caminaban de nuevo sobre la faz de la tierra.
El capitán Jeronnan había seguido hablando mientras ella consideraba todo esto y sus últimas palabras se le habían pasado por alto a Kara. No obstante, algo atrajo su atención, tanto que tuvo que interrumpirlo:
—¿Qué?
A estas alturas, el rostro del capitán se había vuelto sombrío, muy sombrío.
—Sí, eso fue lo que ocurrió. Dos años vivimos aquí, tan felices como el que más; entonces, una noche escuché gritos provenientes de su habitación, ¡un lugar al que ningún hombre hubiera podido llegar sin pasar por encima de mí! Eché su puerta abajo, sí... y no encontré ni rastro de ella. Su ventana permanecía cerrada y registré por completo su armario, pero de alguna manera se había desvanecido de una habitación que no tenia más salidas.
Jeronnan había buscado a su hija por todas partes, ayudado por varios lugareños que estaban más que dispuestos a sumarse a la caza. Durante tres días la habían buscado y durante tres días habían fracasado... hasta que una noche, mientras trataba de conciliar el sueño, el capitán había escuchado cómo lo llamaba su hija.
Hombre cauto a pesar de sus desesperanzados deseos, se había llevado consigo la espada ceremonial que le regalara en su día su almirante. Armado con ella, el posadero se había dirigido hacia la campiña, siguiendo la llamada de su hija. Durante más de una hora, había avanzado por bosques y colinas, buscando, buscando...
Por fin, cerca de un árbol inclinado, había encontrado a su amada Terania. La chica, cuya piel estaba extrañamente pálida —más incluso que la de Kara— esperaba a su padre con los brazos abiertos.
Había vuelto a llamarlo y Jeronnan, por supuesto, había respondido. Con la espada en una mano, se había acercado a su hija...
Y ella había estado a punto de destrozarle la garganta con sus colmillos.
El capitán Jeronnan había navegado por todo el mundo, había visto muchas cosas maravillosas y perturbadoras, había combatido contra piratas y villanos en nombre de sus señores, pero ninguna experiencia de su vida había significado más para él que la crianza de su única hija.
Y nada había desgarrado más su alma que atravesar el corazón de la criatura en la que se había convertido.
—La guardo abajo —musitó para poner fin a su relato—. Una magnífica obra de artesanía y pensada para ser utilizada, por añadidura —casi como si la idea se le acabara de ocurrir, el capitán añadió—. Recubierta de plata, o yo no estaría aquí en este momento.
—¿Qué le había ocurrido? —Kara había escuchado historias semejantes, pero en ellas las causas variaban.
—¡Lo más terrible es que nunca lo averigüé! Había logrado sacármelo de los pensamientos hasta que desaparecisteis. ¡Temía que hubiera regresado a por vos! —otra lágrima escapó de sus ojos—. Todavía oigo sus gritos... el que dio cuando desapareció y el que dio cuando la maté.
No era el misterioso horror de Jeronnan el que se había llevado a Kara, pero resultaba evidente que los dos saqueadores de tumbas muertos vivientes la habían estado esperando, lo que devolvió su atención por fin a la situación en la que se encontraba en aquel preciso momento.
—Perdonadme, capitán, por parecer tan poco consternada por vuestra terrible pérdida, pero, ¿podéis decirme si algún barco partió durante el tiempo que he estado perdida?
La pregunta de Kara sorprendió al hombre con la guardia baja durante algunos instantes, pero se recuperó enseguida.
—El único barco que ha salido a la mar hasta el momento es el Halcón de Fuego, ¡un navío condenado si alguna vez he visto uno! Es sorprendente que no se haya hundido todavía.
Sólo un barco había levado anclas. Por fuerza tenía que ser el que ella buscaba.
—¿Adonde se dirigía?
—A Lut Gholein. Siempre navega a Lut Gholein.
Conocía aquel nombre. Un próspero reino situado en la costa occidental de los Mares Gemelos, un lugar en el que se reunían para comprar y vender mercaderes provenientes de todas partes del mundo.
Lut Gholein. El Vizjerei y su sonriente amigo habían recorrido todo el camino desde la tumba, moviéndose a un paso que sólo quienes no necesitaban descanso podrían mantener. Se habían dirigido específicamente a Gea Kul, cuya única razón de ser era servir como vía de paso hacia otros reinos. Pero, ¿por qué?
Sólo podía haber una respuesta. Perseguían a los miembros restantes de su grupo, a los que llevaban consigo la armadura de Bartuc. Kara sospechaba que podía tratarse de un solo hombre, pero no descartaba por completo la posibilidad de que fueran más.
De modo que aquel Halcón de Fuego llevaba a bordo a los ladrones supervivientes o a los zombis. Si este último era el caso, tendrían que ocultarse muy bien para no ser detectados, pero ella conocía historias en las que los muertos vivientes hacían cuanto era necesario para seguir persiguiendo a sus víctimas. Cruzar el mar les resultaría difícil, pero no imposible.
Lut Gholein. Puede que no fuera más que otra breve parada, pero al menos Kara tenía ahora un destino en particular.
—Capitán, ¿cuándo parte el próximo barco hacia allí?
—Muchacha, apenas podéis permanecer sentada, así que no creo...
Los ojos de plata se posaron sin pestañear sobre los suyos.
—¿Cuándo?
El capitán se rascó la barbilla.
—Tardará un tiempo. Puede que una semana, quizá más.
Demasiado tiempo. Para entonces, tanto los espectros como aquellos a los que perseguían habrían desaparecido hacía mucho, y la armadura con ellos. Más importante que la desaparición de su daga era el hecho de que la armadura del sanguinario caudillo iba de un lado a otro. Sin duda, los encantamientos que contenía atraerían a los ambiciosos y los malvados.
Y no necesariamente sólo a los humanos.
—Tengo dinero. ¿Podríais recomendarme un barco cuyos servicios pudiera contratar?
Jeronnan la observó durante un momento.
—¿Tan importante es?
—Más de lo que podéis imaginaros.
Con un suspiro, el posadero replicó:
—Hay un navío, pequeño, pero en buen estado, el Escudo del Rey, cerca del extremo norte del puerto. Puede hacerse a la mar en cualquier momento. Sólo necesita un día o dos para reunir la tripulación y algunos suministros.
—¿Creéis que podréis convencer al propietario para que me ayude?
Esto hizo que Jeronnan estallara en una ruidosa carcajada.
—¡No tenéis que preocuparos por eso, señorita! ¡Es un hombre al que hace algún tiempo no le arredraba servir a una causa, siempre que fuera buena!
Las esperanzas de Kara aumentaron. Casi se sentía lo bastante fuerte como para viajar. El Halcón de Fuego le sacaba algunos días de ventaja, pero con un buen barco podría llegar a Lut Gholein con poco retraso. Sus especiales habilidades, combinadas con algunas preguntas cuidadosamente formuladas, deberían de permitirle seguir el rastro a partir de allí.
—Necesito hablar con él. Debemos estar preparados para partir mañana por la mañana.
—Mañana por la maña...
Volvió a observarla con aquella mirada. Kara odiaba tener que insistir, pero se jugaban más que su propia salud o la paciencia del capitán.
—Así debe ser.
—Muy bien —sacudió la cabeza—. Todo estará dispuesto. Nos haremos a la mar al amanecer.
Su inesperada oferta conmovió a Kara.
—Es más que suficiente que logréis convencer al capitán del Escudo del Rey de que haga el viaje. ¡No es necesario que abandonéis vuestra amada posada! Esto ya no es asunto vuestro.
—No me gusta que nadie trate de asesinar a mis huéspedes... o de hacerles cosas peores, señorita. ¡Además, llevo demasiado tiempo en tierra firme! —se inclinó hacia delante y esbozó una sonrisa—. ¡Y por lo que se refiere a convencer al capitán, temo que no me hayáis entendido bien, mi señora maga! Yo soy el propietario de ese navío y, por todo lo que es sagrado, me encargaré de que se haga a la mar por la mañana... ¡Y os prometo que el Infierno me ha de pedir cuentas!
Mientras él se marchaba aprisa para encargarse de los preparativos, Kara se desplomó sobre la almohada, sorprendida por sus palabras. ¿El Infierno me ha de pedir cuentas?
El capitán Hanos Jeronnan no tenía la menor idea de lo fatídico que podía terminar por ser su juramento.
_____ 7 _____
—Mis hombres empiezan a inquietarse y la verdad es que puedo entender sus razones, Galeona. ¡La grandeza nos llama con señas y nosotros permanecemos aquí, en el borde del desierto!
—Es por orden tuya por lo que seguimos aquí, querido Augustus.
El general se irguió sobre ella.
—¡Porque tú me dijiste que pronto conoceríamos la localización de la armadura de Bartuc! ¡Que pronto sabríamos dónde la lleva ese necio! —Malevolyn la tomó por el pelo y la levantó hasta que sus rostros estuvieron casi en contacto—. Encuéntralo, querida mía. Encuéntralo... ¡o puede que tenga que guardar luto por tu muerte!
Ella no dejó que viera su miedo. Aquellos que demostraban miedo delante del general quedaban muy disminuidos a sus ojos, dejaban de ser respetados y se volvían prescindibles. Galeona había trabajado largo y tendido para asegurarse de que le era de incalculable valor, y no iba a permitir que eso cambiara ahora.
—Haré lo que pueda, pero esta vez debe hacerse sin ti.
El general frunció el ceño.
—En el pasado siempre has requerido mi presencia. ¿Por qué este cambio?
—Porque lo que debo hacer ahora requerirá que me sumerja más profundamente de lo que jamás lo he hecho... y si por cualquier razón me distraigo en el momento equivocado, no sólo me matará a mí sino posiblemente a todos aquellos que se encuentren cerca.
Aquello impresionó hasta al general. Con las cejas alzadas, asintió.
—Muy bien. ¿Hay algo más que necesites?
Una voz habló de pronto en la cabeza de Galeona. Debe haber... un sacrificio.
La hechicera sonrió, pasó un brazo alrededor de Malevolyn y posó sus labios sobre los suyos. Mientras se apartaba del beso, preguntó con aire ausente:
—¿Quién te ha decepcionado más en los últimos tiempos, amor mío?
La boca del general dibujó una tensa línea, implacable e inflexible.
—El capitán Tolos me ha fallado últimamente. Creo que su dedicación está flaqueando.
La mano de Galeona acarició la mejilla del general.
—Entonces quizá yo pueda encontrarle mayor utilidad para tu causa.
—Entiendo. Te lo enviaré de inmediato. Tú dame resultados.
—Creo que estarás complacido.
—Ya veremos.
El general Malevolyn salió de la tienda. De inmediato, Galeona se volvió hacia las sombras, hacia una de ellas en particular..
—¿Crees que será suficiente?
—Éste sólo puede intentarlo —contestó Xazak. La sombra se separó de las otras y se aproximó a Galeona. Parte de ella cruzó sobre el pie de la hechicera, provocándole una sensación que era como si la muerte se le estuviera acercando.
—¡Esta vez debo encontrarlo! ¡Ya ves lo impaciente que empieza a ponerse el general!
—Éste ha esperado mucho más que el mortal —dijo la sombra con un sonido zumbante—. Este desea el hallazgo todavía más que él.
Ambos oyeron pasos en el exterior de la tienda. Inmediatamente, la silueta de Xazak volvió a reunirse con el resto de las sombras. Galeona se echó hacia atrás los cabellos y luego se ajustó el seductor vestido para ofrecer una vista más atrayente.
—Podéis entrar —dijo con voz arrulladora.
Un joven oficial entró en la tienda con el casco bajo el brazo. Pelirrojo, con una corta barba y ojos demasiado inocentes, parecía un cordero dirigiéndose al matadero. Galeona recordaba su rostro y las interesantes ideas que éste le había sugerido en más de una ocasión.
—Acercaos, capitán Tolos.
—El general me envía —contestó el oficial con un tono que revelaba una ligerísima inseguridad. Sin duda estaba al corriente de la reputación de la hechicera... por no hablar de sus apetitos—. Me dijo que teníais una tarea para mí.
Ella se dirigió a la mesa donde guardaba el vino para el general y le sirvió a Tolos una copa del mejor. La levantó para que él la viera y lo llamó con un gesto. Como un pez atraído por el cebo, el capitán hizo lo que se le ordenaba, con una expresión ligeramente confundida.
Tras ponerle la copa en las manos, Galeona la llevó hasta los labios del hombre. Al mismo tiempo, su otra mano recorrió su cuerpo, lo que contribuyó a aumentar la ansiedad de Tolos.
—Dama Galeona —balbució Tolos—. El general me ha enviado aquí con un propósito. No le gustaría descubrir...
—Calla... —ella empujó la copa hasta sus labios y lo obligó a beber. El soldado de trenzados cabellos tragó una, dos veces, antes de que la hechicera volviera a bajar la copa. Con la mano libre, llevó los labios del hombre hasta los suyos y los mantuvo allí largo tiempo. Él titubeó durante los primeros segundos y entonces la apretó con fuerza, presa de sus encantos.
Ya basta de frágiles placeres, dijo la voz del demonio en su cabeza. Hay trabajo que hacer...
Tras el enamorado oficial, la sombra creció y se hizo sólida. Un sonido semejante al producido por un enjambre de moscas agonizantes se alzó, lo bastante ruidoso como para arrancar por fin al capitán Tolos del encantamiento que Galeona había entretejido a su alrededor. La luz de la lámpara de aceite proyectó parte de una nueva sombra sobre su campo de visión, una sombra cuya forma no tenía nada de humano.
Tolos apartó a la mujer y buscó su espada mientras se daba la vuelta para enfrentarse a lo que creía un mero asesino.
—No me cogerás tan...
Las palabras que había elegido le fallaron. El capitán Tolos profirió un gemido entrecortado mientras su piel se volvía blanca por completo. Sus dedos seguían tratando de encontrar la espada, pero el abrumador terror que lo envolvía le provocaba un temor tan intenso que le hubiera sido imposible sostener la empuñadura.
Y erguido sobre él, el demonio Xazak representaba sin duda una visión capaz de engendrar tan horripilante miedo. Con sus casi dos metros y medio de estatura, se parecía a una mantis religiosa, pero una mantis que sólo el Infierno podría crear. Una mezcla demente de esmeralda y escarlata coloreaba un cuerpo sobre el que palpitaban grandes venas doradas. Parecía como si alguien le hubiese arrancado a la cabeza del insecto el caparazón, buscando el equivalente a un cráneo en su interior. Sendos orbes hipertrofiados y amarillos, sin pupila, contemplaban al débil mortal y unas mandíbulas más grandes que la cabeza del soldado —acompañadas por otras más pequeñas, pero no menos salvajes cerca de la verdadera boca— se abrían y se cerraban con terrible voracidad. Un hedor semejante al de la vegetación putrefacta inundaba el área que rodeaba a la monstruosa criatura y empezaba incluso a extenderse por toda la tienda.
Los apéndices intermedios, brazos esqueléticos con garras de tres dedos, se extendieron hacia delante con la velocidad del rayo y atrajeron hacia sí al petrificado oficial. Tolos trató por fin de gritar, pero el demonio escupió antes de que lo hiciera y cubrió el rostro de su víctima con una sustancia suave y pegajosa. Los apéndices principales de Xazak, dos guadañas dentadas terminadas en puntas afiladas como agujas, se elevaron.
Atravesó la coraza del desgraciado oficial con las dos lancetas, ensartando a Tolos como si fuera un pez.
El cuerpo se estremeció violentamente, algo que pareció provocar un inmenso regocijo a Xazak. Las manos de Tolos pugnaron débilmente por liberar su pecho y su rostro, y fracasaron en ambos propósitos.
La escena hizo fruncir el ceño a Galeona, que trató de cubrir con cólera y sarcasmo el miedo que la presencia física del demonio le inspiraba.
—Si ya has terminado de jugar, tenemos trabajo que hacer.
Xazak dejó que el cuerpo, que todavía seguía debatiéndose, se deslizara hasta el suelo. Tolos se desplomó y su cuerpo empapado de sangre se estiró como una marioneta abandonada. La infernal mantis empujó el cadáver del oficial hacia ella.
—Por supuesto.
—Yo trazaré los dibujos. Tú prepárate para canalizar.
Tras tocar el pecho de Tolos, la bruja empezó a dar forma a los patrones necesarios. Primero dibujó una serie de círculos concéntricos y después inscribió un pentagrama dentro del más grande de ellos. Acto seguido, trazó en escarlata tanto las marcas de la invocación como las barreras que la protegerían, a ella, pero también a Xazak, e impedirían que las fuerzas desatadas por el hechizo los aplastaran.
Al cabo de algunos minutos de trabajo, Galeona había completado los preparativos. La hechicera levantó la mirada hacia su demoníaco compañero.
—Éste está preparado, como prometió —fue la áspera respuesta a su tácita pregunta.
La mantis se aproximó y extendió aquellas patas como guadañas hasta tocar el centro del dibujo principal de Galeona. De la boca de Xazak brotó un sonido que hizo chirriar los oídos de Galeona: el demonio estaba hablando en una lengua de origen ultraterreno. Ella dio gracias porque los hechizos de protección impidieran que alguien del exterior pudiera escuchar la impía voz de la criatura.
La tienda empezó a temblar. En el interior se levantó un viento, uno que agitó el cabello de Galeona y lo hizo volar hacia atrás. La lámpara de aceite parpadeó y por fin se extinguió, pero otra luz, un aura malsana de un verde ponzoñoso, emergió del pecho empapado de sangre del soldado muerto.
Xazak continuó murmurando en su demoníaca lengua, al mismo tiempo que dibujaba nuevas variaciones en el patrón escarlata. Galeona sintió cómo acudían fuerzas naturales y fuerzas demoníacas a su llamada y se aleaban luego en una combinación que sería imposible en el mundo real.
Extendió un brazo y se sumó a las variaciones trazadas por el demonio sobre los patrones. Ahora el interior de la tienda crepitaba con energías que estaban a un tiempo en movimiento y en conflicto.
—Pronuncia las palabras, humana —ordenó Xazak—. Pronúncialas antes de que se nos trague nuestra propia creación.
Galeona obedeció y las antiquísimas sílabas abandonaron sus labios. Cada palabra hizo que le ardiera la sangre y que las horripilantes venas que recorrían el cuerpo de su compañero se encendieran una vez tras otra. La oscura hechicera habló con más rapidez, consciente de que si titubeaba, los temores de Xazak podían todavía hacerse realidad.
Una cosa del color del moho y con una forma parecida a la de un sapo se formó sobre el cadáver del capitán Tolos. Luchó, se retorció, trató de gritar con una boca que no estaba formada del todo.
¡Dejadme... descansarrrr!, demandó.
Deformada hasta para la raza de los demonios, la grotesca criatura trató de atacar primero a Galeona y luego a Xazak. Sin embargo, las barreras erigidas por la hechicera hacían que se levantara una chispa azul cada vez que la monstruosidad extendía un apéndice, una chispa que, evidentemente, le causaba gran dolor. Consumida por la frustración, finalmente se encogió sobre sí misma y se envolvió en los zanquivanos y garrudos miembros, como si tratase de plegarse hasta desaparecer por completo.
—Estás a nuestras órdenes —dijo la bruja a la criatura prisionera.
¡Debo... descansar!
—¡No puedes descansar hasta que hayas completado la tarea que te tenemos preparada!
Unos ojos de pesadilla que colgaban sueltos de las cuencas y que al mismo tiempo tenían algo de humano la escudriñaron con abierta malevolencia.
Muy bien... por un tiempo, al menos. ¿Qué... es lo que... queréis... de mi?
—Ninguna magia maniata tus ojos, ninguna barrera bloquea tu visión. Busca por nosotros lo que deseamos y di nos dónde está.
El horror que descansaba sobre el cuerpo ya frío de Tolos se estremeció y zumbó. Tanto Xazak como Galeona se encogieron al principio... hasta que ambos se dieron cuenta de que la cosa sólo se estaba riendo de su petición.
¿Eso... es todo? ¿Para eso... soy torturado... obligado a despertar... e incluso... obligado a recordar?
La bruja se recobró y asintió.
—Hazlo y te permitiremos regresar a tu sueño.
Los ojos se balancearon hasta el demonio.
Muéstrame... lo que... deseas.
La mantis trazó un pequeño círculo en mitad del patrón principal. Una neblina de color naranja llenó el espacio en el que flotaba la criatura atrapada. Los ojos escudriñaron la neblina y vieron lo que ni siquiera Galeona alcanzaba a ver.
Se hace... más claro... lo que... deseáis. Requerirá., un precio.
—Del pago —intervino Xazak— ya has probado una parte.
El prisionero bajó la mirada hacia el cuerpo.
Acepto.
Y sin más, una fuerza golpeó a Galeona con tal violencia en el interior de su mente que la hechicera cayó hacia atrás y se desplomó sobre los almohadones.
* * *
Viajaba en un velero poco fiable y de dudosa reputación, un velero que combatía una tormenta que no era del todo natural. La tormenta había desgarrado ya parte de las velas, pero a pesar de ello el barco seguía adelante.
Curiosamente, Galeona no vio ningún tripulante a bordo, casi como si la embarcación fuera servida tan solo por fantasmas. Sin embargo, algo le aguijoneaba y demandaba de ella que mirase más allá de la cubierta. Sin siquiera mover los pies, la hechicera cambió de posición y de pronto se encontró frente a la puerta de un camarote. Alzó una mano transparente, tratando de abrir esa puerta.
En vez de ello, la atravesó y penetró en la cabina como uno de los espectros que en su imaginación hablan tripulado el barco. Sin embargo, el único ocupante de aquel triste remedo de habitación no parecía en absoluto muerto. De hecho, desde más cerca parecía mucho más de lo que Galeona había creído al principio. Todo un guerrero. Todo un hombre.
La bruja trató de tocar su rostro, pero su mano atravesó la carne. A pesar de ello, él se agitó ligeramente y esbozó algo parecido a una sonrisa. Galeona examinó el resto de su cuerpo y advirtió lo bien que se ajustaba la armadura a su cuerpo.
Entonces, una sombra que esperaba en la esquina atrajo su atención, una sombra que le resultaba familiar. Xazak.
Consciente de que ahora tenia que conducirse con cautela. Galeona se concentró en lo que el demonio y ella buscaban. Actuando una vez más como si acariciara la mejilla del guerrero, la bruja murmuró:
—¿Quién eres?
Él se volvió ligeramente, como si estuviera inquieto.
—¿Quién eres? —repitió Galeona.
Esta vez, los labios se abrieron y murmuraron:
—Norrec...
Ella sonrió, satisfecha.
—¿En qué barco navegas?
—El Halcón Llameante...
—¿Cuál es vuestro destino?
Ahora él empezó a dar vueltas. Su semblante soñoliento se llenó de arrugas y pareció poco dispuesto a contestar, incluso en sueños.
Resuelta a no fracasar en aquella, la más importante de las preguntas, Galeona repitió sus palabras.
De nuevo, él no respondió. La bruja alzó la mirada, vio que la sombra de Xazak crecía. Pero no confiaba en el demonio. De hecho, su presencia amenazaba incluso con poner en peligro las cosas.
La hechicera devolvió su atención a Norrec, se inclinó sobre él y le habló con el tono de voz que generalmente reservaba para Augustus.
—Dímelo, mi valiente y bello guerrero... dile a Galeona adonde te diriges...
La boca de Norrec se abrió.
—Lut...
Y en aquel momento la sombra del demonio cruzó sobre su rostro.
Los ojos de Norrec se abrieron de inmediato.
—¿Qué demonios...?
* * *
Y Galeona volvió a encontrarse en su tienda, con los ojos vueltos hacia el techo y el cuerpo cubierto por una película de sudor frío.
—¡Imbécil! —gritó al mismo tiempo que se ponía en pie—. ¿En qué estabas pensando?
Las mandíbulas de Xazak se abrieron y se cerraron con un chasquido.
—Pensaba en que éste podría encontrar respuestas mucho más rápidamente que una hembra humana distraída...
—¡Hay medios mucho mejores que el miedo para descubrir secretos! ¡Estaba logrando que respondiera a todas mis preguntas! ¡Unos pocos momentos más y sabríamos todo cuanto necesitamos saber! —reflexionó rápidamente sobre ello—. ¡Puede que no sea demasiado tarde! Si...
Vaciló y se volvió hacia el lugar en el que el cuerpo de Tolos yacía... o más bien, había yacido.
Todo el cuerpo, incluso la sangre que había manchado la alfombra, había desaparecido.
—El soñador se ha llevado su pago —señaló Xazak—. El capitán Tolos sufrirá una terrible vida después de la muerte...
—¡No me importa! Tenemos que traer al Soñador de vuelta.
La mantis balanceó de forma vehemente la cabeza, que era lo más parecido a sacudirla que podía hacer.
—Éste no desafiará a un soñador en su propio mundo. Su reino está más allá del Cielo o del Infierno. Aquí podemos gobernarlos, pero si se rompe el lazo podrá tomar lo que es suyo —el demonio se inclinó hacia delante—. ¿Crees que tu general podría prescindir de otra alma?
Galeona ignoró la sugerencia mientras pensaba en lo que le diría a Malevolyn. Tenía el nombre del soldado y del barco, pero, ¿para qué le servía eso? ¡El barco podía estar navegando hacia cualquier lugar! ¡Si tan solo hubiera logrado arrancarle el destino antes de que el demonio hubiera arruinado las cosas! Si tan solo...
—Él dijo "Lut".. —jadeó la bruja—. Tiene que ser...
—¿Tienes una idea?
—¡Lut Gholein, Xazak! ¡Nuestro necio se dirige a Lut Gholein! —sus ojos se abrieron de satisfacción—. ¡Viene a nosotros, tal como dije desde el principio!
Los monstruosos ojos amarillos despidieron un destello.
—¿Estás segura de eso?
—¡Por completo! —Galeona dejó escapar una risotada gutural, una que hubiera agitado a muchos hombres, pero que no provocó la menor reacción en el demonio—. ¡Debo ir a contárselo a Augustus de inmediato! ¡Así podrá estar preparado para lo que se avecina! —meditó sobre ello—. Por fin podré convencerlo de que se atreva a desafiar al desierto. Quiere tomar Lut Gholein. ¡Esto le dará todavía más razones para desearlo!
Xazak la observó con lo que para una mantis debía de ser una mirada perpleja.
—Pero si el humano Malevolyn arroja a sus hombres contra Lut Gholein, sin duda fracasará... ¡Aaah! ¡Éste lo entiende! ¡Qué astuto!
—No sé lo que quieres decir... ¡y no tengo tiempo para discutir contigo! Debo decirle a Augustus que la armadura acude a nosotros como si hubiera sido convocada por su propia mano.
Salió de la tienda, dejando al demonio entregado a sus propios pensamientos. Xazak contempló el lugar en el que el cuerpo del desgraciado oficial había yacido apenas unos momentos antes y luego, de nuevo, las cortinas de la tienda por las que la hechicera había pasado.
—La armadura navega hacia nosotros, sí —musitó la criatura mientras su forma empezaba a fundirse con las sombras—. Pero sería curioso lo que el general pensaría de ti... si no llegara a Lut Gholein.
* * *
Los ojos de Norrec se abrieron de pronto.
—¿Qué demonios...?
Se detuvo con medio cuerpo fuera ya del camastro. A pesar de que la lámpara se había apagado, Norrec podía ver lo suficientemente bien como para saber que seguía siendo el único ocupante del camarote. La mujer que se había inclinado sobre él —una visión que sin duda tardaría en olvidar— había sido, evidentemente, producto de sus sueños. El veterano no podía decir qué había estado haciendo exactamente, sólo que parecía interesada en hablar con él.
Una mujer hermosa que sólo quiere hablar ha de estar por fuerza detrás de tu bolsa, le había dicho en una ocasión Fauztin a Sadun Tryst después de que este último hubiera estado a punto de perder su humilde paga a manos de una ladrona. No obstante, ¿qué mal podía hacerle a Norrec una mujer en sus sueños, y más considerando que su situación era ya desesperada?
Deseó no haber despertado. Quizá si el sueño hubiese continuado un poco mas hubiera resultado un poco más emocionante. Ciertamente había sido una mejora con respecto a sus últimas pesadillas.
Al pensar en ellas, Norrec trató de recordar qué era lo que le había hecho despertar. No la mujer. Tal vez un presentimiento. Tampoco era del todo cierto. Más bien la sensación de que algo horripilante había estado acechándolo mientras la tentadora de piel oscura se inclinaba sobre él...
Un violento giro del Halcón de Fuego arrojó a Norrec al suelo dando tumbos. Chocó contra la puerta del camarote, que se abrió sin previo aviso.
Por sí solo, Norrec no hubiera reaccionado con rapidez, pero el guantelete de su mano se movió espontáneamente, sujetó el marco de la puerta e impidió que el impotente soldado atravesara la barandilla exterior y se precipitara sobre el tormentoso mar. Norrec se arrastró hasta lugar seguro y luego se puso en pie usando las manos, cuyo control había recuperado.
¿Es que el capitán Casco no tenía ya ningún control sobre la tripulación? ¡Si no tenían cuidado, terminarían permitiendo que las olas y el viento hiciesen pedazos el Halcón de Fuego!
Se sujetó a un asidero y empezó a avanzar hacia la proa. El rugido de las olas y el constante retumbar de los truenos hacía imposible escuchar a los marineros, pero sin duda Casco tenía que estar regañándolos por su desidia. Sin duda, el capitán se encargaría de que su tripulación...
No había ni un alma sobre la cubierta del Halcón de Fuego.
Sin dar todavía crédito a sus ojos, Norrec levantó la mirada hacia el timón. Utilizando un fuerte cabo, alguien lo había asegurado en una posición, produciendo al menos una semblanza de control. Sin embargo, allí terminaba toda preocupación por la suerte de la nave. Algunas de las jarcias de las velas estaban sueltas ya y se agitaban de forma salvaje a causa de la tormenta. Una vela tenía desgarrones que amenazaban con ensancharse rápidamente a menos que alguien hiciese algo.
La tripulación tenía que estar abajo. Nadie podía estar tan loco como para abandonar un barco en buen estado, aunque fuera el Halcón de Fuego, en medio de tal violencia. Lo más probable era que Casco los hubiera convocado al comedor para discutir alguna medida drástica. Sin duda ésa tenía que ser la...
El bote salvavidas que tenía que estar cerca del lugar en el que se encontraba ahora había desaparecido.
Norrec se asomó sin perder un instante sobre la borda, pero no vio más que unos cabos sueltos que azotaban el casco. No se había producido ningún accidente. Alguien había echado el bote al agua.
Corrió de una borda a la otra y sus mayores temores se vieron confirmados. La tripulación había abandonado el Halcón de Fuego, dejando tanto al barco como a Norrec a merced de la tormenta...
Pero, ¿por qué?
Era una pregunta cuya respuesta ya conocía. Recordó las expresiones de los miembros de la tripulación después de que la armadura hubiera convocado a los demonios para reparar el mástil. Miedo y horror, y no dirigidos a la armadura sino más bien al hombre que la llevaba. La tripulación había tenido miedo del poder que, según creían, poseía Norrec. Desde el momento mismo de iniciarse la travesía había reparado en la cautela que se dibujaba en sus rostros cada vez que entraba en el comedor. Ya entonces habían sabido que no se trataba de ningún pasajero normal y el incidente del mástil había demostrado con creces que estaban en lo cierto.
Sin prestar atención a la lluvia y al viento, regresó de nuevo junto a la barandilla, tratando de encontrar algún rastro de la tripulación. Por desgracia, lo más probable era que hubiesen abandonado el barco horas antes, aprovechándose de lo exhausto que la invocación le había dejado. No importaba que, con toda seguridad, se hubiesen condenado a una muerte cierta en el mar; los marineros habían temido más por sus almas inmortales que por sus cuerpos mortales.
¿Y dónde dejaba eso a Norrec? ¿Cómo podía esperar conducir el Halcón de Fuego hasta tierra firme por sí solo y mucho menos poner rumbo a Lut Gholein?
Un crujido a su espalda hizo que el desesperado soldado se volviera rápidamente.
Empapado y con aspecto de no alegrarse en absoluto de verlo, el capitán Casco emergió desde debajo de la cubierta. Si antes había tenido un aspecto cadavérico, ahora parecía un verdadero fantasma.
—Tú... —murmuró—. Hombre demonio...
Norrec se acercó a él y lo tomó por los hombros.
—¿Qué ha ocurrido? ¿Dónde está la tripulación?
—¡Han marchado! —estalló el capitán mientras se soltaba—. ¡Prefieren ahogarse en mar antes que navegar con señor de demonios! —empujó a Norrec para pasar—. ¡Mucho trabajo que hacer! ¡Fuera!
El consternado soldado observó mientras el capitán empezaba a tensar algunas de las jarcias. Toda su tripulación había abandonado el barco, pero el capitán no sólo seguía insistiendo en mantener a flote al Halcón de Fuego, sino también en que no perdiera el rumbo. Era un esfuerzo absurdo, carente de sentido, pero Casco parecía resuelto a hacerlo lo mejor posible.
Norrec fue tras él y gritó:
—¿Qué puedo hacer para ayudar?
El empapado marino le dedicó una mirada despectiva.
—¡Salta por la borda!
—Pero...
Casco lo ignoró y se dirigió hacia los siguientes cabos. Norrec avanzó un paso y entonces se dio cuenta de lo fútil que resultaría obligar al capitán a escucharlo. Casco tenía razones tanto para temerlo como para odiarlo, y el veterano no podía culparlo por ello. A causa de Norrec, lo más probable era que perdiera tanto la vida como el barco.
Estalló un relámpago en el cielo, tan cerca en esta ocasión que Norrec tuvo que apartar la mirada para no quedarse ciego. Frustrado por su incapacidad para hacer nada, se encaminó hacia la puerta que conducía bajo la cubierta. Quizá lejos de la tormenta pudiese pensar mejor.
Unas cuantas linternas seguían dando luz mientras él descendía a las entrañas del Halcón de Fuego, pero su iluminación no impidió que Norrec se sintiera inquieto por la vaciedad que lo rodeaba. Todos salvo Casco habían abandonado el barco, afrontando una muerte cierta para alejarse del señor de los demonios que había entre ellos. Igualmente, si hubieran creído que podrían matarlo lo habrían intentado, pero era evidente que la exhibición de poder de la armadura los había convencido de lo absurdo de tal propósito.
Lo que dejaba a Norrec preguntándose de cuánto tiempo dispondría el Halcón de Fuego antes de que el viento y las olas lo hicieran pedazos.
Lanzó una feroz mirada a los guanteletes, la parte de la armadura que más asociaba con su difícil condición. De no ser por ellos jamás se hubiera encontrado en tales dificultades.
—¿Y bien? —casi escupió Norrec—. ¿Qué planeas hacer ahora? ¿Vamos a empezar a nadar si el barco se va a pique?
Al principio se arrepintió hasta de haber hecho la sugerencia, temiendo que la armadura decidiera hacer precisamente eso. Norrec trató de imaginarse a la armadura intentando permanecer a flote. Para él, que raramente se había hecho a la mar salvo para travesías cortas, la muerte por ahogamiento se le antojaba el más terrible de los destinos. Asfixiarse, sentir que los pulmones se le llenaban de agua mientras el negro mar se lo tragaba... ¡Sería mejor cortarse el gaznate con una daga!
El Halcón de Fuego se balanceó, esta vez de manera tan violenta que el casco lanzó un gemido ominoso. Norrec miró hacia lo alto mientras se preguntaba si el capitán Casco habría perdido al fin el poco control del barco que durante breves instantes había tenido.
El navío volvió a balancearse y los tablones se combaron, literalmente. Unos pocos momentos más y el soldado temía que sus peores miedos se hicieran realidad. Ya podía sentir cómo se cerraban las aguas sobre él.
Determinado a no ceder al pánico, Norrec corrió a la escalerilla y subió apresuradamente a cubierta luchando por no perder el equilibrio. Pensara lo que pensase Casco de él, Norrec tenía que tratar como fuera de ayudarlo a recuperar el control del Halcón de Fuego.
Escuchó que el capitán gritaba algo en su lengua nativa, una interminable letanía de maldiciones, a juzgar por cómo sonaba. Norrec miró a su alrededor, tratando de encontrarlo en medio de la tormenta.
Y encontró a Casco, sí... junto con una gigantesca pesadilla surgida de las profundidades del mar.
Un horror colosal que parecía formado por un centenar de tentáculos y un enorme orbe rojo tenía en su poder al Halcón de Fuego. La acuática tarasca parecía un calamar gigante a la que una gigantesca fuerza hubiera desollado antes de reemplazarle la piel con afilados alambres. Y lo que era aún peor, muchos de los pequeños tentáculos no tenían ventosas sino diminutos apéndices semejantes a garras que se aferraban a cualquier parte del barco que pudiesen alcanzar y, acto seguido, tiraban de ella. Secciones enteras de la barandilla cedieron con facilidad, al igual que parte de la propia cubierta. Varios apéndices y tentáculos buscaban las velas.
El capitán Casco corría por la cubierta, esquivando uno de los apéndices que lo atacaba y golpeando a otro con un largo palo terminado en un garfio. Sobre la cubierta, cerca de él, daba bandazos el extremo desgarrado de un tentáculo, del que manaba copiosamente un icor oscuro. Desafiando el peligro que lo rodeaba por todas partes, el marinero seguía tratando de mantener a raya a la monstruosa criatura marina. La escena resultaba tan absurda como terrorífica, un hombre solo tratando de evitar lo inevitable.
Una vez más, Norrec bajó la mirada hacia los guantes y gritó:
—¡Haced algo!
La armadura no reaccionó.
Abandonado a su suerte, Norrec miró en derredor en busca de un arma. Tras ver otro de los palos con garfio, lo recogió de inmediato y corrió en ayuda de Casco.
Y había actuado justo a tiempo, porque en aquel momento un par de apéndices garrudos se alzaban por detrás del capitán, buscando su espalda. Una de ellas cayó sobre sus huesudos hombros y le hizo gritar.
Norrec blandió el garfio, clavó la punta en el monstruoso apéndice y tiró de él con todas sus fuerzas.
Para su asombro, arrancó la garra, que cayo sobre cubierta. Al mismo tiempo, sin embargo, el segundo apéndice, con la inhumana garra extendida, se volvió hacia él. Además, otros dos tentáculos con ventosas se precipitaban sobre él desde su derecha.
Norrec volvió a blandir el palo a su alrededor, hirió a uno de los tentáculos y lo obligó a retroceder. La garra trató de alcanzarlo con afiladas puntas tan alargadas como los dedos que intentaban desgarrar su cara. Balanceó hacia ella el astil de su arma, pero falló.
¿Qué clase de monstruo había emergido desde las profundidades? Aunque hubiera admitido gustoso que conocía muy poco de la fauna de los Mares Gemelos, Norrec Vizharan no había escuchado ningún relato sobre nada parecido a aquella abominación inverosímil. Parecía más una cosa sacada de un cuento de terror, una bestia que hubiera estado a gusto con los diablillos que la armadura había invocado anteriormente.
¿Demonios? ¿Podía aquella criatura ser alguna clase de fuerza demoníaca? ¿Podía eso explicar por qué la armadura no había reaccionado? Eso dejaría aún muchas incógnitas, pero...
Más de una docena de nuevos tentáculos, algunos de los cuales tenían horripilantes manos con garras, brotaron de las aguas y asaltaron tanto a Casco como a Norrec desde varias direcciones a la vez. Más habituado al uso del arma, el capitán contradijo su enfermiza apariencia destrozando con un rápido movimiento dos de ellos. Norrec no tuvo tanta suerte y, aunque logró hacer retroceder a algunos de los horrores, no hirió a ninguno.
Más y más tentáculos abandonaban la tarea de hacer pedazos el barco y se sumaban a la de acabar con la única resistencia. Uno de ellos logró arrebatarle su garfio a Casco de un tirón tan fuerte que el capitán cayó sobre la cubierta al tiempo que su pierna herida cedía al fin. Varios tentáculos con garras lo rodearon y lo arrastraron hacia la colosal bestia.
Norrec hubiera acudido en su ayuda, pero sus propios problemas no eran menores que los del marinero. Varios tentáculos se enroscaron alrededor de sus piernas y luego de su cintura. Otros dos le arrancaron el palo de las manos. El soldado se encontró suspendido en el aire y los tentáculos empezaron a asfixiarlo a pesar de la armadura encantada.
Lanzó un grito mientras un par de garras le arañaban la mejilla izquierda. En algún lugar más allá de su campo de visión, Norrec escuchó a Casco proferir juramentos mientras la muerte se preparaba para dar la bienvenida a ambos hombres.
Una sombra serpentina se enroscó alrededor de la garganta de Norrec. Desesperado, se aferró a ella, pero era consciente ya de que su fuerza no bastaría para salvarlo.
El guantelete despidió un fiero destello rojizo.
El tentáculo soltó de inmediato su garganta, pero el guantelete no estaba dispuesto a soltarlo a él. La otra mano de Norrec, que también brillaba furiosamente, se alzó y sujetó al tentáculo que lo tenía por la parte superior de la cintura.
El resto de los miembros del monstruo se apartaron, dejando al veterano colgado a gran altura sobre la cubierta del Halcón de Fuego. La tormenta lo azotaba, pero la armadura de Bartuc se negaba a soltar a la inmensa criatura y no cedió ni cuando la bestia trató de recuperar los tentáculos capturados. Norrec gritó. Los brazos le dolían como si estuviesen a punto de serle arrancados del torso.
—¡Kosori nimth! —exclamó su boca—. ¡Lazarai... lazarai!
Un rayo golpeó al leviatán.
La criatura se estremeció y estuvo a punto librarse de Norrec gracias a las convulsiones del dolor. Pero incluso entonces siguieron los guanteletes aferrándose a ella. Era evidente que la armadura del caudillo no había terminado todavía.
—¡Kosori nimth! —repitieron los labios del soldado—. ¡Lazarai dekadas!
Un segundo rayo acertó al monstruo directamente en el ojo terrorífico. El rayo consumió sin dificultades el orbe, arrojando una ola de cálidos fluidos sobre Norrec y el barco.
—¡Dekadas!
La piel de los tentáculos que había bajo los dedos de Norrec se tomó de un gris pálido. La carne serpentina se endureció, petrificada con asombrosa rapidez.
El leviatán se puso rígido y sus múltiples apéndices permanecieron en la misma posición que ocuparan cuando se pronunció la última de las palabras mágicas. La gris palidez se extendió rápidamente por los dos tentáculos que sujetaba el soldado y luego se extendió en todas direcciones y cubrió el cuerpo del gigante y el resto de sus miembros en cuestión de segundos.
—¡Kosori nimth! —gritó Norrec por tercera, y esperaba él, última vez.
Un destello de relámpago más intenso que cualquiera de los anteriores golpeó al demonio marino directamente en el destrozado ojo.
La horripilante tarasca se hizo añicos.
Los guanteletes soltaron los tentáculos, que empezaban a desmoronarse, y Norrec recuperó el control de sus manos. Privado de pronto de todo asidero, el asombrado guerrero se agarró frenéticamente a uno de los enormes miembros, pero éste se partió de inmediato.
Cayó a plomo sobre el barco. Su única esperanza era que moriría aplastado contra la dura cubierta y no ahogado bajo las violentas aguas.
_____ 8 _____
—Muy curioso —murmuró el capitán Jeronnan mientras escudriñaba el horizonte—. Parece haber un bote salvavidas en la lejanía.
Kara entornó la mirada, pero no vio nada. Evidentemente, el capitán poseía una vista milagrosa.
—¿Hay alguien a bordo?
—Nadie que pueda verse, pero nos acercaremos a echar un vistazo. No arriesgaré la vida de ningún marinero para ganar unos pocos minutos... confío en que lo entendáis, muchacha.
—¡Por supuesto! —Para empezar, ya se sentía suficientemente agradecida a Jeronnan por haber organizado el viaje. Había puesto el barco y la tripulación a su disposición, algo que la nigromante no hubiera esperado de nadie. A cambio, había aceptado una paga que cubriría sus gastos, pero nada más. Cada vez que ella mencionaba el asunto, una expresión sombría cruzaba el semblante del capitán y la maga de negras trenzas sabía que amenazaba con mancillar el recuerdo de su hija.
Habían pasado dos días en el mar, de hecho, antes de que Kara se diera cuenta de que él necesitaba aquel viaje tanto como ella. Si el alto posadero le había parecido en ocasiones una persona inquieta, ahora parecía a punto de estallar de júbilo. Ni siquiera la constante amenaza sobre el horizonte occidental de un tiempo no del todo apacible lograba apaciguar su entusiasmo.
—¡Señor Drayko! —en respuesta a la voz de Jeronnan, un hombre delgado, con rostro de halcón y ataviado con un traje de oficial en perfecto estado de conservación, se volvió y saludó. Drayko no había demostrado la menor amargura cuando su señor había anunciado que él se haría cargo del mando en aquella travesía. Era evidente que el segundo de Jeronnan albergaba gran respeto y devoción por el posadero—. ¡Bote salvavidas a proa!
—¡Sí, capitán! —Inmediatamente, Drayko dio órdenes a los marineros para que se preparasen para recibir a los posibles supervivientes. La tripulación del Escudo del Rey reaccionó de manera ordenada y rápida, algo que Kara ya había aprendido a esperar. Aquellos que servían a Jeronnan servían a un hombre que había pasado gran parte de su vida siguiendo los estrictos dictados de la disciplina. Eso no significaba que gobernase con mano de hierro. Jeronnan creía también en la humanidad de cada uno de sus hombres, una rara virtud en un líder en aquellos tiempos.
El Escudo del Rey llegó junto a la solitaria embarcación y dos marineros prepararon de inmediato sendos cabos para izarla. Jeronnan y Kara descendieron para observar su trabajo. La nigromante empezaba a sentirse un poco inquieta por aquel descubrimiento. Seguían la misma ruta que el Halcón de Fuego debía de haber utilizado. ¿Era posible que aquel bote le perteneciera? ¿Había terminado tan pronto la búsqueda de Kara y su presa en el fondo del mar?
—Hay un hombre a bordo —murmuró el capitán Jeronnan.
En efecto, un marinero yacía en el bote, pero ya mientras la tripulación trabajaba para asegurar la embarcación, Kara había advertido las señales que demostraban que, para aquel hombre, habían llegado demasiado tarde.
El señor Drayko envió un par de marineros al bote para investigar. Tras deslizarse por los cabos, dieron cautelosamente la vuelta al cuerpo, que había estado tendido boca abajo.
Unos ojos que ya no veían contemplaron los cielos.
—Lleva un día muerto —exclamó uno de los hombres. Esbozó una mueca—. Permiso para enviarlo a la tumba, señor.
Kara no tenía que preguntar lo que aquello significaba. En alta mar había limitaciones a lo que podía hacerse por un cadáver. Una rápida ceremonia... y luego un húmedo entierro.
Jeronnan concedió su permiso con un gesto de la cabeza, pero Kara puso de inmediato una mano sobre su brazo.
—Tengo que ver el cuerpo... podría decirnos algo.
—¿Creéis que es del Halcón de Fuego?
—¿Y vos no, capitán?
Éste frunció el ceño.
—Sí, pero, ¿qué queréis hacer?
Ella no se atrevió a explicárselo por completo.
—Descubrir lo que ha ocurrido... si puedo.
—Muy bien —Jeronnan ordenó con un gesto a sus hombres que izaran el cadáver a bordo—. ¡Haré que dispongan un camarote para vos, mi señora! No quiero que nadie presencie lo que planeáis. No lo entenderían.
Sólo tardaron un momento en llevar el cuerpo al camarote que Jeronnan había elegido. Kara había esperado poder trabajar con él a solas, pero Jeronnan se negó a dejarla. Incluso después de que ella le ofreciera una explicación bastante superficial de lo que pretendía, el antiguo posadero rehusó marcharse.
—He visto hombres destrozados en batalla, he visto criaturas cuyo nombre dudo que conozcáis, he presenciado la muerte en un millar de formas diferentes... y después de lo que le ocurrió a mi hija, nada podrá hacerme huir de nuevo. Me quedaré a observar e incluso ayudaré si es necesario.
—En ese caso, os ruego que echéis el cerrojo a la puerta. No nos conviene que nadie más presencie esto.
Después de que hubiera hecho lo que ella le pedía, Kara se arrodilló junto al cuerpo. El marinero había sido un hombre de mediana edad que no había llevado una vida fácil. Al recordar lo poco que había averiguado sobre el Halcón de Fuego, crecieron las sospechas de la maga de que el bote proviniera de hecho de ese desesperado navío.
El hombre que había traído el cadáver le había cerrado rápidamente los ojos, pero ahora Kara volvió a abrírselos.
—En el nombre de la Bruja del Mar, ¿qué estáis haciendo, muchacha?
—Lo que ha de hacerse. Todavía podéis marcharos si lo deseáis, capitán. No es necesario que toméis parte en esto.
Él se puso rígido.
—Me quedaré... es sólo que dicen que la mirada de un muerto trae mala suerte.
—Él ciertamente la ha tenido en grandes cantidades —metió la mano dentro de su bolsa, en busca de los ingredientes que necesitaba. Sin la daga, no podía convocar un fantasma como había hecho en la tumba de Bartuc. Además, si intentaba hacerlo podría incluso provocar que Jeronnan cambiara de idea y tratara de impedir que siguiera delante. No, lo que tenía en mente funcionaría bien, siempre que en el proceso el capitán no se volviera contra ella.
De una diminuta bolsita, Kara extrajo un pellizco de polvo banco.
—¿Qué es eso?
—Hueso pulverizado y una mezcla de hierbas —extendió la mano hacia el rostro del marinero muerto.
—¿Hueso humano?
—Sí. —El capitán Jeronnan no hizo ningún ruido ni protestó, lo que alivió a la nigromante. Kara colocó la mano sobre los ojos y entonces espolvoreó ambos orbes sin vida con la blanca sustancia.
A pesar de todo ello, Jeronnan contuvo la lengua. Sólo al ver que ella sacaba un frasquito negro y lo acercaba a la boca del muerto, se atrevió a interrumpirla de nuevo.
—No vais a meterle eso por el gaznate, ¿verdad chica?
Ella levantó la mirada hacia él.
—No pretendo profanarlo, capitán. Lo que hago tiene por objeto averiguar porqué ha muerto este hombre. Parece deshidratado, consumido, casi como si no hubiera tomado agua ni comida desde hace una semana. Un estado muy curioso si de verdad viene del barco al que perseguimos. Es de suponer que el capitán mantendría alimentada a su tripulación, ¿no?
—Casco es un loco, un diablo extranjero, pero sí, todavía se preocupa de que sus hombres coman.
—Tal como suponía. Y si este pobre desgraciado no proviene del Halcón de Fuego, nos corresponde averiguar a qué barco pertenecía, ¿no estáis de acuerdo?
—Tenéis razón, chica... perdonadme.
—No hay nada que perdonar.
Con el frasquito ya destapado, utilizó una de sus manos para abrirle las mandíbulas al marinero. Una vez hecho esto, Kara le dio la vuelta de inmediato para que su contenido se vertiera sin tardanza por la garganta del hombre. Satisfecha, volvió a tapar el frasco y se echó hacia atrás.
—Quizá podáis al menos decirme cómo esperáis descubrir algo.
—Ya lo veréis —se lo hubiera explicado, pero Jeronnan no sabía lo deprisa que tenía que trabajar ahora. En conjunción con el polvo, el líquido que Kara había utilizado haría efecto durante muy poco tiempo, y la nigromante tenía todavía que conjurar la parte final del hechizo. Una vez hecho esto, le dio unas palmadas al cadáver sobre el pecho, una, dos, tres. Y mientras lo hacía, mantenía la cuenta del paso de los segundos.
El marinero muerto dejó escapar un jadeo audible mientras sus pulmones buscaban el aire.
—¡Por los dioses del cielo! —balbució Jeronnan mientras retrocedía un paso—. ¡Lo habéis resucitado!
—No —respondió Kara, seca. Ya sabía que el capitán iba a confundir el acto con una resurrección. Los extraños nunca entendían las muchas facetas del trabajo de un nigromante. Los seguidores de Rathma no jugaban con los muertos como muchos creían; eso iba contra sus enseñanzas—. Y ahora, por favor, capitán Jeronnan, dejadme proceder.
Jeronnan dejó escapar un gruñido, pero, por lo demás, permaneció en silencio. Kara se inclinó sobre el marinero y miró sus muertos ojos. Un tenue resplandor dorado emanaba de ellos; una buena señal.
Ella se echó atrás.
—Dime tu nombre.
De los fríos labios brotó una sola palabra.
—Kalkos.
—¿De qué barco vienes?
Otro jadeo de aire y luego:
—El Halcón de Fuego.
—Así que sí que viene de...
—¡Por favor! ¡No habléis! —al cadáver, preguntó:— ¿Viste cómo se hundía el barco?
—Noooo...
Curioso. Entonces, ¿por qué lo había abandonado?
—¿Fueron los piratas?
De nuevo una respuesta negativa. Kara estimó el tiempo que le quedaba y se dio cuenta de que era mejor que se centrara en lo importante.
—¿Todo el mundo abandonó el barco?
—Noooo...
—¿Quién quedó atrás? —la nigromante trató de contener la impaciencia de sus palabras.
Una vez más, el cadáver inhaló.
—Casco... capitán —la boca se cerró. Algo no iba bien. El cuerpo del marinero casi parecía renuente a añadir más, pero finalmente dijo con voz entrecortada—. Hechicero...
¿Un hechicero? La respuesta pilló desprevenida a Kara por un momento. Había esperado oírlo hablar o bien de los ladrones que habían robado la armadura, o bien, a la vista del acto desesperado de la tripulación, de los dos espectros que la habían secuestrado. Ciertamente su presencia hubiera bastado para convencer a un grupo de endurecidos marineros de que era preferible afrontar los peligros del mar.
—¡Descríbelo!
La boca se abrió, pero ninguna palabra brotó de ella. Al igual que ocurría con el del fantasma, este hechizo sólo permitía repuestas sencillas. Kara maldijo en silencio y entonces alteró la pregunta.
—¿Cómo vestía?
Una inhalación... luego:
—Armadura...
Ella se puso tensa.
—¿Una armadura? ¿Una armadura roja?
—Ssssí...
Algo inesperado. De modo que, aparentemente, uno de los supervivientes de la tumba sí que había sido un hechicero después de todo. ¿Podía tratarse de ese tal Norrec Vizharan del que había hablado el anterior fantasma? Repitió el nombre al marinero y le preguntó si lo conocía. Desgraciadamente, no era así.
No obstante, Kara había descubierto mucho de lo que deseaba saber. La última vez que aquel hombre, Kalkos, había visto al Halcón de Fuego, no sólo estaba a flote, sino que la armadura que ella estaba buscando seguía a bordo.
—Sin tripulación —comentó a un silencioso capitán Jeronnan—. Así no puede llegar muy lejos, ¿verdad?
—Lo más probable es que avance en círculos, si sólo el capitán y ese brujo siguen a bordo —Jeronnan titubeó y entonces preguntó—. ¿No tenéis más preguntas?
Sí que las tenía, pero ninguna que un cadáver pudiera responder. Kara deseó fervientemente seguir teniendo su daga. Entonces hubiera podido tomarse más tiempo e invocar un verdadero espíritu, que hubiese podido contestar con respuestas más largas y coherentes. Un nigromante de mayor edad y experiencia hubiera podido realizar tan fantástica hazaña sin recurrir al uso de una herramienta, pero Kara sabía que todavía faltaban algunos años antes de que ella alcanzara ese punto.
—¿Qué hay de él? —insistió el antiguo oficial—. ¿Qué le ocurrió a él... y al resto de la tripulación, ya que estamos, chica? Un día con mar brava es suficiente para matar a un hombre, pero hay algo inquietante en su aspecto...
Un poco avergonzada porque Jeronnan hubiera tenido que recordárselo, Kara volvió a inclinarse sobre el cadáver.
—¿Dónde están tus camaradas?
No hubo respuesta. Ella tocó rápidamente el pecho, sintió que se hundía bajo la leve presión de sus dedos. El componente líquido del hechizo había empezado a perder su potencia.
La nigromante sólo tenía una oportunidad. Los ojos de un muerto retenían a menudo las últimas imágenes que había presenciado en vida. Si el polvo que había vertido sobre ellos conservaba todavía algún vigor, Kara sería capaz de ver esas imágenes por sí misma.
Sin mirar al capitán, dijo:
—En ninguna circunstancia debo ser interrumpida en el siguiente paso. ¿Lo habéis entendido?
—Sí —pero Jeronnan lo dijo con mucha renuencia.
Kara situó su mirada directamente sobre los ciegos orbes y entonces empezó a murmurar. El dorado tinte de los ojos la envolvió, la atrajo. La nigromante combatió el deseo instintivo de huir del mundo de los muertos y se arrojó por completo al interior del hechizo que acababa de lanzar.
* * *
Y repentinamente se encontraba a bordo de un bote, en mitad de un mar azotado por la tormenta, remando con todas sus fuerzas, como si los mismísimos tres Males Primarios estuviesen persiguiendo la diminuta embarcación. La nigromante miró hacia abajo, vio que sus manos eran gruesas, callosas, las manos de un marinero... las manos de Kalkos.
—¿Dónde está el bote de Pietr? —le gritó un hombre barbudo.
—¿Cómo voy a saberlo? —replicó su propia boca con voz profunda y amarga—. ¡Tú rema! ¡Tenemos una oportunidad si nos dirigimos al este! ¡Esta tormenta del demonio tiene que terminar alguna vez!
—¡Deberíamos haber traído al capitán con nosotros!
—¡Nunca hubiera abandonado el barco, ni aunque fuera a hundirse! ¡Si quiere viajar con ese maestro de demonios, déjalo!
—¡Cuidado con esa ola! —gritó alguien más.
Su cabeza se volvió en aquella dirección mientras de sus labios escapaban epítetos que Kara jamás hubiera imaginado en boca de un hombre. En la lejanía, divisó otros dos botes salvavidas, cada uno de los cuales estaba atestado de hombres desesperados.
De repente, el hombre barbudo se irguió, cosa no muy sabia en tales circunstancias. Miraba boquiabierto a algo que había tras ella (tras Kalkos) y señalaba frenéticamente.
—¡Mirad! ¡Mirad!
En el extremo del campo de visión del marinero emergió un tentáculo vasto y serpentino.
—¡Virad! ¡Virad! —exclamó Kalkos—. ¡Vuelve a sentarte, Bragga!
El hombre barbudo volvió a su sitio. Aquellos que podían manejar los remos trataron desesperadamente de hacer virar al bote.
Sobre el estrépito de las olas y el retumbar del trueno, Kara escuchó el distante grito de varios hombres. Kalkos miró en aquella dirección y contempló la horripilante visión de varias docenas de tentáculos que se cernían sobre otro de los botes. Algunos hombres fueron elevados por los aires, algunos de ellos por las ventosas de los tentáculos, otros por macabras garras prensiles —casi como manos— que arrancaban a los marineros del bote como si fuesen flores.
Kara suponía que los marineros serian llevados hasta la cavernosa abertura que había divisado ahora en el centro de una forma inmensa y monstruosa, una criatura que era como un calamar gigante, pero con sólo un inmenso orbe y una carne horrorosa que contradecía su pertenencia al plano mortal. Por el contrario, no obstante, el monstruo los sostuvo en alto sin más mientras usaba más de aquellos apéndices con garras para pegar otros marineros a las ventosas. Las víctimas chillaban, rogando a aquellos que se encontraban en la distancia que los salvaran.
—¡Remad, malditos! —bramó Kalkos—. ¡Remad!
—¡Te dije que no nos dejaría marchar! ¡Te lo dije!
—¡Calla, Bragga! ¡Calla...!
Una vasta ola rompió contra el costado del bote y arrojó a un hombre por la borda. Junto a la diminuta embarcación, un racimo de tentáculos se alzó de las aguas, rodeó a los compañeros de Kalkos por todas partes y se extendió can avidez hacia ellos.
—¡A ellos con las armas! ¡Es nuestra única...!
Pero aunque los hombres lograron detener el asalto de algunos de los demoníacos brazos, uno por uno fueron arrancados al bote, gritando... hasta que sólo Kalkos, armado con un remo, permaneció a bordo.
Kara sintió un estremecimiento mientras unos húmedos tentáculos se apoderaban de sus piernas, la sujetaban por los brazos. Sintió que las ventosas se pegaban a su cuerpo... ¡No! ¡Todo aquello había ocurrido en el pasado! ¡Aquello le había ocurrido a Kalkos, no a ella!
Pero a pesar de saberlo, sintió el horror del marinero mientras una cosa nueva y terrible ocurría. A pesar de la ropa, Kalkos se sintió más débil, abatido... como si la misma vida le estuviera siendo absorbida del cuerpo. Su carne se marchitó y se secó a pesar de toda la humedad que lo rodeaba. Se sintió como un pellejo de agua cuyo contenido estuviera siendo drenado rápidamente.
Y entonces, justo mientras toda la vida parecía serle arrebatada, cuando sentía su cuerpo como si no fuera más que una cáscara seca, los tentáculos lo dejaron de pronto caer sobre el bote. Era demasiado tarde para que pudiera sobrevivir, Kalkos, lo sabía, pero era mejor pasar sus últimos momentos en la embarcación que en el gaznate de una bestia infernal como aquella.
Sólo al notar que unas garras lo tomaban por los brazos y lo obligaban a incorporarse recobró la consciencia el tiempo suficiente para darse cuenta de que alguien más se había reunido con él a bordo del bote salvavidas.
No... no alguien, sino algo.
Hablaba con una voz que parecía el zumbido de un enjambre de insectos en plena agonía; aunque Kara trató de distinguir su forma, los ojos de Kalkos ya no veían con claridad. La maga no podía percibir más que una aterradora forma roja y esmeralda que se cernía sobre el agonizante marinero, una forma que no se correspondía a ninguna realidad humana. Unos ojos hipertrofiados de un intenso color amarillo y que parecían no tener pupilas se posaron sobre el desdichado Kalkos.
—El descanso de la muerte no se te ha concedido todavía —chirrió—. ¡Hay cosas que éste debe saber! ¿Dónde está el necio? ¿Dónde está la armadura?
—Yo... —el marinero tosió. Sentía una terrible sequedad en el cuerpo, incluso Kara la sentía—. ¿Qué...?
Su inhumano inquisidor lo zarandeó. Un par de lancetas afiladas como agujas brotaron de ninguna parte y se apretaron contra el pecho de Kalkos.
—Este no tiene tiempo, humano. Puede ofrecerte mucho dolor antes de que tu vida huya. ¡Habla!
En algún lugar de su interior, Kalkos encontró las fuerza para obedecer.
—El extraño... la armadura... sangrienta... sigue en el... ¡Halcón de Fuego!
—¿Dónde está?
El marinero logró señalar.
El demonio, porque Kara sabía que eso es lo que era, emitió un sonido chirriante y luego inquirió:
—¿Por qué huísteis? ¿Por qué escapasteis?
—Él... demonios en el barco.
La siniestra criatura dejó escapar un sonido que Kara no hubiera esperado jamás en uno de los suyos, un sonido que reconoció al instante como señal de consternación.
—¡Imposible! ¡Mientes!
El marinero no respondió. Kara sintió que se desvanecía. Su último intento por responder a la monstruosa criatura le había robado la poca vida que le quedaba.
La criatura dejó caer a Kalkos y una sacudida doloroso asaltó a la nigromante mientras el cuerpo chocaba contra el bote. Escuchó de nuevo el zumbante sonido de la criatura y entonces oyó cómo escupía una palabra inteligible:
—¡Imposible!
Kara entrevió por un instante tan solo el interior del bote y cómo los dedos del marinero se retorcían... y con eso, la visión terminó.
* * *
Inhalando, la nigromante se incorporó, con los ojos todavía fijos en los del cadáver.
Sintió la presencia cercana del capitán Jeronnan. El antiguo oficial posó unas manos tranquilizadoras sobre sus hombros.
—¿Estáis bien?
—¿Cuánto tiempo? —murmuró Kara—. ¿Cuánto tiempo?
—¿Desde que empezasteis a hacer lo que quiera que hayáis estado haciendo? Un minuto, puede que dos.
Tan poco tiempo en el mundo real, pero tanto y tan violento en los recuerdos del muerto. La nigromante había utilizado aquel hechizo en ocasiones anteriores, pero nunca había afrontado una muerte tan horrible como la sufrida por Kalkos.
El Halcón de Fuego navegaba un día o dos por delante de ellos, sin otra tripulación que el capitán y aquel hechicero, Norrec Vizharan. El apellido hubiera debido servirle como advertencia. ¿"Sirviente de los Vizjerei"? ¡Más bien uno de los malditos hechiceros! ¡Tenía la armadura e incluso había sido tan audaz como para ponérsela! ¿Es que no entendía el peligro que corría?
Sin una tripulación, incluso él tendría dificultades para conseguir que el barco siguiera su curso. Kara tendría una oportunidad de alcanzarlo, después de todo, siempre que ni los espectros ni las fuerzas demoníacas que había presenciado en la muerte de Kalkos hubieran dado ya con el asesino.
—Entonces —continuó Jeronnan mientras la ayudaba a ponerse en pie—, ¿habéis descubierto algo?
—Poco más —mintió ella, confiando en que sus ojos no la delataran—. Sobre su muerte, nada. Sin embargo, el Halcón de Fuego sigue a flote, de eso no hay duda, y tanto el capitán como aquel al que busco están todavía a bordo.
—Entonces deberíamos alcanzarlos muy pronto. Dos hombres solos no pueden hacer mucho para que un barco como ese siga navegando.
—Creo que no nos llevan más de dos días de ventaja.
Él asintió y luego se volvió hacia el cadáver.
—¿Ya habéis terminado con él, chica?
Kara se forzó a no temblar ante los recuerdos que había compartido con el desventurado Kalkos.
—Sí. Dadle un entierro digno.
—Eso lo tendrá... y luego nos pondremos en marcha en pos del Halcón de Fuego.
Mientras salía del camarote para llamar a algún marinero, Kara se envolvió en su capa, sin apartar la mirada del cuerpo, pero con la mente fija en el compromiso que acababa de adquirir... en su propio nombre y en el de cada hombre que viajaba a bordo del Escudo del Rey.
—Debe hacerse —murmuró la nigromante—. Debe ser capturado y la armadura escondida de nuevo. No importa el coste... ¡Ni importan los demonios!
* * *
—¡Xazak!
Galeona esperó, pero el demonio no respondió. Miró a su alrededor en busca de la reveladora sombra. Algunas veces a Xazak le gustaba jugar, juegos con negras intenciones. La hechicera no tenía tiempo para juegos, en especial para los de esa clase, que en ocasiones resultaban fatales para alguien que no fuera su compañero de intrigas.
—¡Xazak!
Siguió sin haber respuesta. Chasqueó los dedos y la lámpara se encendió por sí sola... pero tampoco así apareció la sombra del demonio.
No le importaba. Generalmente, Xazak traía problemas. Algunas veces, la mantis olvidaba quién la ayudaba a caminar en secreto por el plano mortal.
Muy bien. Tenía mucho que hacer. La hechicera de oscura piel volvió su fiera mirada hacia un enorme cofre que descansaba en una esquina de la chillona tienda. Aparentemente, hubieran hecho falta dos soldados fornidos para arrastrar el cofre, hecho de hierro y buena madera de roble y sostenido sobre cuatro patas de león, y eso con un notable esfuerzo por su parte. Sin embargo, como ocurría con el demonio, Galeona no tenía tiempo para ir en busca de brazos fuertes, en especial ahora que, como ella sabía, todo el mundo estaba atareado levantando el campamento. No, ella misma se ocuparía de sus necesidades en la presente coyuntura.
—¡Ven!
Las esquinas inferiores del gran cofre brillaron. Las metálicas patas se sacudieron y las leoninas garras se estiraron y extendieron.
El cofre empezó a andar.
El enorme mueble se abrió camino por la tienda hacia Galeona, casi con el aspecto de un sabueso llamado por su dueña. Finalmente se detuvo a escasos centímetros de la hechicera, en espera de su próxima orden.
—¡Ábrete!
Con un prolongado crujido, la tapa se abrió.
Satisfecha, Galeona se volvió y puso una mano sobre una de las numerosas piezas de su colección colgante. La pieza se soltó por sí sola y cayó con suavidad sobre su palma extendida. La hechicera la colocó dentro del cofre y prosiguió con la siguiente.
Uno tras otro, guardó todos los objetos. Un observador que hubiera presenciado el proceso completo hubiera reparado en que, por muchas cosas que Galeona pusiera dentro del cofre, éste no parecía nunca llenarse del todo. La bruja siempre encontraba espacio para la siguiente y la siguiente...
Pero cuando estaba a punto de terminar su tarea, un leve escalofrío recorrió de arriba abajo su espina dorsal. Galeona se volvió y, tras unos momentos de búsqueda, encontró una sombra que no había estado allí un momento antes.
—¡Vaya! ¡Por fin has regresado! ¿Dónde has estado?
El demonio no respondió al principio y su forma se sumergió más profundamente en los pliegues de la tienda.
—Augustus ha ordenado que se levante todo el campamento. Quiere que salgamos en cuanto los hombres hayan terminado, sea de día o de noche.
Pero Xazak siguió sin responder. Galeona se detuvo; no le gustaba aquel silencio. Normalmente, a la mantis le gustaba parlotear, no contener la lengua.
—¿Qué ocurre? ¿Qué te pasa?
—¿Dónde quiere ir el general? —inquirió abruptamente la sombra.
—¿De verdad tienes que preguntarlo? A Lut Gholein, por supuesto.
El demonio pareció reflexionar sobre sus palabras.
—Sí, éste iría a Lut Gholein. Sí... podría ser lo mejor...
Ella dio un paso hacia la sombra.
—¿Qué te ocurre? ¿Dónde has estado? —Al ver que no le respondía, la bruja caminó hasta la esquina de la tienda, mientras su furia iba en aumento—. O me contestas o...
—¡Fuera!
El demonio emergió violentamente de las sombras e irguió toda su forma monstruosa sobre la humana. Galeona dejó escapar un jadeo entrecortado, retrocedió tambaleándose y cayó al fin sobre los almohadones que todavía cubrían gran parte del suelo.
La muerte, en la forma de un insecto infernal con ardientes ojos amarillos y unas mandíbulas que se abrían y cerraban con rápidos chasquidos, se cernió sobre ella. Garras y apéndices como guadañas se detuvieron a un centímetro —no más— del rostro y el cuerpo de Galeona.
—¡Deja de zumbar y mantente alejada de éste! ¡Lut Gholein es el destino que acordamos! ¡No hablaremos más hasta que yo lo decida!
Con eso... Xazak regresó al sombrío rincón. Su forma física se desvaneció y su sombra se tornó indistinta. Al cabo de unos pocos segundos, la única señal de su presencia era el contorno apenas visible de una forma monstruosa entre los pliegues del tejido.
Galeona, sin embargo, no se movió del lugar en el que había caído hasta que estuvo completamente segura de que la mantis no volvería a saltar sobre ella.
Cuando por fin se decidió a ponerse en pie, lo hizo bien lejos del lugar en el que acechaba la sombra. Se había aproximado mucho a la muerte, una muerte prolongada y agónica.
Xazak no hizo ningún otro sonido ni movimiento. Galeona no recordaba haber visto jamás al demonio actuar de aquella manera. A pesar de su mutuo pacto, hubiera estado más que dispuesto a asesinarla si ella no lo hubiera obedecido de inmediato... algo que se juró a sí misma que no olvidaría. Para ambos hubiera debido ser imposible quebrantar el pacto, la única razón de que se tolerasen el uno al otro durante tanto tiempo. Si Xazak había estado dispuesto a afrontar las consecuencias de acabar con el pacto y con ella, era imperativo, más que nunca, que encontrase la manera de librarse de él... lo que suponía recurrir o bien al general o bien al idiota. Al menos con los hombres sabía que siempre contaba con algún control.
La hechicera siguió llenado el cofre con el contenido de su tienda, pero las acciones del demonio no abandonaron su mente. Aparte del peligro que ahora percibía en la decisión de la criatura de romper su acuerdo, aquel ademán de ataque le había hecho formularse una pregunta cuya respuesta deseaba conocer desesperadamente. No sólo le proporcionaría la razón de la inquietante actitud de Xazak, sino también el porqué de una emoción que nunca hasta entonces había descubierto en él.
¿Qué, se preguntó Galeona, podía haber aterrorizado de aquella manera al demonio?
_____ 9 _____
El agonizante dolor que recorría el cuerpo de Norrec Vizharan fue la primera señal de que, al fin y al cabo, no había muerto. El hecho de que pudiera respirar le indicó inmediatamente que no estaba en el agua y que, por tanto, había caído sobre la cubierta. El que no se hubiera roto el cuello o muchos otros huesos, Norrec sólo podía sospechar que era cosa de la maldita armadura de Bartuc. Ya lo había salvado del leviatán demoníaco; una sencilla y corta caída había de ser un juego de niños para ella.
Y sin embargo, en su corazón, el veterano soldado deseaba en parte que no lo hubiera logrado. Al menos se hubiera librado de las pesadillas, de los horrores.
Abrió los ojos y vio que se encontraba tendido en su camarote. En el exterior, la tormenta bramaba sin descanso. Sólo dos fuerzas podían haberlo arrastrado hasta allí y una de ellas era la armadura. Sin embargo, después de lo que le había hecho a la monstruosidad de los tentáculos, había parecido más débil, incapaz de hacer nada. El propio Norrec se sentía tan cansado que le maravillaba que fuera capaz de moverse siquiera. La debilidad que experimentaba era tan extraña que el exhausto soldado se preguntó si la armadura o la bestia le habrían de alguna manera hurtado parte de su fuerza vital.
En aquel momento, la puerta se abrió de par en par y el capitán Casco entró cojeando en el minúsculo camarote con un cuenco tapado en la mano. Un aroma que Norrec encontraba a la vez repulsivo y atrayente brotaba del cuenco.
—¡Despierto! ¡Bien! ¡No se desperdicia comida! —sin esperar a que el soldado se levantase, el cadavérico marinero le tendió el cuenco.
Norrec logró incorporarse lo bastante como para comer.
—Gracias.
Como respuesta, el capitán se limitó a gruñir.
—¿Cuánto tiempo he dormido?
Casco consideró la pregunta durante un segundo. Posiblemente quería asegurarse de haberla entendido.
—Un día. Poco más.
—¿Cómo está el barco? ¿Lo ha dañado mucho la criatura?
De nuevo una pausa.
—El barco siempre dañado... pero todavía puede navegar, sí.
—¿Cómo podemos navegar en medio de una tormenta sin tripulación?
El capitán frunció el ceño. Norrec sospechaba que tenía que formular por fin la pregunta para la que Casco no tendría una buena respuesta. Por supuesto, no podrían navegar sin tripulación. Lo más probable era que el Halcón de Fuego diera vueltas y más vueltas, empujado en direcciones diferentes por los vientos y el oleaje. Puede que hubieran sobrevivido al ataque del monstruo, pero eso no significaba que fueran a llegar a Lut Gholein.
El monstruo... el recuerdo que Norrec tenía de lo ocurrido parecía tan extravagante que tuvo por fin que preguntarle a Casco si lo que había visto había sido verdad.
El capitán se encogió de hombros.
—Vi caer a ti... vi caer la Bruja del Mar.
Era evidente que el marino había decidido que lo que los había atacado era el legendario monstruo marino mencionado por tantos y tantos marineros. Norrec creía otra cosa, seguro tras sus encuentros con los diablillos y la criatura alada de la posada de que aquella había sido otra fuerza demoníaca... sólo que, esta vez, invocada por alguien diferente a la armadura encantada.
La leyenda hablaba del ascenso de Bartuc hasta su oscura gloria, primero como un peón de los poderes infernales y más tarde como un hechicero respetado y temido por ellos, y de cómo había conducido una legión de demonios en su afán por conquistarlo todo. Sin embargo, nadie hablaba sobre lo que podían haber sentido los demonios de mayor poder ante aquella usurpación de su lugar. ¿Acaso habían advertido que la armadura se había fugado de la tumba y temían que el fantasma de Bartuc tratase de reconstruir su poder sobre los suyos?
Tan estrafalarios pensamientos hicieron que su corazón se acelerase. Era mejor que se preocupase de su situación actual. Si no conseguían recuperar el control del Halcón de Fuego, éste continuaría su vagar por los Mares Gemelos, bien navegando mucho después de que hubiesen muerto los dos que seguían a bordo, bien hundiéndose al fin a causa de la interminable tormenta.
—No soy marinero —le comentó a Casco entre bocado y bocado de comida—. Pero enseñadme lo que debo hacer y trataré de ayudar. Tenemos que devolver el barco a su curso.
Ahora Casco soltó un bufido.
—¡Ya hecho suficiente! ¿Qué más? ¿Qué más?
Su actitud no sólo sorprendió a Norrec sino que también inflamó la propia ira del guerrero. Sabía que se le podía culpar —o más bien a la armadura— por gran parte de la situación, pero su oferta de ayudar al capitán había sido honesta. Norrec dudaba que la armadura le impidiera hacerlo. Después de todo, había sido ella, y no él, la que de verdad había querido llegar a Lut Gholein.
—¡Escuchadme! ¡Moriremos si no recuperamos el control del Halcón de Fuego! ¡Si la tormenta no acaba con nosotros, moriremos cuando nuestros suministros se estropeen o, lo que es más probable, chocaremos contra algunas rocas y nos hundiremos como una piedra! ¿Es eso lo que queréis para vuestro barco?
La enjuta figura sacudió la cabeza.
—¡Necio! ¿Golpeado cabeza al caer? —tuvo la audacia de tomar a Norrec por el brazo—. ¡Ven! ¡Ven!
Dejando a un lado el cuenco vacío, Norrec siguió al capitán al exterior, a la tormenta. Sus piernas tardaron unos cuantos pasos en acostumbrarse de nuevo al balanceo del barco, pero el capitán esperó a que le diera alcance. Por lo que se refería a su pasajero, Casco parecía atrapado entre el odio, el respeto y el miedo. No le ofreció ayuda, pero tampoco trató de apremiar al debilitado guerrero a que caminara más deprisa de lo que podía.
Tras salir a cubierta, el marinero dejó pasar a Norrec. El veterano se apoyó en lo que quedaba de barandilla, escudriñó a través de la intensa lluvia y trató de ver lo que Casco quería enseñarle. Todo lo que pudo distinguir fue la misma escena vacía que había visto antes. Ningún marinero se ocupaba de los cabos, no había timonel al timón.
Y sin embargo... el timón se movía. Ningún cabo lo sostenía ya en su lugar.
Norrec parpadeó, seguro de que el timón debiera haber estado girando salvajemente. Y sin embargo apenas se movía, algunas veces en una dirección y luego ajustándose en la contraria, como si alguna fuerza invisible lo mantuviera bajo control.
Un movimiento a un lado llamó su atención. Mientras enfocaba la mirada, Norrec tuvo al principio la terrible sensación de que el cabo principal se había soltado de pronto, se había reajustado frente a sus mismos ojos y luego había hecho el nuevo nudo.
Y a su alrededor, por todas partes, empezó a reparar en sutiles movimientos, sutiles cambios. Los cabos se ajustaban según las necesidades de las velas. Las propias velas se ajustaban por sí solas cuando era necesario. El timón seguía girando para contrarrestar la constante embestida del oleaje mientras mantenía al Halcón de Fuego en un curso fijo, uno que, según suponía Norrec, se encaminaba en línea casi recta hacia el oeste.
No había tripulación que gobernara el Halcón de Fuego, pero no parecía que tal cosa le importase en absoluto a la nave.
—¿Qué está ocurriendo? —le gritó al capitán.
Casco le lanzó una mirada de complicidad.
¡La armadura! Una vez más, su poder lograba asombrarlo. Había acabado con el colosal demonio y ahora se aseguraba de que la travesía continuaba a pesar del motín de la tripulación. El Halcón de Fuego llegaría a puerto de una forma o de otra.
Norrec se apartó dando tumbos, no en dirección a su camarote sino hacia el comedor. Casco lo siguió, un capitán sin propósito en aquel viaje. Ambos hombres se sacudieron la lluvia de encima. Casco abrió un cofre y extrajo de su interior una botella polvorienta, cuyo contenido no se ofreció a compartir con su acompañante. Norrec pensó en pedirle un trago —ciertamente lo necesitaba—, pero se lo pensó mejor. La cabeza ya le dolía suficiente por el momento y prefería tratar de dejar que se aclarase.
—¿Cuánto tardaremos en llegar a puerto? —preguntó al fin.
Casco dejó la botella el tiempo necesario para contestar:
—Tres días. Puede cuatro.
Norrec arrugó la cara. Había esperado que fuera menos. Tres o cuatro días en un barco cuyo timón y cuyos cabos se movían por sí solos y con sólo la compañía de un capitán de aspecto salvaje que pensaba que él era un demonio con forma humana.
Se puso en pie.
—Estaré en mi camarote hasta la hora de comer.
Casco no hizo movimiento alguno para detenerlo. El larguirucho marinero parecía muy contento de que lo dejara a solas con su botella.
Tras salir al exterior, Norrec regresó trabajosamente hasta su camarote. Hubiera preferido descansar en la zona situada bajo cubierta, que era mucho más espaciosa —por no mencionar más seca—, pero delante de Casco lo devoraba el sentimiento de culpa por los problemas que su presencia había causado. Lo asombraba que Casco no le hubiera rebanado la garganta sin más cuando había tenido oportunidad. Claro que, tras ver lo que Norrec había hecho y después de descubrir que ni siquiera la caída había acabado con su inquietante pasajero, era probable que el capitán hubiera llegado a la conclusión de que cualquier intento por acabar con la vida del extraño hubiera significado su propia muerte.
Posiblemente, sus suposiciones no habían andado desencaminadas.
La lluvia no sólo seguía empapando a Norrec, sino que trataba de aplastarlo contra la cubierta. En todos los años que había pasado luchando por uno u otro patrón, el veterano había tenido que afrontar mal tiempo de todas clases, incluyendo ventiscas. Sin embargo, a sus ojos, aquella tormenta no tenía igual y sólo podía rezar para que terminase cuando el Halcón de Fuego llegase por fin al puerto.
Eso asumiendo, por supuesto, que el barco llegaba al puerto.
La intensa lluvia limitaba la visibilidad, y no es que hubiese demasiado que ver ni a bordo del barco ni entre las olas que se extendían más allá. No obstante, Norrec tenía que limpiarse constantemente el agua de los ojos para poder ver siquiera unos metros más allá. El camarote nunca le había parecido tan lejano como ahora. La armadura tampoco ayudaba, pues la coraza parecía pesar el doble de lo normal. No obstante, al menos Norrec no tenía que preocuparse porque se le oxidara; era evidente que los encantamientos utilizados por Bartuc mantenían la armadura en tan buen estado como el primer día que el señor de los demonios la había vestido.
Norrec dio un traspié, no por vez primera. Maldijo al tiempo, se irguió y volvió a limpiarse la humedad de los ojos para poder ver lo lejos que se encontraba la puerta de su camarote.
Una figura siniestra le devolvió la mirada desde la sección de popa de la cubierta.
—¿Casco? —preguntó en voz alta antes de darse cuenta de que no era posible que el capitán hubiera recorrido en tan poco tiempo la distancia que lo separaba de la popa, no con su pierna herida. Y lo que era más, esta figura era más alta que el marinero y llevaba una capa de anchos hombros que recordaba al atuendo de un hechicero Vizjerei...
Que recordaba a la capa de Fauztin.
Dio un paso adelante, tratando de ver mejor. La figura parecía hecha a medias de niebla y Norrec se preguntó si lo que se erguía frente a él podía ser tan solo el resultado de su propia mente torturada y cansada.
—¿Fauztin? ¿Fauztin?
La sombra no respondió.
Norrec avanzó otro paso... y el vello de la nuca se le erizó de repente.
Giró sobre sus talones.
Una segunda figura, algo más baja, situada cerca de la proa, aparecía y desaparecía entre la niebla, semejante a un acróbata o, mejor aún, a un ladrón. Lo que parecía ser una capa de viaje ondeaba al viento, ocultando la mayor parte de los detalles de la segunda figura; pero Norrec se imaginó un rostro al que no abandonaba la sonrisa, con la cabeza ligeramente inclinada hacia la derecha porque le habían roto el cuello.
—Sadun... —balbució.
De pronto sintió un hormigueo en las manos. Bajó la mirada y entrevió por un instante un aura rojiza que las envolvía.
Un rayo cayó tan cerca que iluminó todo el barco... tan cerca, de hecho, que el pasmado guerrero hubiera jurado que llegó a tocar al Halcón de Fuego aunque sin causarle el menor daño. Por un momento, un brillo cegador rodeó a Norrec y le hizo incluso olvidar a los dos espectros.
Finalmente su visión volvió a aclararse. Parpadeando, Norrec miró a proa y a popa y no vio la menor señal de ninguna de las dos horribles sombras.
—¡Sadun! ¡Tryst! —gritó con voz frenética el guerrero. Se volvió hacia la popa y exclamó—. ¡Fauztin!
Sólo la tormenta le respondió, retumbando con renovada furia. Pero Norrec no estaba dispuesto a abandonar todavía y se dirigió hacia la proa, gritando una vez tras otra el nombre de Sadun. Recorrió la cubierta lanzando miradas en todas direcciones. El por qué deseaba enfrentarse con cualquiera de sus compañeros muertos era algo que ni el propio Norrec hubiera podido decir. ¿Para tratar de disculparse? ¿Para explicarse? ¿Cómo podía hacer tal cosa cuando, incluso sabiendo que había sido la armadura la que les había arrebatado sus vidas, el antiguo mercenario seguía culpándose por no haber escuchado las palabras de Fauztin unos pocos y preciosos segundos antes? Si lo hubiera hecho, no estaría ahora donde se encontraba.
Si lo hubiera hecho, ninguno de sus amigos estaría muerto.
—¡Tryst! ¡Maldito seas! ¡Si eres real... si estás aquí, aparece! ¡Lo siento! ¡Lo siento!
Una mano cayó sobre su hombro.
—¿A quién llamas? —inquirió Casco—. ¿Qué quieres ahora?
A pesar de la oscuridad y de la lluvia, Norrec podía ver cómo se alzaba el miedo en los ojos acuosos del capitán. Para Casco, o bien su pasajero se había vuelto completamente loco, o bien, y esto era lo más probable, planeaba convocar todavía más demonios. Obviamente, ninguna de las dos posibilidades complacía al marinero.
—¡Nadie, nada!
—¿No más demonios?
—No más. No —apartó a Casco de un empujón. No deseaba nada más que descansar, pero ya no estaba interesado en su camarote. Volvió la mirada atrás hacia el perplejo y frustrado marino y entonces preguntó:
—¿Hay literas para la tripulación abajo?
Casco asintió con aire abatido. Lo más probable era que él mismo durmiera en un camarote cerca de aquellas literas y no le gustara lo que suponía aquella pregunta. Ya era suficientemente malo tener que compartir el barco con un hombre que invocaba criaturas demoníacas, pero ahora el mismo señor de los demonios pretendía dormir cerca de él. Sin duda, creía que toda clase de monstruos empezarían a vagar bajo cubierta si eso llegaba a ocurrir.
—Dormiré en una de ellas.
Sin preocuparse por cómo se sentía el capitán, Norrec se dirigió abajo. Quizá la batalla contra el monstruo demoníaco le había costado demasiado y había resucitado los remordimientos que sentía por la muerte de sus camaradas. Quizá se los había imaginado a los dos. Eso parecía muy probable, al igual que parecía probable que hubiera imaginado a Fauztin en el muelle de Gea Kul. Los cuerpos mutilados de sus dos amigos seguían todavía sepultados en la tumba, esperando a que los hallasen los próximos buscadores de tesoros.
Y sin embargo, mientras se limpiaba el agua de la lluvia y marchaba en busca de las literas, un pensamiento descarriado lo perturbaba. Norrec observó sus manos enguantadas y flexionó los dedos que, por el momento, seguían obedeciendo su voluntad. Si se lo había imaginado todo, si las sombras de Sadun y Fauztin no se le habían aparecido en la cubierta, ¿por qué habían brillado los guanteletes, aunque sólo hubiera sido por un momento?
* * *
El ejército del general Augustus Malevolyn se puso en marcha en plena noche y penetró en el vasto y terrible desierto de Aranoch. Muchos de los hombres no ansiaban esta marcha, pero habían recibido una orden y no conocían otro curso de acción que la obediencia. El hecho de que algunos de ellos perecerían seguramente antes de llegar a su destino —que, según asumían todos ellos, era el exuberante premio de Lut Gholein— no los frenaba en absoluto. Cada uno de ellos confiaba en ser uno de los afortunados supervivientes, uno de los que reclamarían una parte de la riqueza del reino portuario.
A la cabeza del ejército marchaba el propio general, luciendo orgullosamente el yelmo de Bartuc en la cabeza. Una tenue esfera de luz conjurada por Galeona flotaba delante de él, a escasa distancia, marcando el camino a su corcel. El que eso pudiera señalarlo como la presa más codiciada para quienes pudiesen tenderles una emboscada no preocupaba en modo alguno a Malevolyn. Ataviado con el antiquísimo yelmo y su armadura, trenzada también con sus propios hechizos, el general pretendía demostrar a sus hombres que no le temía a nada y que nada podía derrotarlo.
Galeona marchaba detrás de su amante, indiferente en apariencia a todo al mismo tiempo que utilizaba su hechicería para detectar cualquier peligro que pudiera amenazar a la columna. Detrás de la bruja venía un carromato cubierto cargado con la tienda plegada de Malevolyn, los diversos objetos personales que ésta contenía y —casi como un añadido final desprovisto de toda importancia— el cofre de Galeona.
—Por fin... la armadura estará muy pronto al alcance de mis manos —murmuró el general mientras su mirada se perdía en la oscuridad—. ¡Puedo sentir su cercanía! ¡Con ella estaré completo! ¡Con ella podré gobernar una hueste de demonios!
Galeona reflexionó un instante y entonces se atrevió a preguntar:
—¿Estáis seguro de que hará todo eso por vos, mi general? Sí, el yelmo posee encantamientos y se dice que la armadura está todavía más hechizada, pero hasta el momento el yelmo nos ha confundido. ¿Y si la armadura actúa de la misma manera? Rezo para que no sea así, pero puede que los secretos de Bartuc demanden de nosotros más de lo que...
—¡No! —replicó él con tal vehemencia que sus guardias, situados justo a su espalda, desenvainaron de inmediato las espadas, pensando acaso que la hechicera había tratado de traicionar a su líder. Augustus Malevolyn les ordenó con un gesto que volvieran a guardarlas y luego fulminó a Galeona con la mirada—. ¡No será así, querida mía! ¡He visto las gloriosas visiones que el yelmo de Bartuc me ha concedido y puedo asegurarte que la sombra de Bartuc quiere que continúe con sus victorias! ¡He visto en cada una de ellas el poder combinado de la armadura y el yelmo! ¡El espíritu del sanguinario caudillo vive en la armadura y es su deseo que yo me convierta en el portador humano de su estandarte! —hizo un ademán hacia el desierto—. ¿Por qué si no iba a venir el necio hacia mí? ¡Lo hace porque así está escrito! ¡Seré el sucesor de Bartuc, te lo digo!
La bruja se encogió, atemorizada por su estallido.
—Como vos digáis, mi general.
Malevolyn se calmó de pronto y una sonrisa de satisfacción volvió a cruzar sus facciones.
—Como yo digo. Y después de eso, sí, Lut Gholein será mía para que la tome. Esta vez no fallaré.
Galeona había acompañado al comandante durante algún tiempo desde la Marca de Poniente y posiblemente lo conocía mejor que cualquiera de los que estaban bajo su mando. Sin embargo, durante todo aquel tiempo, la única mención que había hecho de Lut Gholein había sido como de un objetivo futuro que Malevolyn soñaba con conquistar. Nunca le había oído hablar de una pasada derrota.
—¿Habéis estado allí... antes?
Con algo parecido a la devoción, él se ajustó con suavidad el yelmo al mismo tiempo que apartaba la mirada de la hechicera e impedía que la esfera iluminara lo poco de su expresión que la armadura no ocultaba ya.
—Sí... y de no haber sido por mi hermano... hubiera sido mía... pero esta vez... ¡esta vez, Viz-jun caerá!
—¿Viz-jun? —balbució ella con tono incrédulo.
Por ventura, el general Malevolyn no le prestaba atención, pues todo su interés estaba concentrado en las cambiantes y sombrías arenas. Galeona no volvió a repetir el nombre y prefirió dejar pasar, aunque no olvidar, el asunto. Quizá había sido un desliz, al igual que todo cuanto acababa de decir había debido de ser un inocente error. Después de todo, el general tenía muchas cosas en sus pensamientos, demasiadas...
Sabía que nunca había estado en la afamada ciudad-templo Kehjistaní, nunca había cruzado el mar hasta aquella tierra. Además, Augustus Malevolyn había sido hijo único, un bastardo no deseado.
Y sin embargo... había alguien, alguien cuya historia Galeona conocía, que no sólo había estado en la fabulosa Viz-jun, sino que también había tratado de conquistarla y sólo había sido detenido, al final, por su propio hermano.
Bartuc.
Con una mirada supersticiosa, la bruja estudió el yelmo mientras trataba de adivinar sus intenciones. Ya sabían sin la menor duda que las visiones recibidas por el comandante occidental eran sólo para él; ni siquiera cuando ella había tratado de utilizar en secreto la reliquia se le había mostrado imagen alguna. Pero parecía que cuanto más lo llevaba Augustus, más le costaba distinguir entre su propia vida y la del monstruoso caudillo.
¿Era acaso que el yelmo realizaba alguna clase de encantamiento cada vez que uno de aquellos incidentes tenía lugar? Con aire despreocupado, Galeona tocó un anillo con una gema negra que llevaba en uno de los dedos de su mano izquierda y luego volvió la gema en dirección a la cabeza de su amante. Pronunció en voz baja dos palabras prohibidas y, acto seguido, volvió cautelosamente la vista hacia el general para ver si había advertido el movimiento de sus labios.
No lo había hecho, y tampoco reparó ahora en los zarcillos invisibles que se extendían desde el anillo y que se alargaban para tocar el yelmo desde diferentes lugares. Sólo Galeona sabía que estaban allí, buscando, sondeando, tratando de detectar con qué fuerzas estaba imbuida la antiquísima armadura.
Quizá si lograba por fin descubrir cómo afectaban al general, la bruja pudiera actuar para utilizar aquellos poderosos encantamientos en su propio beneficio. Hasta el más pequeño jirón de conocimiento nuevo significaría un gran paso para incrementar sus propias habilidades...
Un destello escarlata estalló en el yelmo, iluminando para una pasmada Galeona cada uno de los mágicos zarcillos que brotaban de su anillo. Una oleada de poder se precipitó sobre ella con la velocidad del rayo, devorando los zarcillos y convergiendo sobre su dedo. Temiendo por su vida, la hechicera trató de quitárselo.
Mera mortal como era, se movió con demasiada lentitud. Los haces de luz escarlata devoraron el último de los zarcillos y luego se hundieron en la propia gema negra.
La gema crepitó y se fundió en un abrir y cerrar de ojos. La piedra líquida se vertió sobre su dedo, quemó su piel, desgarró la carne...
Galeona logró tragarse el grito y transformó su reacción de intenso dolor en un jadeo apenas audible.
—¿Has dicho algo, querida mía? —preguntó el general Malevolyn como si tal cosa, sin que sus ojos abandonaran el horizonte.
Ella logró mantener una voz calmada y segura a pesar de su sufrimiento.
—No, Augustus. Sólo una leve tos... un poco de arena del desierto en la garganta.
—Sí, eso pasa en este lugar. Quizá deberías taparte con un velo. —No dijo nada más, concentrado en sus deberes como comandante o perdido de nuevo en el pasado de Bartuc.
Galeona miró cuidadosamente a su alrededor. Nadie había presenciado la asombrosa exhibición de energías mágicas en conflicto. Sólo ella, con sus sentidos mágicos, había podido asistir tanto a su fracaso como a su castigo.
Tras dar gracias al menos por este pequeño golpe de suerte, investigó disimuladamente el daño. El anillo se había convertido en escoria y la rara y resistente gema en un grumo negro y ardiente sobre su dedo. Al cabo de un rato logró por fin sacarse el aro, pero la joya fundida se quedó sobre su mano, por lo demás inmaculada, como una permanente mancha color ébano.
La herida le importaba poco. Había sufrido cosas mucho peores mientras refinaba su arte. No, lo que preocupaba de verdad a Galeona era la violenta reacción del yelmo frente a su escrutinio. Ninguno de los hechizos que había utilizado en el pasado sobre él había provocado una respuesta tan violenta. Casi parecía como si algo que morara en el interior de la armadura hubiera despertado, algo que tenía intenciones propias.
Siempre había supuesto que el caudillo había imbuido la armadura con numerosos encantamientos de tremendo poder para que lo ayudaran en el campo de batalla. Tales precauciones hubieran tenido mucho sentido. Sin embargo, ¿y si eso no era más que parte de la verdad? ¿Y si ni siquiera quienes habían matado a Bartuc habían comprendido el verdadero alcance de su maestría en la magia demoníaca?
¿Eran sólo encantamientos lo que poseían el yelmo y la armadura... o había descubierto Galeona algo más?
¿Acaso el propio Bartuc pretendía regresar de entre los muertos?
_____ 10 _____
El Escudo del Rey se internó en la tormenta a última hora del quinto día desde su partida de Gea Kul. Kara había esperado que el mal tiempo terminara antes de que tuvieran que enfrentarlo, pero, a decir verdad, aquellos que gobernaban el navío sólo podían culparse a sí mismos por la nueva situación. El capitán Jeronnan mandaba una tripulación excelente que entendía a la perfección las idiosincrasias de la turbulenta mar. La nigromante dudaba que cualquier otro barco pudiera haber navegado con tanta velocidad como ése, cosa que, desgraciadamente, había garantizado que el Escudo del Rey alcanzara incluso a una tormenta que se movía tan deprisa como aquella.
El desventurado Kalkos había recibido un funeral marinero formal, al que Kara había contribuido con unas pocas palabras de encomio basadas en las tradiciones funerales de los suyos. A sus ojos, Kalkos sólo había trascendido a otro plano donde, en una nueva existencia, trabajaría junto a los que lo habían precedido para mantener el equilibrio de las cosas. Sin embargo, la pálida maga todavía sentía alguna culpa, algunas dudas, porque no había olvidado sus propios y profundos deseos de vivir cuando se había encontrado enterrada en el árbol. Hasta el momento, el único medio de Kara para reconciliarse con sus creencias generales había sido decidir que su muerte no sólo no habría reestablecido el equilibrio sino que habría supuesto el fin de la única persona que podía seguir el rastro a la desaparecida armadura. Y no podía permitirse que eso ocurriera.
Casi inmediatamente después de que penetrasen en las aguas azotadas por la tormenta, Kara Sombra Nocturna empezó a pasar gran parte de su tiempo vigilando el mar desde la proa. Jeronnan cuestionó la sabiduría de esta decisión, pero ella rehusó todos sus ruegos para que regresase a la seguridad de su camarote. Él pensaba que estaba buscando el Halcón de Fuego —cosa que era en parte cierta—, pero lo que de verdad la preocupaba a la nigromante era la posibilidad de que los demonios que había visto en los recuerdos de Kalkos pudiesen regresar, en especial el leviatán marino que había acabado de manera tan horrible con la mayoría de la tripulación del otro navío. Dado que no le había mencionado todavía su existencia al capitán, Kara sentía que era su deber montar guardia. También creía que, de todos ellos, era la que tenía más posibilidades de hacer algo que lo distrajera o asustara mientras el Escudo del Rey trataba de escapar.
Incluso en medio de la severa lluvia y la enloquecida mar, la tripulación de Jeronnan se mostraba resuelta y —en su presencia— bastante educada. Por un tiempo, Kara había temido que las historias que siempre había escuchado sobre los marineros significaran que tendría que dividir parte de su atención para cuidarse de ellos. No obstante, aunque era evidente que algunos de los hombres la admiraban —y eso a pesar de conocer ahora su verdadera dedicación—, no la molestaban. De hecho, sólo el señor Drayko había intentado algo que hubiera podido considerarse un acercamiento, y lo había hecho de manera tan formal y cautelosa que casi había sido como si uno de los suyos le hubiera hecho una petición. Ella había rechazado amable y discretamente su ofrecimiento, pero había encontrado su atención un poco perturbadora.
El capitán Jeronnan había solventado mucho tiempo atrás la cuestión de si tenía o no alguna intención con respecto a su pasajera. Cuando no trataba a Kara como si fuera una cliente aristócrata, se comportaba como si en algún momento la hubiese adoptado en su casa. De tanto en cuanto, el antiguo oficial mostraba hacia ella la misma preocupación que, según sospechaba Kara, hubiera demostrado por Terania. Ella se lo permitía, y no sólo porque eso lo mantenía de buen humor, sino porque la propia nigromante encontraba también en ello algún consuelo. Durante su infancia no le había faltado el amor paterno, pero una vez que la instrucción adulta daba comienzo, se esperaba de los fieles de Rathma que dejaran de lado tales emociones por el bien de su aprendizaje sobre el equilibrio del mundo. El equilibrio tenía que anteponerse a todo, incluso a la familia.
El Escudo del Rey saltó sobre una ola especialmente alta y se precipitó con estrépito sobre las aguas uno o dos segundos más tarde. Kara se agarró con fuerza a la borda al mismo tiempo que trataba de ver más allá de la niebla y la lluvia. Aunque el día había empezado a ceder paso a la noche, sus ojos, más acostumbrados a la oscuridad, le permitían ver mejor que a los experimentados marineros lo que había delante de ellos. A estas alturas seguro que habían llegado ya —e incluso dejado atrás— a las aguas en las que Kalkos y sus camaradas habían muerto, y eso significaba que en cualquier momento el navío podía sufrir un ataque por parte de fuerzas antinaturales.
—¡Señorita Kara! —exclamó Drayko desde detrás de ella—. ¡Está empeorando! ¡Deberíais bajar ya!
—Estoy bien —por mucho que no fuera de alta cuna, la maga no podía hacer que los hombres la llamaran por su nombre sin más. Eso era culpa de Jeronnan, quien había subrayado al presentársela a la tripulación que debían demostrarle el máximo respeto. Lo que valía para el capitán bien valía para la tripulación.
—¡Pero la tormenta...!
—Gracias por vuestra preocupación, señor Drayko.
Él sabía ya que no servía de nada discutir con ella.
—¡Pero tened cuidado, señorita!
Mientras luchaba por regresar, Kara decidió que la consideración que Jeronnan y sus hombres le habían demostrado podría perjudicarla en Lut Gholein. Allí, lo sabía, afrontaría prejuicios mucho más habituales hacia los de su clase. Los nigromantes trataban con la muerte y a la mayoría de la gente no le gustaba que le recordaran su mortalidad ni el hecho de que después de la muerte sus espíritus podrían todavía ser manipulados por alguien como ella.
A pesar de la negativa ofrecida a Drayko, la nigromante no tardó en decidir que no podía quedarse en la proa mucho tiempo más. La proximidad de la noche, junto con el terrible tiempo, reducían la visibilidad con cada segundo que pasaba. Se acercaba rápidamente el momento en que ni siquiera ella sería ya de ninguna ayuda. Sin embargo, seguía resuelta a permanecer en su puesto tanto como fuera humanamente posible.
Las olas se alzaban y caían, y su continuo movimiento resultaba en alguna medida una visión monótona a pesar del espectáculo de un poder tan desnudo en acción. Una o dos veces había creído divisar alguna criatura marina y, mucho antes, un pedazo de madera podrida había interrumpido momentáneamente el ciclo del oleaje, pero aparte de eso, los esfuerzos de Kara resultaron poco fructíferos. Por supuesto, eso significaba que no había rastro de los demonios, algo por lo que la nigromante podía sentirse agradecida.
Se limpió la lluvia y la espuma de los ojos y volvió la mirada una última vez hacia el costado de babor del Escudo del Rey. Más olas, más espuma, más...
¿Un brazo?
Tras cambiar de posición, Kara escudriñó las negras aguas con todos los sentidos alerta.
¡Allí! El brazo y la parte superior del cuerpo de un hombre. No podía distinguir detalles, pero podía jurar que había visto cómo se movía el empapado miembro por sí solo.
Kara no tenía ningún hechizo rápido para una situación como aquella, así que se volvió hacia la cubierta... y hacia la menguante figura del segundo de Jeronnan.
—¡Señor Drayko! ¡Hombre al agua!
Por fortuna, él la oyó de inmediato. Tras llamar a otros tres hombres, Drayko corrió hasta donde se encontraba la nigromante.
—¡Decidme dónde!
—¡Mirad! ¿Podéis verlo?
El segundo estudió las enfurecidas aguas y luego asintió sombríamente.
—Una cabeza y un brazo... ¡Y creo que se mueven!
Drayko gritó al timonel que hiciera virar el barco hacia allí y luego, en un tono mucho más bajo, le dijo a ella:
—Es poco probable que podamos salvarlo a estas alturas, pero lo intentaremos.
Ella no se molestó en replicar, mucho más consciente que él de las probabilidades. Si la naturaleza del equilibrio dictaba la supervivencia del hombre, éste sería rescatado. Si no, al igual que Kalkos, su espíritu marcharía al próximo plano de existencia para desempeñar allí otro papel para el equilibrio, tal como enseñaban las lecciones de Rathma.
Por supuesto, ese mismo equilibrio dictaba que si quedaba alguna esperanza de vida, aquellos que podían salvarlo debían intentarlo. Rathma enseñaba pragmatismo, no frialdad de corazón.
La tormenta dificultaba su avance, pero a pesar de ello el Escudo del Rey logró llegar junto al cuerpo, que todavía se debatía débilmente. Por desgracia, la llegada de la noche volvía la tarea más y más difícil mientras la forma se desvanecía y reaparecía con cada nueva ola.
A estas alturas, el capitán Jeronnan se había unido a su tripulación y había tomado el mando de la situación. Para sorpresa de Kara, ordenó que dos de los marineros trajeran sus arcos, marineros que, según le informó Drayko, eran excepcionalmente diestros con estas armas.
—¿Significa eso que van a acabar con los sufrimientos del hombre? —preguntó ella, sorprendida por esta faceta del capitán. Kara hubiera esperado que al menos tratase de salvar al desgraciado náufrago.
—Vos observad, señorita.
Kara entornó la mirada con tardía comprensión mientras los arqueros ataban rápidamente sendas cuerdas a los astiles de sus flechas. En lugar de arrojar sin más las cuerdas al agua, pretendían utilizar las flechas para acercárselas con más seguridad al hombre. A pesar de la tormenta, serían más precisos usando los arcos que recurriendo tan solo a las manos. Seguía siendo un intento arriesgado, pero tenía más posibilidades de éxito.
—¡Deprisa, maldita sea! —bramó Jeronnan.
Los dos hombres dispararon sus flechas. Una de ellas se elevó vertiginosamente y pasó por encima de su objetivo, pero la segunda cayó a escasa distancia del cuerpo.
—¡Sujetaos a ella! —le gritó Drayko—. ¡Sujetaos a ella!
La figura no hizo ningún movimiento hacia la cuerda. Corriendo un terrible riesgo, la nigromante se inclinó sobre la borda, en un intento por acercársela. Quizá si conseguían que lo tocase, reaccionaría. Kara sabía que los ancianos podían mover los objetos con sólo pensar en ellos, pero, como ocurría con tantas otras cosas, sus estudios no hablan progresado hasta ese punto. Sólo podía esperar que su desesperación, combinada con las habilidades que había aprendido ya, pudieran bastar en aquel momento terrible.
Fuera por sus desesperados pensamientos o sólo por los caprichos del mar, la cuerda se acercó hasta pocos centímetros del brazo del hombre.
—¡Sujetaos a ella! —lo alentó el capitán.
De improviso, el cuerpo dio una sacudida. Una ola pasó sobre él y, durante unos segundos crispantes, la impotente figura desapareció. Kara fue la primera en volver a verla; se encontraba ahora a unos metros de la cuerda.
—¡Maldición! —Drayko dio un puñetazo sobre la barandilla—. O está muerto o...
El cuerpo flotante volvió a agitarse y estuvo a punto de desaparecer bajo las aguas..
El primer oficial soltó una imprecación.
—¡Eso no ha sido cosa de las olas!
Con creciente miedo, Kara y la tripulación observaron mientras el cuerpo se agitaba dos veces más y luego volvía a desaparecer bajo las aguas.
Esta vez no reapareció.
—Los tiburones han acabado con él —murmuró por fin uno de los marineros.
El capitán Jeronnan asintió.
—Subid las cuerdas a bordo, muchachos. Habéis hecho lo que habéis podido. De todos modos, lo más probable es que ya estuviera muerto y tenemos otras cosas de que preocuparnos, ¿eh?
Desalentada por la futilidad de sus esfuerzos, la tripulación reanudó sus tareas. El señor Drayko se demoró un instante en compañía de Kara, que todavía buscaba al marinero desaparecido entre las olas.
—El mar reclama lo que es suyo —susurró el segundo—. Nosotros tratamos de aprender a vivir con eso.
—Nosotros lo vemos como parte de un equilibrio universal —replicó ella—, pero la pérdida de una vida que podría haber sido salvada es algo que debe ser lamentado a pesar de todo.
—Será mejor que os marchéis de aquí, señorita.
Kara tocó por un breve instante su mano y contestó:
—Gracias por vuestra preocupación, pero desearía quedarme un momento. Estaré bien.
De mala gana, él volvió a dejarla sola. Cuando se hubo marchado, la nigromante metió la mano dentro de su capa y soltó un pequeño icono rojo con la forma de un terrorífico dragón de ojos ardientes y dientes salvajes que llevaba alrededor del cuello. Los seguidores de Rathma creían que el mundo descansaba sobre la espalda del gran dragón, Trag'Oul, quien actuaba como piedra angular y como tal contribuía a mantener el equilibrio celestial. Todos los nigromantes ofrecían sus respetos al furioso leviatán.
En voz baja, Kara rezó para que Trag'Oul se encargara de conducir al desconocido hasta el siguiente plano de la existencia. Había entonado la misma plegaria por el marinero Kalkos aunque ninguno de los tripulantes del Escudo del Rey lo había advertido. Los legos no comprendían el lugar que ocupaba Trag'Oul en el mundo.
Satisfecha, pues no había nada más que ella pudiera hacer, la delicada mujer de ojos plateados regresó a su camarote bajo la cubierta. A pesar de la dedicación con que había realizado su tarea, Kara entró en la habitación con enorme alivio. Permanecer allí buscando demonios y luego asistir al fallido intento de rescate le había arrebatado gran parte de sus fuerzas. Durante su voluntaria vigilancia apenas había hecho pequeños descansos para comer y, de hecho, había permanecido en pie más tiempo que cualquiera de los hombres de la tripulación. Ahora, lo único que Kara quería hacer era dormir, y luego dormir un poco más.
El camarote que Hanos Jeronnan le había ofrecido había estado originalmente destinado a su hija, así que la más austera Kara había tenido que habérselas con adornos femeninos y almohadones demasiado blandos. A diferencia de los de los tripulantes, contaba también con una cama de verdad, bien clavada al suelo para evitar que se deslizara por la habitación. Para garantizar aún más su seguridad mientras dormía, la cama tenía a cada lado pequeñas barandillas acolchadas que impedían que en el transcurso de una tormenta, su ocupante pudiera rodar hasta caer sobre el duro suelo de madera. Kara ya había dado gracias en más de una ocasión por aquellas barandillas y ahora las apreciaba especialmente, tan fatigada se sentía.
Tras quitarse la empapada capa y arrojarla lejos de sí, tomó asiento en el extremo de la cama y trató de ordenar sus pensamientos. A pesar de la capa, el resto de sus ropas se habían empapado del todo, desde la blusa negra hasta los pantalones de cuero y las botas. La humedad de la blusa hacía que se le pegara al cuerpo y la helara aún más. Jeronnan había mostrado gran consternación al descubrir que la nigromante no había traído consigo más ropa y había insistido antes de que el viaje diera comienzo en conseguirle al menos otro traje. Kara sólo había accedido después de que él le asegurara que se parecería a su propia túnica negra tanto como fuera posible. Las enseñanzas de Rathma no incluían intereses en las modas; la nigromante sólo quería ropa funcional y duradera.
Agradecida ahora de haber cedido al menos en eso, Kara se cambió rápidamente y colgó la ropa mojada para que se secase. Había realizado exactamente el mismo ritual cada noche desde que comenzara el viaje, haciendo cuanto estaba en su mano para mantener todo limpio. El que uno tratase con la sangre y la muerte no significaba que la limpieza dejara de importarle.
Por una vez, la joven dio la bienvenida a la suavidad de la cama. El capitán hubiera estado consternado si hubiera descubierto que dormía completamente vestida, pero en un viaje de aquellas características Kara no podía correr riesgos. Si los demonios que había visto en los recuerdos de Kalkos se materializaban, tenía que estar preparada para enfrentarse a ellos inmediatamente. Su única concesión a la comodidad concernía a las botas que, por respeto a Jeronnan y a su hija, dejaba al pie de la cama.
Una vez apagada la lámpara, Kara se metió en la cama. El brusco oleaje contribuyó de hecho a sumirla en un sueño profundo al mecerla de un lado a otro, como si se encontrara en una cuna. Los problemas del mundo empezaron a remitir...
...hasta que una tenue luz azul se filtró entre sus párpados y la sacó de su sopor.
Al principio pensó que se trataba de la fantasía de algún sueño extraviado, pero entonces la comprensión gradual de que percibía a través de sus párpados cerrados a pesar de estar despierta puso todos sus nervios en alerta. La oscura maga se puso tensa y luego rodó sobre la cama y se incorporó de rodillas con las manos apuntadas hacia la fuente de la irreal iluminación.
Situada en un camarote bajo el nivel de las aguas, Kara pensó al principio que el mar había penetrado al fin en el casco. Sin embargo, mientras los últimos vestigios de sueño abandonaban su mente, vio en vez de aquello algo mucho más perturbador. La luz azul de sus sueños no sólo existía sino que cubría una importante porción de un lado del camarote. Tenía un aspecto brumoso, casi como si la pared se hubiese convertido en niebla, y palpitaba continuamente. Kara sintió un hormigueo por todo el cuerpo...
No una sino dos figuras empapadas de agua atravesaron la mágica niebla.
Abrió la boca, si para conjurar un hechizo o gritar pidiendo ayuda, ni siquiera ella misma podría haberlo dicho con seguridad. Sea como fuere su voz —y, de hecho, todo su cuerpo— no la obedeció. La nigromante no comprendió el porqué hasta que una de las sombrías figuras levantó una familiar daga de marfil, una daga que despedía llamas de un inquietante color azul cada vez que ella pensaba siquiera en hacer algo.
La mojada y del todo muerta figura del hechicero Vizjerei Fauztin —la herida de cuya garganta había sido tapada sólo en parte por el cuello de su capa— la observó con aire siniestro y con una mirada que no parpadeaba y que era una silenciosa advertencia sobre la necedad de cualquier desafío.
A su lado, su sonriente compañero se sacudió de encima parte del agua del mar. Tras de ellos, la luz azul se extinguió y con ella se cerró el mágico portal por el que los dos muertos vivientes habían llegado.
El más pequeño de los dos zombis dio un paso hacia ella y realizó una parodia de reverencia. Mientras lo hacía, Kara se dio cuenta de que había sido su cuerpo el que la tripulación y ella habían avistado; él había sido el impotente marinero arrastrado por las aguas. Fauztin y su amigo los habían engañado para preparar esta visita monstruosa.
La sonrisa del necrófago se ensanchó y unos dientes amarillos y unas encías carcomidas se unieron a la imagen inicial de la piel descascan liada y la carne húmeda y putrefacta que había debajo.
—Nos... alegramos mucho... de volver... a verte... nigromante.
* * *
Si la tormenta no se calmó cuando por fin el Halcón de Fuego llegó a Lut Gholein, al menos su furia amainó hasta convertirse en algo casi tolerable. Norrec Vizharan dio gracias por ello, al igual que daba gracias porque la llegada del barco se hubiera producido justo antes de la salida del sol, cuando la mayor parte de la ciudad dormía y, por consiguiente, no repararía en las siniestras particularidades del tenebroso navío.
En el mismo momento en que el Halcón de Fuego tocó puerto, el hechizo conjurado por la armadura terminó, dejando solos al capitán Casco y a Norrec para terminar las cosas lo mejor que pudieran. El barco atrajo las miradas de los pocos que merodeaban por el puerto, pero, por ventura, parecía que nadie reparó en unos cabos que se ajustaban a sí mismos y unas velas que se largaban sin ayuda física.
Cuando por fin la pasarela hubo sido bajada, Casco dejó claro con su expresión, si no con sus palabras, que había llegado el momento de que su pasajero desembarcara... y con suerte, para no regresar nunca. Norrec alargó una mano en un intento por hacer algo parecido a las paces con el esquelético marino, pero Casco se volvió hacia la cubierta con su único ojo y luego devolvió la misma mirada, sin pestañear, al soldado. Tras algunos segundos incómodos, Norrec bajó la mano y cruzó rápidamente la pasarela.
Sin embargo, cuando se encontraba a pocos metros del Halcón de Fuego, no pudo evitar mirar atrás una última vez y vio que el capitán seguía observándolo con atención. Durante unos pocos segundos, los dos se observaron mutuamente y entonces Casco levantó con lentitud una mano en dirección a Norrec.
El veterano guerrero saludó con la cabeza en respuesta. Satisfecho en apariencia por aquel insignificante intercambio, el capitán bajó la mano y se volvió, con el propósito aparente de inspeccionar su muy dañada embarcación.
Norrec había dado apenas un paso cuando alguien lo llamó desde otra dirección.
—El Halcón de Fuego vuelve a engañar al destino —señaló desde la cubierta de otro barco un capitán entrado en años, con ojos almendrados, un blanco mechón por barba y ajados rasgos. A pesar de lo temprano de la hora y del mal tiempo, saludó a Norrec con una sonrisa amistosa—. ¡Pero se diría que esta vez por poco! Ha navegado con la tormenta, ¿no es así?
El soldado se limitó a asentir.
—Atended a lo que os digo, ¡habéis sido afortunado! ¡No todos los que se han embarcado en él han terminado el viaje! Trae mala suerte, especialmente a su capitán.
Más que nunca, pensó Norrec, aunque no se atrevió a decírselo al otro capitán. Volvió a asentir y trató de proseguir su camino, pero el veterano marinero volvió a llamar su atención.
—¡Aquí, oíd! ¡Después de un viaje como ése, seguro que necesitáis una taberna! ¡La mejor de todas es La Casa de Atma! La buena señora la dirige en persona ahora que su marido no está. ¡Decidle que el capitán Meshif ha dicho que os trate bien!
—Gracias —contestó Norrec con un murmullo, confiando en que esa respuesta bastase para satisfacer al dicharachero caballero. Quería estar lejos del puerto tan pronto como fuera posible. No sólo temía que alguien pudiese advertir aún que algo andaba mal en la llegada del Halcón de Fuego, sino que pudiese relacionarle con ello.
Embozado en su capa, el exhausto veterano se puso en marcha. Al cabo de varios minutos dejó atrás por fin los barcos y los almacenes y entró en la verdadera y afamada Lut Gholein. A lo largo de los años había escuchado numerosos relatos sobre la ciudad, pero nunca hasta entonces la había visitado. Sadun Tryst había dicho de ella que todo lo que un hombre pudiera comprar se encontraría allí... y en grandes cantidades. Arribaban a ella barcos provenientes de todas partes del mundo, cargados con mercancías legales y otras que no lo eran. Lut Gholein representaba el más abierto de los mercados, aunque quienes la gobernaban se aseguraban de que el orden fuera mantenido constantemente en sus calles.
La ciudad entera no dormía nunca; según decía Sadun, uno sólo tenía que buscar el tiempo suficiente para encontrar un lugar dispuesto a permitir que quienes buscasen entretenimiento exótico gastasen su dinero a cualquier hora del día. Por supuesto, quienes no se limitaban en su búsqueda de diversiones a lo que la ciudad ofrecía abiertamente se arriesgaban a ser descubiertos por el vigilante ojo de la Guardia, que servía con gran fervor la causa del sultán. El propio Tryst le había contado algunas historias bastante horripilantes sobre los calabozos de Lut Gholein...
A pesar de todo cuanto le había ocurrido desde que entrara en la tumba, el interés de Norrec despertó casi de inmediato mientras caminaba por las calles de la ciudad. A su alrededor, por todas partes, se alzaban hasta gran altura edificios de mortero y piedra alegremente decorados, coronados todos ellos por los estandartes del sultán. A lo largo de unas calles pavimentadas y asombrosamente limpias, empezaban a emerger los primeros carromatos del día. Como si brotasen de las mismas sombras, figuras que se movían rápidamente con túnicas sueltas empezaban a abrir sus tiendas y puertas en preparación de los nuevos negocios. Algunos de los carromatos, cargados de mercancías nuevas para los vendedores, se detenían frente a aquellas tiendas.
La tormenta había amainado ahora hasta quedar reducida a unas pocas nubes oscuras y retumbantes y, conforme seguía menguando, el humor de Norrec se iluminó más y más. Hasta el momento, la armadura no había demandado nada más de él. Quizá pudiese, al menos por algún tiempo, buscar su propio camino. Seguramente, en un lugar tan vasto como Lut Gholein tenía que haber hechiceros de reputación, hechiceros que podrían ayudarlo a librarse de su maldición. Con el pretexto de admirar las vistas —algo fácil de hacer—, Norrec permanecería ojo avizor por si podía encontrar alguna ayuda.
A poco de amanecer, las calles estaban llenas de gente de toda clase, tamaño y raza. Viajeros venidos dé lugares tan lejanos como Ensteig y Khanduras caminaban entre los visitantes nativos de Kehjistan y otros países, ataviados de negro. De hecho, parecía haber más extranjeros que lugareños. La variedad de la multitud trabajaba a favor de Norrec y le permitía pasar inadvertido sin levantar demasiadas sospechas. Ni siquiera la armadura lo señalaba abiertamente, porque por todas partes podían verse guerreros ataviados de manera semejante. Saltaba a la vista que algunos de ellos no habían desembarcado hacía mucho tiempo mientras que otros, especialmente quienes cubrían sus yelmos con turbantes y vestían elegantes capas plateadas sobre las corazas color gris-azulado, servían a los señores de este asombroso reino.
Por todas partes se mantenía la consistencia de la arquitectura, con edificios cuyos pisos inferiores tenían una forma suave y rectangular mientras las superiores tendían a menudo a adoptar la forma de pequeñas torres que semejaban minaretes. Un diseño peculiar, especialmente para alguien que había nacido y se había criado entre los elevados castillos con torreones de la nobleza y las casas bajas con tejado de paja de los campesinos, y al mismo tiempo un diseño que lograba que Norrec se maravillase una vez tras otra. Tampoco había dos edificios exactamente iguales; algunos eran más anchos, incluso achaparrados, mientras que otros parecían tratar de compensar la falta de espacio en el suelo ganando en altura y esbeltez.
De repente sonó un cuerno y la calle por la que caminaba Norrec se vació de gente. De inmediato, estuvo a punto de ser atropellado por una patrulla montada tocada con los mismos turbantes y las mismas corazas que había visto anteriormente. Lut Gholein podía ser una ciudad activa y vigorosa, pero también, tal como Sadun le había dicho, no parecía que se descuidase la seguridad en sus calles. Por esa razón resultaba aún más extraño que nadie hubiera detenido a Norrec en los muelles, aunque sólo fuera para hacerle algunas preguntas. La mayoría de los puertos importantes se preciaba de contar con una exhaustiva seguridad tanto de día como de noche, y Norrec no había visto allí nada parecido. A pesar de la reputación abierta de Lut Gholein, este hecho lo intrigaba.
Mientras paseaba, el hambre y la sed se fueron insinuando lentamente en su interior. Había comido algo a bordo del Halcón de Fuego, pero la impaciencia por desembarcar había impedido que se saciase. Además, Norrec había albergado en secreto la esperanza de encontrar algo en la ciudad en vez de tener que soportar otra ración de los inquietantes guisos de Casco.
La armadura ya le había proporcionado fondos en anteriores ocasiones, así que el veterano miró a su alrededor con cierta confianza. Varias tabernas y posadas de diferente laya salpicaban la zona, pero una de ellas atrajo al instante la atención de Norrec.
¡La mejor de todas es La Casa de Atma! ¡Decidle que el capitán Meshif ha dicho que os traten bien! Aquella misma taberna, cuyo letrero de madera con su mascota de ojos cansados pendía directamente sobre la entrada, se encontraba apenas a unos pocos metros del soldado. Un lugar con no demasiado buen aspecto aunque lo suficientemente honesto como para que pudiera arriesgarse a entrar sin preocuparse. Con toda la determinación que aún podía reunir, Norrec se encaminó hacia él, confiando contra toda esperanza en que la armadura no lo enviara de repente en otra dirección.
Entró en paz y por propia voluntad, algo que, unido al lugar en que se encontraba, alentó aún más sus esperanzas. A pesar de la temprana hora, La Casa de Atma contaba ya con una clientela bastante numerosa, formada en su mayor parte por marineros, pero también por unos pocos mercaderes, turistas y soldados. No deseando atraer demasiada atención, Norrec eligió un banco en una esquina y se sentó en él.
Una muchachita, presumiblemente demasiado joven para estar trabajando en un establecimiento como aquel, apareció para tomar nota. El olfato de Norrec ya había detectado algo que se estaba cocinando en la parte trasera, así que se arriesgó a pedir una ración junto con un pichel de cerveza para ayudarse a engullirlo. La muchacha hizo una reverencia y se marchó, dándole la oportunidad de echar un vistazo a su alrededor.
Había pasado gran parte de su vida en tabernas y posadas, pero al menos ésa no tenía el aspecto de que los cocineros se dedicasen a echar en sus pucheros cualquier cosa que cogiesen en las trampas del sótano. Las camareras mantenían las mesas y el suelo relativamente limpios y ninguno de los clientes había hasta el momento vomitado la comida ni la bebida. En conjunto, La Casa de Atma reforzó la impresión que se había formado sobre Lut Gholein como un reino que disfrutaba de una prosperidad inmensa de la que todo el mundo parecía estarse beneficiando, incluso las clases bajas.
La muchacha regresó con su comida, que tenía un aspecto tan bueno como su aroma. Le sonrió y le pidió lo que parecía un precio razonable. Norrec volvió la mirada hacia su mano enguantada y esperó.
No ocurrió nada.
El guantelete no dio un golpe contra la mesa ni dejó sobre ella la cantidad solicitada. Norrec trató de no mostrar la ansiedad que de repente había empezado a sentir. ¿1 labia permitido la armadura que se atrapara a sí mismo? Si no pagaba, como mínimo lo echarían de allí con cajas destempladas. Lanzó una mirada de soslayo hacia la puerta, donde dos matones musculosos que ni siquiera se habían molestado en mirarlo cuando entrara parecían ahora más interesados en la discusión que estaba manteniendo con la camarera.
Ella repitió la cantidad, en esta ocasión con una expresión menos amistosa en el rostro. Norrec miró al guantelete, mientras pensaba, ¡Vamos, maldita sea! ¡Lo único que quiero es una buena comida! Puedes hacerlo, ¿no?
Siguió sin ocurrir nada.
—¿Ocurre algo? —preguntó la muchacha, aunque su expresión indicaba que creía conocer ya la respuesta.
Norrec no contestó, al tiempo que abría y cerraba la mano con la esperanza cada vez más exigua de que aparecieran mágicamente algunas monedas en ella.
Con una mirada a los dos matones, la joven empezó a retroceder.
—Perdóneme, señor, tengo... tengo que servir otras mesas...
El soldado miró más allá de ella a los dos musculosos matones que habían empezado a dirigirse hacia él. Era evidente que las acciones de la chica habían sido la señal de que les tocaba actuar.
Se puso en pie y apoyó la mano sobre la mesa.
—¡Esperad! No es lo que...
Bajo su palma, se escuchó el tintineo de unas monedas que chocaban contra la mesa.
La muchacha también lo escuchó y su sonrisa regresó de inmediato. Norrec volvió a tomar asiento y señaló el montoncillo que ahora tenía delante.
—Siento la confusión. Es la primera vez que visito Lut Gholein y he tenido que pensar un momento si tenía la cantidad exacta. ¿Es suficiente con esto?
La expresión de la chica le dijo todo cuanto necesitaba saber.
—¡Sí, señor! ¡Y más que suficiente!
Por encima del hombro de la muchacha, vio que la pareja de forzudos titubeaba. El más grande de los dos le dio una palmada a su compañero en el brazo y ambos hombres regresaron a sus puestos.
—Coge lo que corresponda por la comida y la bebida —dijo a la chica. Se sentía muy aliviado. Después de que ella lo hubiera hecho, añadió—. Y la moneda más grande que quede, para ti.
—¡Gracias, señor, muchas gracias!
Regresó a la barra casi flotando. A juzgar por la expresión de su cara, acababa de recibir la propina más generosa de toda su vida. La visión animó a Norrec por un momento. Al menos la armadura maldita había contribuido a hacer un pequeño bien.
Volvió la vista hacia los guanteletes, perfectamente consciente de lo que acababa de ocurrir. La armadura le había hecho comprender sin palabras que era ella y no él la que controlaba la situación. Norrec vivía su vida porque ella se lo permitía. Pensar de otra forma era una necedad.
A pesar de la consciencia de su dilema, Norrec logró disfrutar de la comida. En comparación con lo que el capitán Casco le había ofrecido, aquello le sabía a gloria del Cielo. Al pensar en aquel reino místico, el soldado empezó a ponderar su siguiente movimiento. La armadura lo mantenía bien controlado, pero seguramente tenía que haber una manera de superar su vigilancia. En un lugar tan vibrante como Lut Gholein no sólo debían de poder encontrarse hechiceros en gran abundancia, sino también sacerdotes. Sin duda, un sacerdote tendría lazos con fuerzas más poderosas que la armadura encantada.
¿Pero cómo hablar con uno de ellos? Norrec se preguntó si la armadura podría soportar encontrarse en suelo sagrado. ¿Acaso podía la solución ser tan sencilla como arrojarse sobre la escalinata de una iglesia al pasar junto a ella? ¿Sería capaz de hacer siquiera eso?
Para un hombre desesperado como él, valía la pena hacer el intento. La armadura lo necesitaba con vida y en relativo buen estado; eso podía bastar para concederle una oportunidad. Por lo menos, Norrec tenía la obligación de intentarlo, no sólo por el bien de su cuerpo, sino también por el de su alma.
Se terminó la comida y apuró rápidamente la cerveza. Durante todo aquel tiempo, la camarera había regresado más de una vez para ver si necesitaba algo, señal evidente de que su propina había sido muy cuantiosa. Norrec le dio una de las monedas pequeñas que le quedaban, lo que hizo que la sonrisa de la chica se ensanchara aún más y luego, con aire despreocupado, le preguntó sobre las cosas que merecía la pena visitar en la ciudad.
—Está el coliseo, por supuesto —replicó al instante la chica, Miran, a quien evidentemente habían formulado aquella pregunta en más de una ocasión—. ¡Y el palacio, claro! ¡Debéis ver el palacio! —sus ojos resplandecieron con una luz soñadora—. El sultán Jerhyn vive allí...
A juzgar por la expresión arrobada de Miran, era evidente que el tal Jerhyn tenía que ser un joven y guapo mozo. Aunque sin duda el palacio del sultán había de ser un lugar interesante, no era lo que él estaba buscando.
—¿Y aparte de eso?
—Está también el Teatro Aragos, cerca de la plaza, enfrente de la Catedral de Tomás el Penitente, pero los sacerdotes Zakarum sólo admiten visitantes a mediodía y el teatro está siendo reparado. ¡Oh! Y también tenéis las carreras en la zona norte de la ciudad, caballos y perros...
Norrec dejó de escuchar. Ahora ya poseía la información que necesitaba. Si el suelo sagrado o el Cielo tenía algún poder sobre el demoníaco legado de Bartuc, aquella catedral suponía su mejor esperanza. La Iglesia de Zakarum era la más poderosa orden religiosa a ambos lados de los Mares Gemelos.
—...y a algunas personas y a los viejos eruditos les gustan las ruinas del templo Vizjerei, situadas al otro lado de las murallas de la ciudad, aunque después de la Gran Tormenta de Arena no quedó demasiado que ver...
—Gracias, Miran. Con eso es suficiente —se preparó para marcharse mientras empezaba a pensar en algún medio indirecto de aproximarse a la vecindad de la catedral de Zakarum.
Cuatro figuras ataviadas con los ya familiares colores de la Guardia entraron en La Casa de Atma, pero su interés en la taberna no tenía nada que ver con la comida o la bebida. En cambio, miraron directamente a Norrec mientras sus semblantes se oscurecían. Casi hubiera podido jurar que sabían con toda exactitud quién era él.
Con una precisión militar que en otras circunstancias Norrec hubiera admirado, los cuatro se dispersaron, eliminando toda esperanza de esquivarlos para ganar la entrada. Aunque todavía no habían desenvainado sus largas espadas curvas, cada uno de ellos mantenía la mano cerca de la empuñadura. Un paso en falso por Norrec y las cuatro espadas caerían sobre él, dispuestas a hacerlo pedazos.
Fingiendo total tranquilidad, el cansado guerrero se volvió hacia la camarera y le preguntó:
—Tengo que encontrarme con un amigo en una taberna que hay detrás de esta. ¿Tenéis una salida trasera?
—Hay una por allí —hizo ademán de señalar, pero Norrec tomó su mano con delicadeza y depositó otra moneda sobre ella.
—Gracias, Miran.
Tras apartarla con suavidad, Norrec se movió como si se dirigiera hacia el mostrador para tomar una última copa. Los cuatro guardias vacilaron.
Aunque ya no podía verlos, Norrec estaba seguro de que conocían sus intenciones. Aceleró el paso, con la intención de llegar a la salida lo antes posible. Una vez fuera, podría tratar de perderse entre la cada vez más nutrida multitud.
Abrió la puerta de par en par, se precipitó hacia la calle...
...y fue detenido de inmediato por varias manos fuertes y ásperas que lo tomaron por los brazos y lo inmovilizaron.
—¡Si te resistes será peor para ti, occidental! —le espetó un guardia moreno cuya capa ostentaba unos galones dorados. Miró tras Norrec y dijo:— ¡Lo habéis hecho muy bien! ¡Es éste! ¡Nosotros nos encargaremos de él!
Los cuatro que habían seguido a Norrec desde el interior salieron pasando junto a él y se detuvieron tan solo un instante para saludar al oficial al mando antes de desaparecer. Norrec arrugó el semblante, consciente de que había caído en la más sencilla de las trampas.
Desconocía las intenciones de quienes lo habían capturado, pero en el momento presente le interesaban bastante menos que la razón por la que la armadura de Bartuc no había reaccionado. Esta era la clase de situación en la que hubiera debido hacer algo, pero hasta el momento no parecía dispuesta a tratar de liberar a su anfitrión. ¿Por qué?
—¡Presta atención, occidental! —el oficial estuvo a punto de abofetear a Norrec, pero finalmente bajó la mano—. ¡Acompáñanos de forma pacífica y se te tratará bien! Resístete... —la mano del hombre se deslizó hasta la empuñadura de la espada. Estaba bastante claro lo que quería decir.
Norrec asintió para mostrar que comprendía. Si la armadura decidía no resistir, no sería él el que tratara de librarse peleando de una patrulla armada.
Los soldados formaron una especie de cuadrado, con el líder al frente y Norrec, por supuesto, en el centro. El grupo se dirigió calle abajo, alejándose de las mayores multitudes. Varios curiosos observaron la procesión, pero ninguno de ellos demostró el menor interés por los problemas de aquel extranjero. Sin duda se figuraban que siempre habría extranjeros, de modo que, ¿qué importancia tenía la pérdida de uno?
Hasta el momento nadie le había explicado a Norrec la razón de su arresto, pero tenía que asumir que tenía algo que ver con la arribada del Halcón de Fuego. Quizá se había equivocado al pensar que no había vigilancia en el puerto. Quizá Lut Gholein estaba más alerta a los recién llegados de lo que las apariencias sugerían. Y también era posible, después de todo, que el capitán Casco hubiera dado parte de lo ocurrido a bordo de su navío y del responsable de la pérdida de su tripulación.
El líder de los guardias se adentró de repente en una estrecha calle lateral, seguido de cerca por su grupo. Norrec frunció el ceño. Ya no pensaba en Casco y en el Halcón de Fuego. Los hombres que lo habían capturado transitaban ahora por callejuelas menos frecuentadas y de aspecto más sospechoso, que incluso a pleno día no disfrutaban de demasiada luz. El veterano se puso tenso, pues sentía que había algo extraño en aquella situación.
Avanzaron un poco más y entonces se adentraron por un callejón tan oscuro como una noche. El grupo penetró algunos metros en él y entonces los guardias se detuvieron de repente.
Todos se pusieron firmes, tanto que ni siquiera parecían respirar. De hecho, los cuatro guardias estaban tan quietos que Norrec no pudo evitar pensar que parecían unos títeres cuyo dueño hubiese dejado de tirar de los hilos.
Y, como si quisiera dar carta de naturaleza a esta idea, una porción de las sombras se separó del resto y adoptó la forma de un anciano arrugado con cabellos y barba largos y plateados, ataviado con una elegante túnica ancha de hombros, del mismo estilo que la que llevaba alguien a quien Norrec conocía muy bien: Fauztin. Sin embargo esta figura, este Vizjerei, no sólo había vivido mucho más que el desgraciado amigo de Norrec, sino que su mera presencia en aquel lugar demostraba que sus habilidades superaban ampliamente a las del mago muerto.
—Dejadnos... —ordenó a los guardias con una voz fuerte y autoritaria a pesar de su avanzada edad.
El oficial y sus hombres se volvieron obedientemente y marcharon por donde habían venido.
—No recordarán nada —comentó el Vizjerei—. Como tampoco recordarán nada los que los han ayudado... de acuerdo con mis deseos... —cuando Norrec trató de hablar, la figura lo interrumpió con una mirada singular—. Y si tú deseas seguir viviendo, occidental... también tú harás lo que yo desee... exactamente lo que yo desee.
_____ 11 _____
—¿Entonces no os sentís bien, muchacha? —preguntó el capitán Jeronnan—. Sólo habéis salido de vuestro camarote para comer y habéis pasado el resto del tiempo allí.
Kara lo miró directamente a los ojos.
—Estoy bien, capitán. Ahora que el Escudo del Rey se acerca a Lut Gholein, debo prepararme para proseguir mi viaje desde allí. Hay muchas cosas que tengo que considerar. Lo siento si os parezco poco amistosa a vuestra tripulación o a vos.
—No es poco amistosa... sólo más distante —suspiró—. Bien, si necesitáis cualquier cosa, hacédmelo saber.
Ella necesitaba muchas cosas, pero ninguna en la que pudiera ayudarla el buen capitán.
—Gracias... por todo.
La nigromante sintió sus ojos sobre ella mientras se dirigía de vuelta a su cabina. Jeronnan hubiera hecho cualquier cosa que pudiera por ella fuera cual fuera la situación, y Kara apreciaba este hecho. Desgraciadamente, cualquier ayuda que hubiese podido ofrecer no hubiera servido de nada a la maga en aquel momento.
Mientras entraba en su camarote, Kara vio a los dos muertos vivientes en la esquina más lejana, esperando con la proverbial paciencia de los suyos. Fauztin tenía la brillante daga preparada, imbuida con el hechizo que aseguraba que la nigromante no pudiera hacer nada contra ellos. Los ojos amarillentos del mago la miraron sin pestañear. Kara nunca podía estar segura de lo que Fauztin estaba pensando porque su expresión apenas cambiaba.
No ocurría así en el caso de Sadun Tryst. El otro cadáver sonreía continuamente, como si conociera algún chiste que deseaba compartir. Kara se encontraba a menudo deseando poder enderezarle la cabeza, que siempre se inclinaba de más hacia uno u otro lado.
El hedor de la muerte los rodeaba, pero por lo que ella sabía no había invadido todavía ninguna parte del barco aparte de su camarote. Como nigromante que era, el repugnante olor molestaba a Kara menos que a los demás, pero a pesar de ello hubiera preferido pasar sin él. Sus estudios y su fe habían supuesto que Kara había tenido que tratar casi a diario con el reino de los muertos, pero aquellos encuentros se habían producido siempre en sus propios términos. Nunca hasta ahora se habían vuelto las tornas, nunca habían sido los muertos los que la habían obligado a acudir a su llamada.
—Confío... en que el buen capitán... te deje tranquila —dijo Tryst con voz entrecortada.
—Se preocupa por mí; eso es todo.
El enjuto necrófago soltó una risilla, un sonido como el producido por un animal al escupir un hueso con el que se hubiera atragantado. Quizá cuando le habían partido el cuello una parte del hueso se había clavado en sus cuerdas vocales. Eso explicaría su forma de hablar. Aunque Sadun Tryst no necesitaba respirar utilizaba aire para hablar.
Por supuesto, con una herida abierta en la garganta, el compañero de Tryst, el Vizjerei, permanecería para siempre en silencio.
—Confiemos en que... su preocupación... permanezca alejada... de este cuarto.
Fauztin señaló al borde de la cama, una orden silenciosa que la maga comprendió al instante. Con la comida en una mano, tomó asiento allí y esperó nuevas órdenes. Mientras el Vizjerei tuviera la daga, tendría a Kara Sombra Nocturna en su poder.
Los ojos de Tryst parpadearon una vez, un esfuerzo consciente por parte del cadáver. A diferencia de Fauztin, él trataba de fingir que quedaba algo de vida en su putrefacto cuerpo. Sin duda, como mago que era, el enjuto Vizjerei veía la situación en términos más prácticos y realistas. Por su parte, el guerrero parecía haber sido un hombre enamorado de todos los aspectos de su vida. Kara sospechaba que, tras esa sonrisa, aquella situación impía lo enfurecía aún más que a su compañero.
—Come...
Bajo sus implacables miradas, hizo lo que se le decía. Sin embargo, mientras lo hacía la nigromante registraba sus recuerdos tratando de recordar cualquier cosa que pudiese servirle para liberarse de todo aquello. El hecho de que hasta el momento no la hubieran tocado ni la hubieran herido no mermaba sus temores. Los muertos vivientes tenían un propósito en mente: alcanzar a su amigo, ese tal Norrec Vizharan. Si en algún momento les parecía necesario sacrificarla para lograrlo, Kara estaba segura de que lo harían sin el menor remordimiento.
Vizharan había sido su compañero, su camarada, y a pesar de ello era evidente que los había asesinado brutalmente a los dos y luego se había apoderado de la armadura. No es que Sadun Tryst le hubiera contado todo aquello, pero había llegado a la conclusión a partir de los fragmentos de información obtenidos en el transcurso de sus conversaciones con el parlanchín necrófago. Tryst nunca había acusado directamente a Norrec y tan sólo había dicho que tenían que encontrar a su compañero para terminar lo que había empezado en la tumba, y que puesto que Kara no se había quedado atrás como ellos habían pretendido, ahora entraría a formar parte de su macabra búsqueda.
Kara comió en silencio, manteniendo la mirada tan apartada como le era posible de la impía pareja. Cuanto menos atrajera su atención, en especial la de Tryst, mejor. Por desgracia, cuando llegó al fondo del cuenco, el cadáver dijo de repente con voz áspera:
—¿Está... sabe... bien?
La extraña pregunta la sorprendió tanto que tuvo que mirarlo.
—¿Que?
Un dedo pálido y pelado señaló al cuenco.
—La comida. ¿Sabe... bien?
Todavía quedaba un poco, más de lo que Kara hubiera deseado en aquel momento. Consideró lo que sabía sobre los muertos vivientes y no recordó que ninguno hubiese demostrado jamás interés por un guiso de pescado. Por la carne humana sí, en ocasiones, pero nunca por un guiso de pescado. No obstante, con la tenue esperanza de que su acto pudiera aliviar un poco la tensión, la nigromante le tendió el cuenco y preguntó, con voz calmada:
—¿Te gustaría probarlo?
Tryst miró a Fauztin, que permaneció impasible como una roca. El flaco muerto viviente dio por fin un paso adelante, recogió el cuenco y regreso de inmediato a su lugar preferido. Kara nunca hubiera sospechado que un cadáver andante pudiera moverse a tal velocidad.
Con sus putrefactos dedos tomó algo de los restos y se los metió en la boca. Trató de masticar mientras caían trozos de pescado al suelo. A pesar de que tanto el mago como él actuaban como si siguieran vivos, el cuerpo del muerto no funcionaba por completo como lo había hecho antes de su asesinato.
Repentinamente escupió lo que quedaba al tiempo que una expresión monstruosa cruzaba por su marchito semblante.
—¡Repulsivo! Sabe a... sabe a... muerte —Sadun la miró—. Ha muerto hace mucho... deberían... haberlo cocinado... menos... mucho menos —consideró la crucial cuestión unos segundos más sin que sus ojos abandonasen a Kara un solo segundo—. Creo que... quizá no deberían... haberlo cocinado... nada... cuanto más fresco... mejor... ¿eh?
La mujer de negros cabellos no contestó al principio. No tenía el menor interés en prolongar una conversación que podría derivar hacia la clase de carne que, en opinión del necrófago, tendría mejor sabor si se consumía sin cocinar. En cambio, Kara trató de volver hacia el asunto que más la preocupaba: la persecución de Norrec Vizharan.
—Estabais a bordo del Halcón de Fuego, ¿no es así? Estuvisteis a bordo hasta que ocurrió lo que obligó a la tripulación a abandonarlo.
—A bordo no... debajo... la mayor parte... del tiempo.
—¿Debajo? —trató de imaginarse a los dos cadáveres, aferrados al casco, utilizando su inhumana fuerza para sujetarse incluso frente a las más turbulentas de las olas. Sólo un muerto viviente hubiera podido lograr tan angustiosa hazaña.
—¿Qué quieres decir con... la mayor parte del tiempo?
Sadun se encogió de hombros y su cabeza se balanceó por un momento.
—Subimos a bordo... durante un corto... tiempo... después de que los necios abandonasen... la nave.
—¿Qué les hizo huir?
—Vieron... lo que no querían ver...
No era una respuesta muy clarificadora, pero cuanto más tiempo prolongase Kara la conversación, menos tiempo tendría la pareja de pensar en lo que podían necesitar de ella... y en lo que eso podía costarle a la nigromante.
Una vez más, Kara volvió a pensar en su impía perseverancia. Los muertos vivientes habían estado a punto de atrapar a su presa e incluso se habían aferrado al casco de su barco como un par de lampreas a un tiburón. La visión de los dos muertos vivientes aferrados a la parte inferior del Halcón de Fuego en medio de la violenta tormenta quedaría para siempre grabada en la imaginación de la nigromante. Norrec Vizharan no lograría escapar a su brutal justicia.
Y sin embargo... hasta el momento lo había hecho, a pesar de haberlos tenidos a escasos metros de su garganta.
—Si estuvisteis a solas con él a bordo del barco... ¿por qué no ha terminado la caza?
Un cambio decididamente sombrío se operó sobre la sonrisa de Tryst, que le hizo cobrar una apariencia todavía más fantasmal que antes.
—Debería... haberlo hecho.
No iba a decir más, y cuando Kara miró a Fauztin, el oscuro semblante de éste no reveló nada. Ponderó sus respuestas tan deprisa como le era posible y finalmente decidió tratar de jugar la carta de su fracaso a bordo del Halcón de Fuego.
—Puedo seros de más ayuda, ya lo sabéis. La próxima vez, nada irá mal.
Esta vez, Fauztin pestañeó una vez. La nigromante no podía decir lo que eso significaba, pero era evidente que la acción del Vizjerei había respondido a alguna razón específica.
Sadun Tryst entornó ligeramente la mirada.
—Nos prestarás... toda la... ayuda... que necesitemos. Cuenta con... ello.
—Pero podría ser más que vuestra marioneta. Entiendo vuestra obsesión. Entiendo por qué seguís sobre la faz de la tierra. ¡Con una aliada en lugar de una prisionera las posibilidades de lo que podéis hacer se decuplicarán y más aún!
En silencio, el enjuto cadáver arrojaba al aire y recogía su propia daga, algo que llevaba haciendo desde su llegada. Aparentemente, ni siquiera la muerte lograba cambiar algunos hábitos. Kara creí que lo hacía cuando le resultaba especialmente difícil concentrarse.
—Entiendes... menos de lo que piensas.
—Lo que estoy tratando de decir es que no tenemos por qué ser adversarios. Mi hechizo despertó vuestros espíritus asesinados y me siento responsable por ello. Buscáis a ese tal Norrec Vizharan, lo mismo que yo. ¿Por qué no podemos trabajar como aliados?
De nuevo el mago parpadeó, casi como si hubiese querido decir algo... una imposibilidad, por supuesto. En vez de ello, miró a su compañero. Los dos muertos vivientes compartieron una larga mirada, que hizo que la nigromante se preguntara si se comunicaban de alguna manera que ella no lograba advertir.
El sonido chirriante de la risilla de Sadun Tryst llenó el diminuto camarote, pero Kara sabía que no podía esperar que el capitán Jeronnan o uno de sus tripulantes lo escuchara. El Vizjerei había utilizado un hechizo que amortiguaba todo sonido que se producía en su interior. Por lo que se refería a los hombres de Escudo del Rey, la nigromante hacía tanto ruido como si en aquel mismo momento estuviese durmiendo apaciblemente.
—Mi amigo... señala... un punto interesante. Como aliada nuestra... seguramente... pedirías que... te devolviéramos... tu daga, ¿eh? —Al no obtener respuesta, Tryst añadió:— Un acuerdo... con el que no podríamos... vivir... no sé si me entiendes.
Kara lo entendía perfectamente. La daga no les daba sólo poder sobre ella, sino que posiblemente servía como foco para aquello que les permitía existir en el plano mortal. La hoja ritual había sido lo que por primera vez había convocado al fantasma de Fauztin, y la consecuencia más probable de arrebatársela sería que ambos cadáveres se desplomarían sin más al tiempo que sus sombras vengativas eran devueltas a la otra vida para siempre.
Y no estaban dispuestos a que tal cosa ocurriera.
—Nos ayudarás... cuanto lo necesitemos. Servirás... como la capa que... esconde la verdad a... aquellos con los que... nos encontremos. Harás... lo que nosotros no podemos hacer... a la luz del día... cuando todos pueden ver...
Fauztin parpadeó una tercera vez, una señal muy inquietante. Nunca había demostrado tanto interés por sus conversaciones y prefería dejar todo en manos de su compañero, dotado de la facultad del habla.
Tryst se puso en pie sin dejar de sonreír. Cuanto más lo pensaba Kara, más se daba cuenta de que la sonrisa nunca abandonaba del todo el rostro del necrófago, salvo cuando éste la obligaba a hacerlo, como había ocurrido cuando la comida lo había asqueado. Lo que al principio había tomado por humor parecía, en parte, ser simplemente lo que la muerte había pintado sobre su semblante. Lo más probable era que Tryst siguiera riendo hasta que le arrancase el corazón a su traicionero camarada, Norrec.
—Y puesto que debemos tener... tu cooperación... mi buen amigo ha sugerido... una manera... de asegurarnos... de que te vuelves... todavía más sensible... a la situación.
El Vizjerei y él se aproximaron a la muchacha.
Kara saltó de la cama.
—Ya tenéis la daga. No hay necesidad de aumentar vuestro control sobre mí.
—Fauztin cree... que sí. Yo lo siento... mucho.
A pesar de la improbabilidad de que alguien la escuchara, Kara abrió la boca para gritar.
El mago parpadeó una cuarta vez... y ningún sonido escapó de los labios de la nigromante. Su aparente impotencia horrorizó y enfureció a la pálida mujer. Kara sabía que existían adeptos más experimentados del arte que hubieran podido convertir a los dos muertos vivientes en sirvientes silenciosos y obedientes. Unos pocos años más y puede que incluso ella hubiese podido hacerlo. En cambio, eran ellos los que la habían convertido en su marioneta... y ahora pretendían maniatarla con aún más cadenas invisibles.
La macabra sonrisa y los fríos ojos blanquecinos de Tryst llenaron su visión. El aliento de la descomposición llenaba sus fosas nasales cada vez que la putrefacta figura hablaba.
—Dame... tu mano derecha... y será... menos doloroso.
Privada de elección, Kara obedeció de mala gana. Sadun tomó la mano entre sus propios y marchitos dedos y la acarició casi como si la joven maga y él se hubiesen convertido en amantes. Kara sintió un escalofrío subiendo y bajando por su espina dorsal con solo pensarlo. Había escuchado historias semejantes en el pasado...
—Añoro muchas cosas... de la vida... mujer... muchas cosas...
Una mano pesada cayó sobre su hombro. Tryst asintió lo mejor que su doblado cuello le permitía y entonces retrocedió un paso. Seguía apretándole la mano con fuerza y la obligó a volverla para mostrar la palma.
Fauztin clavó la resplandeciente daga en ella.
Kara jadeó... y entonces se dio cuenta de que, aunque se sentía incómoda, no estaba experimentando dolor. Miró asombrada, sin terminar de creer la escena que tenía frente a sus ojos. Más de cinco centímetros de la hoja curva sobresalían por el otro lado de su mano y sin embargo no se veía ni rastro de sangre.
Un brillante resplandor amarillo brotó del lugar en el que la daga se había clavado, un resplandor que bañó su mano por completo.
El Vizjerei trató por fin de decir algo, pero sólo un débil jadeo escapó de sus labios. Ni siquiera le había servido de nada cerrar la herida de su garganta.
—Déjame a mí... —gruñó Tryst. Tras devolver la mirada a la cautiva nigromante, dijo con tono de invocación—: Nuestras vidas son... tu vida. Nuestras muertes son... tu muerte. Nuestra suerte es... tu suerte... unidas por esta... daga y tu... alma.
Con esas palabras, Fauztin extrajo la daga. El Vizjerei la colocó frente al rostro de Kara para mostrarle que no estaba manchada de sangre. Entonces señaló la mano de la muchacha.
Ella estudió su palma y no pudo distinguir ni la más pequeña cicatriz. El mago asesinado había utilizado una magia poderosa para llevar a cabo este terrible hechizo.
Tryst la empujó hacia la cama y le indicó que tomara asiento.
—Ahora somos... uno. Si fracasamos... tú fracasarás. Si caemos... o somos traicionados... también... tú... sufrirás... recuérdalo siempre...
Kara no pudo evitar un ligero estremecimiento. La habían sometido de manera mucho más absoluta de lo que la posesión de la daga les había permitido hasta entonces. Si le ocurría cualquier cosa a la siniestra pareja antes de que pudiesen llevar a cabo su espantosa tarea, el alma de Kara sería arrastrada con las suyas a la otra vida, condenada para siempre a vagar sin descanso.
—¡No teníais por qué haber hecho eso! —Buscó algún destello de simpatía en sus rostros, pero no encontró ninguno. Nada les importaba más que vengar lo que les habían hecho—. ¡Os hubiera ayudado!
—Ahora... estamos seguros de que... lo harás —Tryst y Fauztin regresaron a su rincón. La daga ritual despedía un resplandor dorado—. Ahora... no temeremos... trucos... cuando te encuentres... con el hechicero.
A pesar de lo que le acababan de hacer, Kara se puso rígida al escuchar las últimas palabras.
—¿Hechicero? ¿En Lut Gholein?
Fauztin asintió. Sadun Tryst inclinó aún más la cabeza hacia un lado... o quizá el peso había resultado demasiado por el momento para lo que quedaba de su cuello.
—Ssssí... un Vizjerei como... mi amigo... un anciano... muy sabio... y conocido por... el nombre... de Drognan.
* * *
—Me llamo Drognan —señaló el mago encapuchado mientras penetraba en la cámara—. Toma asiento, por favor, Norrec Vizharan.
Mientras recorría con la mirada el sancta sanctorum del Vizjerei, la sensación de incomodidad que se había apoderado antes de Norrec regresó centuplicada. Aquella figura anciana, pero ciertamente formidable no sólo había logrado atraer al veterano hasta sí con facilidad, sino que comprendía con total exactitud lo que le había ocurrido a Norrec... incluyendo lo que la armadura maldita pretendía.
—Siempre supe que la maldición de Bartuc no podría ser contenida eternamente —informó a Norrec mientras el soldado tomaba asiento en una vieja y gastada silla—. Siempre lo supe.
Habían llegado hasta aquella cámara oscura tras un corto paseo por zonas poco saludables de aquella ciudad, por lo demás rica y vigorosa. La puerta por la que habían entrado había parecido conducir a un edificio abandonado e infestado de ratas, pero una vez dentro, el interior había cambiado... para transformarse en un edificio antiguo, pero todavía digno que, según le había revelado Drognan, había sido antaño la casa de Horazon, el hermano del sanguinario caudillo.
Había sido abandonado algún tiempo después de la desaparición del hermano de Bartuc, pero los hechizos que lo protegían de ojos curiosos habían continuado sirviendo al propósito con el que habían sido concebidos... hasta que Drognan había logrado pasar a través de ellos mientras buscaba la tumba del mismo que los había conjurado. Tras decidir que nadie tenía más derecho que él a reclamar la mágica morada, el Vizjerei se había trasladado al lugar y luego había proseguido su investigación desde allí.
A través de un salón vacío cuyo suelo había sido cubierto con un rico tapiz de patrones de mosaico que incluían figuras animales, guerreros e incluso estructuras legendarias, habían por fin llegado a aquella habitación en particular, a la que el mago consideraba su hogar por encima de todas las demás. Las paredes estaban cubiertas por un sinfín de estanterías, cada una de las cuales estaba abarrotada con más libros de los que un simple soldado como Norrec hubiera podido jamás soñar que existieran en todo el mundo. Sabía leer, pero pocas de aquellas obras estaban escritas en lengua común.
No obstante, aparte de los libros, sólo unos pocos objetos decoraban las estanterías, entre los cuales el más interesante era un solitario cráneo barnizado y unos pocos frascos de un líquido de color oscuro. Por lo que se refería a la propia habitación, su decoración consistía principalmente en una mesa de madera de buena factura y dos viejas pero sólidas sillas. En conjunto tenía el aspecto del recibidor de un chambelán, como el que hubiese podido encontrarse en el palacio del sultán. En modo alguno lo que Norrec hubiera esperado del hechicero, o de cualquier Vizjerei, por cierto. Como la mayoría de las personas sencillas, había creído que vería toda clase de objetos horripilantes y siniestros, las así llamadas herramientas del oficio de Drognan.
—Soy un... investigador —añadió la consumida figura de repente, como si sintiese la necesidad de explicar lo que la rodeaba.
Un investigador por cuya intervención los guardias no habían detenido a Norrec en el puerto. Un investigador que, con apenas un sencillo despliegue de poder, se había apoderado de la mente de media docena de soldados y les había obligado a llevar al extranjero a su presencia.
Un investigador que practicaba las artes oscuras como pasatiempo, que estaba al corriente de los mortales encantamientos que contenía la armadura de Bartuc... y que aparentemente había logrado vencer con facilidad a la mayoría de ellos.
Y aquella, más que ninguna otra, era la razón de que Norrec lo hubiera seguido voluntariamente hasta allí. Por primera vez desde que saliera de la tumba, había entrevisto la esperanza de que alguien pudiera liberarlo de la parasitaria armadura.
—Tuve una visión hace poco más de una semana o dos —el hechicero pasó sus arrugados dedos por una fila de libros, buscando evidentemente uno en particular—. ¡El legado de Bartuc reaparecido! Al principio no lo creí, por supuesto, pero cuando la visión se repitió supe que tenía que ser verdadera.
Desde entonces, continuó Drognan, había utilizado un hechizo tras otro para descubrir su significado... y en el proceso había averiguado el secreto de Norrec y el viaje que la armadura le había obligado a emprender. Aunque no había podido observar al veterano durante la larga marcha desde la tumba, el anciano mago había sido al menos capaz de discernir al destino aparente de su marcha. Pronto se hizo evidente que tanto el hombre como la armadura no tardarían en encontrarse al alcance del Vizjerei, un acontecimiento fortuito por lo que a Drognan se refería.
El hechicero extrajo un gran volumen de la estantería y lo colocó con suavidad en la mesa situada en el centro de la estancia. Empezó a hojearlo sin dejar de hablar.
—No me sorprendió en absoluto, joven, descubrir que la armadura se dirigía a Lut Gholein. Si algún aspecto persistente y espectral de Bartuc pretendía llevar a cabo sus últimos deseos, dirigirse a este reino tenía mucho sentido, en especial por dos razones particulares.
A Norrec le importaban poco esas dos razones y estaba más preocupado por lo que, según había sugerido el Vizjerei, tal vez pudiera conseguir: librarse de la armadura.
—¿Está el hechizo en ese libro?
El anciano hechicero alzó la mirada.
—¿Qué hechizo?
—¡El que me va a librar de esto, por supuesto! —Norrec golpeó la coraza con una mano—. ¡Esta maldita armadura! ¡Dijisteis que conocíais un medio para arrancármela!
—Creo que las palabras que pronuncié antes eran más parecidas a "Si deseas seguir viviendo, harás exactamente lo que yo desee".
—¿Pero y la armadura? ¡Maldición, mago! ¡Es lo único que me importa! ¡Utiliza un conjuro! ¡Quítamela mientras sigue adormecida!
El mago de plateados cabellos lo miró como haría un padre con un niño lloroso y respondió:
—Por lo que se refiere a la armadura, aunque todavía no puedo quitártela, te aseguro que no tienes que preocuparte por sus encantamientos mientras la tenga en mi poder —introdujo una mano en unos de los bolsillos interiores de su túnica y extrajo lo que al principio parecía un palito, pero que rápidamente resultó ser mucho, mucho más largo. De hecho, cuando el hechicero lo hubo sacado por completo del bolsillo, el "palito" había crecido en grosor y longitud, hasta nada menos que metro y medio, y se había revelado como un bastón mágico cubierto por runas elaboradas y brillantes—. Observa.
Drognan señaló a su huésped con el bastón.
Norrec, que había viajado con Fauztin el tiempo suficiente para saber lo que significaba encontrarse al otro extremo de un bastón mágico, se puso en pie de un salto.
—Espera...
—¡Furiosic! —exclamó el mago.
Unas llamas volaron hacia el soldado, llamas que se extendían conforme avanzaban. Un manto de fuego envolvió a Norrec.
Pero cuando se encontraba a escasos centímetros de su nariz, el fuego se extinguió abruptamente.
Al principio Norrec creyó que la armadura lo había salvado de nuevo, pero entonces escuchó cómo la arrugada figura se reía entre dientes.
—¡No te preocupes, joven, ni siquiera te he chamuscado un pelo! ¿Comprendes ahora lo que quiero decir? ¡Mi control sobre la armadura es completo! ¡Si lo hubiera deseado, podría haberte reducido a un esqueleto chamuscado y ni siquiera la armadura hubiera podido salvarte! ¡Soy yo el que te ha protegido al cancelar mi hechizo! Y ahora vuelve a sentarte...
Con la nariz todavía ardiendo a causa del abrasador calor, Norrec se dejó caer sobre la vieja silla. La intimidante demostración de Drognan había demostrado dos cosas. La primera, que lo que el anciano hechicero había asegurado era cierto; con su magia, había logrado someter los encantamientos de la armadura.
La segunda, que Norrec se había entregado a un mago bastante despiadado y posiblemente medio loco.
Y sin embargo... ¿qué otra cosa podía haber hecho?
—Hay una botella de vino a tu lado. Sírvete un poco. Te calmará los nervios.
La oferta no sirvió para tranquilizar a Norrec, porque ni la botella mencionada ni la mesa sobre la que ahora descansaba habían estado al lado del veterano unos segundos atrás. Sin embargo, se guardó mucho de mostrar inquietud mientras llenaba una copa y probaba de un sorbito su contenido.
—Esto está mejor. —Con una mano extendida sobre una página del enorme libro, Drognan observó a su invitado. El bastón descansaba sobre la otra mano—. ¿Sabes algo de la historia de Lut Gholein?
—No demasiado.
El mago se alejó del libro.
—Te contaré un hecho ahora mismo, algo que es de importancia capital para tu actual situación. Antes del ascenso de Lut Gholein, este lugar fue durante un corto tiempo una colonia del Imperio de Kehjistan. Existían templos Vizjerei y contaba con un contingente militar. Sin embargo, ya en tiempos de los hermanos Bartuc y Horazon, el imperio había empezado a abandonar este lado del mar. La influencia Vizjerei continuó siendo fuerte, pero una presencia física resultaba demasiado costosa —una sonrisa casi infantil cruzó por sus oscuras y estrechas facciones—. ¡Todo ello resulta fascinante!
Norrec, a quien en las actuales circunstancias le importaba bastante poco la Historia, frunció el ceño.
Sin dar señales de advertirlo, Drognan continuó:
—Después de la guerra, después de la derrota y muerte de Bartuc, el imperio no recuperó su gloria. Además, el mayor de sus hechiceros, su más brillante luz, había sufrido demasiado en cuerpo y, más importante aún, en alma. Hablo, por supuesto, de Horazon.
—Quien vino a Lut Gholein —añadió Norrec, esperando que así ayudaría a que las divagaciones del mago llegasen dondequiera que quisiera llegar. Entonces, puede que entonces, Drognan se decidiera al fin a ayudar al guerrero.
—Sí, exacto, a Lut Gholein. Por supuesto, en aquella época no se llamaba así. Sí, Horazon, que había sufrido terriblemente aun en la victoria, vino a esta tierra, trató de asentarse en una vida de estudio... y entonces, como te he contado antes, desapareció sin más.
El veterano soldado esperó a que su anfitrión continuase, pero Drognan se limitó a mirarlo, como si lo que acababa de decir lo explicase todo.
—Veo que todavía no lo entiendes —comentó al fin el hechicero.
—¡Entiendo que Horazon vino a esta tierra y que la armadura maldita de su odiado hermano también ha venido! ¡También entiendo que he tenido que presenciar cómo eran masacrados hombres y cómo surgían demonios de la tierra y he tenido que soportar la certeza de que mi vida ya no es mía sino de un señor de los demonios muerto! —Norrec volvió a levantarse. Estaba harto. Drognan podía levantar el bastón y matarlo en el acto con facilidad, pero su propia paciencia se había agotado—. ¡Ayúdame o mátame, Vizjerei! ¡No tengo tiempo para lecciones de Historia! ¡Quiero que me liberes de esta jaula!
—Siéntate.
Norrec se sentó, pero esta vez no lo hizo por propia voluntad. Una sombra cruzó las facciones de Drognan, una sombra que recordó al indefenso soldado que aquel hombre no sólo se había hecho con el control de una docena de guardias, sino también de la malhadada armadura.
—Te salvaré a pesar de ti mismo, Norrec Vizharan... ¡aunque por cierto no eres ningún servidor de los Vizjerei, diga lo que diga ese antiguo nombre! ¡Te salvaré mientras tú, al mismo tiempo, me conduces hasta aquello que he buscado durante más de la mitad de mi vida!
El hechizo utilizado por Drognan apretaba al guerrero contra la silla con tal fuerza que apenas era capaz de hablar.
—¿Qué... qué quieres decir? ¿Conducirte hasta dónde?
Drognan lo observó con una mirada casi incrédula.
—Vaya, lo que sin duda debe de estar enterrado en algún lugar de la propia ciudad y lo que la armadura debe también de estar buscando: la tumba del hermano de Bartuc, Horazon... ¡El legendario Santuario Arcano!
_____ 12 _____
Como hacía cada noche, el general Augustus Malevolyn recorría el perímetro del campamento. También como cada noche, observaba con atención cada detalle concerniente a la preparación de sus hombres. La ineptitud suponía un severo castigo independientemente del rango del soldado.
Sin embargo, en esta noche concreta, el general había hecho algo diferente, un único cambio que pasó inadvertido para la mayoría de sus hombres. Aquella noche, Malevolyn hizo la ronda llevando todavía en la cabeza el yelmo escarlata de Bartuc.
El hecho de que desentonara con el resto de la armadura no le preocupaba en absoluto. De hecho, cada día que pasaba le rondaba más y más por la mente la posibilidad de dar con alguna manera de teñir su armadura de un color más parecido al del yelmo. Hasta el momento, sin embargo, Malevolyn no había encontrado más que un medio por el que conseguir el color exacto, un método que seguramente hubiese provocado entre sus soldados una insurrección a escala total.
Su mano tocó el yelmo de forma casi amorosa mientras se lo ajustaba. Malevolyn había advertido algo de inquietud en Galeona cuando antes se había negado a quitárselo, pero lo había atribuido sin más al miedo que sentía la mujer ante su creciente poder. De hecho, cuando tanto el yelmo como la armadura fuesen al fin suyos, el general ya no necesitaría las habilidades mágicas de la bruja... y aunque en sus habilidades más terrenas era una verdadera experta, Malevolyn sabía que siempre podría encontrar una mujer más complaciente y más sumisa para satisfacer sus otras necesidades.
Por supuesto, los asuntos de la carne podían esperar. Lut Gholein lo llamaba. No permitiría que le fuera arrebatada, como Viz-jun le había sido arrebatada.
Pero, ¿eres digno de ella? ¿Eres digno de la gloria, del legado de Bartuc?
Malevolyn se detuvo. Era la voz de su cabeza, la que le había formulado en una noche pasada las preguntas que él mismo temía hacerse en voz alta, la que había proclamado lo que él no se atrevía a proclamar.
¿Eres digno? ¿Lo demostrarás? ¿Tomarás tu destino?
Una débil luz proveniente de más allá del campamento atrajo su atención. Abrió la boca para llamar a los centinelas y entonces distinguió la figura sombría de uno de sus hombres, que se aproximaba a él desde aquella dirección con una antorcha agonizante en una mano. La tenue luz de las llamas mantuvo el semblante del hombre envuelto casi por completo en sombras incluso cuando se encontró apenas a una docena de metros del comandante.
—General Malevolyn —susurró el centinela al tiempo que lo saludaba—. Debéis venir a ver esto.
—¿Qué ocurre? ¿Has encontrado algo?
El centinela, no obstante, se había vuelto ya hacia la oscuridad.
—Será mejor que vengáis a verlo, general...
Frunciendo el ceño, Malevolyn siguió al soldado con una mano cerrada alrededor de la empuñadura de su espada. Sin duda el centinela sabía que por su bien era mejor que lo que iba a enseñarle a su comandante fuera importante. A Malevolyn no le gustaba que su rutina fuera perturbada.
Los dos avanzaron cierta distancia por el irregular paisaje siguiendo un camino sinuoso. Con el centinela en cabeza, atravesaron una duna y descendieron cautelosamente por el otro lado. Delante de ellos, el oscuro perfil de un afloramiento rocoso se cernía sobre la arenosa región. El general asumió que lo que quiera que el centinela hubiera visto se encontraría allí. Si no...
El centinela se detuvo. Malevolyn no sabía por qué el hombre se molestaba todavía en llevar la antorcha. La pálida y enfermiza llama no iluminaba el área y, si algún enemigo los esperaba allá delante, no serviría más que para alertarlo sobre su presencia. Se maldijo por no haberle ordenado que la apagara antes, pero entonces pensó que si el soldado no lo había hecho por sí mismo, es que lo que quería que viera su general no podía ser un enemigo.
Escupiendo arena de su boca, Augustus Malevolyn musitó:
—¿Y bien? ¿Qué es lo que has visto? ¿Está cerca de las rocas?
—Resulta difícil de explicar, mi general. Debéis verlo —el soldado embozado en sombras señaló al suelo a su derecha—. El piso es mejor aquí, mi general. Si me acompañáis...
Quizá el hombre había descubierto unas ruinas. Eso hubiera sido de interés para Malevolyn. La historia de los Vizjerei en Aranoch y sus alrededores se remontaba a la antigüedad. Si aquello resultaba ser uno de sus templos puede que contuviera algún secreto perdido del que pudiera aprovecharse.
El suelo situado bajo sus pies, el suelo por el que el centinela le había dicho que caminara, cedió por completo.
Malevolyn trastabilló primero y luego cayó hacia delante. Temiendo perder el yelmo, sacrificó una mano para mantenerlo en su lugar, con lo que toda oportunidad de impedir su caída se frustró. El general cayó de rodillas, con el rostro a escasos centímetros de la arena. Su brazo derecho, el que se había visto obligado a soportar todo su peso, palpitaba de dolor. Trató de ponerse derecho, pero al principio la tierra suelta lo hizo difícil.
Levantó la mirada en busca del idiota que lo había metido en ello.
—¡No te quedes ahí parado, desgraciado! Ayúdame...
El centinela se había evaporado y ni siquiera su antorcha estaba a la vista.
Malevolyn se puso en pie. Con gran cuidado, extendió el brazo hacia la espada... y descubrió que también ella había desaparecido.
¿Eres digno?, repitió la maldita voz en su cabeza.
De las arenas emergieron cuatro formas horribles y vagamente humanoides.
A pesar de la oscuridad, el general pudo distinguir los duros caparazones y las cabezas distorsionadas semejantes a las de escarabajos. Un par de brazos terminados en pinzas hipertrofiadas y afiladas completaban la apariencia de insectos sacados de alguna pesadilla, pero aquellos horrores medio humanos no eran producto de la imaginación de Malevolyn. Ya conocía a los gusanos de arena, los enormes artrópodos que cazaban sus presas en las arenas de Aranoch, y también había oído hablar de una de las pocas criaturas infernales que las cazaban a su vez... cuando no podían encontrar presas humanas.
Sin embargo, aunque se rumoreaba que la gran cantidad de escarabajos demonio había sido la causa de la desaparición de numerosas caravanas a lo largo de los últimos años, el comandante nunca había oído que tales criaturas acechasen en las proximidades de una fuerza tan numerosa como la suya. Aunque no era el mayor de los ejércitos —aún no—, los disciplinados guerreros de Malevolyn representaban un objetivo en absoluto tentador para criaturas como aquellas. Preferían víctimas más pequeñas, más débiles.
¿Como por ejemplo un soldado solitario atraído con ardides hasta ellas?
Descubriría cuál de sus oficiales lo había engañado cuando localizase al maldito centinela. Sin embargo, por el momento Malevolyn tenía cosas más importantes que considerar, como por ejemplo no convertirse en la siguiente comida de los escarabajos demonio.
¿Eres digno? repitió de nuevo la voz.
Como si hubiese sido de pronto empujado a actuar, uno de los grotescos escarabajos extendió los brazos hacia él, al mismo tiempo que chasqueaba las mandíbulas y las pinzas en anticipación de un sangrante premio. Aunque a despecho de su nombre río eran verdaderas criaturas del Infierno, los escarabajos demonio eran enemigos suficientemente monstruosos para un hombre ordinario.
Pero Augustus Malevolyn no se consideraba a sí mismo un hombre ordinario.
Mientras las salvajes pinzas se cerraban sobre él, el general reaccionó de forma instintiva y su mano se columpió hacia delante para desviar lo mejor posible el ataque. Pero entonces, para su sorpresa —y ciertamente para la de la criatura que tenía delante—, en aquella mano se materializó una hoja del más puro ébano rodeada por una ardiente aura escarlata que iluminó el área circundante más que cualquier antorcha. La hoja fue creciendo mientras trazaba un arco por el aire, pero su peso y su equilibrio siguieron siendo perfectos en todo momento.
El filo se hundió en el duro caparazón sin dificultad y cercenó por completo el apéndice, que cayó volando a un lado. El escarabajo demonio dejó escapar un chillido agudo y retrocedió mientras de su brazo arruinado brotaban fluidos.
El general Malevolyn no se detuvo, asombrado por el milagroso giro de los acontecimientos. Con facilidad de experto atravesó al segundo de sus atacantes con la milagrosa hoja. Antes incluso de que el monstruo hubiera caído, se volvió hacia el siguiente y lo obligó a retroceder con una acometida implacable.
Las dos criaturas restantes se unieron con la tercera y trataron de atacar al general desde direcciones diferentes. Malevolyn retrocedió un paso, varió su posición y despachó de inmediato aquella a la que le había cortado un brazo apenas un segundo antes. Mientras las otras dos caían sobre él, el veterano oficial se volvió, volteó la espada y decapitó a una de ellas.
Un líquido de olor repulsivo lo salpicó mientras lo hacía y lo cegó momentáneamente. El último de sus oponentes se aprovechó de ello, lo arrastró al suelo y trató de coartarle la cabeza atravesándole la garganta a mordiscos. Gruñendo como un animal, Malevolyn bloqueó el ataque con la armadura de su antebrazo, confiando en que la placa metálica protegería la carne y el hueso que había debajo el tiempo suficiente para que pudiera recuperarse.
Con una rodilla logró apartar un poco a su monstruoso atacante y alejó de sí las mandíbulas. Eso le dio el ángulo que necesitaba. Tras dar la vuelta a la espada en su otra mano, el general volvió la punta hacia la cabeza del escarabajo demonio y la hundió en la gruesa armadura natural de la bestia con todas las fuerzas que pudo reunir.
El horripilante insecto dejó escapar un breve y estridente chillido y cayó muerto sobre el general Malevolyn.
Con sólo una leve sensación de asco, el comandante apartó de sí el cuerpo y luego se puso en pie. Su inmaculada armadura goteaba los fluidos vitales de los escarabajos demonio, pero, aparte de eso, le habían hecho poco daño. Miró con ferocidad a las formas inmóviles y oscuras. Se sentía enfurecido, pero al mismo tiempo invadido por una oleada de intensa satisfacción por haber conseguido acabar por sí solo con cuatro de las infernales criaturas.
Augustus Malevolyn tocó su coraza, que estaba cubierta con los fluidos de los escarabajos demonio. Durante casi un minuto contempló el moco hediondo que empapaba su guantelete. Movido por un impulso, Malevolyn volvió a tocar la coraza, pero en vez de tratar de limpiar la armadura, empezó a extender los fluidos... lo mismo que había hecho Bartuc con la sangre de sus enemigos humanos.
—Así que... quizá sí seas digno.
Giró sobre sus talones y se encontró por fin con la figura envuelta en las sombras de la noche del centinela traidor. Sin embargo, el sentido común le decía ahora a Malevolyn que lo que había tomado por uno de sus propios hombres tenía que ser algo mucho más poderoso, por no mencionar mucho más siniestro...
—Ahora te conozco... —musitó. Entonces sus ojos se abrieron ligeramente mientras la verdad se abría camino—. O debería decir... ahora sé lo que eres... demonio...
La otra figura rió en silencio, como ningún hombre hubiera podido reír. Frente a los ojos asombrados del general Malevolyn, la forma del centinela se retorció, creció, se trocó por otra que no era nativa del plano mortal. Se erguía inmensa sobre el humano y donde antes había habido cuatro miembros se materializaron ahora seis. Los primeros parecían grandes guadañas terminadas en puntas de aguja, las de en medio eran manos esqueléticas con garras letales y las últimas, que le servían como patas, se doblaban de una manera que recordaba a la de los miembros inferiores del insecto al que más se parecía.
Una mantis. Una mantis venida del Infierno.
—Te saludo, general Augustus Malevolyn de la Marca de Poniente, guerrero, conquistador, emperador... y legítimo heredero del Caudillo de la Sangre —el horrible insecto realizó una grotesca reverencia, hundiendo las puntas de las guadañas en la arena—. Éste se congratula y te felicita por tu valía...
Malevolyn miró su mano, de la que había desaparecido el arma. La mágica hoja se había evaporado en el momento mismo en que no había sido ya necesitada, pero el general estaba seguro de que en el futuro podía volver a convocarla cuando fuera necesario.
—Tú eras la voz de mi cabeza —replicó por último el general—. Tú eras la voz que me tentaba...
El demonio inclinó la cabeza hacia un lado mientras sus brillantes y bulbosos ojos resplandecían una vez.
—Éste no tentó... solo alentó.
—¿Y si no hubiera superado esta pequeña prueba?
—Entonces éste habría sufrido una terrible decepción.
Las palabras de la criatura hicieron reír al general Malevolyn a pesar de las implicaciones que contenían.
—Entonces es una maldita suerte que no haya fallado —una mano se elevó para ajustar el yelmo mientras Malevolyn pensaba. Primero habían llegado las visiones, luego el incremento en sus poderes, hasta el momento limitados... y ahora esta espada mágica, y un demonio por añadidura. Sin duda había de ser como la mantis había proclamado; Augustus Malevolyn se había ganado el derecho a ostentar el nombre de Bartuc.
—Eres digno —zumbó el demonio—. Así lo dice éste... Xazak, así me llamo. ¡Pero una cosa sigue fuera de tu alcance! ¡Una cosa debes conseguir antes de convertirte en Bartuc!
El general Malevolyn comprendió.
—La armadura. ¡La armadura que lleva un necio campesino! ¡Bueno, se acerca a mí atravesando el mismo mar! Galeona dice que se dirige a Lut Gholein, razón por la que nos dirigimos hacia allí ahora —reflexionó un instante—. Quizá sería un buen momento para ver lo que puede descubrir. Puede que con tu ayuda...
—¡Es mejor que no le hables de mí a la hechicera, oh grande! —zumbó Xazak con algo que parecía ansiedad—. Las de su clase... no son siempre dignas de confianza. Es mejor no tratar con ellas en absoluto...
Malevolyn mesuró por un momento la afirmación del demonio. Xazak hablaba casi como si Galeona y él hubieran compartido algo, cosa que, vista con perspectiva, no lo hubiera sorprendido en absoluto. La bruja trataba con los poderes oscuros de forma casi constante. Pero lo que ahora le interesaba era que aquella criatura no quería que ella supiera lo que estaban discutiendo. ¿Un cambio de planes? ¿Una traición? Bueno, si ello servía a sus planes, tanto mejor.
Asintió.
—Muy bien. Hasta que yo decida lo que debe hacerse, la hechicera ignorará nuestra conversación.
—Éste aprecia tu comprensión...
—Por supuesto —el general no tenía más tiempo para preocuparse por la hechicera. Xazak había mencionado algo que le importaba mucho más—. Pero has hablado de la armadura. ¿Sabes algo de ella?
La funesta mantis volvió a inclinarse. Hasta con la luz de las estrellas podía ver el general las horribles venas que recorrían todo su cuerpo, venas que palpitaban sin pausa.
—Por ahora, ese necio la ha llevado a Lut Gholein... pero allí puede esconderla tras las murallas de la ciudad, lejos de las manos de su legítimo propietario...
—Ya lo había pensado —de hecho, el general Malevolyn lo había considerado largo y tendido durante el viaje, lo había considerado y su furia había ido en aumento, aunque no había permitido que nadie presenciara ninguna señal de esta furia. Una parte de él estaba segura de que podía capturar Lut Gholein y así hacer prisionero al plebeyo que llevaba la armadura, pero una parte más práctica tenía en cuenta también las pérdidas que podría suponer para su propio bando y las encontraba demasiado grandes. El fracaso todavía se escondía en los reinos de la posibilidad. A decir verdad, Malevolyn había pensado en mantener su ejército escondido de los ojos y el conocimiento del reino y esperar a que el extranjero se internara en el desierto por propia voluntad. Por desgracia, no podía confiar en que el idiota fuera a hacer exactamente lo que él deseaba.
Xazak se inclinó hacia él.
—Ese reino es fuerte, con muchos soldados versados en el arte de la guerra. Aquel que lleva la armadura se siente muy a salvo en él.
—Lo sé.
—Pero éste puede darte la llave para hacer tuya a Lut Gholein... una fuerza terrible... una fuerza que ningún ejército mortal podría derrotar.
Malevolyn apenas podía creer lo que acababa de escuchar.
—¿Estás sugiriendo...?
El demonio volvió de repente la mirada hacia el campamento como si hubiera escuchado algún ruido. Tras una pausa momentánea, Xazak devolvió rápidamente su atención al humano.
—Cuando sólo un día te separe de la ciudad, volveremos a hablar. Allí, deberás estar preparado para hacer esto...
El comandante escuchó mientras el demonio se explicaba. Al principio sintió repulsión por lo que la criatura estaba sugiriendo, pero entonces, mientras Xazak le revelaba por qué debía ser así, el propio Augustus Malevolyn comprendió la necesidad... y su excitación fue en aumento.
—¿Lo harás? —preguntó la mantis.
—Sí, sí, lo haré... y gustosamente.
—Entonces volveremos a hablar pronto. —Sin previo aviso, la forma de Xazak empezó a volverse indistinta y enseguida se tornó más sombra que sustancia—. ¡Hasta que llegue ese momento, te saludo de nuevo, general! ¡Éste honra al sucesor de Bartuc! ¡Éste honra al nuevo señor de los demonios! ¡Éste honra al nuevo Caudillo de la Sangre!
Con esas palabras, los últimos vestigios de Xazak se disolvieron en la noche.
El general Malevolyn empezó de inmediato el camino de regreso al campamento. Su mente, en la que resonaba todavía el eco de las palabras de la mantis, ya estaba volando a toda prisa. Aquella noche se había convertido en un punto de inflexión para él, un momento en que todos sus sueños se reunían al fin. La prueba del demonio y la manera en la que había logrado superarla palidecían ahora en comparación con lo que Xazak le ofrecía: la armadura y el medio que garantizaría que tanto ella como Lut Gholein caerían en sus manos con pocos problemas.
Señor de los demonios, había dicho la mantis.
* * *
Una noche más que soportar. Una noche más y el Escudo del Rey atracaría en Lut Gholein.
Una noche más y Kara estaría sola en tierra extraña, sola salvo por sus dos grotescos compañeros.
Había regresado con la cena poco antes y había comido bajo la mirada vigilante de los dos muertos vivientes. Fauztin había permanecido de pie en la esquina, con el aspecto de una estatua macabra, pero Sadun Tryst se le había acercado y ahora estaba sentado en un banco clavado a la pared más cercana a la cama. El enjuto necrófago intentaba incluso entablar conversación con ella en ocasiones, algo de lo que la nigromante hubiera preferido prescindir.
Sin embargo, un asunto la interesaba lo bastante como para forzarla a hablar con él durante algún tiempo, y el asunto concernía al siempre esquivo Norrec Vizharan. Kara había advertido algo extraño en el modo con que Tryst hablaba de su antiguo camarada. Sus palabras no parecían contener la menor malicia hacia su asesino. La mayoría de las veces, la obsequiaba con los relatos de las aventuras que habían pasado juntos. Tryst parecía incluso sentir ciertos remordimientos por el veterano soldado a pesar de los horribles crímenes que había cometido.
—Me salvó... la vida... tres veces y más... —concluyó el monstruo después de que ella lo hubiera engatusado una vez más para hablar de su amigo—. Nunca vi una guerra... tan mala como... ésa.
—¿Viajaste con él desde entonces? —según parecía, la guerra mencionada por Tryst había tenido lugar en los Reinos Occidentales unos nueve años atrás. Para hombres como aquellos, haber pasado tanto tiempo juntos demostraba alguna clase de lazo poderoso.
—Sí... salvo durante... la enfermedad de Norrec... nos dejó... durante tres meses... y se reunió después... con nosotros —la pútrida figura miró al Vizjerei—. ¿Te acuerdas... Fauztin?
El hechicero asintió con un leve movimiento de cabeza, como de costumbre. Kara había esperado que de alguna manera le prohibiera a Sadun seguir contando esas historias, pero también Fauztin parecía enredado en ellas. Saltaba a la vista que en vida ambos hombres habían respetado mucho a Norrec, y por lo que había escuchado hasta el momento, lo mismo le ocurría a la nigromante.
Y sin embargo, aquel mismo Norrec Vizharan había asesinado brutalmente a sus dos amigos y los muertos vivientes como aquellos no podían existir si no estaban alimentados por un sentido de justicia y venganza que estaba más allá de la comprensión humana. Hubieran debido albergarían solo sentimientos justicieros por el destrozo infligido a la carne del Vizjerei y por el destierro de su alma al inframundo. El que no fuera en absoluto asi le resultaba sumamente extraño. Sadun Tryst y Fauztin no actuaban en modo alguno como las leyendas aseguraban.
—¿Qué haréis cuando lo encontréis? —le había hecho aquella pregunta antes, pero no había recibido una respuesta clara.
—Haremos... lo que deba ser... hecho.
De nuevo, una respuesta que no la satisfacía. ¿Por qué ocultarle la verdad?
—Después de lo que os hizo, incluso vuestra pasada amistad debe de significar poco. ¿Cómo pudo Norrec cometer un crimen tan horrible?
—Hizo... lo que debía ser... hecho —con aquella respuesta no menos enigmática, la sonrisa de Tryst se ensanchó y mostró los dientes amarillentos y las encías que empezaban a carcomerse. Cada día que pasaba, a pesar de su búsqueda implacable, los cadáveres se volvían menos y menos humanos en su apariencia. Nunca se pudrirían por completo, pero el lazo que los unía con su pasada humanidad continuaría marchitándose—. Eres muy hermosa...
—¿Qué? —Kara Sombra Nocturna parpadeó; no estaba muy segura de haber oído bien.
—Muy hermosa... y fresca... viva —el necrófago alargó de súbito un brazo y tomó un mechón de su largo cabello azabache—. La vida es hermosa... ahora más que... nunca...
Ella reprimió un escalofrío. Sadun Tryst había dejado claros sus propósitos. Todavía recordaba demasiado bien los placeres de la vida. Uno de ellos, la comida, lo había ya decepcionado por completo. Ahora, oculto en aquel minúsculo camarote durante los últimos dos días en la constante compañía de una mujer viviente, parecía dispuesto a tratar de revivir un placer diferente... y Kara no sabía como iba a impedirle que lo hiciera.
Sin advertencia, Sadun Tryst se volvió bruscamente y lanzó una mirada fiera a su amigo. Aunque Kara no había percibido nada, era evidente que se había producido alguna clase de comunicación entre ellos, una comunicación que no había complacido en absoluto al enjuto y fuerte necrófago.
—Deja que conserve... al menos... la ilusión...
Fauztin no dijo nada y su única reacción fue parpadear una vez. No obstante, eso bastó para apaciguar en parte a su compañero.
—No la hubiera... tocado... mucho... —Tryst volvió a mirarla de arriba abajo antes de encontrarse con sus ojos—. Sólo...
Unos fuertes golpes en la puerta le hicieron refugiarse en la esquina más lejana. Kara no daba crédito a sus ojos cada vez que veía moverse a la criatura de aquella manera. Siempre había leído que la rapidez no era una de las virtudes de los muertos vivientes. En su lugar contaban con la persistencia, una persistencia impía.
Tras instalarse junto al Vizjerei, el antiguo soldado murmuró:
—Contesta.
Ella lo hizo, aunque sospechaba ya de quién podía tratarse. Sólo dos hombres se atrevían a llamar a su puerta. Uno de ellos era el capitán Jeronnan, con quien había hablado poco tiempo antes. El otro...
—¿Sí, señor Drayko? —preguntó la bruja tras entornar la puerta.
El hombre parecía incómodo.
—Mi dama Kara, sé que habéis solicitado una absoluta privacidad, pero... me preguntaba si os podríais reunir conmigo en la cubierta unos pocos minutos.
—Gracias, señor Drayko, pero como ya le dije antes al capitán, tengo muchas cosas que hacer antes de que desembarquemos —empezó a cerrar la puerta—. Gracias por el ofrecimiento...
—¿Ni siquiera para tomar un poco de aire fresco?
Algo en su tono la intrigó, pero la nigromante no tenía tiempo para pensar en ello. Tryst había dejado bien claro que no debía pasar más tiempo lejos del camarote del absolutamente necesario para recoger la comida. Los necrófagos querían que su marioneta humana permaneciera donde pudieran verla.
—Lo siento, no.
—Me lo temía —se volvió para marcharse... y entonces empujó con el hombro la puerta con tal fuerza que Kara salió despedida y cayó sobre la cama. El golpe no le hizo perder el conocimiento, pero se quedó allí un instante, completamente aturdida por sus acciones.
Drayko cayó de rodillas en el interior del cuarto. Levantó la mirada, vio a los cadáveres y palideció.
—¡Por el Caballero de las Profundidades!
Una daga se materializó de súbito en la mano de Tryst.
El marinero alargó la mano hacia su propio cuchillo, que escondía a su lado. Era evidente que lo había estado empuñando todo el tiempo y que había ocultado su presencia a Kara mientras mantenía con ella una conversación fatua. En todo momento había sospechado que algo andaba mal en el interior del camarote... aunque ni siquiera Drayko hubiera podido imaginar lo que acababa de presenciar.
Mientras Sadun Tryst levantaba el brazo, una segunda figura irrumpió en el diminuto camarote. Con la espada ceremonial presta, el capitán Hanos Jeronnan protegió a su oficial. A diferencia de Drayko, sólo pareció sorprendido a medias por las horrendas figuras que se encontraban a escasa distancia de él. De hecho, Jeronnan parecía casi complacido de ver a los dos seres.
—No dejaré que ocurra de nuevo... —murmuró—. A ésta no os la llevaréis...
Kara comprendió de inmediato las palabras del capitán. A sus ojos, los muertos vivientes representaban al invisible monstruo que no sólo le había arrebatado a su hija sino que la había convertido en una criatura vil que había tenido que destruir. Ahora pensaba cobrarse venganza sobre ellos.
Y con la espada de plata, tenía el potencial para hacerlo.
Tryst arrojó su daga, moviéndose de nuevo con una velocidad que no parecía corresponder a su cuerpo decrépito. La pequeña hoja se clavó en el brazo del arma de Jeronnan y éste retrocedió un paso, tambaleándose. Sin embargo, el marino no huyó. Mientras manaba sangre de su herida, con el arma del necrófago clavada todavía en la carne, el capitán Jeronnan acometió a su muerto adversario.
Con aquella sonrisa en los labios que parecía un gesto de mofa, Sadun Tryst alargó la mano hacia la hoja, con la evidente intención de sujetarla. Como alguien que estaba más allá de la muerte, ningún arma normal podía dañarlo.
El filo de la espada del capitán le cortó los dos dedos más pequeños.
Una agonía pura recorrió a Kara, un dolor tan intenso que se dobló sobre sí misma y estuvo a punto de desplomarse.
Con un siseo, Tryst apartó su mano mutilada. Fulminó a Jeronnan con la mirada y dijo a su compañero con voz raspante:
—Haz algo... mientras todavía tengo... la cabeza sobre... los hombros...
A pesar de tener los ojos inundados de lágrimas, la nigromante vio que Fauztin pestañeaba una vez.
—¡Cuidado! —logró gritar.
Una muro de fuerza emergió de la daga ceremonial de Kara y arrojó a Jeronnan y a Drayko contra la pared opuesta. Al mismo tiempo, el Vizjerei puso su otra mano sobre la pared que había a su espalda.
Una neblina azulada se extendió detrás de los monstruos, una neblina azulada que crecía rápidamente tanto en altura como en anchura.
Los dos marineros se pusieron trabajosamente en pie. El señor Drayko se lanzó hacia delante, pero Jeronnan lo obligó a retroceder.
—¡No! ¡La única arma que puede herirlos es ésta! Juro que voy a reducirlos a carnada para los peces... ¡Eso si los peces se comen algo tan putrefacto! ¡Ocúpate de la chica!
El oficial obedeció al instante y corrió hacia Kara.
—¿Podéis poneros en pie?
Con su ayuda, Kara descubrió que podía. Aunque el dolor no la abandonó, al menos remitió lo bastante para permitirle pensar... y darse cuenta de lo que había ocurrido.
Por medio de su daga, Fauztin había ligado su vida a la existencia de las criaturas. El tajo propinado por Jeronnan no había sido sentido por Sadun Tryst, a quien la muerte había alejado de tales debilidades hacía ya tiempo. Sin embargo, cada golpe que ellos recibieran sería sufrido, o eso parecía, por ella.
Y por eso, armado con una espada recubierta de plata, el capitán Jeronnan tenía la potestad no sólo de convertir a los muertos vivientes en la carnada que había mencionado, sino también de acabar con la vida de aquella a la que pretendía salvar.
Tenía que avisarlo.
—¡Drayko! ¡Jeronnan debe detenerse!
—¡Está bien, mi dama! ¡El capitán sabe lo que hace! ¡La hoja de plata puede acabar con criaturas como ésas! ¡En un espacio tan estrecho, acabará rápidamente con ellos antes de que ese otro tenga tiempo de utilizar otro hechizo! —Drayko arrugó la nariz—. ¡Dioses, qué peste hay aquí! Después de que empezarais a comportaros de forma tan extraña, el capitán Jeronnan recordó lo que os había ocurrido en Gea Kul y se convenció de que algo estaba ocurriendo. Me llamó a su camarote después de la cena y me dijo que lo acompañara y que estuviera preparado para el mismo Infierno... ¡aunque nunca hubiera creído lo cerca de la verdad que estaban sus palabras!
La nigromante hizo un nuevo intento.
—¡Escuchadme! Han utilizado un encantamiento sobre mí...
—¡Por lo que no podíais decir nada, sí! —empezó a arrastrarla hacia la puerta, donde se habían reunido varios de los hombres de Jeronnan. Algunos de ellos habían desenvainado las armas, pero ninguno se atrevía a entrar, mucho más asustados por los muertos vivientes que por la cólera del capitán o del segundo—. ¡Vamos! ¡Os sacaré de aquí!
—Pero eso no es lo que... —Kara se detuvo mientras, repentinamente, su cuerpo se liberaba de un tirón de los brazos del oficial.
Éste alargó la mano hacia su brazo.
—¡Por allí no! Será mejor que...
Para consternación de Kara, su mano se cerró... y entonces golpeó a su protector con todas sus fuerzas en el estómago.
Aunque no había sido un golpe demasiado fuerte, cogió a Drayko por completo desprevenido. El segundo de Jeronnan retrocedió, más confundido que lastimado.
Kara se volvió hacia los muertos vivientes... y vio que el siniestro Vizjerei le hacía señas para que se reuniera con ellos.
Sus miembros obedecieron a pesar de todos sus intentos por desafiar la llamada. Tras ellos, la neblina azul se había diseminado hasta cubrir la mayor parte de la pared. Descubiertos por los mortales, los muertos trataban de retirarse... pero con ellos, querían llevarse a su presa.
Kara trató de resistir, consciente de que no sólo no albergaba el menor deseo de acompañarlos, sino de que lo único que la esperaba al otro lado de la pared era el oscuro mar. Tryst y su compañero no necesitaban respirar, pero Kara sí.
Ven a mí, nigromante... escuchó de pronto en su cabeza. Los ojos de Fauztin miraron sin pestañear los suyos y ahogaron sus propios pensamientos.
Incapaz de seguir controlándose por más tiempo, Kara corrió hacia los muertos vivientes.
—¡No, chica! —el capitán Jeronnan la sujetó por el brazo, pero su herida le impidió apretar con fuerza. Ella se soltó y alargó el brazo para tomar la mano mutilada de Sadun Tryst.
—¡La... tengo! —dijo el sonriente cadáver con voz entrecortada.
Fauztin sujetó a su compañero por el hombro, dio un paso atrás... y se esfumó a través de la neblina azul, arrastrando a Tryst consigo.
Y a Kara con él.
—¡Sujétala! —exclamó el capitán. Drayko gritó algo, posiblemente su nombre, pero entonces ambos estaban ya demasiado lejos como para poder hacer nada.
La maga atravesó la neblina... y se hundió en el asfixiante abrazo del mar.
_____ 13 _____
La tumba de Horazon... El Santuario Arcano...
Norrec Vaharan avanzaba con dificultades a través de una telaraña espesa y gris, abriéndose camino por un sinuoso y confuso laberinto de corredores.
Horazon...
A lo largo de los muros se alineaban las estatuas, cada una de ellas un rostro que le era conocido. Reconoció a Attis Zuun, el necio de su instructor. A Korbia, la inocente acolita a la que había sacrificado. A Merendi, el líder del concilio que había sido presa de sus bien tejidas palabras de admiración. A Jeslyn Kataro, el amigo al que habla traicionado. Enterrados tras las telarañas encontró a todos aquellos a los que había conocido en vida... salvo a uno.
A todos salvo a su hermano, Horazon.
—¿Dónde estás? —gritó Norrec—. ¿Dónde estás?
De pronto, se encontró en una cámara a oscuras, una vasta cripta que se abría frente a él. Esqueletos ataviados con las túnicas de los Vizjerei montaban guardia en una serie de alcobas situadas a derecha e izquierda de la estancia. El símbolo del clan, un dragón inclinado sobre una luna creciente, había sido grabado en el centro del gran sarcófago que descansaba delante mismo del intruso embutido en armadura.
—¡Horazon! —gritó Norrec—. ¡Horazon!
El nombre resonó como un eco por toda la cripta, como si quisiera burlarse de él. Enfurecido, caminó hasta el ataúd de piedra y extendió el brazo hacia la pesada tapa.
Al poner la mano sobre ella, se alzó un gemido de la boca de cada uno de los esqueletos que había a sus lados. Norrec estuvo a punto de retroceder, asustado, pero la furia y la determinación se impusieron a todas las demás emociones. Ignorando las advertencias de los muertos, el soldado arrastró la tapa del sarcófago y la dejó caer al suelo, donde se partió en un millar de pedazos.
En el interior del ataúd había una forma amortajada. Sintiendo al fin la victoria, alargó la mano para arrancarle le tela al rostro y ver por fin el rostro carcomido y marchito de su maldito hermano.
Una mano cubierta de carne putrefacta y voraces gusanos lo sujetó por la muñeca.
Se debatió, pero los dedos monstruosos no lo soltaron. Y lo que era peor, para horror de Norrec, el cadáver empezó a hundirse más y más en el ataúd, como si el fondo hubiese cedido de pronto y se hubiese abierto a un abismo sin fin. Por mucho que lo intentaba, Norrec no lograba impedir que lo arrastrara al interior del sarcófago, al pozo de negrura que había debajo.
Gritó mientras el mundo de los muertos se cerraba a su alrededor...
—Despierta.
Norrec se estremeció y alzó una de sus manos para alejar las pesadillas. Parpadeó y poco a poco fue dándose cuenta de que seguía sentado en la vieja silla del sancta sanctorum de Drognan. El sueño sobre la cripta de su hermano (no, del hermano de Bartuc) le había parecido muy real, terriblemente real.
—Has dormido. Has soñado —comentó el anciano Vizjerei.
—Sí... —sin embargo, a diferencia de lo que le ocurría con la mayoría de los sueños, el veterano recordaba éste con gran viveza. De hecho, no creía que fuera capaz de olvidarlo jamás—. Siento haberme quedado dormido...
—No es necesario que te disculpes. Después de todo soy yo, con la ayuda de un poco de vino, el que ha hecho que durmieras... y también que soñaras.
Una cólera súbita hizo que Norrec tratara de ponerse en pie de un salto... pero Drognan lo detuvo en seco con un mero ademán de advertencia.
—Vuelve a sentarte.
—¿Qué me has hecho? ¿Cuánto tiempo he estado dormido?
—Te hechicé poco después de que te sentaras. Por lo que se refiere al tiempo que has pasado dormido... casi un día. La noche ha caído y ha pasado —el hechicero se le aproximó, apoyándose en su bastón. Pero Norrec no interpretó el gesto como un signo de debilidad—. Y en cuanto a lo que he hecho, digamos tan solo que he dado el primer paso hacia nuestros mutuos objetivos, amigo mío —esbozó una sonrisa expectante—. Y ahora, dime, ¿qué viste en el sueño?
—¿Acaso no lo sabes?
—Yo te hice soñar; no decidí qué soñarías.
—¿Estás diciéndome que he sido yo el que ha creado esa pesadilla?
El anciano mago se acarició la plateada barba.
—Quizá yo tuviera alguna influencia en la elección del tema. Pero los resultados te pertenecen por completo. Y ahora dime lo que has soñado.
—¿Cuál es la razón?
El tono amistoso desapareció de la voz de Drognan.
—La razón es tu vida.
Consciente de que no tenía elección, Norrec cedió la fin y le contó al hechicero lo que éste deseaba saber. Con gran lujo de detalles le describió la escena, los acontecimientos e incluso los rostros y los nombres de las estatuas. Drognan asintió, bastante interesado en todo ello. Formuló algunas preguntas que sacaron a la luz detalles que Norrec había olvidado mencionar al principio. Nada parecía demasiado insignificante para el mago.
Y cuando llegó el momento de relatar los terroríficos acontecimientos que habían tenido lugar en la cripta, el Vizjerei prestó mucha atención. Drognan pereció disfrutar especialmente al hacer que Norrec describiera a los magos esqueléticos y la apertura del sarcófago. Incluso cuando se estremeció al recordar su descenso al abismo, el hechicero insistió en que continuara sin dejar que omitiera el detalle más insignificante.
—¡Qué fascinante! —estalló Drognan una vez que Norrec hubo terminado, ajeno por completo a la agonía que había obligado al veterano a revivir—. ¡Tan vivido! ¡Ha de ser verdad!
—¿Qué... ha de ser?
—¡Viste la tumba! ¡El verdadero Santuario Arcano! ¡Estoy seguro de ello!
Si esperaba que Norrec compartiera su deleite, el anciano mago se vio decepcionado. No sólo no creía el veterano soldado que lo que había visto fuera real... sino que, de serlo, no querría visitarlo. Después de haber estado en la guarida de Bartuc, la idea de entrar en la cripta de su odiado hermano daba escalofríos al de ordinario valeroso guerrero. No había sufrido más que miseria y terror desde que todo aquello había empezado; Norrec sólo deseaba ser libre de la armadura encantada.
Le dijo todo esto a Drognan, quien replicó:
—Tendrás la oportunidad, Vizharan... si estás dispuesto a enfrentarte a la pesadilla una vez más.
Por alguna razón, Norrec no sintió ninguna sorpresa al escuchar aquella respuesta en boca del hechicero. Tanto Bartuc como Drognan compartían la historia de una cultura enfocada mucho más en la ambición que en las consecuencias. El Imperio de Kehjistan se había fundado sobre aquel principio y los Vizjerei, su espina dorsal, habían recurrido a la invocación de demonios como medio de obtener poder sobre otros. Sólo al ver que los demonios se volvían contra ellos habían decidido abandonar esa senda... e incluso en estos tiempos abundaban las historias sobre Vizjerei corruptos que se habían vuelto hacia los poderes del Infierno por ambición.
Incluso Fauztin había, en algunas ocasiones, insinuado la voluntad de dar pasos más allá de lo que hubiera sido seguro para su dominio del arte. Sin embargo, a Norrec le gustaba pensar que su amigo no se habría sentido tan inclinado a obligar a alguien a sufrir tan terribles pesadillas, y no una sino dos veces, por su mero interés.
Mas, ¿qué otra elección tenía el soldado ahora? Sólo Drognan impedía que la armadura huyera con Norrec en busca de quién sabe qué nuevo destino monstruoso...
Su mirada recorrió la multitud de libros y pergaminos que el anciano Vizjerei había reunido a lo largo de los años. Norrec sospechaba que sólo representaban una parte del tesoro de conocimiento de Drognan. El hechicero no le había permitido salir de aquella estancia, pero seguramente le escondía algunos de sus tesoros. Si de veras alguien podía liberarlo, ése era el Vizjerei... pero sólo si Norrec se mostraba digno del esfuerzo.
Y de nuevo, ¿qué otra elección tenía?
—¡Está bien! Haz lo que debas... ¡y hazlo pronto! ¡Quiero poner fin a todo esto! —y sin embargo, aun mientras lo decía, Norrec sabía que nunca podría poner fin a los terribles remordimientos que sentía.
—Por supuesto. —Drognan le dio la espalda y sacó otro enorme volumen. Hojeó sus páginas durante algunos momentos, asintiendo para sí, y entonces cerró el libro—. Sí, esto debería de hacerlo.
—¿Hacer el qué?
Tras volver a guardar el libro, el mago respondió:
—A pesar de su mutua enemistad, Bartuc y Horazon están unidos para siempre, incluso en la muerte. El hecho de que esta armadura te haya conducido hasta aquí, hasta Lut Gholein, demuestra que ese lazo sigue siendo fuerte a pesar de todo el tiempo transcurrido —frunció el ceño—. Y tu lazo con la armadura es casi igual de grande. Un hecho inesperado, podría añadir, pero que despierta mi curiosidad. Quizá una vez que todo esto haya terminado, decida estudiarlo.
—Todavía no me has dicho lo que quieres hacer —le recordó el veterano, pues no quería que Drognan volviera a distraerse. Entendía vagamente lo que el hechicero había dicho sobre el lazo que unía a los hermanos y el modo en que la armadura estaba relacionada con eso, pero el resto no tenía el menor sentido para él y no deseaba dedicarle un solo momento de su tiempo. Su propia conexión con la armadura había empezado al entrar en la tumba de Bartuc, y terminaría cuando Drognan lo ayudara a separar el metal de su carne. Después de eso, el Vizjerei podría hacer lo que quisiera con la armadura... preferiblemente fundirla para hacer aperos de labranza o cualquier otra herramienta inofensiva.
—Esta vez voy a utilizar un hechizo que debería permitirnos dar con la localización física de la tumba. ¡Siempre he creído que podría encontrarse debajo de la ciudad! —la posibilidad hizo que los ojos de Drognan se encendieran—. Será necesario que regreses al sueño... pero esta vez lo harás estando despierto.
—¿Cómo podré soñar si estoy despierto?
El mago puso los ojos en blanco.
—¡Líbranos de los legos! Norrec Vizharan, soñarás estando despierto gracias a mi hechizo. Ten por seguro que no necesitas saber nada más.
Con gran renuencia, el cansado guerrero asintió.
—¡Muy bien, pues! ¡Acabemos con ello!
—Los preparativos sólo llevarán unos pocos momentos...
El anciano Vizjerei se acercó y utilizó la punta de su bastón para trazar un círculo alrededor de la silla. Al principio Norrec no vio nada interesante en ello, pero en el mismo momento en que Drognan completó el círculo, cobró vida de repente con un destello y empezó a brillar con una furiosa luz amarilla que no dejaba de palpitar. Una vez más, el guerrero hubiera saltado de su silla de no ser por la mirada de advertencia que le dirigió su anfitrión. En un intento por calmarse, Norrec se concentró en el objetivo final de todo aquello: su libertad. Seguramente podría afrontar cualquier cosa a la que Drognan quisiera someterlo con todo eso.
El hechicero murmuró algo y entonces alargó la mano izquierda para tocar la frente de Norrec. El soldado sintió una leve sacudida, pero nada más.
Con el dedo, Drognan empezó a trazar símbolos en el aire, símbolos que aparecían y desaparecían con un destello cada vez que terminaba uno. Norrec sólo alcanzaba a entreverlos, aunque al menos uno le recordó a las protecciones que había visto en la tumba de Bartuc. Eso hizo que sus recelos aumentaran, pero el momento de una posible retirada había pasado y sabía que no tenía más elección que afrontar lo que quiera que resultase del hechizo.
—Shazari... Shazari Tomei...
El cuerpo entero de Norrec se puso rígido, casi como si la armadura hubiera recuperado el control. Sin embargo, Norrec sabía que no podía ser así, dado que Drognan había demostrado hacía mucho que podía dominarla. No, había de ser otra parte del hechizo.
—¡Tomei! —gritó el mago de plateados cabellos al tiempo que levantaba el bastón mágico por encima de su cabeza. A pesar de sus muchos años parecía más terrible, más poderoso que cualquier hombre que Norrec hubiera visto jamás, aun en el campo de batalla. Un aura blanca y crepitante rodeó al Vizjerei, haciendo que su barba y sus cabellos ondearan como si estuvieran dotados de vida propia—. ¡Shazari Saruphi!
Norrec exhaló un grito sofocado mientras todo su cuerpo se estremecía violentamente. Una fuerza lo inmovilizó contra la silla. Repentinamente, el sancta sanctorum del mago se alejó de él a tal velocidad que el guerrero se mareó. Norrec se sentía como si flotara, aunque ni sus brazos ni sus piernas podían moverse.
Una neblina esmeralda se formó delante de él, una neblina con una forma vagamente circular. Lejos, muy lejos, Norrec escuchó que Drognan gritaba algo más, pero le pareció apagado e ininteligible, como si para el Vizjerei el paso del tiempo se hubiera frenado hasta arrastrarse y ni siquiera el sonido pudiera moverse más deprisa que un caracol.
La neblina se refino; ahora formaba un círculo perfecto. Acto seguido, la niebla esmeralda que había en el interior del círculo se disipó... y, mientras lo hacía, una imagen, un lugar, cobró forma en su interior.
La cripta.
Pero había algo en su apariencia que inquietó de inmediato a Norrec. Los detalles parecían alterados, incorrectos en muchos aspectos. Los esqueletos Vizjerei llevaban ahora armaduras elaboradas en vez de túnicas, y no parecían verdaderos muertos, sino más bien estatuas hábilmente talladas en piedra. Las enormes telarañas habían sido sustituidas por deshilachados tapices que mostraban criaturas mágicas tales como dragones, roes y otras. Incluso el símbolo del clan de los hermanos se había transformado y era ahora un gran pájaro que clavaba sus garras en el sol.
Norrec trató de decir algo, pero su voz no le obedecía. Sin embargo, escuchó una vez más las dolorosamente laboriosas palabras de Drognan. El mago parecía encontrarse más alejado que nunca.
De pronto, la imagen de la cripta retrocedió. Se apartó de Norrec a velocidad cada vez mayor. Aunque seguía sentado en la silla, el guerrero tuvo la impresión de que corría por los mohosos corredores que conducían a la tumba de Horazon. Una detrás de otra, las estatuas desfilaron a toda velocidad delante de su rostro y desaparecieron tan deprisa como la cripta lo había hecho. Aunque la mayoría de los rostros resultaban borrosos, reconoció a unos pocos. Mas no eran los del oscuro pasado del caudillo. En cambio, eran los rostros de la propia vida de Norrec: Sadun Tryst, Fauztin, el primer comandante de Norrec, algunas de las mujeres a las que había amado e incluso el capitán Casco. A algunos no los reconoció siquiera, incluyendo a una joven pálida, pero atractiva, cuyo cabello era del color de la noche y cuyos ojos resultaban encantadores, no sólo por su exótica curva sino por el sencillo hecho de que despedían resplandores plateados.
Pero incluso las estatuas acabaron por desaparecer de su vista. Ahora no vio más que tierra y roca, cayendo a su alrededor, como si estuviera siendo enterrado. Drognan gritó algo, pero, por lo que a Norrec se refería, lo mismo podía haber guardado silencio, porque no entendió sus palabras.
Por fin, la tierra y la roca dieron paso a una sustancia más fina: arena, se percató al cabo de un momento. Un destello de luz, quizá la luz del día, se extendió por los bordes de las imágenes.
¡Norrec!
El veterano sacudió la cabeza, seguro de haber imaginado que alguien había exclamado su nombre.
¡Norrec! ¡Vizharan!
Parecía la voz de Drognan, pero un Drognan como no había escuchado hasta entonces. El Vizjerei parecía ansioso, posiblemente incluso asustado.
¡Vizharan! ¡Combátela!
Algo en el interior de Norrec se agitó, un temor por su misma alma...
Su mano izquierda se alzó por propia voluntad.
—¡No! —gritó. Pero su propia voz parecía distante, desconectada de él.
Su otra mano se levantó también, seguida por todo su cuerpo.
Apenas había abandonado la silla cuando una fuerza física trató de detener su involuntario avance. Norrec vio la forma distorsionada de Drognan, empuñando el bastón con ambas manos, tratando de hacer retroceder al soldado, de apartarlo de la visión del Santuario Arcano. También vio cómo sus propias manos, envueltas en los guanteletes, aferraban la vara como si pretendieran arrancársela.
El bastón crepitaba despidiendo energía allí donde los dos hombres lo sujetaban, destellos de un amarillo brillante alrededor de las manos de Drognan, rayos de un escarlata sangriento donde los dedos de Norrec trataban de sujetarla. Norrec podía sentir cómo su propio cuerpo era recorrido por una magia poderosa...
¡Combátela, Vizharan!, escuchó gritar a Drognan desde alguna parte. Su boca no parecía moverse, pero la tensión que podía verse en su rostro no le andaba a la zaga a la de las palabras que escuchaba Norrec en su cabeza. ¡La armadura es más fuerte de lo que yo había creído! ¡Hemos sido engañados desde el principio!
No hacía falta que dijera nada más. Entendía perfectamente a qué se refería el mago. Evidentemente, la armadura encantada no había estado nunca bajo el control del Vizjerei; se había limitado a esperar el momento adecuado para actuar, a esperar a que Drognan descubriera para ella lo que durante tanto tiempo había anhelado.
La situación de la tumba de Horazon.
En algunas cosas, pues, había estado Drognan en lo cierto. Había dicho que Bartuc y su odiado hermano permanecerían enlazados para siempre. Ahora entendía Norrec por qué lo había arrastrado la armadura desde un lado del mundo hasta el otro. Algo la arrastraba hasta la eterna morada de Horazon, un impulso tan poderoso que ni siquiera la muerte había sido capaz de apaciguarlo.
La armadura contaba con una especie de mente propia; ciertamente había demostrado mucha más astucia que Norrec o cualquier otro que se hubiera cruzado en su camino hasta el momento. Lo más probable era que, mientras el Halcón de Fuego se aproximaba a Lut Gholein, hubiera sentido el hechizo de Drognan... y de algún modo hubiese sabido que podía utilizar al Vizjerei para llevar a cabo sus propios y siniestros planes.
Increíble, inaudito, improbable... pero casi con toda seguridad, cierto.
La energía crepitó entre los guanteletes de Norrec. Drognan profirió un grito y cayó hacia atrás, no muerto, pero evidentemente aturdido. Los guanteletes soltaron el bastón mágico y luego el derecho se extendió hacia la imagen que había frente a Norrec.
Sin embargo, mientras lo hacía la imagen empezó a cambiar, a alejarse, como si alguna otra fuerza tratase ahora de frustrar los malvados propósitos de la armadura. La imagen empezó a desvanecerse, a retorcerse...
Como si no fuera consciente de ello o no le importara, la armadura colocó el guantelete derecho en su mismo centro. Un aura escarlata apareció en torno a la mano.
—¡Shazari Giovox!
Mientras las palabras que no había querido pronunciar abandonaban sus labios, el cuerpo de Norrec perdió toda sustancia. Lanzó un grito, pero nada podía ya detener el proceso. Como si fuera una criatura formada de humo, su cuerpo se estiró, se contorsionó... y finalmente se vertió en la menguante visión.
No dejó de gritar hasta que el mágico círculo y él mismo hubieron desaparecido.
* * *
Aquel día habían perdido un hombre por causa de los gusanos de arena y otro por el propio calor del desierto, y sin embargo Galeona había advertido que, en todo caso, Augustus Malevolyn actuaba cada vez con mayor optimismo, como si tuviese ya en su poder la armadura de Bartuc y el poder y la gloria con los que soñaba. Esto preocupaba a la bruja, la preocupaba más de lo que hubiera creído posible. Tales demostraciones eran impropias del general. Si su ánimo había mejorado tanto, debía de haber una buena razón.
Galeona sospechaba que la razón tenía algo que ver con Xazak. Últimamente no había visto mucho al demonio y eso no podía significar nada bueno. De hecho, desde la pasada noche, cuando a todas luces Malevolyn había perdido el juicio y había salido solo a dar un paseo por el desierto, la mantis se había mostrado distante. Casi parecía que todo aquello por lo que habían trabajado juntos hubiese dejado de importar.
Xazak quiere la armadura, pensó. Pero no puede utilizar sus encantamientos por si mismo.
Sin embargo, si él no podía, seguramente una marioneta humana sí podría... y en ese aspecto Augustus representaba una buena oportunidad. La bruja ya sospechaba que Xazak había tratado de manipular a su amante. Ahora estaba segura de haber subestimado a la mantis.
Galeona tenia que recuperar su influencia sobre el general. Si no lo hacía, arriesgaba más que su posición: arriesgaba la cabeza.
Malevolyn había ordenado un descanso. Habían avanzado asombrosamente deprisa y en conjunto, habían sufrido escasas pérdidas a pesar de la severidad del terreno. Una jauría de saltarines —monstruosas bestias con aspecto semejante al de los reptiles, con escarpias a lo largo de la columna vertebral y que avanzaban dando saltos— habían estado hostigándolos durante algún tiempo, pero las tropas nunca habían permitido que las criaturas se aproximasen lo suficiente para utilizar sus largas garras y sus salvajes colmillos. Después de que los arqueros abatieran a una, las demás se habían quedado disputándose el cuerpo. Como la mayoría de las criaturas del desierto, solían preferir las presas fáciles, aunque fueran uno de los suyos, a tener que pelear con alguien que devolvía los golpes.
En todo caso, la arena había seguido siendo su gran enemiga, razón por la cual el general había decidido al fin ralentizar la marcha. De haber sido sólo por él, hubiera continuado adelante, aunque eso hubiera supuesto matar de fatiga a su montura y seguir caminando a partir de entonces.
—Casi puedo verla —señaló mientras ella se le acercaba trotando. Malevolyn había montado a su caballo y se había adelantado una corta distancia de la columna. Ahora descansaba sobre la silla, escudriñando la vaciedad que se desplegaba frente a él—. Casi puedo saborearla...
Galeona colocó su montura junto a la del general y extendió una mano para tocar la suya. El general Malevolyn, con el yelmo de Bartuc todavía en la cabeza, ni siquiera la miró, lo que no era buena señal.
—Y bien merecida —añadió ella, tratando de atraer su interés—. ¡Imagina el aspecto que tendrás cuando caigas sobre Lut Gholein con el yelmo escarlata del caudillo! ¡Pensarán que eres él mismo resucitado!
Se arrepintió de aquellas palabras casi de inmediato, al recordar que poco antes sus recuerdos y los del yelmo se habían confundido. No había sufrido otro ataque desde aquel último y siniestro acontecimiento, pero Galeona todavía lucía en el dedo la quemadura que se lo recordaba.
Afortunadamente, Augustus parecía conservar su propia mente por el momento. Al fin se volvió hacia Galeona, complacido en apariencia por lo que acababa de decir.
—Sí, esa será una imagen digna de verse... ¡la última que jamás contemplarán! Casi puedo imaginármela... los gritos de terror, las miradas de horror mientras se dan cuenta del destino que les espera y de la identidad de quien se lo administra.
Quizá ahora tuviera la oportunidad que había estado esperando.
—Sabes, amor mío, mientras todavía tenemos tiempo, puedo utilizar otro hechizo de búsqueda para ti. Con el yelmo, no sería...
—No —tan sencillo como eso. Malevolyn dejó de mirarla y añadió—. No. No será necesario.
No reparó en el escalofrío que recorrió el cuerpo de la hechicera. Con aquellas palabras, acababa de verificar sus más profundos temores. El general había mostrado una resolución diamantina a la hora de aprovechar cualquier oportunidad para encontrar el resto de la legendaria armadura de Bartuc. Cuando el yelmo había caído en sus manos en un acto que incluso ella hubiera llamado providencial, no había ahorrado esfuerzos para permitirle que utilizara el artefacto en la caza de la armadura. Incluso después de que hubieran descubierto que ese tal Norrec la llevaba ahora, había insistido en que ella siguiera utilizando el yelmo a intervalos regulares para seguir la pista al hombre en sus vagabundeos.
Ahora hablaba como si apenas le importase, como si su convencimiento de que era algo inevitable que la armadura acabara cayendo en sus manos se hubiera hecho tan intenso que ya no le hiciera falta la magia para vigilarla. No se comportaba como el Augustus al que ella había conocido exhaustivamente por dentro y por fuera, y Galeona creía que el cambio no se debía solamente a la influencia del yelmo. Sin duda el encantado artefacto había solidificado lo bastante el control que ejercía sobre él como para sobrevivir a unos pocos instantes de separación.
Y eso la llevaba de vuelta a Xazak.
—Como desees —contestó por último—. ¿Cuándo volveremos a ponernos en marcha, amor mío?
Él levantó la mirada hacia el sol.
—Un cuarto de hora. No más. Estaré dispuesto para enfrentarme a mi destino cuando llegue el momento.
Ella no le pidió que se explicara. Un cuarto de hora bastaría para lo que quería hacer.
—En ese caso te dejaré a solas con tus pensamientos, mi general.
El hecho de que él ni siquiera la despidiera con un mero ademán no la sorprendió en absoluto. Sí, definitivamente Xazak había actuado y lo más probable era que se hubiera mostrado directamente al comandante. Al hacerlo, el demonio había dado un primer paso que pretendía conducir no sólo a la ruptura de su pacto con la bruja, sino a su muerte.
—Ya veremos de quién es la cabeza que acaba clavada en una pica —murmuró. Privado de sombras en las que esconderse, Xazak tenía que permanecer alejado de la columna hasta la caída de la noche. Eso significaba que Galeona podía utilizar sus hechizos sin tener que preocuparse de que la traicionera mantis pudiera enterarse.
La hechicera encontró un lugar perfecto detrás de una duna, situada justo al final de la columna. No le temía a los gusanos de arena ni a otras alimañas semejantes, pues los hechizos de protección que había conjurado sobre sí misma antes de que la marcha diera comienzo seguían siendo fuertes. Le hubiera sido posible hacer lo mismo con el resto de la columna, pero eso le hubiera privado de la capacidad de utilizar más hechizos. No había visto razón alguna para mostrarse tan magnánima. Unos pocos soldados de menos no suponían una diferencia para ella...
Desmontó, sacó el pellejo de agua y se arrodilló sobre la caliente arena. Vertió varios tragos preciosos del fresco líquido sobre la tierra quebrada. Cuando estuvo satisfecha con la cantidad, Galeona cerró el pellejo y se puso rápidamente manos a la obra.
Sus finos y puntiagudos dedos moldearon la arena húmeda hasta darle la forma aproximada de un cuerpo humano del tamaño de una muñeca. Musitó las primeras frases de su hechizo, para enlazar su creación a su objetivo. La figura de arena adquirió un aspecto más masculino, mayor anchura de hombros y un torso dentado, como si estuviese embutida en una armadura.
Consciente de que la humedad no duraría mucho, Galeona extrajo rápidamente un diminuto frasco. Sin dejar de susurrar, la hechicera derramó unas pocas gotas de su contenido sobre el pecho del muñeco de arena. El frasco contenía un líquido que le era muy precioso: una pequeña cantidad de su sangre que había sacrificado y que preservaba para realizar determinados hechizos muy delicados.
Una representación de la armadura de Bartuc necesitaba sangre para estar completa y, lo que era más importante, para enlazar a Galeona con la figurita que acababa de crear. Y que a su vez, esperaba, le permitiera legar hasta Norrec y tocarlo, como lo había tocado en el barco. Estaba tan distante antes, cuando Xazak y ella habían invocado al soñador, que un hechizo como aquel hubiera requerido demasiados de sus fluidos vitales para tener éxito. La última vez, el soldado sacrificado en su tienda había servido en su lugar. Ahora, sin embargo, Galeona estaba segura de que tendría éxito... y sólo con un esfuerzo mínimo.
Trazó un círculo alrededor de la efigie y colocó las manos —con las palmas hacia abajo y los dedos extendidos— a derecha e izquierda de su creación. Se inclinó hasta casi tocar el suelo, la miró allí donde hubiera debido estar la cara y susurró los segmentos finales del hechizo, al tiempo que murmuraba intermitentemente el nombre del soldado:
—Norrec... Norrec...
A su alrededor, el mundo retrocedió. La visión de Galeona cambió, voló sobre el desierto como si la hechicera hubiera sido transformada en un águila que cortaba el aire con la velocidad del viento. Más rápida y más rápida voló, hasta que ni siquiera pudo ver el paisaje que había a sus pies.
Su hechizo había funcionado. Utilizando sus propios recuerdos del breve encuentro mantenido con el idiota, pudo reforzar más aún la magia, concentrándose en su rostro, en su cuerpo.
—Norrec... muéstrame... muéstrame dónde estás...
Su visión cambió de repente, se volvió completamente negra. El abrupto cambio cogió a Galeona tan desprevenida que estuvo a punto de interrumpir el hechizo. Sólo su rapidez de pensamiento le permitió mantener vivo el precioso lazo; si fallaba ahora no tendría tiempo de volver a intentarlo. Incluso esta ausencia de la columna podía despertar las sospechas de Augustus.
—Norrec... muéstramelo...
El rostro del hombre apareció frente a ella. Por un momento, la bruja se preguntó si habría perecido, pero entonces recordó que, para empezar, su encantamiento no hubiera funcionado de haber sido ese el caso. La efigie de arena requería un objetivo viviente.
Si no estaba muerto, ¿qué le había ocurrido entonces? Galeona escudriñó más adentro, más adentro, penetró en el marco en el que Norrec existía. Al hacerlo, perdió todo contacto con el mundo real salvo la más delicada hebra, pero al hacerlo tenía la posibilidad de ganar mucho más.
Y por fin, la hechicera vio dónde yacía su presa.
La visión la dejó tan aturdida que esta vez no pudo evitar que el lazo que la unía con él se perdiera. Apartó el rostro, retrocedió con tan asombrosa velocidad que sintió vértigo. Reapareció la oscuridad y luego Galeona se encontró regresando por el desierto, deshaciendo paso por paso su travesía por la arena.
Con un jadeo entrecortado, la exhausta bruja volvió a caer sobre la ardiente arena.
Ignoró la incomodidad, lo ignoró todo. La única cosa que le importaba era lo que acababa de descubrir.
—Sí... —susurró Galeona—. Ya te tengo, mi pequeño títere.
_____ 14 _____
Un retumbar sordo sacudió a Kara Sombra Nocturna y la sacó a rastras de la oscuridad que la envolvía. Inhaló y al instante empezó a atragantarse. La nigromante trató de respirar, pero sus pulmones no parecían funcionar como debieran.
Tosió y expulsó bruscamente un océano de agua. Una vez tras otra Kara tosió y cada vez trató de vaciar los pulmones para poder después llenarlos con al aire que otorgaba la vida.
Por fin pudo empezar a respirar, aunque con dificultades. La nigromante permaneció tendida, inhalando una vez tras otra en un intento por recuperar algo de equilibrio. Gradualmente, las cosas recobraron una cierta normalidad, y eso le permitió empezar a sentir otras cosas, como el frío que la envolvía y la humedad que saturaba sus ropas. Una sustancia arenosa que tenía en la boca la obligó a escupir y lentamente se fue dando cuenta de que estaba tendida boca abajo en una playa.
El mundo volvió a retumbar a su alrededor. Tras obligar a su cabeza a alzarse, Kara vio que sobre ella los cielos habían empezado a llenarse con nubes negras muy semejantes a las de la tormenta que había tenido que atravesar el Escudo del Rey. De hecho, sospechaba que las nubes que ahora veía eran las precursoras de la misma tormenta, que se preparaba ahora para iniciar el asalto a gran parte de la costa oriental.
Los recuerdos empezaron a regresar, recuerdos del capitán Jeronnan en combate con los muertos vivientes, y luego de los dos cadáveres arrastrándola por el portal que conducía al mar embravecido. Después de ello, sin embargo, no podía recordar nada en absoluto. No podía decir cómo había logrado sobrevivir. Ni siquiera sabía qué había sido de Jeronnan y sus hombres. Le había parecido que el portal no tenía efecto alguno sobre el casco del barco, de modo que si el Escudo del Rey había sobrevivido a aquel incidente, lo más probable era que no tardase demasiado en arribar a Lut Gholein... si es que no lo había hecho ya.
Al pensaren la ciudad, Kara pestañeó. Dejando a un lado la suerte corrida por el Escudo del Rey, ¿dónde en el nombre de Rathma había acabado ella? Con gran esfuerzo, la empapada nigromante se puso de rodillas y miró a su alrededor.
Su primer vistazo de los alrededores no le reveló demasiadas cosas. Arena y unas pocas plantas resistentes, típicas de paisajes costeros. Delante de ella se elevaba un alto risco que impedía ver lo que había tierra adentro sin trepar un poco. Kara trató de evitar lo inevitable volviéndose hacia su izquierda y luego hacia su derecha, pero ninguna de las dos direcciones le ofreció más esperanzas. Su única opción verdadera seguía siendo el risco.
Todavía se sentía como si acabase de expulsar ambos Mares Gemelos de su organismo, pero a pesar de ello Kara se forzó a ponerse en pie. Sabía que hubiera debido quitarse la mayor parte de la ropa fría y húmeda que llevaba, pero la idea de toparse medio desnuda con algún lugareño no le parecía sugerente. Además, dejando de lado el viento, el día parecía bastante cálido. Si caminaba por algún tiempo, sus ropas acabarían por secarse.
No encontró ni rastro de Sadun Tryst o Fauztin, pero de ningún modo se atrevió a pensar que se había librado de los dos zombis. Lo más probable era que las furiosas aguas los hubieran separado. Por lo que ella sabía, habían sido arrojados lejos de la costa. Si era así, era imperativo que llegase a Lut Gholein lo antes posible, y quizá pudiese buscar a ese Vizjerei al que habían mencionado, el tal Drognan. No creía que trabajase voluntariamente con los muertos vivientes; lo más probable era que pretendiesen aprovecharse de sus conocimientos para encontrar a su antiguo amigo. Fuera cual fuera el caso, Drognan representaba también su mayor esperanza, no sólo de librarse del lazo que la unía a los monstruos, sino de localizar a Norrec Vizharan y a la armadura.
Con algún esfuerzo, la bruja logró encaramarse a lo alto del arenoso risco y allí descubrió un camino en buen estado. Y lo que era mejor, al volverse hacia el sur, divisó una forma lejana en el horizonte, la forma, creía Kara, de una ciudad.
Lut Gholein.
Con tanto entusiasmo como pudo reunir su fatigada mente, se puso en marcha hacia el sur. Si, como sospechaba, Lut Gholein se encontraba allí, tardaría todo un día en alcanzarla, en especial en la condición en que se encontraba. Y lo que era peor, el hambre empezaba a hacerse oír en su estómago, una condición que no hacía sino empeorar con cada paso que daba. No obstante, Kara no pensó siquiera en ceder a su debilidad. Mientras pudiera andar, continuaría con su misión.
Sin embargo, apenas había recorrido una corta distancia cuando un ruido a su espada la hizo mirar por encima de su hombro. Para su alivio, divisó dos carromatos en buen estado que marchaban en dirección sur. Había un anciano de tupida barba y una mujer gruesa en el primero, y un joven de ojos muy abiertos y una muchacha, presumiblemente su hermana, en el segundo. Una familia de mercaderes, sin duda, de camino a los mercados de la vibrante metrópolis. La exhausta nigromante se detuvo, confiando en que se apiadaran de una vagabunda desastrada.
El anciano hubiera atropellado a Kara con el carromato, pero su mujer le echó un vistazo y le ordenó que parara. Intercambiaron algunas palabras durante unos momentos y entonces la mujer le preguntó a Kara en lengua común:
—¿Estás bien, jovencita? ¿Qué te ha ocurrido? ¿Necesitas ayuda?
Casi demasiado cansada hasta para hablar, la nigromante señaló hacia el este.
—Mi barco, ha...
No tuvo que decir nada más. Una mirada de tristeza se instaló en el rostro redondeado de la anciana e incluso el hombre le ofreció sus simpatías. Cualquiera que viviera tan cerca del mar había de saber de su violencia. Sin duda, aquella no era la primera vez que esos mercaderes tenían noticias de algún naufragio.
El marido saltó del carromato con una agilidad impropia de su edad. Mientras se aproximaba, le preguntó:
—¿Hay alguien más? ¿Eres la única?
—No hay... nadie más. Estaba... puede que el barco esté bien... yo... me caí por la borda.
La mujer chasqueó la lengua.
—¡Pero si estás empapada, chica! ¡Y tu ropa está hecha jirones! ¡Hesia! ¡Búscale una blusa y una manta seca! ¡Al menos eso lo necesita ahora mismo! ¡Corre!
Kara no quería aceptar caridad y llevó una mano a su cinturón. Para gran alivio suyo, la bolsa en la que guardaba el dinero había permanecido milagrosamente intacta.
—Pagaré por todo, se lo prometo.
—¡Tonterías! —dijo el hombre, pero cuando ella insistió en depositar algunas monedas en su mano, las aceptó casi todas.
Hesia, hija de los mercaderes Rhubin y Jamili, trajo algo de ropa que debía de pertenecerle. En un intento evidente por respetar el severo atuendo de aquella extraña, había elegido una blusa negra y una manta negra para que Kara pudiese cubrirse. Se cambió lejos de las miradas de Rhubin y de su hijo, Ranul, y se sintió mucho mejor una vez que se hubo quitado sus empapadas y destrozadas ropas.
Kara lamentó aún más la pérdida de su capa una vez que se hubo puesto la blusa. Aunque correspondía a sus gustos en el color, le estaba demasiado estrecha y era demasiado corta. Sin embargo, no dijo nada, sabiendo que era lo mejor que tenía y, lo que era más importante, que le había sido ofrecida con genuina generosidad. El hecho de que hubiera insistido en pagar por ella no cambiaba las cosas.
Para su alivio, Jamili le pidió que viajara en el primer carromato. Ranul, que ya tenía edad para apreciar a las mujeres, la había observado al principio con cierto interés despreocupado y después de que se hubiera secado y cambiado de ropa, con un interés mucho más acentuado. No esperaba que fuera a hacerle ningún daño, pero no quería alentar nada que pudiera causar disensiones entre sus salvadores y ella.
Y de este modo, con la ayuda de una amable familia de mercaderes, Kara Sombra Nocturna logró al fin llegar a Lut Gholein más de una hora antes de la puesta de sol. Pensó en dirigirse de inmediato al puerto para ver si el capitán Jeronnan había arribado, pero finalmente, la urgencia de su búsqueda la hizo decidirse por no hacerlo. La caza de Norrec Vizharan y la armadura de Bartuc seguía siendo lo más importante.
Se despidió de Jamili y su familia en un bazar de alegre colorido. Les devolvió la manta con su agradecimiento y luego entró en el mercado para buscar a alguien que pudiera venderle una barata, pero práctica capa. Invirtió una hora más en este menester, pero con la prenda encapuchada la nigromante se sentía mucho menos vulnerable. Con gusto hubiera reemplazado otras prendas, pero sus fondos empezaban a escasear y había de reservarlos para comida.
Un cuidadoso interrogatorio de los lugareños le proporcionó alguna información referente al misterioso Drognan. Según parecía, vivía en un edificio antiguo situado a cierta distancia de la enorme ciudad. Pocos lo visitaban salvo para comprarle elixires y cosas semejantes. Las únicas ocasiones en las que abandonaba su refugio parecían ser las visitas que realizaba a diversos eruditos y sabios en busca de información referente a alguna de sus aficiones.
Siguiendo las indicaciones de un vendedor de verduras que, en ocasiones, vendía su género al Vizjerei, Kara se abrió camino por las laberínticas calles. La multitud de olores y brillantes colores sembraba un cierto caos en sus sentidos, pero a pesar de ello logró no perderse en más de dos ocasiones. De tanto en cuanto le preguntaba a algún transeúnte si había visto a un hombre ataviado con una armadura roja, pero ni uno solo de ellos lo recordaba.
Cuando la secuestraron y la arrojaron a las aguas del mar perdió casi todas sus pertenencias. Además de la bolsa en la que guardaba el dinero, sólo le quedaban otras dos. Por desgracia, los polvos y los productos químicos que contenían se habían echado a perder, excepción hecha de un par de frascos que por el momento no le servían de nada. Milagrosamente, el icono de Trag'Oul permanecía alrededor de su cuello, cosa por la que daba gracia al gran dragón. Le proporcionaba algún consuelo en aquella tierra extraña.
La pérdida de sus pertenencias no significaba que ya no pudiera utilizar hechizos, pero sí que la limitaba en parte. Afortunadamente, el cambio de ropa había impedido que nadie reparara en su verdadera condición, e incluso había alentado a dos de los vendedores a ofrecerle algo más que información. Los nigromantes no eran bien vistos en Lut Gholein. La Iglesia de Zakarum, poderosa en el reino, los miraba aun con más recelos que a los Vizjerei, quienes evidentemente eran tolerados por el joven sultán. Hasta el momento se había cruzado en su camino con uno o dos acólitos de la Iglesia, pero, aparte de lanzarle alguna mirada breve, no le habían prestado la menor atención a la delgada joven.
Con gran parte de lo que quedaba de sus fondos, Kara había comprado algo de comida que podía llevar consigo, de modo que pudiese comer mientras buscaba a Drognan. La idea de tener que verse cara a cara con un habilidoso y experimentado Vizjerei la preocupaba, pero el hacerlo sin haber recuperado fuerzas hubiera sido como mínimo una insensatez. No podía dar necesariamente por hecho que su encuentro fuera a ser amistoso. Desde antiguo había existido animosidad entre las dos tradiciones.
Un trío de soldados a caballo pasó galopando a su lado, los ojos severos y las espadas siempre prestas. El que abría la marcha, a todas luces el oficial al mando, montaba un magnífico potro blanco, mientras que cada uno de sus subordinados contaba con una montura de color pardo y poderosa musculatura. Kara no había montado mucho en su vida, pero se dio cuenta al verlos de que si su camino conducía más allá de las murallas de Lut Gholein, tendría que dar con el medio de obtener un caballo. No podía confiar en un hechizo de viaje en el desierto de Aranoch. Hasta a su lejana morada habían llegado las historias sobre su letal naturaleza.
Los alrededores se volvieron de repente decrépitos, húmedos y malsanos, un completo contraste con las zonas bien conservadas por las que primero había transitado. Kara se maldijo para sus adentros por no haber apartado algo de su dinero para comprar una daga. La que le había prestado el capitán Jeronnan mientras se encontraba a bordo del Escudo del Rey se había perdido en el mar. La maga empezó pues a concentrarse en sus hechizos, confiando en que si la situación llegaba a requerirlo tendría la fuerza necesaria para utilizarlos.
Llegó al fin al viejo edificio que el vendedor le había descrito vagamente. A pesar de su destartalada apariencia, Kara sintió de inmediato las fuerzas que operaban en su interior y a su alrededor. Algunas de ellas parecían muy antiguas, posiblemente más antiguas que el mismo edificio. Otras parecían más recientes e incluían a unas pocas que tenían que haber sido convocadas poco tiempo atrás.
Tras subir las escaleras exteriores, Kara se asomó por el portal en ruinas, dio un paso hacia el interior...
...y se encontró en un antiguo, pero magnífico salón que hablaba de las glorias de otros tiempos y otros lugares. Aunque transmitía también la sensación de un largo abandono, el salón de elevadas columnas no tenía nada en común con el decrépito exterior. Tanto era así que Kara sintió la tentación de salir de nuevo para ver si de alguna manera había entrado en el edificio equivocado. Aquello no era ninguna ruina sino más bien una antigua maravilla habitada todavía por los recuerdos de una grandeza, de un esplendor al que la moderna Lut Gholein no se había siquiera aproximado todavía.
La nigromante recorrió el salón con lentitud. Seguía teniendo presente su misión, pero su atención estaba distraída de momento por las imponentes columnas de mármol, la fabulosa chimenea que ocupaba la práctica totalidad de una pared lejana y el inmenso mosaico del suelo por el que paseaba cuidadosamente.
El suelo, de hecho, atraía más y más su atención conforme caminaba por él. Los artesanos habían representado en él tanto imágenes reales como otras imaginarias. Dragones que se enrollaban alrededor de los árboles. Leones que perseguían antílopes. Temibles guerreros pétreos embutidos en corazas y ataviados con faldas a cuadros que batallaban entre sí.
Al otro lado del salón se escuchó un ruido.
Kara se detuvo y volvió la vista en aquella dirección. Sin embargo, a pesar de la agudeza de la misma, no pudo distinguir más que un portal envuelto en sombras al otro extremo. La nigromante esperó, temiendo incluso respirar demasiado alto. No obstante, al ver que no se escuchaba ningún nuevo sonido, suspiró y entonces comprendió que en un edificio tan antiguo como aquel, debían de caer en ocasiones pedazos de piedra y mármol. Incluso el sonido más tenue levantaría eco allí.
Y en aquel mismo momento, algo arañó el suelo de mármol a su espalda.
Giró sobre sus talones, convencida de repente de que los zombis la habían seguido hasta allí y habían elegido aquel momento para dejarse ver. La verdad era que contra ellos Kara no podía hacer nada, pero eso no quería decir que no fuera a resistirse. Ya le habían hecho demasiado, le habían arrebatado demasiado.
Pero en vez del sonriente Sadun Tryst y el hechicero que lo acompañaba, lo que vieron sus ojos resultó algo todavía más asombroso.
La figura grisácea que empuñaba la poderosa espada se movía con lentitud, pero sin la menor duda hacia ella, con intenciones evidentes. Kara podría haberla tomado por un bandido que la hubiera emboscado en las sombras de no ser porque la había visto escasos segundos antes. Por supuesto, aun en el caso de que Kara no hubiera reconocido al recién llegado, hubiera de todas formas distinguido las numerosas y diminutas teselas que componían, no sólo su coraza y su falda, sino también su misma piel.
El guerrero del mosaico avanzó hacia ella, con una expresión salvaje en el rostro que era exacta réplica de la que había lucido cuando no era más que un elemento decorativo del suelo. La atacó con un molinete... y reveló que, aunque poseía la altura y anchura de una criatura viviente, su forma tenía la profundidad de las diminutas teselas con las que había sido creada.
Sin embargo, ni por un momento se atrevió Kara a pensar que aquello fuera una debilidad. La magia que podía crear un guardián como aquel no lo haría tan frágil. Lo más probable era que golpear físicamente al guardián fuera como hacerlo con un muro de piedra. También sospechaba que la hoja cortaría tan bien, si no mejor, como una de verdad recién afilada.
Mas, ¿qué era lo que lo había despertado? Seguramente aquella no era la bienvenida que Drognan ofrecía a todos aquellos que trasponían el umbral de su puerta. No, lo más probable era que Kara hubiera sido identificada por algún hechizo oculto como una nigromante, una maga oscura cuyas lealtades eran desconocidas. Conocía tales hechizos de detección y sabía también que muchos magos los utilizaban por seguridad. De no haber sufrido tanto últimamente, estaba segura de que lo hubiera recordado antes... y hubiera podido prevenir aquel enfrentamiento letal.
Escuchó unos sonidos detrás de su macabro asaltante y, para su consternación, un segundo guerrero se alzó y se unió al primero. Kara se volvió entonces a toda prisa hacia su derecha, donde un nuevo sonido señalaba el despertar de un tercero.
—Vengo en son de paz —susurró—. Busco a vuestro amo y señor.
¿Servían a Drognan? Kara sólo podía suponer que había llegado al lugar correcto. Quizá alguien con quien la maga había hablado anteriormente la hubiera reconocido como lo que era y la hubiera enviado allí a morir. Muchos, en especial quienes profesaban la fe de Zakarum, no hubieran siquiera considerado la pérdida de una nigromante como una pérdida.
El primero de los mosaicos la tenía casi ya al alcance de su espada. Kara no vio otra elección que tomar la ofensiva.
Las palabras de su hechizo brotaron de su lengua mientras la nigromante sujetaba el icono de Trug'Oul y señalaba al primero de los atacantes. El mismo tiempo, retrocedió un paso como precaución. Si el hechizo funcionaba, era posible que las increíbles fuerzas que estaba invocando no se limitaran a destruir al mágico guardián.
Un enjambre de proyectiles óseos se formó de la nada y, acto seguido, llovió sobre el primero de los guerreros de mosaico. Los Den'Trag o Dientes del Dragón Trag'Oul atravesaron el cuerpo del guardián y desperdigaron pequeñas teselas en todas direcciones. El guerrero trató de moverse, pero sus brazos y piernas, que habían perdido demasiadas piezas, se deshicieron. Con la misma mueca ceñuda en el rostro, trató de atacar una última vez y entonces se desplomó en una cascada de piedra.
Kara respiró, aliviada por haberse librado al menos de uno de los adversarios, pero en absoluto segura de contar con las fuerzas necesarias para ocuparse de los otros. La invocación de los Den'Trag le había costado mucho a la ya fatigada nigromante. Sin embargo, si lograba hacerlo otras dos veces y eliminaba por completo a sus enemigos muertos, quizá pudiese descansar después.
Una vez más, la nigromante apretó con fuerza el icono y empezó a susurrar el hechizo. Unas pocas palabras más y...
Un intenso estrépito se levantó a su alrededor, por todas partes, y la hizo titubear. Bajó la mirada y vio que las numerosas teselas que formaban el cuerpo del guerrero caído estaban rodando las unas hacia las otras y se reunían en un montón que crecía a toda prisa detrás de los otros. Para su horror, primero los pies y a continuación las piernas, volvieron a formarse. Pedazo a pedazo, el guerrero de piedra se reconstruía a sí mismo, a pesar de su hechizo destructivo.
Los Dientes de Trag'Oul le habían fallado. Retrocedió un paso y entró en el salón oscuro que antecedía a la puerta. Tenía otros hechizos a su disposición, pero, en combinación con su debilidad y lo cerrado del espacio en que se encontraba, no parecía que ninguno de ellos fuera lo bastante rápido como para ayudarla sin poner su vida en peligro.
—¡Verikos! —exclamó una voz—. ¡Verikos... Dianysi!
El inaudito trío se detuvo al escucharla... y entonces, cada uno de los guerreros se desplomó abruptamente y las teselas sueltas cayeron al suelo con un estrépito que resonó por toda la antigua estructura. Las teselas, no obstante, no permanecieron donde habían caído, sino que empezaron a rodar con rapidez hasta los lugares ocupados originalmente por las figuras en el suelo y recompusieron el mosaico con absoluta precisión. Una por una, volvieron a su sitio. En cuestión de segundos, los amenazadores guerreros habían abandonado su ataque y habían vuelto a ser imágenes en el elegante suelo.
Kara se volvió hacia su salvador, segura de que había de tratarse del enigmático Drognan.
—Gracias por vuestra ayuda...
La figura que se encontraba frente a ella no podía ser el venerable y elegante Vizjerei que el vendedor y los demás le habían descrito. La edad provecta parecía ser la única cosa que aquel mendigo de ojos enloquecidos y larga barba y cabellos blancos tenía en común con el mago en cuestión, pero ni siquiera Drognan podía haber alcanzado la edad que este hombre aparentaba. Aunque su cuerpo conservaba aún alguna firmeza, su piel estaba tan arrugada y sus acuosos ojos azules parecían tan cansados que sin duda tenía que ser el hombre más viejo del mundo.
Llevó un dedo nudoso a sus finos labios.
—¡Silencio! —susurró el mendigo en voz demasiado alta—. ¡Hay mucha maldad por todas partes! ¡Es demasiado peligroso! ¡No deberíamos haber venido!
—¿Sois... sois Drognan?
El anciano pestañeó con aire confuso, y entonces empezó a darse palmadas en la gastada túnica de seda como si estuviera buscando algo. Al cabo de varios segundos, levantó por fin la mirada y replicó:
—No... ¡no, por supuesto que no! ¡Y ahora silencio! ¡Hay demasiada maldad por aquí! ¡Hemos de ser cuidadosos! ¡Tenemos que estar en guardia!
Kara reflexionó. Aquel hombre debía de ser un sirviente del mago o algo similar. Quizá Drognan le permitía vivir allí por consideración a su locura. Decidió ir al grano. Quizá quedase suficiente cordura en el mendigo para poder serle de ayuda con el Vizjerei.
—Tengo que ver a tu señor, Drognan. Dile que es por algo de gran interés para él, la armadura de Bartuc...
—¿Bartuc? —un espeluznante cambio se operó en el mendigo al tiempo que gritaba el nombre del caudillo muerto—. ¡Bartuc! ¡No! ¡La maldad ha llegado! ¡Te lo advertí!
En aquel momento, se alzó otra voz desde la entrada del edificio.
—¿Quién es? ¿Quién ha invadido mi casa?
La nigromante se volvió para hablar, pero el harapiento se movió con asombrosa rapidez. Le tapó la boca con una mano y luego susurró:
—¡Silencio! ¡No deben oírnos! ¡Podría ser Bartuc!
Por el contrario, el recién llegado era un Vizjerei... y muy posiblemente, el hombre al que Kara había venido a buscar. Lo más curioso era que parecía haber estado involucrado en algún incidente reciente, porque tenía magulladuras en gran parte del rostro y parecía incómodo cada vez que apoyaba la pierna derecha. Bajo el bazo, el venerable mago llevaba un paquete. Para Kara no cabía duda de que aquel era Drognan, que regresaba de algún recado.
—¿Norrec? —llamó el mago—. ¿Vizharan?
¡Conocía al hombre al que Kara perseguía! Ella trató de hablar, pero el mendigo, a pesar de ser bastante zanquivano, poseía una fuerza tremenda.
—¡Silencio! —susurró su indeseado compañero—. ¡Hay demasiada maldad por aquí! ¡Hemos de tener cuidado! ¡No debemos dejar que nos vean!
Drognan se acercó unos pasos, seguramente ahora podría verlos... y sin embargo, miró más allá de ambos intrusos como si sólo viera el aire.
—Es curioso... —olisqueó el aire y luego frunció el ceño—. Huele como si hubiera un nigromante aquí... pero eso es absurdo —Drognan miró al suelo, en concreto a las figuras de los guerreros—. Sí... absurdo.
Continuó mirando el suelo, como si estuviese perdido en sus ensoñaciones. Ni una sola vez advirtió la presencia de la mujer, que seguía debatiéndose, o del extraño mendigo que la retenía. Al fin, el hechicero sacudió la cabeza, musitó para sus adentros algo referente a una nueva pista perdida y la necesidad de seguir buscando y entonces, para consternación de Kara, pasó junto al loco y ella sin prestarles atención. Drognan siguió adelante, en dirección a la oscuridad, en dirección a la puerta que ella había tratado de alcanzar antes.
Alejándose de alguien que necesitaba su ayuda desesperadamente.
Sólo una vez que se hubo esfumado tras la puerta apartó el mendigo la mano de su boca. Acercó su rostro al de ella y susurró:
—¡Nos hemos demorado aquí demasiado tiempo! ¡Tenemos que marcharnos! ¡Hemos estado fuera demasiado tiempo! ¡Podría encontrarnos!
Kara sabía que no se refería a Drognan. No, a juzgar por sus anteriores reacciones, el hombre sólo podía estarse refiriendo a alguien: Bartuc.
La guió por el suelo de piedra, hasta el mismo centro en el que el desconocido artesano había construido con las teselas un intrincado templo como los que podrían haber existido en la legendaria Viz-jun. Kara no lo hubiera seguido por propia voluntad, pero, al igual que le ocurría con los zombis, la elección de lo que su cuerpo podía hacer no le pertenecía ya. La nigromante no podía ni alzar la voz.
—¡Pronto estaremos a salvo! —murmuró junto a su oído la demente figura—. ¡Pronto estaremos a salvo!
Golpeó el suelo una vez con su pie derecho... y de pronto, la puerta del templo se abrió, se ensanchó, se convirtió en un agujero oval en el suelo del que salían unas escaleras que conducían... ¿adonde?
—¡Vamos, vamos! —dijo el mendigo con tono impaciente—. ¡Antes de que Bartuc nos encuentre! ¡Vamos, vamos!
Incapaz de desobedecer, ella lo siguió bajo el suelo, en dirección a una luz distante y amarillenta. Al pasar bajo el nivel del suelo, Kara sintió que las piedras se movían y la imagen del templo Vizjerei regresó a su anterior estado.
—Aquí abajo estaremos a salvo —le aseguró el eremita loco, que ahora parecía algo más calmado—. Mi hermano nunca nos encontrará aquí.
¿Hermano? ¿Había oído bien?
—¿Horazon? —balbució Kara, sorprendida tanto por su descubrimiento como por el hecho de que fuera capaz de articular palabra. Era evidente que el hombre que la había hecho prisionera no temía que nadie pudiera oírla bajo capas y capas de tierra y roca.
El anciano la miró directamente y sus ojos acuosos parecieron enfocarla por vez primera.
—¿Nos conocemos? Creo que no... —al ver que ella no respondía inmediatamente, se encogió de hombros y prosiguió su marcha, sin dejar de murmurar—. Estoy seguro de que no nos conocemos, pero podríamos conocernos...
Kara no tenía otra elección que seguirlo, aunque en aquel momento no pensó demasiado en ello. La cabeza le daba vueltas y el mundo parecía haberse vuelto del revés.
Había venido en busca de la armadura del Caudillo de la Sangre y en vez de ella había encontrado —a pesar de los muchos siglos transcurridos desde entonces—, todavía vivo y respirando, al muy odiado hermano de Bartuc.
* * *
Un calor increíble asaltó a Norrec cuando por fin recobró el sentido. Al principio supuso que un incendio debía de haberse iniciado en la morada de Drognan, consecuencia quizá de los arcanos poderes de la siniestra armadura. Sin embargo, el veterano guerrero fue dándose cuenta gradualmente de que el calor, aunque molesto, no quemaba, y de que, de hecho, debía de provenir del mismo sol.
Rodó sobre sí mismo para ponerse de espaldas y se tapó los ojos con la mano mientras trataba de ordenar sus pensamientos. Un mar de arena lo rodeaba por todas partes. Esbozó una mueca, al tiempo que se preguntaba dónde habría acabado en esta ocasión. En la lejanía, creyó divisar oscuridad, como si una tormenta se aproximase desde aquella dirección. ¿Podía Lut Gholein encontrarse en algún lugar bajo aquellas nubes? Era como si, dondequiera que él fuera, la tormenta lo viniera siguiendo. Si ese era el caso ahora, sabía al menos que tenía que encontrarse en algún lugar situado al este o al oeste del reino costero.
Pero, ¿por qué?
Drognan había dicho algo sobre que la armadura los había engañado. Cuánta verdad había en sus palabras. Se había burlado de ambos, tratando sin duda de utilizar la ayuda del mago para localizar lo que buscaba. ¿Podía tratarse de la tumba de Horazon, tal como Drognan creía? Y si era así, ¿por qué había terminado allí Norrec, en medio de ninguna parte?
Con gran esfuerzo, el destrozado y exhausto soldado se puso en pie. A juzgar por la altura del sol, apenas le quedaban una o dos horas de sol antes de la llegada del crepúsculo. Tardaría más en regresar a Lut Gholein... y eso suponiendo que sobrevivía a la caminata. Y lo que era más importante, no podía estar seguro de que la armadura fuera a permitirle regresar. Si lo que buscaba se encontraba allí fuera, haría cuanto estuviera en su mano por permanecer en el desierto.
Norrec dio unos pocos pasos para poner a prueba los propósitos de la armadura. Al ver que nada le impedía dirigirse hacia la ciudad, apretó el paso todo cuanto pudo. Al menos podría buscar un refugio para pasar la noche, y su única esperanza estribaba en una retorcida colina de roca apenas visible en el horizonte. No la alcanzaría hasta la caída del sol, o puede que más tarde aún, lo que significaba que, a pesar del calor, tenía que moverse más deprisa.
Las piernas le dolían terriblemente mientras seguía adelante. La arena suelta y las altas dunas dificultaban la marcha, y a menudo Norrec perdía de vista su objetivo durante algún tiempo. Incluso, en una ocasión descubrió que estaba dando vueltas, como si las dunas cambiasen de tamaño y dirección cada vez que trataba de atravesarlas.
Sin embargo, a pesar de todo, la colina se convirtió pronto en una aspiración posible de alcanzar. Norrec rezó pidiendo que hubiera algo de agua en ella; el poco tiempo que había pasado en el desierto le había costado ya muy caro. Si no encontraba agua pronto, no importaría si lograba llegar a la colina o no...
Una sombra grande y alada cruzó por encima de la suya... seguida de inmediato por una segunda.
Norrec alzó la vista, tratando de ver contra el sol. A duras penas entrevió dos o tres formas voladoras, pero no pudo distinguirlas bien. ¿Buitres? Era muy posible en Aranoch, pero aquellas criaturas parecían más grandes y su aspecto no correspondía del todo al de aves. La mano de Norrec se deslizó hasta el lugar en el que debiera haber estado la espada, y una vez mas volvió a maldecir a la armadura de Bartuc por haberlo arrastrado por todos aquellos horrores sin contar con un arma decente.
A pesar de lo exiguo de sus fuerzas, el veterano redobló el paso. Si lograba alcanzar las rocas, le proporcionarían alguna defensa contra aquellos merodeadores aéreos. Los buitres solían ser carroñeros, pero aquella bandada parecía más agresiva y, de un modo que todavía no lograba definir, inquietante.
Las sombras volvieron a pasar sobre él, esta vez mucho más grandes, mucho más definidas. Las criaturas habían descendido para poder ver con más claridad.
Apenas sintió a tiempo que la forma alada se precipitaba sobre él desde atrás. Con instintos perfeccionados en el campo de batalla, Norrec se arrojó al suelo justo cuando unas garras tan grandes como sus manos arañaban la espada de su armadura y lograban rozar sus cabellos. El endurecido guerrero gruñó mientras rodaba sobre sí mismo para volverse y enfrentarse a los pájaros. Tenía que poder espantar a unos pocos buitres, en especial una vez que vieran que no iba a tenderse sin más y a morirse para ellos.
Pero aquellos no eran buitres... aunque ciertamente sus ancestros habían sido los carroñeros del desierto.
Casi tan altos como hombres y con las alas y las cabezas de las aves a las que se parecían, las cuatro grotescas criaturas planeaban sobre él, las garras de sus manos y sus casi humanos pies preparadas para arrancarle la cabeza de los hombros. Sus colas terminaban en látigos que restallaban en dirección a Norrec mientras éste trataba desesperadamente de retroceder. Los demoníacos pájaros dejaron escapar ásperos aullidos mientras trataban de rodear a su víctima, gritos que hicieron que el pulso de Norrec se acelerase.
Esperó a que la armadura hiciera algo, pero permaneció aletargada. Norrec lanzó una imprecación y se preparó para defenderse. Si tenía que morir allí, no lo haría como un cordero sólo porque hubiera llegado a depender tanto de la armadura. Durante casi toda su vida había servido en una u otra guerra. Esta batalla no suponía una gran diferencia.
Uno de los monstruosos buitres se puso a su alcance. Moviéndose con más velocidad de la que hubiera creído posible a aquellas alturas, Norrec lo sujetó por las patas y lo arrojó al suelo. A pesar de su tamaño, aquellos horrores del desierto eran asombrosamente ligeros, sin duda porque, al igual que les ocurría a sus ancestros, sus huesos estaban preparados para volar. Se aprovechó de esto, utilizando su propia y considerable masa para inmovilizar en el suelo a la criatura y, mientras ésta no dejaba de chillar, retorcerle la cabeza con todas sus fuerzas.
Los tres supervivientes renovaron su acoso con mayor ferocidad mientras se separaba del cuerpo lacio y se ponía en pie, pero ahora era un nuevo Norrec el que se les enfrentaba, uno que, por vez primera desde hacía muchos días, estaba luchando una batalla por sí mismo y estaba ganando. Mientras la segunda criatura caía sobre él, recogió un puñado de arena y se lo arrojó al horrible buitre a los ojos. El demoníaco pájaro trató de alcanzarlo a ciegas con la cola, dando al veterano soldado la oportunidad de sujetar sus mortales apéndices con las dos manos.
Chillando, la criatura trató de escapar al vuelo. Sin embargo, Norrec hizo girar al enorme pájaro una vez tras otra al mismo tiempo que lo utilizaba para mantener a raya a los otros dos. Las garras de su prisionero arañaban fútilmente los guanteletes de sus manos. La armadura de Bartuc protegía bien a su anfitrión.
La sangre de Norrec ardía. Sus atacantes representaban para él algo más que los peligros del desierto. En muchos aspectos, se habían convertido ahora en el objeto de toda su frustración y su furia. Había sufrido demasiados acontecimientos terribles, había soportado demasiados horrores y no había podido hacer nada sobre ellos ni una sola vez. La armadura del caudillo estaba saturada de poderosos encantamientos y ni uno solo de ellos lo obedecía. Si hubiera estado bajo sus órdenes, habría utilizado su hechicería para quemar a la bestia demoníaca a la que ahora tenía prisionero, la habría convertido a ella y a sus horripilantes compañeras en bolas de fuego.
De súbito, los guanteletes despidieron un resplandor rojizo.
Ansioso, Norrec los observó y luego se volvió hacia el buitre demonio. Sí, un infierno abrasador...
Sujetó a la furiosa ave por el cuello. El salvaje pico trató de desgarrarle el rostro, lo que no sirvió más que para aumentar su determinación de poner fin aquella batalla tan rápida y decisivamente como fuera posible.
Norrec fulminó al monstruo con la mirada.
—¡Arde!
Con un chillido confuso, el horror alado estalló en llamas y pereció al instante.
Sin esperar un solo segundo, el guerrero arrojó la carcasa ardiente contra el más cercano de los superviviente, haciéndolo también arder. La última de las aves se volvió rápidamente y se alejó volando como si los mismos sabuesos del Infierno fueran tras ella. Norrec no le prestó la menor atención a su retirada y se volvió hacia la tercera para acabar con ella.
Con el plumaje consumido, trataba de emular a su camarada en su huida, pero había sufrido ya demasiado daño. Incapaz de elevarse siquiera un metro sobre el suelo, no podía escapar al vengativo guerrero. Norrec la tomó por un ala y dejó que el patético monstruo le arañara la armadura con las garras mientras él lo sujetaba por la cabeza.
Con una rápida sacudida, le partió el cuello.
A decir verdad, la batalla no había durado más que un minuto o dos, pero en aquel corto espacio de tiempo el veterano soldado había experimentado una transformación. Mientras dejaba caer el emplumado cadáver sobre la arena, Norrec sintió una excitación como jamás había conocido en ninguna de sus guerras. No sólo había triunfado estando en inferioridad numérica sino que, por una vez, la maldita armadura lo había obedecido. Norrec flexionó los dedos y, también por vez primera, admiró la hechura de los guanteletes. Quizá el encuentro con Drognan lo había cambiado todo; quizá ahora lo que quiera que había impulsado hasta entonces a la armadura había cedido por fin, incluso lo había aceptado como dueño y señor...
Quizá pudiese ponerla a prueba. Después de todo lo que le había visto hacer, seguramente la armadura podía realizar alguna tarea sencilla siguiendo sus órdenes.
—Muy bien —gruñó—. ¡Escúchame! ¡Necesito agua! ¡La necesito ahora mismo!
La mano izquierda le hormigueó, se movió ligeramente. Como si la armadura quisiera tomar el control... pero solicitara su permiso.
—Hazlo. ¡Te lo ordeno!
El guantelete señaló al suelo. Norrec se arrodilló, permitió que su dedo índice trazara un círculo en la arena. Entonces trazó un bucle alrededor de este círculo, con pequeñas cruces en cada giro.
Palabras de poder brotaron de sus labios, pero esta vez Norrec les dio la bienvenida.
De repente, todo el dibujo se cubrió de grietas y diminutos arcos de electricidad saltaron entre uno y otro extremo del diseño. Una diminuta fisura se abrió en el centro...
Agua clara y espumosa brotó a la superficie.
Norrec se inclinó ansioso y bebió hasta hartarse. El agua era fresca y sabía dulce, casi como vino. El sediento guerrero saboreó cada trago hasta que no pudo beber más.
Se dejó caer hacia atrás, tomó un poco de agua con la mano y se la arrojó sobre el rostro. La sedante humedad goteó por su barbilla, su cuello y se perdió en el interior de sus calientes ropas.
—Es suficiente —dijo al fin.
Su mano hizo un ademán sobre la minúscula fuente. Inmediatamente, la tierra cerró su herida y se interrumpió el flujo del agua. Lo que había quedado sobre la arena no tardó en desaparecer.
Una sensación de júbilo se apoderó de Norrec, haciendo que rompiera a reír. Por dos veces ya, la armadura lo había servido. Por dos veces ya, había sido el amo y no el esclavo.
Con ánimos renovados, reemprendió su marcha hacia la colina. Ahora ya no lo preocupaba si sobreviviría o no al desierto ¿A qué no podría sobrevivir, ahora que los encantamientos estaban a sus órdenes? Y asimismo, ¿qué no podría lograr? ¡Nadie había visto desde los días de Bartuc un poder como el que la armadura poseía! Con ella, Norrec podría convertirse en comandante en vez de en soldado, en líder en vez de en sicario...
¿En rey en vez de en plebeyo?
La imagen lo tentaba. El Rey Norrec, señor de todo cuanto veían sus ojos. Los caballeros se inclinarían ante él; las damas de la corte buscarían sus favores. La tierra sería suya. Poseería riquezas que sobrepasarían sus sueños...
—El Rey Norrec... —susurró. Una sonrisa volvió a iluminar su rostro, una sonrisa que no se parecía a ninguna otra que Norrec Vizharan hubiera esbozado en toda su vida. De hecho, aunque Norrec no podía saberlo, aquella sonrisa era casi idéntica a la de otro hombre que había vivido mucho, mucho tiempo antes que el antiguo mercenario.
Un hombre llamado Bartuc.
_____ 15 _____
La noche cubrió con su mortaja al desierto de Aranoch y su llegada trajo de regreso al demonio Xazak a Augustus Malevolyn. El general había estado esperando ansiosamente durante la última hora, paseando de un lado a otro en el interior de su tienda. Había despedido a todos sus oficiales y había dado órdenes de que hasta los centinelas se alejaran de las proximidades de sus aposentos. Como precaución añadida, no había permitido que se levantara tienda alguna a una distancia en la que pudieran oírlos. Lo que tratasen Malevolyn y la mantis estaba reservado sólo a sus propios oídos.
Ni siquiera a Galeona se le había permitido levantar su tienda en las cercanías, pero cuando Augustus se lo había comunicado, ella apenas había protestado. El general no le había dado muchas vueltas a aquella sumisión, más preocupado como estaba por la oferta de su nuevo aliado. Por lo que a él se refería, la bruja podía recoger sus cosas ahora mismo y marcharse. Si no lo hacía, lo más probable era que tuviera que ordenar que la asesinaran. Existía alguna animosidad entre Xazak y ella y, por el momento, Malevolyn necesitaba al demonio mucho más de lo que necesitaba a una hechicera mortal, fueran cuales fuesen sus otros encantos.
Las mujeres podían ser reemplazadas con facilidad; generalmente, los momentos de inmortalidad, no.
Por decisión de Malevolyn, sólo una lámpara iluminaba la tienda. No sabía si el demonio proyectaba sombra, pero si lo hacía, cuantas menos posibilidades hubiera de que sus hombres advirtieran su presencia, mejor. Si hubieran sabido lo que la mantis y él deseaban discutir, lo más probable sería que todos huyeran al desierto sin importarles los muchos peligros que acechaban en su interior.
Un parpadeo de movimiento atrajo su atención. Augustus Malevolyn se volvió y reparó en que una sombra se movía desafiando la llama de la lámpara.
—Estás aquí, ¿no? —murmuró.
—Éste ha venido tal como prometió, oh poderoso...
La sombra cobró profundidad y sustancia. En cuestión de segundos, la forma repulsiva de la demoníaca mantis se erguía amenazante junto al humano. Y sin embargo, a pesar de la presencia de una criatura que parecía capaz de desmembrarlo, el general Malevolyn no sentía más que impaciencia. En Xazak veía al primero de muchos monstruos que con el tiempo lo servirían con total fidelidad.
—Lut Gholein se encuentra sólo a un día de marcha, caudillo. ¿Has cambiado de idea?
¿Cambiar de idea sobre la armadura? ¿Cambiar de idea sobre su destino?
—Malgastas mi tiempo con tu cháchara inútil, Xazak. Mi decisión sigue siendo firme.
Los bulbosos orbes amarillos destellaron. La cabeza de la mantis se giró ligeramente, como si el demonio tratase de ver más allá de la cerrada cortina que hacía las veces de puerta.
—Hablamos brevemente sobre la bruja, gran caudillo. Éste ha considerado el asunto largo y tendido desde entonces y sigue creyendo que ella no debe tomar parte en esto... ni quizá en ninguna otra cosa.
Augustus Malevolyn fingió indignarse al escucharlo.
—Me ha sido de gran ayuda durante algún tiempo. Odiaría tener que prescindir de sus servicios.
—Ella no estaría de acuerdo con lo que éste te ha propuesto, caudillo. Confia en éste...
Al general no se le había pasado por alto el uso continuo que hacía Xazak del nuevo título, y aunque estaba complacido de escucharlo, el demonio no iba a confundirlo recurriendo a su vanidad. Malevolyn todavía consideraba cada detalle por sí mismo y eso incluía a Galeona.
—¿Qué hay entre vosotros?
—Un pacto firmado en un momento de necedad... y que éste quiere romper.
No era la más clara de las respuestas, pero bastaba para darle al general lo que necesitaba: algo con lo que negociar.
—¿Me darás todo lo que te pida? ¿Todo lo que discutimos?
—Todo... y de buen grado, mi señor.
—Entonces puedes tenerla ahora mismo si así lo deseas. Yo esperaré aquí mientras haces lo que sea necesario.
Si era posible que el demonio pareciera desconcertado, tal cosa ocurrió en aquel momento.
—Éste declina graciosamente tu oferta, caudillo... y te sugiere que quizá quieras hacer los honores tú mismo en algún momento no muy lejano.
La mantis no quería o no podía tocar a Galeona, tal como Malevolyn había esperado. No obstante, a sus ojos el asunto era baladí. No iba a cambiar su otra decisión, en modo alguno.
—Enviaré un destacamento a su tienda para comprobar que sigue allí. Al menos eso impedirá que cause problemas mientras actuamos. Quizá después decida lo que voy a hacer con ella. Mientras tanto, a menos que haya algo más que tengas que decirme, me gustaría empezar.
Los ojos del demonio volvieron a encenderse, en esta ocasión con algo que parecía una satisfacción inmensa. Con aquella voz que seguía recordando al general un enjambre de moscas moribundas, Xazak contestó:
—En ese caso... necesitarás esto, caudillo...
Con las dos manos esqueléticas, la mantis sostenía una gran daga de hoja doble hecha de un metal negro, una daga con runas grabadas, no sólo en la empuñadura sino también a lo largo de la parte plana de las hojas. Asimismo, en la empuñadura se habían incrustado dos gemas, la mayor de las cuales era roja como la sangre mientras que la otra era pálida como el hueso. Ambas gemas despedían un brillo suave que no parecía provenir de ninguna fuente extema.
—Tómala... —le urgió el demonio.
Augustus Malevolyn lo hizo con ansiedad. Sopesó el gran cuchillo admirando su equilibrio.
—¿Qué debo hacer con ella?
—Un corte en la piel. Derrama unas pocas gotas de sangre —la mantis inclinó a un lado la cabeza—. Algo sencillo...
Daga en mano, el general se dirigió con premura hacia la entrada de la tienda. Llamó a voz en grito a uno de sus oficiales y luego volvió la cabeza hacia Xazak.
—Será mejor que vuelvas a ocultarte en...
Pero el demonio se había anticipado ya a su petición y había vuelto a fundirse con las sombras.
Un soldado delgado y bigotudo que lucía en los hombros unos galones pl